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“Nunca más”
Calla y cúbrete de oscuridades.
Hay pasos de fieras por la calle
que suenan a plomo y huelen a sangre.
Vienen de madrugada, traicioneros,
para abrir los corazones de las madres.
Los golpes en las puertas
rugen en las entrañas de las casas
como aullidos salvajes
de hienas acuciadas por el hambre.
El poder de la pólvora y del sable
da cobijo a los verdugos.
Ráfagas de balas
horadan los límites del alba
y derraman lágrimas de rabia,
impotentes y calladas.
El silencio miedoso se encarama
a las copas solitarias de los árboles.

Fotografía de Juan Sevilla.
La noche vierte en el día
montañas de algodón negro
con redobles de tambor
y destellos plateados.
Virulentos torbellinos
por las tierras labrantías
y los extensos posíos
de la Campiña extremeña
levantan en espiral
maleza y espinos secos.
El rayo baja hasta el suelo
en culebrilla de fuego.
El eco de su fragor
rebota redondo y hueco
por los tambores del viento.
Cae la lluvia estrepitosa
sobre los campos resecos
y otro látigo de luz
recorre de norte a sur
los vericuetos del cielo.

Las piedras encierran las historias de los pueblos.
Allí están las huellas de los siglos.
Esperan enclaustradas que las manos del experto,
escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.
Regresamos a sus vidas y a su tiempo,
pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.
Esa cóncava mano de luceros
los cubría también a ellos:
celtas, lusitanos, romanos, visigodos,
musulmanes, almohades, almorávides, iberos…
Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,
allí siguen, aparentemente quietos,
que cien mil años no es nada en el fluir del firmamento.

Aquí en la esquina apostado,
a observar y no hacer nada,
cortando el aire en rodajas
en un cruce de caminos.
Mirar la vida en la gente,
cada cual a su destino,
representando el papel
que le asignó el regidor
del gran teatro mundano.
¡Oh, excelente Calderón!
¡No más quiero
que esta amable languidez!
Que me lleve la corriente
liberado de cuidados
por el discurrir tranquilo
de las acequias del tiempo
sin molestias importunas,
con la misma dejadez
de abúlica voluntad
que sintió Manuel Machado
en una noche de luna.
Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)

Mujer primorosa
que luce garbosa
su talle al andar.
Requiebro de fuego
que lanza el mozuelo
al verla pasar.
Su mente la mece
en cama de encaje
de virgen vestal.
“Mocita, te llevo,
de ardiente plumaje,
conmigo en el vuelo
de noche nupcial”.
Estrambote:
Despierta, chaval,
desciende hasta el suelo
y busca consuelo
en manos de Onán.

Flor de espigas
al albur de los solanos.
Bacanal campestre
en honra de patrón gañán,
justo en el parteluz de la vertiente.
Amapola en la falda de la siembra,
mecida en olas verdes.
Orla de flores al símbolo eterno de la muerte,
duelo inacabado y recurrente.
A la virgen, infantiles voces
de ingenuos corazones
en la capilla a coro del colegio
donde llegaba el olor a azahar
del patio de los naranjos.
Céfiros en tu pañuelo al cuello,
mariposa impaciente y perfumada,
acariciando tu encendida cara.
La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

Hay algo tras la piel de su sonrisa
que oculta una congoja camuflada
por una bien cuidada compostura.
Los ojos no enmascaran la tristeza
ni deshacen los posos de amargura.
Se intuye que su cuerpo disimula
lo que tiene escondido en su cabeza.
Peregrina muy lejos su mirada
y se traba en la zarza dolorida
donde rumia la herida que le apena.
Por momentos regresa sorprendida
a afirmar o negar con la cabeza
en la charla que apenas le interesa.
No revela la boca con palabras
lo que expresa su cuerpo con certeza.

Fotografía de Juan Sevilla.
Las olas del mar tienden en la orilla
con rítmico vaivén de sonajeros
alfombras a los pies de los viajeros
hasta el barco sin jarcia, ancla ni quilla.
Espera en alta mar entre la bruma,
al mando del timón, diestro Caronte,
para el viaje con rumbo al horizonte
donde hallar el origen de la espuma.
Hay en la inmensidad de este paisaje
avisos incesantes de arribada
de ninfas al romper del oleaje.
Frente al mar, en mi soledad buscada,
mirando al sol difuso entre el celaje,
he oído de Neptuno la llamada.

En la sombra de tu ausencia
tomo el fresco de la tarde.
Forma el viento remolinos
y me traen aquí tu cuerpo
a la vera de mi asiento.
Cintillo verde en tu pelo
descubre tu hermosa frente
sobre el azul de tus ojos.
Tu talle de miel y junco
y tus redondas caderas…
Tus labios, granadas llenas
de azúcar, luz y canela,
caricias tiernas que el aire
coloca sobre los míos.

La envidia se disfraza con afeites
y perfuma su hedionda fetidez
con costosos aromas de Chanel
y vistosos modelos de Cibeles,
pero el color cetrino de la inquina
más pronto que tarde reaparece
inundando el ambiente de toxinas.
Es tan fuerte su miasma nauseabunda
que a las más destacadas carroñeras
apesta el hedor de su inmundicia.