Belleza efímera.
Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris, la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y salud.
O tú, tan tierna, tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.
Sé tú.
Ningún gurú me indicará el camino
que tengo que seguir en esta vida,
pues no soy perro de ningún pastor
ni acostumbro a seguir ninguna esquila.
Más que grupos me gustan las personas
que muestran su sentir de forma clara.
Prefiero el individuo que razona
y me habla sin ambages cara a cara.
No quiero números que forman masa
ni ovejas que componen un rebaño
siguiendo el parecer de quien lo manda.
Quiero ser yo, aunque así me venga el daño.
Septiembre.
Hoy sólo tengo ganas de estar sin hacer nada,
de echarme descuidado a la sombra de estos chopos
que murmuran confidencias al oído.
En su gozo, me regalan caricias de algún rayo de sol
que, leve, dorado y esquivo,
juguetea con las primeras hojas caídas
en este adviento de otoño que es septiembre.
Pacenteros los sentidos,
en la soledad buscada,
acuden esporádicos recuerdos,
mezclados con luz, sombra y olvidos.
Joven en romería.
Bella, esbelta, zalamera,
bordado pañuelo al cuello
pleno de vivos colores,
hermosa, fresca y rosada
al aire tibio de mayo.
Brillantes ojos azules
que llevan la mar consigo.
Joven fina y atractiva
con cuerpo que fuera digno
de haber sido moldeado
por Afrodita y sus manos.
Entre trigos ondulados,
céfiro primaveral,
por veredas y caminos perdidos
me lleva Eros tras su estela de vestal.
A unos ojos.
Mi cartera.
En mi cartera de cuero
transportaba la pizarra
y el trapito de borrar,
un lapicero con goma
y lápices de colores
con un cuaderno de rayas
para hacer la letra clara
de la muestra principal.
La enciclopedia de Álvarez,
restos de tardes de sol
y algunos días de lluvia,
el recuerdo del maestro
y de muchos compañeros.
Hoy me la he vuelto a encontrar
en un rincón del doblado
con el broche de cerrar
y dos hebillas al lado.
¡Bah!
¿Feliz?
A ratos.
Haciendo recuento,
plenamente dichosos, pocos.
Leves fulgores,
algún efímero destello.
¿Placidez duradera?
Más ficción y quimera
que objetiva permanencia.
A solas, cuando faltan los afeites y caretas,
aflora un desabrido sabor.
La pena acecha
cuando más tranquilo es el trayecto.
En cada recodo hay una zarpa escondida en la maleza.
Espejismos que parecen dichas
y sólo son muecas pasajeras.
Despacio, amigo.
Lento el paso,
¿para qué llegar tan pronto
de dónde no has de volver luego?
El camino es bello,
placentero a los sentidos
si reparas en pequeños destalles
que ignoramos
en cualquier otro momento:
macetas en las rejas,
el musgo verdinegro en las umbrías,
la lagartija al sol,
el vuelo del águila en el cielo,
margaritas en el prado,
las caprichosas formas de las piedras,
el riachuelo.
Y el silencio.
¿Para qué llegar tan pronto
si la vida es el trayecto
y cuando en verdad llegas
ya estás muerto?
Don Antonio.










