Ausencia
Cuando murió la echamos de menos en sus cosas.
Presentíamos sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.
A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.
Quedó la forma de su cuerpo en los vestidos, colgados en las perchas del ropero.
El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.
Siguió la marcha el tiempo en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.
Las sonrisas de otros días quedan en las fotos para siempre retenidas.
Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte.
Al frío de enero maullaba lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.
El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,
espesa estela de recuerdo conmovido.
Desde la barrera
Opinamos y aconsejamos de lo que no sabemos ni conocemos suficientemente. Cuando una enfermedad afecta a algún conocido o amigo diagnosticamos y recomendamos medicinas y remedios que en una ocasión nos fueron bien a nosotros o hemos oído que les fue bien a otros. Alrededor del trabajador que ejecuta una obra en la calle suele haber espectadores ociosos dando su versión sobre la mejor manera de realizar lo que está haciendo el operario, con explicaciones técnicas incluidas, pero sin doblar el espinazo. Personas célibes por vocación o voto aconsejan sobre temas matrimoniales o sobre temas tan delicados como el aborto cuando ni han probado miel ni hiel del primero ni sufrido dolores de parto en el segundo.
Desde la barrera es fácil imaginar verónicas de ensueño, pero el toro en el ruedo da cornadas a quien pisa el albero y no a los que aplauden o recriminan la faena.
Matanzas caseras
(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)
Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las que no se vean entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.
Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho, en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero. Ya son contadas las familias que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.
El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.
¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?
¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?
¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?
¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!
La vida sigue.
También los que quedamos
iremos a la sima
cualquier aciago día
cuando la noche espese su negrura
y cambiemos las vueltas en la cama
por la quietud podrida
que nos llene la boca de gusanos.
Es pronto todavía
y aunque lleno de penas
me habituaré a sufrir
su ausencia cada día.
Vuelve el zorzal veloz a la alameda
y escondida en la siembra,
reclama la perdiz.
No es el mismo vuelo
ni suena igual el celo
que cuando estaba ella.
Ahora todo lo tiñe el desconsuelo
y de regreso a casa,
con el frío relente de la noche,
el recuerdo hace presa.
Pegada a mí, como sombra a la luz,
me acompaña la tristeza.
Hospital.
Este hospital donde el dolor habita
es un delta de brazos extendidos
que buscan el descanso
en la piel azul de los océanos.
Alargan a veces el proceso
con rodeos y vueltas de meandros,
pero, tarde o temprano,
el cuerpo, libre de dolor,
surcará las aguas tranquilas sin regreso
hacia la mar abierta del ocaso.
Cartas de puño y letra.
(Carta en el periódico HOY 19/12/2013)
Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados, han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que por economía nos obligaba a la utilización de enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.
La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que te la han escrito. Yo, en mi época de internado, pensaba en mis padres, sentados al brasero en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.
Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas en las cuartillas ya pajizas, notas aún los latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce una flor seca guardada entre las hojas de un libro.
¡Felices fiestas!
Portal de Belén,
junto a la rivera
donde lavanderas
lavan en el agua
con la luna clara
de papel de plata.
Los pastores velan
junto a la candela
de fuego escarlata.
¡Quimeras de niños
en busca de magro
y mocos de fragua
para el portalito!
Con esta letrilla
de recuerdos hecha
quiero para todos
muy felices fiestas.
En nombre de Dios.
Nos pintaron a Dios en un trono de fondo azul celeste, en el último peldaño de una gran escalinata, rodeado de serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, ángeles y arcángeles en continua adoración de cánticos celestiales.
La felicidad crecía en intensidad según el puesto que se ocupara en la escalera, estando el cenit de la misma en las proximidades de su luz cegadora.
Eso fue cuando era niño, así que mi imaginación fue construyendo un paraíso en el que sería feliz eternamente. Lo que yo quería en aquellos tiempos era un lugar donde pudiese estar todo el día jugando sin que nos llamasen a comer cuando mejor lo pasábamos.
Me fui haciendo mayor, (¡Dios, para qué nos diste el pensamiento!) y se fue resquebrajando esa idílica idea a medida que se desarrollaba mi capacidad de razonar.
La guinda la puso el Sumo Pontífice cuando afirmó que el cielo no es un lugar, sino un estado. ¡Adiós a juegos eternos en las praderas del cielo! Antes habían eliminado de un plumazo el limbo, lugar a dónde iban los nacidos que morían sin bautizar. Mantienen el infierno: “Allí será el llanto y crujir de dientes” ¿Arden los espíritus y los cuerpos resucitados?
Según el Concilio de Letrán “todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan. “ Las cualidades de los cuerpos resucitados, según doctrina, son: impasibilidad (ajenos al mal físico), sutilidad ( capacidad de atravesar cuerpos), agilidad (por oposición a gravedad), y claridad (rebosantes de hermosura y esplendor). Hasta nos habían calculado la edad que tendremos una vez resucitados, una edad madura, pero joven (36, 37 años)
Pero, ¿por qué no resucitan los cuerpos recién muertos? ¿Por qué ese tiempo de ceniza y silencio hasta el toque de las trompetas del último día?
Perdonen mi atrevimiento los dogmáticos tridentinos- lefebvrerianos, pero lo que me enseñaron se ha desmoronado estrepitosamente. Necesito una explicación, quizás más, una disculpa, por las noches de miedo que pasé pensando en el fuego eterno. Con todos mis respetos para los que siguen creyendo de buena fe, el mismo que yo exijo para mí, a día de hoy todo es decepción y dudas. Seguro que Dios, si existe, debe ser más inteligente y bondadoso que los que mataron y condenaron en su nombre. Si nos hubiesen hablado de amor y no de miedo, otra gloria nos esperaría.
La cornada.
Cuando llegue la hora por antonomasia, porque las demás son pasajeras, no valdrán filigranas ni imposturas para esquivar el derrote de la muerte. No habrá muleta ni capote al quite que salve cornada tan certera. El encelado y fiero toro abrirá las entrañas a lo inerte. Un agudo clarín dará el último toque para cambiar el tercio de la vida. Puñal y verduguillo clavados en la médula del tiempo. Al abandonar la plaza en brazos de las parcas, una luna roja quedará en la arena desangrada. Al viento, solitaria, la bandera a media asta.










