Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida. Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano, calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla, ataban sus bocas con abacales y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.
En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día.
En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban. Así queescondían la petaca con el tabaco picado, el librito de liar y el mechero de mecha entre los montones y cuando fumaban disimulaban el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué habilidad liándolos casi a hurtadillas!
Cansada del vuelo te has posado en los pliegues dorados de la tarde. ¡Con qué ilusión partiste abriendo cortinas al aire! Tenías diecisiete y el mundo era una bola de colores verdes y azules hecho especialmente para ti. Aquellos prados y aquel cielo, la juventud brotando entre rosas sin espinas, el amor entregado sin pedirle nada a cambio…
Subiste montes, surcaste océanos, bajaste a valles de la mano de lo que tú creías triunfo. Todo era tuyo. Mas, a veces, nos deslumbran oropeles creyendo que son irisaciones de diamante y nos equivocan o nos equivocamos.
La niebla fue difuminando las siluetas del ensueño y un día tuviste la primera sensación de que hay caminos turbios que no debiste haber cogido.
Hoy has vuelto y estás ahí mirando la calle, el patio, el cielo que te vieron partir pletórica de luz y de alegría. Son los mismos que adornaste con tu imaginación. Parecían tan hermosos… Ahora desnudos te contemplan a ti envuelta en el sol dorado de la tarde. Tu mirada está algo triste, pero sigue bella, profunda, serena.
Porque hay otro triunfo que surge del fracaso, saber que nos equivocamos y podemos levantarnos. Con la experiencia has aprendido a distinguir lo principal de lo accesorio. Descansa y cuando despunte el alba vuela libre, desprendida de ataduras y que sólo el resplandor de la nobleza guíe tus pasos por la vida.
Lanza el campanero ecos de bronce por los aires hacia los campos aledaños. En su viaje se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.
Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el ocaso.
Antes de blandirlas el campanero tiene en sus manos el vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.
Recuerdo los toques de vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…
De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.
Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.
Los pasos destacan en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino. Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada. Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo. Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos. En un rincón de un parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo de quienes se acuestan sobre el hierro frío.
En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden. Los niños y menos niños, absorbidos por el sumidero de los móviles, son estatuas sedentes con destellos y sonidos que emiten sus “smartphones” de última generación.
Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan a cada instante de que el amigo que está a sólo unos metros de ti ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos. Un trapo que esconder, por ejemplo, servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.
Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a un madero, péndulo sin reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo por los cromos y la radio. Un clavo, para clavar rejones en la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…
Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en un rincón cualquiera.
No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.