Insomnio.

 

 

 

Esa gota de canal

sobre un cubo del revés.

¡Qué concierto monocorde

 la noche del temporal!

Si el que dejó allí la cuba

la hubiese puesto en el suelo

con la boca para arriba

no estaría  a estas horas yo

por el borrego cien mil

saltando por un madero.

Visita al cementerio

Viento y lluvia en los cipreses,

calor  de tórridas  siestas,

heladas del mes de enero…

¡Poco importan  ya a los muertos

el viento de las veletas

y los cambios atmosféricos!

He estado en el cementerio

viendo lápidas con fechas

que el dolor dejó marcadas

en el mármol del recuerdo.

Epitafios en los nichos

del último adiós labrado

en un pañuelo de piedra

con el  cincel de la ausencia.

Hay una tumba en el suelo

con unas rosas marchitas

sobre su blanco silencio.

Aquí anduvieron un día

bebiendo vino en las fiestas

y comiendo en calderetas.

Se perdieron para siempre

en el fondo de sus ojos

el pardo de las besanas,

el dorado de las mieses

y el intenso  azul del cielo.

¡Cuánta vida en cada nombre

queda  enterrada en la tierra!

Se extinguirá su recuerdo

en la noche de los tiempos.

Morirán sus deudos

y los hijos de sus deudos

con el paso de los años.

Quedarán de su pasado

una letras ilegibles

en el mármol desgastado

…y ya todo será historia.

Sólo los ecos de bronce

a primeros de noviembre,

anónimos y lejanos,

recordarán  su memoria.

 

Desilusión.

 

 

 

 

 

Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.

 

Ausente.

Su mirada pasea por las cosas

rozándolas apenas.

Bloqueado el camino a los sentidos,

su rostro de cartón inexpresivo

no muestra gozo, pena ni  alegría

Un fondo turbio, inalcanzable y frío

de sombras y apatía

en un confuso cruce  de caminos

donde  la espesa  niebla

difumina siluetas

 y confunde al viajero su destino.

La frontera de la luz.

Comenzó a dejar estelas con sus pies

en un cansado deambular sin rumbo.

Confundía de los ruidos los orígenes

y  a sus ojos se velaron las distancias

con  un vallado de sombras y silencio.

Rodeado de  temores  y de miedos

rumiaba a solas su soledad presente.

Hacia atrás,  sólo la imagen del pasado,

visible en el fondo virtual de los espejos

mitigaba el declinar de su existencia.

Un día de tantos cruzó la línea

divisoria de las  cosas trascendentes,

a solas, para enfrentarse a los misterios.

Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.

Si no, todo terminó en el cementerio.

La esquina.

(Para Diego Algaba Mansilla)

La esquina tiene dos caras

que se ignoran entre sí.

Si una es solana hacia el sur,

la otra mira hacia el poniente

o hacia donde sale el sol.

Igual pasa con la umbría:

a la derecha el oriente

y a la izquierda el occidente.

Sólo la arista común

sabe quien viene y quien va

por cada lado a la vez.

 

Farolillos.

Le  dijo adiós una mañana.

Se fue envuelta en las sábanas del alba,

tan niña y tan mujer.

No ha vuelto a verla más,

tampoco la olvidó. 

Si la viera ahora no sabría decir si es ella,

la recuerda como era,

tan bella, tan tierna, cándida flor, 

su mirada en los  farolillos de la feria.

Aquel beso que no  dio y que siempre añora. 

Ahora  ya no brillan los luceros

porque han puesto lonas a los cielos,

pero entonces,  el fresco de la madrugada los mecía

en la cuna del aire  al son de Alfonsina y el mar.

El último día  parecían  tristes.

Sonaba todo a despedida.

Tan larga es la ausencia que anda el olvido

queriendo borrarla,

pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela

a enredarse en los acordes de la plaza.

Viejo.

Este hombre de arrugada y seca tez

tuvo su  ayer de fuerza y vigor,

febril vida y fogosa pasión.

Ardoroso,  donjuán  y  jaranero,

de músculos  tensados y valiente.

Bregado en el trabajo,

curtido al horno de los soles

y encallado   al frío de las heladas.

No pudieron con él los temporales

ni doblaron su afán las inclemencias

cuando el potro bizarro de la vida

campaba alegremente en las praderas.

Hoy, viejo, narra sus recuerdos,

torrentes de azarosa  juventud,

frenados  en el valle de la edad

donde reposan remansados

en el tramo final del recorrido.

Sus huesudas y violáceas  manos

descansan en la curva del cayado

y tiemblan cuando las separa

para  unir verbo y ademán.

De improviso calla

y deja su mirada anclada

con un  poso impreciso de tristeza.

Se cala el sombrero

y con paso indeciso

se va calle abajo, a solas consigo,

reviviendo el pasado en su cabeza.

 

Otoño extremeño.

 

 

 

 

 

 

 

Estas primeras lluvias otoñales
suavizan la textura de la tierra
pues las nubes trajeron de la sierra
verde frescor a secos pastizales.
Mi mirada a través de los cristales
busca la luz que algún nublado cierra
al mismo tiempo que mi mente yerra
por pensamientos hueros y banales.
Plácido otoño en mi tierra extremeña:
gotas de rocío en las sementeras,
bellas dehesas de ganado y leña,
caza y setas por valles y praderas
y este sol de la tarde que me enseña
los matices del oro en las choperas.

La muerte.

 

 

 

 

 

Tu familia velará tus agitados sueños
en largas noches de agonía
previendo el fin  cercano.
Ella no faltará a la cita;
llegará sigilosa, como niebla,
al lado de tu lecho.
Te envolverá en  un angustioso abrazo,
lleno de temblores fríos
hasta dejar tu cuerpo inerte
con el último suspiro.
Seguirá impasible su camino
dejando luto y llanto entre los vivos
y una campana al viento
te abrirá paso por la senda del olvido