Las tardes las pasa en la ventana. Habla y sonríe de vez en cuando. Apenas nos da castigo.
Por las mañanas mientras lo aseamos nos cuenta historias de la escuela, de don Antonio, su maestro, de sus amigos de juego, de los paseos por el campo y de su perrilla “Seda”.
Hoy está contento porque dice que vendrán sus padres a verlo. Le traerán caramelos y un libro de cuentos. Ya ve usted. Sus padres, que murieron hace tanto tiempo.
Recuerden ustedes que el tiempo de visita es de cinco a ocho. Se acuestan temprano.
SUEÑO ETERNO
Estaba muy cansado y quería dormir profundamente. Se fue a la última habitación de la casa, al lugar más oscuro y silencioso donde nunca llegaba la luz ni el ruido. Durmió y en su sueño bajó larguísimas escaleras de caracol envueltas en brumas. Lo despertó una voz de querube, dulce pero imperiosa.
-Levántate y dirige tus pasos a la gran explanada, donde están formadas las filas de los que esperan sus destinos. La próxima salida es la tuya, va hacia el Purgatorio.
HAMELIN
La madre le dio un libro de cuentos a su hijo para que se entretuviera mientras ella compraba en las rebajas. Entre lámparas maravillosas de las que salían duendes, frases mágicas que abrían cuevas y animales que hablaban, al hijo se le pasó enseguida parte de la mañana, pero su madre tardaba demasiado. Cuando regresó de las compras no lo encontró en el sitio donde lo había dejado.
-Señora, su hijo iba tocando una flauta con cientos de mujeres detrás cargadas de bolsas.
En los bares de entonces la variedad de bebidas no pasaba del vino y los refrescos. Menos frecuente la cerveza. Perico Chicote caía lejos, así que los combinados no se conocían, excepción hecha del carajillo, la palomita y el sol y sombra.
Los niños no entrábamos en las tascas, si no era para cambiar el casco de la botella de Casera por una llena, que nunca faltaba en casa. En los breves instantes que permanecíamos en el local observábamos y olíamos el ambiente de estos lugares llenos de voces y humos donde los hombres-porque las mujeres no entraban- bebían y discutían entre olor a sudor y orines, debido a la falta de agua corriente y a la ubicación de los servicios en el interior del local.
Pero los niños sí hacíamos combinados en aquel dilatado tiempo libre en que, a falta de los artilugios electrónicos actuales, pasábamos el tiempo con la pandilla en los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las tibias recachas si era invierno, jugando e imaginando un mundo a medida de nuestra fantasía.
El bebistrajo más simple consistía meter un pedazo de regaliz en un tubo y echarle agua. Con una espera no muy prolongada, aunque los más puestos en el tema recomendaban dejarlos una noche entera, teníamos el sucedáneo de la coca cola.
La otra combinación era algo más compleja y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. La hacíamos en verano y lo considerábamos un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas y para dentro…o para fuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.
A ninguno se nos ocurrió patentar estas mixturas que, quién sabe si con el tiempo, nos hubiesen hecho millonarios.