En la muerte de un amigo.
Es triste decirle adiós,
despedirle hoy de la vida
que están los almendros rosas
tejiéndoles circonitas
a la corona del día
con esta puesta de sol:
¡Luz de tarde de febrero,
por san Blas y Candelaria!
La vejez y la guadaña
cortaron con el rasero
su vida y nuestra compaña.
De camino hacia el olvido
se fue para siempre Antonio
en un silencio de gloria.
Ya nunca más beberá
el agua clara del río
entre los juncos y el berro.
Faltará palabra al vino,
a los naipes la baraja,
y a las volutas de humo
hebras para la candela
de sus puritos de caja.
Suena el viento de la tarde
entre los cipreses verdes
que guardan tantos misterios.
A lo lejos ladra un perro.
¡Qué triste bajé hasta el pueblo,
de vuelta del cementerio!
Ahillones, 3 de febrero de 2010.
Puzle de boleros
Suena la música sentimental
de los boleros en la semioscura
estancia donde se habla con ternura
de promesas de amor hasta el final.
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
dile que el otro lado de la luna
jamás he vuelto a verlo con ninguna
desde aquel día en que te vi marchar.
Dicen que la distancia es el olvido,
pero ni se abandona ni se olvida
un viejo amor como el que yo he vivido.
Solamente una vez se ama en la vida
y quisiera tener algo contigo
sin que esta cita suene a despedida.
Febrero.
Febrero purifica paganas lupercales
y la cristiana presentación con las candelas.
Tiene el corazón de almendro
y de nata rosa el alma.
Benjamín de doce hermanos,
nunca llega a la treintena
a pesar de los regalos
de césares y papas.
Efebo consentido y caprichoso
por retenerlo el padre en sus dominios
ante los reclamos encelados de la amante,
pecho en yema, guiños de luz y aromas de tomillo.
Así está el mozo, de faz y condición cambiante,
lanzando pedriscos tras mostrar su sol radiante.
El mar de la tierra.
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Marinero en la tierra que navego
soy en mares ondosos de trigales.
Al viento, velas de la flor de espliego.
No planean gaviotas, son pardales
alondras, colorines y trigueros
los que vuelan sembrados pegujales.
Las corrientes marinas son senderos
en las dehesas de su piel trazados
y en las olas que elevan los oteros.
Mareas, vientos de la mar prestados
para limpiar los trigos en las eras
por el bieldo hacia su tez lanzados
bajo el azul de todas las riberas.
Plaza de Llerena.
El cuerpo.
Para ver el mar no necesito orillas
ni oteros elevados para estar cerca del cielo.
Estoy aquí, a la vera de tu cuerpo,
en la dulce suavidad de tus mejillas,
buscando en el fondo de tus ojos
traslúcidas aguamarinas y zafiros,
destellos de la mar en tu pupila.
Redondas colinas, cálidos valles,
recorridos palmo a palmo por mis manos
en el gozoso juego de encontrarte.
Despertar alondras.
Para despertar alondras
en los surcos de la tierra
hay que pisarle las faldas
a los arrullos del alba,
besar los labios del viento
que es predecesor del agua
cuando cabalga en la sierra
a lomos de potros negros.
Para despertar alondras
en el lecho de los sueños
hay que quitarles las sombras
a los flecos de los velos
que tiene la madrugada,
pisar terrones de alfombra
sobre el colchón del silencio
con un cobertor de estrellas
cubriéndole la cabeza
a los fríos del recencio.
ASTOLL
Aunque no soy miembro de la asociación Tomillo y Orégano de Llerena, sí he hecho con ellos varias veces la ruta del Rey Jayón. Este soneto va en agradecimiento a su labor cultural, divulgativa y defensora de cañadas, cordeles, coladas y resto de vías pecuarias.
Llerena fue el lugar de nacimiento
del grupo de andariegos esforzados
con oloroso nombre bautizados
de aromas de flor y condimento.
Caminan por dehesas y olivares
y ascienden incansables las pendientes
salvando de los ríos sus corrientes
con rítmico tesón en sus andares.
Con igual entusiasmo hacen la marcha
que preparan las migas con sardinas
o comparten festiva romería.
Sin temor a la lluvia o a la escarcha
con Tomillo y Orégano caminas
compartiendo amigable compañía.
Deseo.
Si pudiera dejar atrás mi cuerpo
y abandonarme a un sueño placentero…
Volar en nubes bajo el cielo azul
sin que nadie perturbe mi embeleso
mientras contemplo valles y colinas
transportado sin rumbo por los vientos…
Trascender más allá de los sentidos,
salirme de las cosas,
liberarme de apegos
y encontrar equilibrio en las tendencias.
Si pudiera morirme
y regresar luego, puro y sereno…










