Francisco Mena Cantero

 

Cuando muere un poeta el mundo queda huérfano de una interpretación personalísima que, junto a las de los demás, nos muestran la variada riqueza de la percepción humana. Este mes de diciembre ha muerto en Sevilla Francisco Mena Cantero, a los ochenta y nueve años de edad.

 En el prólogo de la obra ‘Un silencioso laboreo, del profesor de la Universidad de Sevilla, Enrique Barrero Rodríguez, el prologuista, Miguel Cruz Giráldez escribe: “La poesía de Mena Cantero es una apasionada búsqueda de sí mismo a través de Dios, el paso del tiempo, el amor, la soledad, la intimidad cotidiana…”

Manchego, de Ciudad Real, vivió en Llerena durante unos años a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta.  Aquí seleccionó, ordenó y realizó un estudio preliminar de las cartas de Arturo Gazul Sánchez-Solana. Después de unos años dedicado a la docencia, marchó a Sevilla donde ha vivido hasta su muerte. En la capital andaluza fue impulsor y director de las revistas literarias Ángaro y Cal.

“Me marché a Llerena. Desde allí hice muchos viajes a Sevilla y me empezó a llamar la atención. Daba clase en un colegio privado. Cuando se cerró pasamos a ser del instituto, pero yo me negué. Se abría un colegio en Sevilla, Tabladilla, y me vine de profesor de Lengua, Literatura y Filosofía”. (Declaraciones al periódico ABC, de Sevilla).

Ese colegio de Llerena era, según la terminología de la época, el Libre Adoptado Nª Sª de la Granada.

No tenía que levantar la voz para hacerse respetar. Imponía su autoridad de forma natural, sin estridencias. Su licenciatura en Pedagogía, además de la de Filosofía y Letras, le confería un gran conocimiento en su manera de enseñar. Al final de cada clase confeccionaba un cuadro sinóptico donde recogía las ideas fundamentales, los siglos con sus corrientes literarias, características, autores y obras.

Durante su estancia en Llerena vivió en la Plaza de los Ajos, al lado del monumental Complejo Cultural de la Merced, que antes fue sede de la Compañía de Jesús. Aquí la vida le clavó el rejón más doloroso: la muerte de uno de sus hijos.

La mañana de su reincorporación a clase escribió en el encerado el comentario de texto del día. Del poema de Amado Nervo, ‘Al Cristo’: ‘Yo, maestro cual tú, subo al Calvario, / y no tuve Tabor cual tú tuviste…/ Ten piedad de mi mal, dura es mi pena/ numerosas las lides en que lucho;/ fija en mí tu mirada que serena, /y dame, como un tiempo a Magdalena/ la calma:/ ¡yo también he amado mucho!”.

 Quizás por eso su obra, según Pedro A. González Moreno, “es una poética de la desolación. Toda su lírica, de raíz existencial se vertebra sobre los ejes de la pena y el dolor, y se cimenta sobre los pilares temáticos de la temporalidad, la muerte y la evocación de un pasado ya irrecuperable”.

Cortes de luz

En mi casa sabíamos cuando terminaba el cine porque la luz, que durante la proyección era débil y mortecina, se volvía de pronto intensa.  Poco después se oían por la calle los pasos de los espectadores que regresaban a sus casas.  Algunas lámparas perdieron su vida con estos altibajos. La potencia del generador eléctrico que suministraba electricidad al pueblo era limitada y cualquier gasto extraordinario hacía que el resto la recibiera con menos potencia o se iba una fase y quedaba a una parte del pueblo a oscuras.

Las noches de otoño e invierno, una vez que oscurecía, las personas mayores evitaban, siempre que no fuera necesario, salir de casa porque los puntos de alumbrado eran escasos y estaban mal distribuidos. Bombillas colgantes de brazos metálicos situados en las esquinas, y algunas en el medio de las calles más largas, estaban al albur del viento y la lluvia. Su claridad no cubría más allá de los dos o tres metros a la redonda. Islotes amarillentos entre las tinieblas. Los que salían llevaban linternas para sortear los charcos y el barro, sobre todo, en las callejas, que estaban más oscuras.

El suministro eléctrico de mi pueblo procedía de una empresa fundada a principios del siglo pasado, la ‘Eléctrica Berlangueña’, una sociedad anónima y familiar con un reducido número de accionistas, que combinaba la moltura de cereales para harina y la extracción de aceite en las almazaras, con el suministro de fluido a varios municipios: Ahillones, Berlanga, parte de Llerena, Maguilla, Valverde y Valencia de las Torres.

 Existían en la Campiña Sur otras empresas, como ‘La Eléctrica de Azuaga’, creada por la familia de don José Espínola en 1903, que suministraba también a Granja de Torrehermosa. En Llerena disponían de la de don Lorenzo Martín Hernández y la fábrica ‘Electro Harinera de San Francisco’.

Eran frecuentes los apagones. Había que tener a mano velas, quinqués y candiles.

Cuando sucedía esto, un empleado de la empresa que gestionaba el transformador de mi pueblo, recorría el trazado del tendido montado en una burra y revisaba palo por palo para intentar averiguar dónde se había producido el desperfecto. Existía un acuerdo.  Si el palo caído estaba de la mitad hacia Ahillones correspondía a ellos el arreglo.  Si estaba de la mitad para Berlanga, a la ‘Eléctrica Berlangueña’.

Ha habido, desde aquellos remotos años, un progreso espectacular en el suministro y uso de la energía eléctrica. Paneles solares, baterías virtuales, consumo con horarios a la carta, vertido de la energía sobrante a la red, creación de una hucha solar para usarla cuando convenga…Pues, a pesar de este meritorio avance, todavía se siguen produciendo cortes, molestos e intermitentes, en pequeñas localidades de por aquí cuando alguna borrasca de las bautizadas con nombres propios nos afecta. Sería conveniente poner los medios para que no se produzcan. Ya no hay burras para recorrer los palos del tendido en noches de temporal.

Rayas y arrugas

 

La veteranía es un grado en todas las profesiones. En la mili la ostentaban entre la tropa los que pertenecían al reemplazo próximo a licenciarse, que eran conocidos como los abuelos. En sus ajadas gorras de faena lucían los galones que acreditaban su condición. Consistían en rayas que representaban los meses de servicio y que iban tachando, según concluían. Cuando llegaban al último lo desgranaban en días, una cuenta atrás hacia la licenciatura, previa a la entrega de uniformes y la concesión de la ansiada cartilla con el ‘valor se le supone’ anotado en su interior.  Miraban a los novatos con cierta condescendencia desde el atril que les otorgaba su experiencia cuartelera. Al toque de diana siempre había alguno de ellos que pregonaba a voz en grito las que le faltaban, rematando con la coletilla …’y la loca’, que era la que suponían la última antes del licenciamiento. Fecha movible, según soplaran los famosos ‘macutazos’.  

Los últimos quintos llamados a filas superan ya los cuarenta años, pues en el 2022 desapareció el servicio militar obligatorio. Aquellos abuelos, que tenían tantas ganas de que el tiempo pasara entonces, quisieran ponerle hoy freno a su transcurso poniendo palotes en sus ruedas.

Siendo objetivamente el mismo para todos, no afecta igual a la misma persona en distintas circunstancias.

El péndulo del sol, del orto hasta el ocaso, lo divide, sin tictac de reloj ni toques de campanas. Sólo la cadencia de la luz sella en silencio el principio y el fin de cada jornada.

El hombre ha multiplicado o dividido esta unidad, comprendida entre albores y ocasos, en semanas, meses años, siglos; horas, minutos…

Sírvase usted mismo, cuéntelo como más le convenga. Los atletas o pilotos de Fórmula 1 lo hacen por milésimas de segundo. Uno más o uno menos pueden significar podio o fracaso. Los jubilados hacen particiones más flexibles. Por mañanas y tardes. Según el tiempo atmosférico, brasero o paseo, con billete de ida y vuelta. Alguna parada con los vecinos que se han ido encontrando en el trayecto. La tarde desciende apaciblemente hasta la hora del telediario.

El transcurrir de los años ha ido alejando a los abuelos de los cuarteles de estos que hoy, siendo los mismos, cambiaron las rayas por arrugas. Y estas, en lugar de disminuir, aumentan.

Dando un paseo fluye en el silencio de la dehesa entre encinas centenarias, esta reflexión.

¿Para qué llegar tan pronto de dónde no has de volver luego? Espacia el paso y disfruta.  El camino es bello, placentero a los sentidos. Pequeños detalles que a veces pasan desapercibidos.  Macetas en las rejas, el musgo verdinegro en las umbrías, la lagartija al sol, el planear del águila en el cielo, las margaritas en los prados, las caprichosas formas de las piedras, el riachuelo… ¿Para qué llegar tan pronto si la vida es el trayecto y cuando en verdad llegas ya estás muerto?

 

Mi querida España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta piel de toro que habitamos con rabo por Gibraltar, costillares en la meseta e ijares en tierras extremeñas, está curtida al sol del mediodía y azotada por vientos de distintas direcciones: solanos, cierzos, mistrales, gallegos, tramontanas…Además de remolinos y tolvaneras que sorprenden con violentas espirales. Pero, al mismo tiempo, es susceptible e irritable cuando le tocan sus partes más sensibles.

No es alergia de adolescencia, pues es vieja y está experimentada en mil batallas. Lo genera su propia idiosincrasia, su sistema inmune que se replica a sí mismo como el eco de la tormenta entre montañas.

 

 

 

 

 

 

 

 

En ella pusieron sus pies iberos, celtas, celtíberos, fenicios, griegos, tartesios, cartagineses romanos, godos, musulmanes que fueron dejando un poso de culturas y civilizaciones…Y, desgraciadamente, también de guerras. Tenemos un listado numeroso. Entre otras, la de Sucesión a la muerte de Carlos II, la de la Independencia contra los franceses, la guerra de los Comuneros de Castilla, con Carlos I de España y V de Alemania como emperador, que llevaron al cadalso a Padilla Bravo y Maldonado, como citábamos de corrido en la escuela. Tres guerras carlistas por la pugna entre los partidarios del infante Carlos María Isidro e Isabel II, la permanente disputa entre conservadores y liberales. Y la más reciente, la civil del treinta y seis.

La Constitución de 1978, con zonas de penumbra mejorables, ha propiciado un largo periodo de estabilidad y progreso. Pero a esta piel, que debería de estar curada de espanto y asentada, todavía le salen urticarias.

Después de seis siglos no hemos conseguido tapar las grietas de su construcción por la falta de visión política de unos dirigentes que se pasan o no llegan.

 

 

 

 

Este desasosiego de acostarnos temiendo que las goteras del techo, allá arriba, nos echen el edificio abajo, es un continuo sinvivir. No podemos soportar permanentemente esta zozobra.

José Ortega y Gasset en la ‘España invertebrada’ escribe: “La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás”.

Y cuando uno no se siente parte del grupo tira de la manta y deja con los pies al aire a los demás. Viendo de donde proceden los tirones puede suponerse quiénes vamos a sufrir los primeros estornudos.

No queremos una situación como la que describió Antonio Machado: “Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda, la malherida España/ de carnaval vestida/nos la pusieron pobre, escuálida y beoda, /para que no acertara la mano con la herida”.

Cambiarán los gobiernos, pero los problemas seguirán mientras no se les dé solución, que no pasa por enfrentar a la mitad de los españoles con la otra mitad. Esta tarea corresponde a estadistas de altura que, sin caballos de Pavía ni destrucción del Estado, sean capaces de fijar límites claros, precisos y estables, sin menoscabo de dignidad y derechos para nadie.

Nuevas tecnologías y aprendizaje

 

Fueron llegando los ordenadores a los centros de enseñanza poco a poco, con pisadas de ratón sobre almohadillas. Los primeros, rudimentarios, con tarjeta de presentación de MS-dos.

Los maestros más veteranos los miraban con recelo.

Mediaba la década de los ochenta. La informática estaba en pañales y los que debíamos de empezar a utilizarla en pelotas. Comenzamos a familiarizarnos con términos desconocidos hasta entonces: sistema operativo, gigas, pixeles…

Organizaban cursos para formar, con premura y falta de criterios claros. Yo asistí a uno en el antiguo CEIRE (Círculos de Estudios e Intercambios para la Renovación Educativa) de Berlanga. Teníamos que aprender a programar. La ignorancia propia de los novatos, unida a un escaso material y a lo enrevesado del contenido terminaron por desanimar a muchos.  No era esa nuestra función ser programadores.

Convocaron proyectos, como el Atenea, restringido a los centros que presentaran solicitud y compromiso de aplicarlo.

Llegó después la expansión con mejoras funcionales. Entonces sí que las ciencias adelantaban que era una barbaridad. Se dotó a las aulas de ordenadores, pizarras digitales, impresoras…

Pero es momento ya de hacer balance, sin negar el indudable adelanto que han supuesto y las ventajas que conllevan las nuevas tecnologías.

Suecia va a revisar y a corregir ciertos aspectos en su utilización. No hay una correspondencia entre su uso y una mejora de los resultados académicos.

Un estudio realizado por la OCDE, ‘Estudiantes, ordenadores y aprendizaje’, pone de manifiesto sus peligros y desviaciones.

Han marginado la escritura a mano, empobrecido el vocabulario, devaluado la reflexión y profundidad en los trabajos, dispersado la atención y la concentración…

Nos señalaron un objetivo y nuestra mirada quedó trabada en el medio que lo facilitaba. Nos deslumbraron las pantallas.

Hay que dosificar y racionalizar su uso.  Abogan por utilizar más el papel, los apuntes a mano, la elaboración personal de los trabajos. Menos pasividad y rincones para vagos.

Los entendidos consideran que en las primeras etapas de la enseñanza, que son fundamentales para asentar las bases sobre la que se construirá el edificio de la formación posterior, no debe generalizarse su uso.  

Aunque lo de la letra con sangre entra está, afortunadamente desterrado, aprender precisa un poco más de implicación, de concentración y esfuerzo.

 

Hay un camino que va de los sentidos al cerebro, de lo concreto a lo abstracto, que es preferible recorrerlo con actividades más elaboradas por nosotros, más personales.

En expresión escrita, la caligrafía, los dictados, las redacciones y los comentarios de textos adaptados a la edad, así como en expresión oral las exposiciones coherentes y razonadas, constituyen el armazón de una buena formación académica.

De aquel maestro que describió Antonio Machado con un libro en la mano mientras los colegiales recitaban “mil veces ciento cien mil, mil veces mil, un millón”, un fósil de ámbar conservado en la carcomida estantería de los recuerdos, quizás haya que rescatar algo que no cambia con las modas.

 

La vida, en bancarrota

 

Los que vimos por televisión las imágenes no las olvidaremos jamás. Sucedió en Armero (Colombia) en el año 1985. La niña Omayra Sánchez estuvo durante tres días atrapada en una poza envuelta en el lodo que había provocado la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Le llegaba el agua hasta la boca y apoyaba sus pies sobre los cadáveres de su familia. Los intentos por salvarla, carentes de los medios adecuados, resultaron inútiles. Su lenta agonía conmovió a todo el mundo por la entereza, el valor y la sensatez que demostró en aquellos momentos tan dramáticos.

 Bastantes años antes de este suceso, en junio de 1972, el fotógrafo Nick Ut fotografió a un grupo de niños vietnamitas que huían despavoridos por una carretera de las bombas de napalm. La niña que corría desnuda gritando de dolor por las quemaduras, junto con sus primos, era Kim Phuc.  Esta impactante instantánea ganó el premio Pullizer al año siguiente.

Son dos testimonios que reflejan el sufrimiento que pueden provocar la naturaleza o la barbarie humana. Incontrolable en un caso, previsible y evitable en otro, si la condición humana no estuviera podrida por el odio, los fanatismos y los intereses económicos.

La inmensa mayoría nos conmovimos al contemplar estas escenas. Habría que tener muy mala baba para no hacerlo o ser un psicópata que no es capaz de sentir empatía por las víctimas.

Esa misma índole es la que en su faceta positiva salva vidas o muestra apoyo y solidaridad con los que sufren. De los dos comportamientos existen ejemplos abundantes.  Repulsivos unos, encomiables otros.  Como seres humanos rozamos la gloria o avivamos los infiernos.

Las guerras hacen rutina de la muerte y, como consecuencia, la vida pierde valor, hasta la insignificancia. El bien fundamental, individual e irrepetible, está a merced de sanguinarios iluminados, revestidos de mesías de sus pueblos.

Los medios de comunicación informan diariamente de los muertos y heridos que se van produciendo en atentados y contiendas.  La última salvajada, centenares en un hospital. Números que conforman estadísticas a los que nos estamos habituando con pasmosa indiferencia.

Más abyecto aún, más denigrante, más enfermizo es justificar o condenar según bando, religión o ideología a los que pertenecen las víctimas. Una aberrante malformación de las conciencias y distorsión de valores que siente alivio el malsano placer de la venganza.

Existe un derecho natural, fundamentado a lo largo de los siglos por eminentes filósofos y pensadores, que distingue lo justo de lo injusto con validez universal y permanencia en el tiempo.

La humanidad va degenerando. Vamos cuesta abajo en la rodada hacia la autodestrucción.

¿En nombre de qué patria o de qué ideas pueden encontrarse justificaciones para matar a niños y personas inocentes?

Erigimos pedestales o condenamos al olvido, según y cómo. Creamos héroes o convertimos en villanos. Memoria u olvido, a conveniencia. Nadie, enarbolando banderas, tiene derecho a hacer sufrir a sus semejantes.

Por mi puerta pasarás

Teníamos por costumbre reunirnos en una taberna, con parada y fonda en los últimos peldaños de la noche. Días de vino y rosas de juventud.

Algunos acudían después de pelar la pava con sus pretendidas y los que no teníamos donde poner las manos, sino en el pentagrama del aire para apoyar conversaciones, tras haber estado de ‘cordeleo’, actividad también denominada viacrucis, sin ser pastores en el primer caso ni penitentes en el segundo.

Tío Juan era el dueño de la tasca. Analfabeto de papeles, pero avispado por naturaleza y por aprendizaje adquirido con el trato con la gente en sus diversos oficios. Recovero, comprador al peso de hierro, vendedor de cuajo para hacer queso y tabernero, entre otros. Bagaje que le ayudó a comprender los vericuetos de la condición humana y reflejarlo en sus opiniones y en la cautela al exponerlas.

Ponía de aperitivos patatas y sangre aliñadas con tomate. Gozaron de merecida fama en los contornos.

Nos avisaba cuando quedaba un resto con la salsa y esa noche comprábamos un pan para mojar en la perola. Charla, vino, comida y buena compañía.  Pequeños placeres de la vida.

Él cenaba detrás de la barra mientras nosotros charlábamos en una mesa camilla sobre cualquier tema que caía a pelo con la fogosidad y vehemencia de la juventud.

Escuchaba y callaba. Sólo en ocasiones participaba con comentarios puntuales para aclarar alguna historia del pueblo de la que desconocíamos los detalles o para dar referencias de parentesco.

Si uno de los presentes exageraba en el relato se colocaba su pañuelo en la cabeza, lo que venía a significar que para él aquello era una trola difícil de digerir.

Usaba una frase admonitoria cuando referíamos acciones que él, por su edad avanzada y sus achaques, ya no podía realizar: ‘Por mi puerta pasarás’, dándonos a entender que las limitaciones que él padecía entonces las sufriríamos nosotros cuando llegáramos a su edad.   Y vaya si tenía razón.

Mi amigo José María reside desde hace muchos años en Badajoz. Me comenta las dificultades para desplazarse por la ciudad. Tiene amputada una pierna y utiliza una silla de ruedas motorizada. Su domicilio está en una esquina donde se cruzan la Avenida de Colón y Antonio Masa. Me da detalles de aceras cercanas y de su mal estado.  El otro día para llegar al río tuvo que hacer parte del trayecto por la calzada, con el consiguiente peligro. ¿Que a qué viene esto? Pues porque ya hemos llegado a aquella puerta que nos decía el curtido tabernero. Traigo aquí su caso para apoyar su petición, que, hasta ahora, no ha recibido respuesta. 

Pónganse, señores munícipes, en su lugar y en el de todos los que están en parecidas circunstancias. Por esa puerta habrán de pasar también ustedes y comprenderán entonces cuánto se agradece poder pasear por la ciudad donde uno vive sin que haya que ir esquivando obstáculos. 

Dar pico y salir con pala

Cuatro letras, cuatro fonemas enlazados en la escritura o en la boca bastan para abrir un variado abanico de significados y acepciones. La polisemia es rica, pero, al mismo tiempo, exige concreción. Un uso ambiguo produce equívocos.

En una clase de lengua de primaria realizábamos un ejercicio sobre las diversas formas de decir la hora. Al preguntarle a una alumna sobre el significado de ‘es la una y pico’, respondió que era el momento de tomar algo para picar.

Si alguien dice, ‘me pidió un pico y se lo di’, sin más información, puede que el que escuche interprete que se refiere a un beso en los labios, de esos que son como un roce de alas de mariposas, o a la herramienta con la que se abren zanjas y se lastiman espaldas. Puedes ir a por lana y salir escaldado.

Hay que especificar contexto y situación para que el oyente o lector comprenda de qué va el asunto.

 El diccionario de la RAE recoge los posibles usos de este término. Hay casos curiosos. Una de las expresiones del mundo marinero es ‘pico cangrejo’, expresando esta última la verga que se ajusta al palo. La mente se adentra en el atrayente terreno del erotismo. Pero hay que aclarar. Aquí no es pene, sino percha labrada convenientemente a la cual se asegura el grátil de una vela. Vuelva al redil la imaginación libidinosa.

El pico puede ser de aves, mesas, canteros, vasijas, candiles o velones. Aludir a la cúspide aguda de una montaña o a la montaña de cumbre puntiaguda. Al todo o a parte.

A un pañal triangular para niños, a una cuantía pequeña de dinero que excede de un número (cien euros y pico) o a una cantidad abundante (eso vale un pico).

Puede referirse a la pinza de las patas delanteras de los crustáceos, a la punta o porción de ganado o al órgano chupador de los hemípteros.

De quien posee facilidad oratoria decimos que tiene un pico de oro.

Beber a pico de jarro es hacerlo con desmesura, sin medida, tirándoselo a pecho hasta que la respiración aguante.

Abrir el pico y cerrar el pico, son formas de expresar habla o calla 

El que anda a picos pardos se dedica a hacer cosas sin provecho y el que está de picos pardos, anda de juerga.

 

 

 

 

 

 

 

En la actividad cinegética existen otras acepciones. Entrar de pico, cuando el ave viene hacia el cazador de frente o con el pico al viento, cuando vuela contra él.

El que habla de pico lo hace de boquilla, habla por hablar, sin comprometerse a lo que dice. Quien hace el pico a alguien, se entiende que lo está manteniendo de comida.

Tener una palabra en el pico de la lengua es tenerla a punto de acudir a la memoria.

Y por fin hincar el pico, que es morir. Rico vocabulario el nuestro.

Bloques

El toreo ha tenido en diversas etapas de su historia figuras representativas de estilos diferentes. Cada una con detractores acérrimos y ardientes defensores.  Viene de muy atrás: De ‘Costillares’ y Pedro Romero, de Lagartijo y Frascuelo, de Joselito y Juan Belmonte. Yo conocí en los años sesenta la rivalidad entre los partidarios de Antonio Ordóñez, representante del toreo clásico, y los de Manuel Benítez, ‘El Cordobés’, que rompió cánones con su heterodoxo salto de la rana.

Pasa también con el fútbol. Aunque hay aficionados para todos los clubes, a nivel nacional, y traspasando fronteras locales, el grueso de la afición se decanta por el R. Madrid y el Barça.  Si queremos comprobar el resultado de esta rivalidad, no hay nada más que juntar en un bar a forofos de uno y otro equipo un día de partido.

A nivel político está sucediendo algo parecido. Alrededor de los dos partidos mayoritarios se han formado dos bloques que han polarizado filias y fobias, manifestadas por seguidores y detractores con frecuentes insultos y difamaciones. Basta con asomarse al vomitorio de las redes sociales para comprobarlo.

Como agujeros negros, las formaciones grandes, engullen lo que hay alrededor. Y como se tragan a los que están en sus extremos sufren la indigestión de tan dispar comida, al tiempo que sus imágenes ante los electores se cargan de tonos más intensos, rojos y azules.  

La elección se reduce a dos bloques que, aunque formados por variadas siglas, pueden reducirse a dos: derechas e izquierdas.

Dicen los entendidos que tener muchas posibilidades para escoger puede generar angustia e insatisfacciones. Es lo que llaman la ‘paradoja de la elección’: más libertad, pero más dudas.

Cuando las opciones se reducen a dos, te caldeas menos la cabeza, pero existe el inconveniente de que acentúan la división entre los partidarios de ambas opciones. Hay expresiones populares de esta dicotomía: Lo tomas o lo dejas. Teta o chupe. Bebes o soplas. Conmigo o contra mí.  Monárquico o republicano.  Simplismo elevado al cuadrado.

Demos las gracias por que no ha llegado todavía el que proclame:  Yo o el caos.

Nos quieren llevar por dos grandes cañadas al aprisco, con alambradas a los lados y eliminando las alternativas de las veredas.

 

Mientras no modifiquen la Ley Electoral vigente, y esto no les interesa a los grandes partidos, la representación estará distorsionada. No es justo que una formación con poco más de 390.000 votos saque siete escaños y a otros no les sirvan 600.000 para obtener un diputado. Es solo un ejemplo.

Exigir impunidad y referéndum de autodeterminación a cambio del apoyo a la gobernabilidad, contando con solo siete diputados, no es de recibo. El 1,60% de votantes no puede condicionar al 98,40%. 

Faltan un poco de sentido común y altura de miras. El bien común antes que el propio.

Hasta septiembre, si por bien es y así lo quieren. Ha sido un placer. 

Nuestras casas

Los bloques de pisos son corazones que laten con pulsaciones luminosas desde que empiezan a encenderse las primeras luces en sus habitaciones hasta que se van apagando poco a poco.   Cada punto de luz es un latido. Aunque se perciben desde fuera, solo los que están en su interior saben los motivos por los que se encienden o se apagan.  Marcan las horas de sueño y los desvelos. El llanto de un niño que despierta a los padres, la encarnación del amor o el desasosiego de los que esperan. Tal vez un malestar repentino.  La vida, con sus preocupaciones y esperanzas.

Las viviendas son los refugios en los que nos resguardamos de la intemperie. Lugares donde hallamos descanso y, sin composturas ni poses obligadas, nos relajamos. Los silencios no son incómodos y las palabras fluyen espontáneas, sin cumplidos ni obligación de tener que abrir la boca.

La alegría y la tristeza se manifiestan sin filtros, también los enfados y, desgraciadamente, a veces, la violencia.

De niños corríamos hacia la nuestra cuando nos encontrábamos en apuros, como los animales lo hacen a sus madrigueras si presienten el peligro.

¡Ay los timbres en la madrugada y los aporreos en las puertas a deshoras, cuando no se espera a nadie! Toques de ansiedad cuyos ecos quedan flotando en el silencio de la incertidumbre. ¿Quién será a estas horas?

 En los pueblos las casas han dejado de ser los lugares donde se desarrollaban tres hechos fundamentales: nacer, celebrar los casamientos y velar a los muertos. Vida, amor y muerte. Las tres heridas que escribió Miguel Hernández.

La comadrona y las vecinas ayudaban a dar a luz. Los parientes de ambas ramas preparaban los convites de las bodas. En los duelos se despedía al difunto acompañándolo por última vez.

Cuando la noche estaba en su cresta y los gallos aún no habían movido la suya para picar el alba, quedaban la familia y los vecinos más allegados. Entre cabezadas se fumaba y se charlaba con lagunas de silencio en las que solo se oía el tictac del reloj, marcando la cuenta atrás a la alborada. Alguien, que se asomaba al exterior de vez en cuando, anunciaba el clarear. La luz del día pasaría de largo, por primera vez y para siempre, por las pupilas inertes del difunto.

Lo dijo Pascal. Todas las desdichas vienen por no saber permanecer en casa. Te acuerdas en los apuros.

Una noche borrascosa, con viento y lluvia, regresábamos un grupo de amigos de la discoteca de un pueblo cercano por una carretera poco transitada. Pinchamos una de las ruedas del coche. Casi a tientas, nos pusimos manos a la obra para cambiarla. Uno de los compañeros de expedición, paraguas en mano y de espaldas al ábrego, aliviaba la hinchazón de su vejiga.  Estando en estas, exhaló un suspiro que le salió del alma: “¡Quién estuviera en casa meando para acostarse!”