Somos pahilones.
Sacados de un lugar del corazón
Obtengo bienestar si la memoria
Muestra aquellos pasajes de mi historia
Ocupados en juegos e ilusión.
Sin más preocupaciones que el balón
Pude sentir los goces de la gloria
Al lado de la fuente y de la noria
Hasta alcanzar momentos de pasión.
Ilusiones gozadas y vividas,
Llevadas con cariño y gratitud
Orlan, ribeteadas de emociones,
Nuestra andanza de vidas compartidas
En el pueblo que lleva con virtud
Sonoro el gentilicio de pahilones.
Lutos antiguos.
El luto era un cuervo torvo
con la cara amarillenta
nevado de plumas negras
como ligeras pavesas
que lentas se iban posando
sobre un silencio de plomo.
Una clausura de angustias
llena de suspiros hondos
que se escapaban al aire
por las rendijas azules
de las puertas entreabiertas.
Manto y velo de azabache
sobre la luz y los sueños.
Rosario de ajadas cuentas
en las sombras de la noche
de la habitación a oscuras
con murmullos de panales
que desgranan letanías
con rastras de purgatorio.
En los huecos de los rezos
el martillo del reloj
cortando el envés del tiempo.
Era echar la llave al mundo
y arrojarla a un pozo oscuro
donde se escuchan los gritos
infantiles de unos niños
que llamaban a la mora
las largas tardes de julio.
Sonetillo acróstico.
A JUAN FCO. CARO PILAR
(Sonetillo acróstico)
Juan Francisco, verbo ardiente,
Fino, de pluma fluída.
Retratista de la vida,
Agudo, mordaz e hiriente.
Nunca de gracia carente,
Con cierta audacia atrevida,
Irónico sin medida,
Síntomas de inteligente.
Cronista de su pasado,
Observador del presente,
Cual maestro y abogado.
Ahillones está en su mente,
Rincón por siempre añorado.
Oh, Caro amigo,¡tu fuente!
Isidoro Jaramillo Hdez.
Llerena, 23-11-2012
Nota.- Mi agradecimiento por esta composición que me ha dedicado Isidoro Jaramillo, amigo, colega y compartidor de aficiones flamencas. Me consta que el término hiriente está utilizado por el autor, como no podía ser menos, con la acepción de” tocar el punto esencial de una cuestión”, no con la de ofender o agraviar.
Viajar en autobús.
(Carta publicada en el periódico HOY 22-11-2012)
Trayecto: Llerena- Montijo. Salida de Llerena a las 11:45. Primer transbordo en Fuente de Cantos. Segundo, en Almendralejo. Tercero en Mérida. Llegada a Montijo a las 16 horas. Total cuatro horas y cuarto.
En Mérida el conductor nos comunica, amablemente, a los tres pasajeros que esperábamos que ese autobús está para los funcionarios de la Junta y que irá a recogerlos a ellos en primer lugar. Después, si hay plazas vacantes, podemos subir; de lo contrario no podrá llevarnos. Afortunadamente pudimos finalizar el recorrido y no tuvimos que coger el tren que sale a las 18:15 o hacer noche en Mérida, pues era el último servicio de autobús por la reciente supresión del de las 4:45. En la página web de la empresa no se hace mención a esta eventualidad. Sólo indica la hora de salida y llegada.
No quiero ni imaginar lo que puede ser un viaje de Llerena a Herrera del Duque, por ejemplo, si es que existe esa posibilidad.
Circos.
Llegaban algunos circos a la Plazuela con no mucho más bagaje que un madero que hincaban en el suelo, en cuya parte superior colocaban los focos para iluminar el recinto, y unos tablones que servían de escenario a la altura del suelo. Los espectadores llevaban las sillas de sus casas para sentarse alrededor. Mediada la función pasaban una bandeja y la voluntad de cada uno dejaba unas monedas sobre ella. Mejoraban ingresos con una rifa, generalmente de una botella de anís o una muñeca.
Un mono, una cabra y algún jamelgo completaban el plantel de los pobres circenses, que acuciados por la necesidad recorrían los pueblos en carromatos o en vetustos y desvencijados camiones.
Los circos mejor dotados disponían de cerramiento de plástico o madera y tubos y tablas para montar los asientos del gallinero. Bordeando la pista ponían sillas de tijeras. Estas eran las localidades de preferencia.
Las atracciones más frecuentes eran las de contorsionistas, trapecistas y malabaristas. Recuerdo actuaciones en las que un hombre pasaba descalzo sobre botellas rotas. Otra que produjo gran expectación y comentarios durante mucho tiempo fue la del hombre de la piedra en el pecho. Consistía en romper una piedra a mazazos sobre el pecho de un hombre tendido en unas sillas. Los payasos hacían las delicias de jóvenes y mayores, sobre todo el que hacía de tonto, con su chaqueta de retales coloreados, bombín y nariz redonda y colorada. Al final de la actuación solían interpretar algún tema musical con saxo o trompeta. En uno de los números de uno de los circos pasaba un caballo dando vueltas por la pista y el hombre que lo guiaba del cabestro le hacia preguntas. “¿Quién es el hombre más alto?”, “¿Quién es el niño más guapo?”…
El caballo se paraba delante de algún espectador y movía la cabeza de arriba a abajo.
Cuando preguntó “¿Quién es el hombre más borracho?” dos buenos colegas y mejores bebedores vieron que el caballo se acercaba a donde estaban y uno de ellos le dijo al otro: “Vámonos de aquí que este caballo sabe más de la cuenta”
Tarde infantil de domingo.
Tarde infantil de domingo
con paseos de ida y vuelta
de la plaza a cuatro esquinas
con sabor a regaliz
y a goma de clorofila.
Vocea Felipe al viento
las pipas y caramelos
de su canasta de mimbre.
El carburo con su llama
alumbra con luz de plata
sobre el turrón y la fresa,
el chocolate y la nata
del puesto de los helados.
Los hombres fuman y charlan
en grupos diseminados
de cosas que no entendemos.
Pasa Antonio con un palo
encendiendo las bombillas
que dejan en las esquinas,
cuando ya es anochecido,
una tristeza amarilla.
Tedio.
Otra tarde esperando que anochezca
entre apáticas horas de recuerdos
y cansinas cadencias sin sucesos.
Tictac del tiempo monocorde y gris
abocado a un ocaso sin colores.
Va el río encajonado en las riberas
ajeno a los placeres de la orilla.
En el silencio oscuro de la sala
no hay límites al tiempo y al espacio,
sólo sombras de lo que pasa fuera,
como había en la cueva de Platón,
la volátil ficción de una quimera.
Políticos desprestigiados.









