Cartas de puño y letra.
(Carta en el periódico HOY 19/12/2013)
Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados, han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que por economía nos obligaba a la utilización de enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.
La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que te la han escrito. Yo, en mi época de internado, pensaba en mis padres, sentados al brasero en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.
Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas en las cuartillas ya pajizas, notas aún los latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce una flor seca guardada entre las hojas de un libro.
¡Felices fiestas!
Portal de Belén,
junto a la rivera
donde lavanderas
lavan en el agua
con la luna clara
de papel de plata.
Los pastores velan
junto a la candela
de fuego escarlata.
¡Quimeras de niños
en busca de magro
y mocos de fragua
para el portalito!
Con esta letrilla
de recuerdos hecha
quiero para todos
muy felices fiestas.
En nombre de Dios.
Nos pintaron a Dios en un trono de fondo azul celeste, en el último peldaño de una gran escalinata, rodeado de serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, ángeles y arcángeles en continua adoración de cánticos celestiales.
La felicidad crecía en intensidad según el puesto que se ocupara en la escalera, estando el cenit de la misma en las proximidades de su luz cegadora.
Eso fue cuando era niño, así que mi imaginación fue construyendo un paraíso en el que sería feliz eternamente. Lo que yo quería en aquellos tiempos era un lugar donde pudiese estar todo el día jugando sin que nos llamasen a comer cuando mejor lo pasábamos.
Me fui haciendo mayor, (¡Dios, para qué nos diste el pensamiento!) y se fue resquebrajando esa idílica idea a medida que se desarrollaba mi capacidad de razonar.
La guinda la puso el Sumo Pontífice cuando afirmó que el cielo no es un lugar, sino un estado. ¡Adiós a juegos eternos en las praderas del cielo! Antes habían eliminado de un plumazo el limbo, lugar a dónde iban los nacidos que morían sin bautizar. Mantienen el infierno: “Allí será el llanto y crujir de dientes” ¿Arden los espíritus y los cuerpos resucitados?
Según el Concilio de Letrán “todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan. “ Las cualidades de los cuerpos resucitados, según doctrina, son: impasibilidad (ajenos al mal físico), sutilidad ( capacidad de atravesar cuerpos), agilidad (por oposición a gravedad), y claridad (rebosantes de hermosura y esplendor). Hasta nos habían calculado la edad que tendremos una vez resucitados, una edad madura, pero joven (36, 37 años)
Pero, ¿por qué no resucitan los cuerpos recién muertos? ¿Por qué ese tiempo de ceniza y silencio hasta el toque de las trompetas del último día?
Perdonen mi atrevimiento los dogmáticos tridentinos- lefebvrerianos, pero lo que me enseñaron se ha desmoronado estrepitosamente. Necesito una explicación, quizás más, una disculpa, por las noches de miedo que pasé pensando en el fuego eterno. Con todos mis respetos para los que siguen creyendo de buena fe, el mismo que yo exijo para mí, a día de hoy todo es decepción y dudas. Seguro que Dios, si existe, debe ser más inteligente y bondadoso que los que mataron y condenaron en su nombre. Si nos hubiesen hablado de amor y no de miedo, otra gloria nos esperaría.
La cornada.
Cuando llegue la hora por antonomasia, porque las demás son pasajeras, no valdrán filigranas ni imposturas para esquivar el derrote de la muerte. No habrá muleta ni capote al quite que salve cornada tan certera. El encelado y fiero toro abrirá las entrañas a lo inerte. Un agudo clarín dará el último toque para cambiar el tercio de la vida. Puñal y verduguillo clavados en la médula del tiempo. Al abandonar la plaza en brazos de las parcas, una luna roja quedará en la arena desangrada. Al viento, solitaria, la bandera a media asta.
Recuerdos de Guadalcanal (III).
En el Colegio de Educación Infantil y Primaria Nª Sª de Guaditoca había tres cursos de sexto. Estaban ubicados en un edificio independiente, al fondo del patio y con la vista preciosa de la Sierra del Agua enfrente. Tenía dos plantas y era más antiguo que el edificio que estaba a la derecha, según se entraba al centro, donde daban clases los de segunda etapa y los más pequeños de Primaria. Era de ladrillo visto, con porche. El patio de recreo tenía dos alturas, la de arriba, como una meseta, era el lugar donde los niños jugaban al fútbol. A mano izquierda, según se accedía al centro, estaba el edificio de los parvulitos o preescolar, donde impartía docencia Gracita Rivero. En ese edificio estaba la secretaría y la dirección. Creo que sólo la visité una vez, pues los claustros los celebrábamos en la clase de Paco y más informalmente nos poníamos de acuerdo en ciertos temas pasando una nota a la firma o charlando en el recreo.
D. José Fernández, Pepe para los amigos, era y es una persona inteligente. Además de noble, paciente y excelente compañero. Nunca se enfadaba con nadie. Con fina ironía y mandando sin que se notara, fue mi director durante estos tres años que pasé en Guadalcanal. Le guardo sincero aprecio. Una tarde llegó D. Antonio Martín, el cura, al colegio para concertar el día y la hora de un acto al que iban a asistir los alumnos. Nuestro director y el párroco se pusieron de acuerdo sobre el tema. Estaba Pepe en clase de manualidades con su encuadernadora de cuerdas que tan diestramente utilizaba. Entré yo al cambio clases y en esas llegó un niño y le dijo que de parte de don Fulanito, otro compañero, la hora del acto parroquial sería otra, por no recuerdo ahora qué motivo. Se quedó mirándolo y le dijo: “¡Vaya, hombre, anda, ve y dile a don Antonio que ha llegado una contraorden y que se cambia la hora!”
Un año, al final de curso, celebramos un partido de fútbol femenino entre las alumnas de Cazalla y las de nuestro colegio. A las niñas las entrenaba Alfonso, pero el día del partido no pudo estar y delegó en mí. Aquí pongo la alineación que me dio para el referido partido.
El entrenador del equipo de Cazallla era José Ramón Triviño, compañero mío de estudios y de jugador en el C.D. Santa Marta. Como no había sido designado nadie de árbitro acordaron que fuese yo. Lo hice de la manera más neutral posible, pero no pude evitar que cuando nuestro equipo marcó el 1-0 con el que ganamos diera un salto de alegría celebrándolo. No quedó desapercibido el detalle para el banquillo rival y el colega Triviño después del partido me dijo que sólo me había faltado celebrarlo con las jugadoras, jejeje.
Algunos datos sobre Ahillones.
ALGUNOS DATOS SOBRE AHILLONES.
Este artículo salió publicado en la revista de feria de Ahillones el año 1998.














