Un nicho se cierra.
Las campanas tañen tristes en señal de duelo. Familiares y amigos despiden al muerto
en un silencio custodiado por cipreses que presentan armas a la muerte.
Cemento y ladrillo tapian la vida y la luz.
¿Qué pensarán los que miran callados al que cierra la pared del nicho?
Quizás piensen en cosas del muerto: lo que fue, lo que hizo…
O tal vez piensen en ellos cuando estén metidos dentro.
O quizás no piensen nada: sólo miran sin ver, como se miran la lluvia y el fuego.
Quinielas y azar.
(Carta en el periódico HOY 14-7-2013)
Al principio fue la quiniela de fútbol, antes que toda la caterva de juegos que nos invadió después, la que ilusionaba cada semana a millones de españoles con hacerse rico sin esfuerzo, sobre todo después de que en 1968 el agricultor de Valladolid, Gabino Moral, ganara el mayor premio hasta la fecha. Más de treinta millones de pesetas, con sólo dos columnas y la ayuda de un dado.
Con los primeros frescos del final del verano y principios del otoño, las cábalas y los pronósticos eran habituales en peñas y tertulias. Un anuncio de entonces asociaba la marcha de las golondrinas con la caída del cielo de aquellos boletos con publicidad de dentífricos e impermeables, invitándonos al juego y a la fantasía.
A los que todavía conservábamos esa ilusión cada semana, nos han defraudado. Si se confirman las sospechas, los resultados no dependen ya del buen juego o el azar, sino también del tongo.
O el ONLAE admite la variable, quedando entonces en cuatro los signos: 1-X 2 y T o un servidor se da de baja.
Infancia.
En un rincón de la tarde juega un niño
en las horas difusas del crepúsculo,
cuando la luz dorada se descuelga
de los altos picachos de las torres
a las simas en sombras de los valles.
El lánguido tañido de los bronces
bate los tonos grises de la tarde
en un crisol de tenues redondeces.
De la infancia la patria se desliza
con sabores de pan y chocolate,
dulcemente,
hacia el abrojo de la edad madura
por la inevitable inclinación de la pendiente,
sin saber el tesoro que se pierde.
El sol.
Cada tarde el horizonte
se convierte en alcancía
y recibe una moneda
que Aurora por la mañana
le roba a la madrugada
con un cuchillo rosado
para abrir la luz del día.
Reparte su capital
por las sierras y los llanos,
por los mares y los ríos,
la dehesa y el trigal.
Dora enhiestas espadañas
y elevados campanarios
en albas y atardeceres,
calienta las casas pobres
y los lujosos palacios,
regalando luz y vida
por espacios planetarios
con equidad repartidas.
¡Felices vacaciones!
(Cualquier parecido con la realidad puede ser verdad)
Van dos matrimonios con dos hijos cada uno entre los cuatro y los nueve años. Han alquilado un apartamento en una playa de Huelva. Como son ocho han pedido que les pongan dos camas supletorias y así se las arreglarán. Total, sólo son quince días de la segunda quincena de julio.
Nada más llegar, como están cansados del viaje, deciden acostarse a siesta para poder salir de noche más frescos y relajados.
Pero hete aquí que los niños no quieren siesta ni a la de tres y cuando los mayores están intentando conciliar el sueño, los pequeños empiezan a pelearse y a chillar. Sin haber pegado ojo se levantan y comienzan a arreglarse para dar una vuelta. El problema es que sólo hay un aseo y hay que guardar turno para usarlo. Mira por donde al marido de una de las parejas se le ha descompuesto el cuerpo, seguramente debido al estrés o a un zumo de ciruelas que estaba calentón y que se tomó nada más llegar. Entre amarillo y violáceo cada vez que le daba el apretón se las veía y se las deseaba para poder usar el servicio. Los niños crueles decían que qué mal olor había en el servicio y que no querían entrar, así que entre esto y las puestas del diarreico marido, llegaron las once de la noche cuando pudieron salir a dar una vuelta por el centro.
Buscan una terraza y piden unas cervezas y unos refrescos con varias raciones de pescado frito pues hay que cenar. Los niños de nuevo dando la coña porque no les gusta el pescado. Piden unos montados, pero no hay, así que se tienen que acercar a otro bar cercano y traen ocho montaditos para tomarlos allí. Más cerveza y refrescos que hace calor. Ya al final de la velada casi han perdido la cuenta de lo que se ha tomado cada uno. La sorpresa viene cuando piden la cuenta. La primera reacción al oír el importe es el silencio y mirarse unos a otros con cara de espanto. Una vez repuestos del primer tártago hacen que el camarero les especifique el precio de cada artículo. ¡Qué barbaridad! A este paso terminan las vacaciones pronto. A partir de mañana las cervezas y las cenas en casa.
A la mañana siguiente a la plaza de abastos a llenar la despensa y la nevera. Van los dos hombres, mientras las mujeres se quedan en el apartamento ordenando todo un poco. Los niños mientras tanto corriendo por los pasillos del edificio. Dos veces vienen los vecinos a quejarse del escándalo que están formando.
Hasta cerca de las doce no llegan los dos emisarios con las viandas. Vienen con cuatro bolsas repletas cada uno y han tardado más porque les dejaron el coche entrillado en el aparcamiento y no pueden salir. Las mujeres no se lo creen.
¡Vaya por Dios, ya os han engañado! Les espetan las esposas cuando abren las bolsas. Una lechuga podrida y los calamares que parece que olían. Mañana vais vosotras.
A la una a la playa. El apartamento está a unos ochocientos metros de la línea de playa. No es mucho, claro, pero si se va cargado con las sombrillas, las tumbonas, las bolsas con las toallas…y los niños más pequeños que se niegan a andar más parece que la distancia es la de un maratón. A buscar sitio porque como han tardado tanto los hombres en la compra (repetido tres veces por las respectivas) se tendrán que conformar con lo que hayan dejado los demás.
Ubicados, se dan un bañito y a tomar el sol. Vaya, parece que esto se empieza a enderezar. Bien embadurnados de cremas y protectores se tumban boca arriba. Adormecidos, se espabilan intempestivamente porque ha pasado un señor gordo recién salido del agua y más bien parece un perro cuando sale de un charco quitándose el agua de encima. No se han repuesto de ésta cuando pasan corriendo unos mozalbetes que los ponen de arena perdidos. A darse otro baño para quitársela.
En estas están cuando se dan cuenta que falta uno de los niños pequeños y empiezan a inquietarse y ponerse nerviosos. Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. El niño estaba tres metros detrás de ellos, pero con los nervios no se dan cuenta.
Al tercer día le pica una avispa a la señora de uno de ellos y como es un poco alérgica se le pone la oreja como una papa. Corriendo al puesto de socorro, que bien podían haberse fijado dónde está el día que llegaron, pues tienen que preguntar dos veces.
El regreso de la playa es otra. Se duchan, pero vuelven a llenarse de arena. Cargados otra vez como burros, pero más cansados y los niños más pequeños cógeme, cógeme…Al llegar al apartamento con un sofoco de campeonato hay que preparar la comida, poner la mesa y a ducharse para quitarse la salitre y los restos de arena. A guardar turno porque como sabemos sólo hay un cuarto de baño. A eso de las cuatro y media, a comer. Los niños siguen sin querer siesta y hace un calor que no hay quien pare allí.
Así quince días…El viaje de regreso más bien parece una liberación. Cada uno de los mayores piensa para sus adentros que el año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste año después del dineral que se han gastado a ver quién le dice a los los vecinos que no se lo han pasado como los indios.
Los muertos no contestan.
Los muertos no mandan avisos. Yo quedé con uno de ellos para que cuando llegara al destino de su viaje etéreo enviara una nota con papel de cielo.
Azul, con perfumes eternos, en las manos de un ángel cartero.
Y miro cada noche hacia arriba sin tener noticias suyas.
Quizás el retraso se deba al exceso de viajeros.
Ese cruce de caminos que separa a los buenos de los que van al infierno debe estar lleno de almas despistadas que buscan destino y no tienen tiempo de escribir unas letras ni mandar una señal de intermitencias con la luz de algún lucero.
Pero no desespero, porque para ellos es eternidad lo que nosotros medimos con los minuteros y seguro que alguna noche de estas me guiña cómplice el ojo una estrella y tendré noticias de su paradero.
Entonces, en un viaje sin maletas ni equipaje, llegaré donde están ellos y os prometo, si de mí depende la voluntad del mensajero, enviar recado desde el infierno o el cielo. Quedad alerta y cuando llegue la hora, en aquel cruce de caminos, os espero.
Espías.
Carta al periódico HOY (4-7-2013)
La desconfianza entre naciones, camuflada con saludos y sonrisas dentífricas, está cargada de puñaladas invisibles. La farsa de las fotos oficiales se hace con el brillo de los flashes que desprenden las hojas de los cuchillos. La cortesía barniza y disimula las verdaderas intenciones. Para saber cuáles son estas se recurre pérfidamente al espionaje. Esta práctica no es exclusiva de las relaciones entre países. También se da entre compatriotas de distintos partidos políticos. En la cima de la indefensión está el ciudadano corriente que es espiado a través de las redes sociales.
Además de los encantos de las Mata Hari de turno, actualmente se emplean sofisticadas técnicas para meterse en las vidas ajenas. Ya sabemos que las paredes oyen, que lo avisó Juan Ruiz de Alarcón en el siglo XVI y lo comprobamos diariamente en nuestras casas. El ruido de las cisternas y de los cabeceros, son de dominio vecinal. Esta intromisión es casi inevitable, pero, la otra, la que se hace voluntariamente con intención aviesa, sí debiera eliminarse. Pido al menos que queden a salvo de las pesquisas algunas zonas. ¿O es que ya uno no va a poder largar una sonora ventosidad en medio de la dehesa por temor a que lo estén grabando? Si ya es tarde para que atiendan mi ruego y lo han captado sus micrófonos y cámaras, iba por ustedes, señores espías.
Experiencia blanca.
¿Duerme o piensa la abuela?
Entre sombras, alguna vez, suspira.
Ajena y silenciosa, cabecea.
¿Decepción o desengaño
en esa isla de ausencia?
¡Respetable cabeza blanca!
Entre las cosas y ella
ha marcado las distancias
que le enseñó la experiencia.
Refugiada en la ensenada,
a resguardo de las olas,
divisa en calma el ocaso.
Casi a un vuelo de plumas silenciosas.
Julio.












