El beso.

El lubricán resaltaba

la silueta de la sierra

y en la orilla del arroyo

buscaba asiento la escarcha

aquella tarde de enero.

Eran diamantes de fuego

los ojos de aquel chaval

y de  encarnado pomelo

la dulce cara azorada

de la nerviosa zagala.

Le prometió amor eterno

con un  delicado beso,

brasa de pasión envuelta

en labios de terciopelo.

Quedó azul turquesa el cielo

donde brillaba radiante

todo el esplendor de Venus.

Confesiones tabernarias.

Desnuda  el  vino al alma

y se abre en confidencias

a  ocasional amigo

que aguanta con paciencia

la larga parrafada.

Vestida de palabras

la soledad no es tanta

y la taberna sirve

de buen  confesionario

con cura tabernero

que escucha, calla y llena

y alguna vez  asiente

a lastimeros  ayes

de cliente impenitente.

Afrentas no saldadas

en duelo con espada,

se curan con alardes

que presta alcohol valiente

al lado de  la barra

con golpes  de nudillos

y tono convincente

para marcar palabras.

El invierno.

 

 

 

 

 

El Invierno es el reverso de la luz

que en espiral de sombras

profundiza la sima de la noche.

Canto de mágicas sirenas

del mar de los ocasos fríos

cautivando a las estrellas de la tarde.

Lengua de llama y brasa de candela

para el hálito gélido del norte.

Lejanos relatos de la abuela

en la camilla del brasero

a la luz vacilante de una vela.

Es temblor de escarcha

hecha diamante en la alborada

en el filo verde del pino y la retama.

Un ensayo de trayecto hacia la muerte

buscando el valle

donde  en tierra duermen

semillas de  otra primavera en ciernes.

Las parcas.

 

 

Las parcas griegas:

Cloto, hila; Láquesis, devana y Átropos corta el hilo de la vida.

A la espera segura de la muerte

enlaza blancos hilos con ganchillo

hilvanando recuerdos con olvido.

El camino ha concluido,

sólo queda el aviso de llegada

y subir al estribo de partida

a cumplir Átropos su cometido

cortando el frágil hilo de la vida.

Guadalcanal.

Donde dice Andrés Mirón

que Dios puso el paraíso

y trajo aquí su palacio

volví para saludar

a muchos viejos amigos

 y discípulos queridos

que dejé cuando eran niños

en este pueblo escogido

donde pasé algunos años.

En poco tiempo sentí

el afecto y el cariño

de gente tan bien nacida

que recuerdan todavía

 a este humilde servidor

que tuvo la suerte un día

de vivir donde la luz

es belleza y armonía

y agua y viento le dan nombre

a esa hermosa serranía.

Somos pahilones.

 

 

 

 

 

Sacados  de un  lugar del corazón

Obtengo bienestar si la memoria

Muestra aquellos pasajes de mi historia

Ocupados en juegos e ilusión.

Sin más preocupaciones que el balón

Pude sentir los goces de la gloria

Al  lado de la fuente y  de la noria

Hasta alcanzar momentos de pasión.

Ilusiones gozadas  y vividas,

Llevadas con  cariño y gratitud

Orlan, ribeteadas  de emociones,

Nuestra  andanza de  vidas compartidas

En el pueblo que lleva con virtud

Sonoro el gentilicio de pahilones.

Lutos antiguos.

El luto era un cuervo torvo

con la cara amarillenta

nevado de plumas negras

como ligeras pavesas

que  lentas se iban posando

sobre un silencio de plomo.

Una clausura de angustias

llena de  suspiros hondos

que  se escapaban al aire

por las rendijas azules

de las puertas entreabiertas.

Manto y velo de azabache

sobre  la luz  y los sueños.

Rosario de ajadas cuentas

en las sombras  de la noche

de la  habitación a oscuras

con murmullos de panales

que desgranan letanías

con rastras de purgatorio.

En los huecos de los rezos

el martillo del reloj

cortando el envés del tiempo.

Era echar la llave al mundo

y arrojarla a un  pozo oscuro

donde se escuchan   los gritos

infantiles  de unos niños

que llamaban a la mora

las largas  tardes de julio.

Tedio.

Otra tarde esperando que anochezca

entre apáticas horas de recuerdos

y cansinas cadencias sin sucesos.

Tictac del tiempo monocorde y gris

abocado a un ocaso sin colores.

Va el río encajonado en las riberas

ajeno a los placeres de la orilla.

En el silencio oscuro de la sala

no hay límites al tiempo y al espacio,

sólo sombras de lo que pasa fuera,

como había en la cueva de Platón,

la volátil ficción de una quimera.

Noviembre.

Noviembre es un mes de sombras y de bronces,

un bostezo gris de lluvia
y un toque de oración
a la huida de la luz.
Es un mes de enagüillas y brasero,
de abrigo y de cobijo.
Inclinada pendiente de ladera
hacia el solsticio de invierno

desde el que se otea a los renos

por un camino de nieve.
Es el mes do el rojo
no es pasión, sino celaje frío
y es también el paisaje sugerido

por el cuadro de Millet.

Lluvia y campo.

 

 

 

 

 

 

El campo con la lluvia acorta límites

y me integra envolvente en su cobijo

con flecos de cortinas acüosas

y arrullos de baquetas por sonido.

Acompañan mis pasos por la vega

este otoño lluvioso y verdecido.

Ahormadas a la tierra  y a la brega

mis viejas botas van dejando huellas,

estelas de andarín empedernido.

A lo lejos, perdido entre la siembra,

el canto de perdiz repiquetea.