En las pequeñas tiendas de los pueblos suelen tener una libreta donde se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos del año para la mayoría de los vecinos se produce con los que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna. Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.
Una modalidad de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas con este sobrenombre.
Los saludos más tradicionales entre hombres han sido siempre chocar las manos y abrazarse. Dicen que si aprietas cuando saludas transmites seguridad y confianza. Los hombres saludaban a las mujeres cogiéndoles suavemente la mano y haciendo ademán de besársela con leve inclinación de tronco.
En el genuino abrazo entre hombres se cruzan las manos abiertas en la espalda con palmoteo efusivo proporcional a la intensidad de la emoción y al tiempo transcurrido. En su máxima expresión pueden salir despavoridos los polvos depositados en la chaqueta durante su estancia en el ropero.
Pero ahora se ha puesto de moda un saludo que está a mitad de camino entre el beso y el abrazo. Un híbrido de forma y compostura, entre rito medieval caballeresco y antiguo saludo eclesiástico de paz, saludo moruno, que alterna el roce de mejillas mientras sujetas los hombros del otro con las manos. El abrazo se queda corto y el beso se da al aire. Se pierde como mariposa invisible que vuela labiada sin que a nadie aproveche. El roce alternante de mejillas no llega a cuajar en abrazo porque las manos se quedan desalmadas en los hombros.
O estrecho abrazo o beso. No quiero besos al aire, ni híbridos de mula torda. Al beso, labios y al abrazo fuerza.
En la autorregulación normativa por la que El Consejo General del Poder Judicial se rige, se dice que sus consejeros no tienen obligación de justificar el motivo de sus viajes.
La vicepresidenta del gobierno ha manifestado que el número de diputados y senadores está fijado por la Constitución y no puede modificarse, salvo que se reforme la misma.
Hasta principios del siglo XX Las mujeres no podían votar en las elecciones porque la ley no contemplaba esa posibilidad.
Si todos los gobernantes de los distintos países hubiesen justificado la existencia de situaciones injustas en la vigencia de leyes que las respaldaban, probablemente persistirían en nuestros días la esclavitud y la pena de muerte.
De eso se trata, de cambiar las leyes que haya que cambiar, incluida la Constitución, para que España salga del lodazal. Como dijo el presidente Clinton: “Es la economía, imbécil”
Sara Montiel interpretaba con su peculiar estilo la canción del Polichinela. El estribillo decía: “Cata-catapún, catapún pon candela/arsa pa’rriba polichinela./Cata-catapún, catapún, catapún/como los muñecos en el pin-pan-pun.”
Mientras nos dedicábamos a tirarle pelotazos al polichinela en la caseta de feria, descargando nuestro enfado contra él y azuzados por animadores inclementes, las termitas, fuera de los focos que iluminaban a la pobre marioneta, roían las patas de la caseta.
Apagadas las luces y destrozado el muñeco, la caseta se nos viene abajo y nuestra atención se dirige ahora al daño silencioso que han provocado los voraces insectos.
Surgen estas pinceladas, diversas y asimétricas de tres situaciones que tuvieron como referencia al pueblo de Reina y que, en conjunto, conforman un pequeño ramillete de vivencias evocadas ahora con añoranza.
La primera de ellas ocurrió una tarde de primavera del año 1964 cuando en la capilla del Seminario Menor celebrábamos el mes de mayo. El padre espiritual del los Gramáticos interrumpió las plegarias para darnos la triste noticia de la muerte de D. Juan Portero Muñoz, el cura de Feria que ejercía sus funciones sacerdotales en Reina. Tenía yo entonces doce años y la fuerte impresión que me produjo este hecho se debió a que lo conocía personalmente, pues coincidimos en el Seminario, él ya en su último curso de Teología cuando fue misacantano, y a que el lugar donde ocurrió el suceso estaba muy próximo a Ahillones. Aquella sotana enredada en sus pies, la pronunciada ladera del castillo, la luz difusa del atardecer, el derrame interno, su traslado hasta Badajoz… Todo quedó guardado para siempre en el arcón de la memoria. Cada vez que veo el monolito blanco erigido en el lugar donde se produjo el accidente: “Aquí sufrió mortal caída nuestro párroco D. Juan Portero Muñoz. En testimonio de gratitud y afecto sus feligreses. Reina 11 de mayo de 1964”, mi imaginación vuela hacia aquella tarde en que la canción “Rosa de abril morena de los vientos…” quedó teñida de rojo con la sangre vigorosa y joven de tan buena persona.
Otras tardes de los años 72 y 73 generaron recuerdos más agradables. Un amigo que intentaba ennoviar en Reina me pedía en algunas ocasiones que lo acompañara en su furgoneta DKW. Él me recogía en Llerena, lugar donde residía entonces por mi trabajo. En una sala interior del bar de La Perla poníamos un pequeño casete con una cinta de Rumba Tres y así organizábamos algo parecido a un baile. Una noche, después de una tormenta que descargó por la tarde, paseando por la carretera que enlaza con la de Llerena – Fuente del Arco, pude disfrutar las bellezas que me ofrecía tan privilegiado lugar: contemplé las luces lejanas y tenues de otros pueblos diseminados por la campiña, observé la inmensidad del cielo estrellado que aquí parecía estar más cerca, respiré los aromas del tomillo y del cantueso remojados en la tarde y sobre todo me introduje en el ropaje envolvente del silencio que anudaba todo como un regalo para los sentidos, roto sólo por el canto punzante de los grillos que parecían tejer las costuras de la noche para que nada escapara de aquella burbuja tan acogedora. A mi espalda el castillo, desdentado y viejo, pero majestuoso y digno, conservando el abolengo y la hidalguía de pasados esplendores.
La tercera pincelada que rememoro ocurrió durante las celebraciones en honor de La Virgen de las Nieves, que han sido siempre muy visitadas y celebradas por los vecinos de Ahillones. Un año, de hace muchos, unos amigos se personaron el primer día de fiesta y copa tras copa, ración tras ración, no se dieron cuenta del paso de las horas. Tan bien lo pasaban que habían transcurrido dos días desde su arribada al pueblo. Las familias preocupadas, pero sabedoras de sus paraderos, decidieron recurrir a tres personas de orden para que se acercasen a Reina y convencieran a los festeros de que ya era hora de regresar. Al bar de Mauricio llegaron los encomendados en plan rescate para, con sus mejores argumentos, intentar conseguir el noble objetivo de llevárselos consigo. Así que comenzaron aceptando la invitación a una copa que les hicieron los trasnochadores paisanos. Y claro, no está bien que te inviten y no corresponder: llénanos que ahora invitamos nosotros. Así empezó a liarse la madeja.
Como consecuencia, la expedición fue un fracaso, pues no sólo no regresaron los hijos pródigos, sino que se incrementó su número con uno de los emisarios.
Estas son las tres pinceladas, los tres recuerdos que he querido narrar de forma breve. Después de muchos años la vida continúa y Reina, paloma alada con dos fuentes, sigue reposando en un pliegue alargado de la sierra. Su castillo, vigía de la Campiña, recibe antes que nadie los primeros rayos del sol cada mañana y, a la tarde, alarga las manos presurosas de su sombra hasta el pueblo y lo envuelve protectoramente a la espera de la noche, mientras a sus espaldas, en dirección a Torres, el astro enrojecido se hunde en las estribaciones azules de Sierra Morena.