Condena.

Donde está la  sospecha lo devora

y abandona el lugar con la esperanza

de encontrar otro sitio sin tardanza

que le ofrezca una  estancia  acogedora.

Tampoco allí se encuentra bien ahora

y transcurren los días sin bonanza

entre angustia recelo, y asechanza

que rondan por su mente a cada hora.

Fantasmas que aparecen en su vida

y lo hacen divagar de pena en pena

sin lograr encontrar  otra  salida

que lo libre de lastre y de cadena

y  alivie la existencia dolorida

de sufrir, sin saber, una condena.

Belleza efímera.

 

 

 

 

Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris,  la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y  salud.
O tú, tan tierna,  tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.

Sé tú.

 

 

 

 

Ningún gurú me indicará el camino
que tengo que seguir en esta vida,
pues no soy perro de ningún  pastor
ni acostumbro a seguir ninguna esquila.
Más que grupos me gustan las personas
que muestran su sentir de forma clara.
Prefiero el individuo que razona
y me habla sin ambages cara a cara.
No quiero números que forman masa
ni ovejas que componen un rebaño
siguiendo el parecer de quien lo manda.
Quiero ser yo, aunque así me venga el daño.

 

Septiembre.

 

 

 

 

 

 

Hoy sólo tengo ganas de estar sin hacer nada,
de echarme descuidado  a la sombra de estos chopos
que murmuran  confidencias al oído.
En su gozo, me regalan  caricias de algún rayo de sol
que, leve, dorado y esquivo,
juguetea  con las primeras hojas caídas
en este adviento de otoño que es septiembre.
Pacenteros los sentidos,
en la soledad buscada,
acuden esporádicos recuerdos,
mezclados con  luz, sombra  y olvidos.

Joven en romería.

 

 

 

 

Bella, esbelta, zalamera,

bordado pañuelo al cuello

pleno de vivos colores,

hermosa, fresca y rosada

al aire tibio  de mayo.

Brillantes ojos  azules

que llevan la mar consigo.

Joven fina y atractiva

con cuerpo  que fuera digno

de haber sido moldeado

por Afrodita y sus manos.

Entre trigos ondulados,

céfiro primaveral,

por veredas y caminos perdidos

me lleva Eros tras su estela de  vestal.

A unos ojos.

 

 

 

 

 

El aire se hace azul cuando ella  mira
y le roba a los cielos su hermosura.
Embrocado en la sima del abismo,
en claro  mar de perlas y zafiros,
me pierdo en  la belleza de su hondura.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

¡Bah!

 

 

 

¿Feliz?

A ratos.

Haciendo recuento,

plenamente dichosos, pocos.

Leves fulgores,

algún  efímero destello.

¿Placidez duradera?

Más ficción y quimera

que objetiva permanencia.

A  solas, cuando  faltan  los afeites y caretas,

aflora un desabrido sabor.

La pena acecha

cuando más tranquilo  es el trayecto.

En cada recodo hay una zarpa escondida en la maleza.

Espejismos que parecen dichas

y sólo  son muecas pasajeras.

Despacio, amigo.

Lento el paso,

¿para qué llegar tan pronto

de dónde no has de volver luego?

El camino es bello,

placentero a los sentidos

si reparas en pequeños destalles

que ignoramos

en cualquier otro momento:

macetas en las rejas,

el musgo verdinegro en las umbrías,

la lagartija al sol,

el vuelo del águila en el cielo,

margaritas en el  prado,

las caprichosas formas de las piedras,

el riachuelo.

Y el silencio.

¿Para qué llegar tan pronto

si la vida es el trayecto

y cuando en verdad llegas

ya estás  muerto?

Don Antonio.

 

 

 

 

 

 

 

Continúa la fuente de Machado

sonando mientras cae

cansinamente el agua

en  mármol blanco  de jardín sombrío.

Los chopos polvorientos

siguen rizando el aire de la tarde

al borde del camino.

Algunos solitarios paseantes,

clavadas en  el corazón  espinas,

ven cómo se enturbian  sus curvas

en la difusa luz de los crepúsculos.

Vuelven cigüeñas a los campanarios

con cada nueva primavera

haciendo garabatos en el aire,

y en la plazuela cantan

los niños canciones de siempre.

Cuando ignoramos a dónde llegará el camino

consuela saber que otras mentes de profundo discurrir

marcharon por el mismo recorrido,

haciéndose preguntas

que aún nadie ha respondido.