Pensamiento andariego

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Cambio de la rutina a la aventura

arrancándole  inercias al sosiego

por ver si en el vagar del andariego

hallo la paz que mi interés  procura.

 

Buscando  en el campo  su hermosura

al aire puro de la sierra llego

y a  mi solaz  de caminante   entrego

el rítmico compás  de mi andadura.

 

Feliz camino   con la cara  al viento,

con niebla,  lluvia o  sol, si va conmigo

el mundo libre  de mi pensamiento.

 

Si alguna vez, lector, tú lo has vivido

comprenderás mejor el  sentimiento

que yo con la escritura he pretendido.

 

Las eras

Llorey Lorite

(Foto de Llarey Lorite)

Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida.  Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que  se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano,  calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla,  ataban sus bocas   con abacales  y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.

En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía  de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día. 

En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos  esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban.  Así  que escondían la petaca con el  tabaco picado, el librito de liar  y el mechero de mecha entre los montones  y cuando fumaban disimulaban   el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué  habilidad liándolos casi a hurtadillas!

Vuela libre

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Cansada del vuelo te has posado en los pliegues dorados de la tarde. ¡Con qué ilusión partiste abriendo cortinas al aire! Tenías diecisiete y el mundo era una bola de colores  verdes y azules hecho especialmente para ti. Aquellos prados y aquel cielo, la juventud brotando entre rosas sin espinas, el amor entregado  sin pedirle nada a cambio…

Subiste montes, surcaste  océanos, bajaste a valles de la mano de lo que tú creías triunfo.  Todo era tuyo. Mas, a veces, nos deslumbran oropeles creyendo que son irisaciones de diamante y nos equivocan o nos equivocamos.

La niebla fue difuminando las siluetas del ensueño y un día tuviste la primera sensación de que hay caminos turbios que no debiste haber cogido.

Hoy has vuelto y estás ahí mirando la  calle, el patio, el cielo que te vieron partir pletórica de luz y de alegría. Son los mismos que adornaste con tu imaginación.  Parecían tan hermosos…  Ahora desnudos te contemplan a ti envuelta en el sol dorado de la tarde.   Tu mirada está algo triste, pero sigue bella, profunda, serena.

Porque hay otro triunfo que surge del fracaso, saber que nos equivocamos  y podemos levantarnos. Con la experiencia has aprendido a distinguir lo principal de lo accesorio. Descansa y cuando despunte el alba vuela libre, desprendida de ataduras y que sólo el resplandor de la nobleza guíe tus pasos por la vida.

 

El subconsciente

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¿Por qué me lleváis, Oniros,

de las   bridas de los sueños

a imposibles paraísos,

si después cuando despierto

encuentro sólo vacío

con la ausencia de Morfeo?

¿Por qué convertís en vivos

los  pasados de los   muertos?

¿Por qué  removéis de  nuevo

esos  amores perdidos,

turbando el lago  tranquilo

que trajo el paso del tiempo?

¡Oh,los sueños clandestinos

del reprimido deseo

que nunca a nadie  dijimos!

Como entre ceniza el fuego

allí siguen  escondidos.

Las campanas

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Lanza el campanero ecos de bronce por los aires  hacia los campos aledaños. En su viaje  se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.

Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el  ocaso.

Antes de blandirlas el campanero tiene  en sus manos el  vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan  la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.

Recuerdo los toques de  vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…

De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía  dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En  ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que  los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.

Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa  y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.

Dicotomías

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Mírate fijamente en el espejo

y habla con el otro cara a cara.

Verás como la charla te depara,

además de claridad, un buen consejo.

 

No te espantes si su aspecto viejo

supone para ti torpeza o  tara,

pues no es defecto ni incidencia  rara,

sino normal declive del pellejo.

 

A veces por caminos divergentes

van la realidad y los deseos

y beneficia  que paremos mientes

 

en ajustar el somos y el creemos,

antes que los espejos  insolentes

nos canten las verdades del barquero.

Brindis al sol

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Brindis, de Alicia Rosafioriti

De todo lo que he bebido

me sobran las copas del  hastío

y las de las madrugadas,

rotas en lamentos de fallidos  amoríos.

Echo en  falta  las que no tomé contigo,

las de luz de la luna en vasos de plata fría,

las de cálidas palabras

combinadas con  suspiros.

El río las lleva.

En mí quedó el beso que  debía

y  nunca di.

Tú llevarás los tuyos si hurtabas el deseo.

Por si acaso, va por ti,

por la ausencia y el vacío que dejabas,

que si yo hubiera sabido

fundo en uno los labios con las ganas.

Vagabundos

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Los pasos destacan  en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten  en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual  pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su  cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino.  Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada.  Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo.  Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos.  En un rincón de un  parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria  vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo  de  quienes se acuestan sobre el hierro  frío. 

 

¿Por qué lloras, mujer?

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Obra de George B. Art

Anoche la vi  llorando,

y era estampa tan  hermosa

que su cara parecía

una virgen dolorosa

de Martínez Montañés.

Siempre la creí dichosa

y me produjo extrañeza

ver esa cara de rosa

con dos gotas de rocío.

resbalando silenciosas

por tan delicada piel.

¿Por qué estás tan pesarosa?

¿A qué viene esa tristeza

de quebrada mariposa

si te sobran los  motivos

para sentirte orgullosa

de la cabeza a los pies?

Como cierva lastimosa

en el campo abandonada

me respondió cabizbaja:

La vida fue generosa

con mi cuerpo de mujer,

más la pasión caprichosa

arrastró  mi corazón

por las sendas escabrosas

del querer y no poder

y, aunque sé  que ya es de otra,

yo no me puedo olvidar

de los besos de su boca.

Así que ya sabe usted

el  porqué de esta zozobra

que me está volviendo loca.

 

Juegos de niños.

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En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden.  Los niños y menos niños, absorbidos  por el sumidero de los móviles, son  estatuas sedentes con  destellos y sonidos que emiten sus  “smartphones” de última generación.

Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan  a cada instante de  que el amigo  que está a sólo unos metros de ti  ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual  llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos.  Un trapo que esconder, por ejemplo,  servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas  del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.

Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a  un madero,  péndulo sin  reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo  por los cromos y la radio.  Un clavo,  para clavar rejones en  la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…

Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en  un rincón cualquiera.

No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.