Veleidosos
Sople el viento del este o de poniente
siempre queda al amparo que guarece
quien vela a Dios y a Lucifer ofrece
buscando para él lo conveniente.
Mas, si luego la apuesta desvanece
invierte adulaciones de repente:
palo al caído, coba al emergente,
sin rubor o reparo que lo empece.
Pero con tantos cambios de partida,
en la opinión ajena dilapida
lo que gana en provecho recurrente,
pues al final de todo nadie olvida
que la fama da lustre a quien merece
y la traición deshonra a quien la ejerce.
Combinados
En los bares de entonces la variedad de bebidas no pasaba del vino y los refrescos. Menos frecuente la cerveza. Perico Chicote caía lejos, así que los combinados no se conocían, excepción hecha del carajillo, la palomita y el sol y sombra.
Los niños no entrábamos en las tascas, si no era para cambiar el casco de la botella de Casera por una llena, que nunca faltaba en casa. En los breves instantes que permanecíamos en el local observábamos y olíamos el ambiente de estos lugares llenos de voces y humos donde los hombres-porque las mujeres no entraban- bebían y discutían entre olor a sudor y orines, debido a la falta de agua corriente y a la ubicación de los servicios en el interior del local.
Pero los niños sí hacíamos combinados en aquel dilatado tiempo libre en que, a falta de los artilugios electrónicos actuales, pasábamos el tiempo con la pandilla en los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las tibias recachas si era invierno, jugando e imaginando un mundo a medida de nuestra fantasía.
El bebistrajo más simple consistía meter un pedazo de regaliz en un tubo y echarle agua. Con una espera no muy prolongada, aunque los más puestos en el tema recomendaban dejarlos una noche entera, teníamos el sucedáneo de la coca cola.
La otra combinación era algo más compleja y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. La hacíamos en verano y lo considerábamos un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas y para dentro…o para fuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.
A ninguno se nos ocurrió patentar estas mixturas que, quién sabe si con el tiempo, nos hubiesen hecho millonarios.
Corazón de piedra
Esta piedra de curvados bordes
tiene nubes disecadas de tormenta
en los musgos de su piel.
Dentro se enquistó
un relámpago de resplandores comprimidos.
Leves cauces de lluvia, sus arrugas.
Una herida de escarcha en el costado
vierte lágrimas de hielo
con el sol de invierno,
cuando, oblicuo y aterido,
la cubre de caricias ambarinas.
La eterna materia inanimada
no tiene que morir
para volver a ser de nuevo nada.
No estoy arrepentido
Pecados de mi inocencia infantil
entre los muros de la iglesia
confesados.
¿Llegó mi contrición a su destino
aquellas mañanas de abril
con los lirios?
Si la veis entre estrellas de camino
mandádmela otra vez a mí,
sin demora.
Cuando me hice mayor me di cuenta
que ya no estaba arrepentido
de haber sido
sólo un niño.
Reloj, no marques las horas
Algunos labradores y ganaderos llevaban un reloj con cadena en un bolsillo del chaleco, asido a un ojal del mismo. Eran los acreditados “Roscopatent”, que deben su nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo Georges Frederic Roskopf, pero la mayoría no los necesitaba. La vida rural se regía por el sol.
Parte de las largas noches de invierno se pasaban al fuego o al brasero entre charlas y juegos de mesa y de fondo radio Andorra. Después a la cama a soñar con los angelitos. En verano la vida bullía con el trajín de la recolección. Las eras del ejido, los carros con el grano y la paja por las calles, las casas de par en par para que el fresco de la noche aliviara las calores del día… Si se dormía poco tiempo para eso estaba la siesta.
Llega otra vez el cambio de hora, que dicen los que entienden que se ahorra mucha energía. Yo no lo entiendo, pero creo que acomodándonos a la luz, sin mover las manillas, podríamos adelantar o atrasar las faenas y no trastornar bruscamente dos veces al año los hábitos de todos.
Feliz jubilación, amigo.
Deleiten tu descanso merecido
al aura tibia del final del día
lecturas de Berceo en armonía
con grata hamaca de vaivén mecido.
Y con fray Luis, poeta encarecido,
disfruta sin desmayo la alegría
de un no rompido sueño que quería
no ver ceño severo y afligido.
De leves pies y espléndidos paisajes
senderos hay ignotos todavía
para colmar tu afán de peregrino.
Más allá de los montes y celajes
un buen vaso de vino en compañía
sanará las fatigas del camino.
Ligar en el cine
Resbalabas tu mano en la butaca
incierta y sigilosa
cual serpiente al acecho de la caza.
Al encontrar tus dedos
la anhelada epidermis de su cuerpo
parabas la incursión,
cauto, a la espera de reacción
rehusada o complaciente.
Si el camino estaba abierto, ascendías
suavemente a las tibias lomas de su brazo.
Con respiración contenida
seguías el avance
en la oscuridad envolvente de la sala.
Las manos enlazadas
sellaban cómplices deseos adolescentes,
mientras en la pantalla iluminada
corrían diligencias
y los cuatreros y el sheriff
arreglaban conflictos a balazos.
El argumento más apetecible
-que recordarás luego tantas veces-
lo escribimos nosotros sin saberlo
en la grata penumbra de los cines,
mientras un chorro cónico de luz
repleto de motitas vaporosas
llenaba la pantalla de ficciones..
Más haikús
Juncos del río
vigilan la corriente
con lanzas verdes.
Misa temprana,
silentes sombras negras
por las callejas.
Noche estrellada,
camino de Santiago
desde la era.
Flor del almendro,
con tan áspero tronco,
delicadeza
Contigo a solas
con muy pocas palabras
cerca del fuego
Llueve en el campo,
bajo un techo de hojas
yo me cobijo
Lluvia en el campo,
rumoroso murmullo
de un gran panal
Paloma blanca
raya la nube negra
de la tormenta
Fuente escondida
sigilosos gemidos
en la maleza
Va el carretero
con el carro cargado
por el camino
Noche serena,
la luna en la laguna,
entre la la adelfa
Un lirio traigo
de lo hondo del valle
para tu pelo
En el silbido
del viento en las cornisas
rompe la lluvia
Por la vidriera
del templo solitario
entran colores.
En el olivo
se posa la abubilla
a media tarde
El pez se esconde
en los juncos del río
de las calores
Allá muy lejos
el cielo y el camino
se han encontrado
La pegatina
La oficina administrativa de la ITV es la sala de espera de una clínica con médicos de monos azules que inspeccionan tu vehículo y dan el visto bueno para que puedas seguir circulando. Llegan el dueño o la dueña de la máquina rodante con gesto serio y despistado pidiendo la vez. Tras el aguardo algo nervioso y pensativo, pasan, carpeta en ristre con la documentación, al túnel de operaciones. Luces, limpiaparabrisas, claxon, gases, meneos de los ejes, rodillos, frenos, volantazos a izquierda y derecha (por cierto, tuve ocasión de observar el ímpetu con que movía el volante el conductor que me precedía. No sé cómo quedaría con sus cervicales). El examen termina y se sale a la luz del día por la puerta opuesta tras el inmisericorde zarandeo propinado al coche. De nuevo a la oficina donde se espera con ansiedad el dictamen facultativo. Llama el empleado que devuelve la documentación con la pegatina recién obtenida o pronuncia la temida frase: “tiene que volver”. El apto conlleva un cambio radical en el semblante del dueño del vehículo. Si a la llegada dio unos buenos días que daban pena, ahora falta poco para que abrace al oficinista que le entrega tan preciado salvoconducto. La despedida a los presentes que siguen aguardando, es eufórica y amable, hasta la acompaña de gestos de cabeza y manos. Y es que somos como niños.










