Abril.
Abril es adolescente
de pletóricos rubores
que se convierten en flores
cuando los mira la gente.
Caprichoso y tornadizo
cambia de las aguas mil
a las que tiene un barril
o al azote del granizo.
Con las heladas tardías
o los solanos primeros
llena o seca los graneros
en sólo unos pocos días.
El cuco canta en la encina,
pende la lila en racimos
y la veloz golondrina
rasga el aire con su vuelo.
¡Quién tuviera quince abriles
y volver a los sentires
de enamorarse de nuevo!
Potro de colores.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino.
Sin el tiempo que dormimos,
el que las penas amargan
y la enfermedad lacera
¿qué nos queda?
Pequeñas islas alegres
que el sol alumbra fugaz
y luego se desvanecen
Yo, por ello,
cabalgo libre y ligero
sobre el potro de colores
que el arco iris me ofrece.
Al galope.
Medalla de luz, la espuela,
y sin bridas ni monturas,
desnudo sobre sus crines,
me encamino
con cromáticos destellos,
dispersos entre la lluvia
y resplandores de sol,
hacia el cielo.
Semana santa.
Este marzo, que nos pinta
pardo nuestro refranero,
tiende mantos grisáceos
sobre el corazón del viento.
Llora lágrimas redondas
en el cáliz de las flores
para ofrecer a los lirios
altares con olor a incienso.
Iban dolorosas vírgenes
y cristos crucificados
de grandes imagineros
por las calles de mi pueblo.
Yo, con candor de niño,
deseaba desclavarlos
y ofrecerles mi pañuelo
para consolar su llanto.
Ahora soy yo quien recorre,
sin ser estatua de barro,
las calles sin procesiones,
sin saetas y sin cantos
y nadie viene a llorarme
ni a aliviar mi desencanto.
Siembra fértil.
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
En el dulce lugar de su besana
con exquisito trato placentero
recorre los surcos con esmero
y con hábil laboreo se afana.
Abre labios la reja con la gana
de encontrar el origen del venero
que a los bordes aflora tan somero
y genera labranza tan lozana.
Removida la tierra y volteada
espera en regodeo voluptuoso
la semilla fecunda y deseada
que el sembrador coloca muy dichoso
tras alojar en la doblez mojada
instrumento de siembra tan gozoso.
Jubilación Manolo Rodríguez Espino.
No es por el obligado elogio que las despedidas conllevan por lo que quiero destacar un don y una virtud que sobresalen en Manolo, sino por un acto de estricta objetividad y merecido reconocimiento. El don lo da la Naturaleza y ella fue generosa al concederle una sobresaliente inteligencia. La virtud se gana con el esfuerzo, con el trabajo y la nobleza. El recuerdo agradecido de los que fueron sus alumnos es muestra evidente de su buen hacer como maestro. Más meritorio aún es que habiendo desempeñado las funciones directivas de secretario, jefe de estudios y director durante tanto tiempo conserve el aprecio de todos los que le conocimos. Algo tiene el agua cuando la bendicen y la buena madera cuando ennoblece los salones.
Ahora el arquero ha destensado la ballesta
y la flecha que al corazón del tiempo aceleraba
ha caído rota en la mullida floresta del descanso.
El ritmo del afán ha bajado su compás
y el tiempo se hará para ti más placentero
aunque éste siga impasible sus andanzas.
El reloj señalará ortos y ocasos, no las horas.
En medio, quedan los días y las noches para recrearlos
desde la vigía privilegiada de la adelantada barbacana que te ofrece la jubilación.
La atalaya que culmina la bella fortaleza
recibirá cada mañana los primeros rayos de sol
en la despereza placentera de la madrugada.
A la tarde, el volteo de las campanas
pondrá música en la paleta del celaje.
Melodía, sombra y luz marcarán el ritmo de tu vida,
columpio infantil de regreso a las risas de la aurora.
Y como dispondrás de tiempo, y habilidades y destrezas no te faltan, enriquecerás tu persona y darás a la vida de los que te rodean los frutos que el talento y la virtud crean.
Tu fecundo perfil renacentista,
demostrado en tus muchas aficiones
avalan tus probadas condiciones
que van de carpintero a violinista,
de Gredos a Jayón de senderista,
en tu casa con Gloria de anfitriones.
Incansable viajero por naciones
al hombro tu afición de retratista.
Ahora el tiempo te abre sus postigos
y te da, generoso, nueva vida.
Disfruta del invierno a sus abrigos
y en esta primavera florecida
comparte buenos ratos con amigos
en mesa de buen vino guarnecida.
Eso sí, con medida
pues lleva una excesiva bacanal
a marcar con batuta sustraída
el ritmo a la banda municipal.
Que el tiempo te colme de lisonjas y tú lo llenes de vida.
Paloma sobre nube.
Si de mí dependiera.
Si de mí dependiera
cargaría los fusiles
con balas de algodón y seda.
Levantaría un solo mástil
y en él, una bandera
con dos colores: el azul del cielo
y el verde de las praderas.
Si de mí dependiera
daría a los soldados
una mochila llena
con uvas de racimo
y pistolas de pan
para que dispararan
con puntería certera
sobre el corazón del hambre.
Si de mí dependiera
haría más escuelas,
sembraría árboles en las riberas,
llenaría de huertas las vegas
y de trigo los graneros.
Al dinero, como a los ajos,
le pondría caducidad
y al año, que se pudriera.
Todas estas cosas haría
si de mí dependiera.
Encina
¡Qué suerte tienes, encina,
acariciada por brisas
de tan diversos destinos!
Desde tu otero divisas
las estrellas de la noche
y los cruces de caminos.
Cada tarde el sol te deja
cobijado entre tus hojas
el rescoldo de sus brasas
y de noche se resguardan
al amparo de tus ramas
los pajarillos que al alba
alegrarán la mañana.
En el tiempo del estío
das cobijo a los pastores
mientras la chicharra sierra
el aire de los olivos.
Cuando el viento se enfurece
y remueve tu ramaje
aguantas fuerte y gallarda
sus violentas embestidas.
Y si te dañan, con mimo
la luna te cura
con su luz de nácar
tus ramas ajadas
y ranas y grillos
te susurran nanas
en el aire quedo
de la madrugada.
Rezos infantiles.











