Hinchas.

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Vocifera   furioso  e indignado,

rayo y trueno en unísono estallido,

que más que voz y grito es un berrido

de rabioso bejín descontrolado.

 

Ares, irascible y encrespado

en campo de batalla enardecido

quedara a la nada  convertido

por la enorme furia  de su  enfado.

 

¿Es humano tamaño personaje?

¿Llegó  del  cielo en forma de castigo?

¿Se comprende  en un ser tanto coraje?

 

Acierte de quién hablo si le digo 

que fue por una falta  en arbitraje

pitada a favor del enemigo.

Inocencia de niño.

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Se despluman las alas de los ángeles

sobre campos de jara.

Lento descenso a tierra

de las quimeras de niño.

Incienso, vidriera y rezos

las tardes de  los oficios.  

Abril.

Azucenas y lirios.

Siete puñales clavados

en el corazón de madre

 y una corona de espinas

en la cabeza del hijo.

¡Oh,  los predicadores!

Y el silencio.

La luz del sol tras las nubes

era  corona de Dios.

Fantasías infantiles,

inocentes pecados de la infancia

en el confesionario oscuro.

¿Dónde quedó el paraíso?

La fuente del Horno.

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Todavía  se acercan algunos a la fuente  con sus coches a llenar vasijas  de plástico; no 

se fían del agua del pantano y continúan bebiendo ésta que no está clorada y que  sigue

fluyendo continuamente  de su caño dorado y roto.

La fuente del Horno, al lado de la carretera de Llerena y a los pies del cerro del mismo nombre, junto con la denominada del  Lugar y el  pozo del Bañito,  han surtido al vecindario  de Ahillones de agua potable cuando no existía red de abastecimiento público. El pozo del Bañito está  en el cerro cerca de la cruz de la Mota. De éste último tenía la llave de la tapadera del brocal, tía Isabel, conocida como la de las escuelas. Por el  suministro del agua de este pozo se pagaba una pequeña cantidad.

Para el acarreo se utilizaban  asnos, pertrechados con aguaderas o serones. Pernoctaban en las cuadras. Muchas casas disponían de ellas. Hoy están prácticamente desaparecidas. El macho era menos frecuente para estos  menesteres  ya que, si no estaba capado, presentaba armas de momento cuando veía a una hembra. El  escándalo era mayúsculo, con sonoros relinchos de celo y  descomposición de atalajes, compostura  y carga.

Los  tres caminos principales que llegaban a la fuente del Horno partían de las traseras de la calle Nueva, de la esquina del Ejido y de la parte delantera del huerto Blanco, y  confluían, una vez pasado el cerro,  en uno único que  llegaba al manantial.

Como  había que esperar a que tocara el turno para llenar, el lugar se convertía en sitio  de conversación y cotilleo. Se repasaban, con gracejo y pimienta,  los acontecimientos más novedosos del acontecer vecinal.

Tío José,  tío Miguel y Manolito, hijo de éste último, se dedicaron a traer agua al pueblo ,cobrando por ello. Esto fue en los últimos tiempos, antes del agua corriente.  Para los no iniciados aclaro que el título de “tío” que antepongo a algunos nombres es señal en mi pueblo del respeto que inspira la edad madura.

Como casos dignos de mención, por su esfuerzo y habilidad, hay que citar a las mujeres  que portaban dos cántaros y un botijo sin más ayuda que su cuerpo. Uno de los cántaros en la cabeza con una rosquilla que le servía de soporte y amortiguador, otro en el cuadril y el botijo en la mano contraria.

Como dice el refrán: …tanto va el cántaro a la fuente…Y se rompían, claro, con gran quebranto y disgusto de aquellos a los que les sucedía.

Los muchachos, que lo que nos gustaba era poner a la burra a “tos cuatro pies” , cuando  nos encontrábamos con un amigo en el ejido  camino de la fuente, nos echábamos carreras para ver quién llegaba antes. No era extraño que en estas competiciones  el viaje de regreso se precipitara con los restos del naufragio y sin agua.

Amigo Juan.

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Amigo Juan:

Ya has emprendido el viaje por el camino sin límites y  sin retorno.  Habrás cruzado la frontera donde la luz abandona a los viajeros y los deja solos, sin equipaje, frente al más allá o frente al olvido.  No sé, pero tu recuerdo queda entre nosotros mientras vivamos los que te hemos conocido.

Los lugares que ocupó tu cuerpo  se han llenado de  ausencias y  nos evocan, cuando los miramos, los momentos agradables que compartimos. Esos tiempos  con el reloj parado intercambiando confidencias delante de un vaso de vino.

En la dimensión  azul de los espíritus,  cerca de un luminoso  ventanal, te imagino.

Muy lejos, el  puntito azul de la tierra.

No quiero que llegue, pero cuando irremediablemente sea, allí  seguiremos  la charla que la muerte ha interrumpido, porque  “tarde no es y prisa no hay”.

Por tangos.

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Toma la tercera espuela

invitando  a  las quimeras

en la macilenta luz 

de  una lóbrega taberna.

Mientras sostiene la copa,

un remoto tango llega

mecido en aires de aromas

de la feraz primavera.

Evoca  el canto el desgarro 

en clave de fracaso amargo.

La puerta abierta a la noche

enseña un manto de estrellas.

El acordeón desgrana

notas de melancolía

que  reviven añoranzas.

Va la estela  de su cuerpo,

el cuerpo siempre soñado,

componiendo melodías

con los luceros del cielo.

Vana ilusión de regreso,  

cuando ya nada es lo mismo.

¡Otra copa, tabernero¡

Lentamente envenenados.

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Leonor, mujer valiente y luchadora  en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera  por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados  con juncos,  que sus hijos habían  cogido por la mañana.  

El campo ofrecía  estacionalmente su ayuda.   Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían,  abundaban en posíos, siembras y barbechos pues  los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.

Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores,  en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos,  conocían los lugares donde se criaban.

La romaza, la achicoria y  la tagarnina  también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.

Por estas fechas  de preludio primaveral  en que  están a punto de brotar los espárragos y se llenan  los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando  todavía se bebían las aguas corrientes y limpias  de las gavias,  se criaba el berro fresco a la  vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su  letal misión de envenenarnos lentamente.

La buena educación.

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(Carta en el periódico HOY 12-02- 02014)

Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad.  La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.

En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar  a los demás cuando duermen o trabajan,  cómo sentarse y  comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores,  ceder el paso y la preferencia en las aceras,  dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de  este tipo de normas, aceptadas universalmente,  sea rechazada por los grupos  políticos que  quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay  personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son  pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.

Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.

 

 

Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.

Puerto de Guadalcanal.

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Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.

Algunos sábados iba,   por una querencia irresistible,  desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior,  a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor.  Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.

No temía las noches de niebla  ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me  acodaba por ver si ligaba  a algunas de las bellas que por allí  siempre había. Mi  timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy  agradable. ¡Qué se le iba a hacer!

Allí  traté a personas de variada índole y condición.  A Felipe  Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.

También traté  con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.

Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”