Paja y granos

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Las tardes de verano, cuando el sol templa  rigores,  suele soplar  marea, pero no siempre, pues no  es amante  fiel  de compromiso a citas fijas este  céfiro  suave que viene de la  mar lejana y que aquí si gira al noroeste también llaman gallego.  En las eras después de extraer el fruto  de sus vainas con la circular noria del trillo  se necesita la ayuda de este soplo para separar paja y grano. Aventados con palas de madera hacia el pecho de su empuje cae el  cereal por su mayor  peso cerca  y la paja, más liviana,  se aleja un poco aunque  dejando  una estela   de cola de cometa entre  los dos montones.

Mas la brisa  no puede con las granzas y  se necesita que las cribas las retengan y escapen  por su celosía los áridos.

Son los últimos trabajos  de la recolección. Las eras son hormigueros de trasiego y de faenas. Se envasan el trigo, la cebada, la avena y los  garbanzos. Uno llena la cuartilla, rasa y vierte en el costal que otro sostiene, estira y mueve  para acomodar el grano al fondo. Una vez llenos  los atan con abacales y los agrupan para después subirlos al carro. Sobre los hombros y espaldas, como se hará después por las empinadas escaleras de los doblados.

 Hay una cuesta que da acceso al pueblo desde el ejido.  Para subirla con el carro lleno se añade otra caballería de tiro en la parte delantera. El carretero se coloca sobre la lanza que va hasta el yugo, agarrado a las costillas de este para servir de contrapeso y que la carga no se vaya hacia atrás.  Arrea  a las bestias en el tramo más difícil  con voces y zurriago en mano.  Del  roce  de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltan chispas. Los  mayores se reúnen en ese lugar desde donde se divisa todo el ejido. Conocen las dificultades y al paso animan y jalean la  habilidad y el esfuerzo de los  carreteros.

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También se  transporta la paja. Llenan  los carros con sus redes lanzándola desde el suelo  a golpes de horquilla y bieldo. Uno arriba la recibe y tupe para compactarla.  El traqueteo de los carros al pasar por las calles empedradas deja un reguero  cada vez más espeso que dura hasta que operarios del ayuntamiento la recogen cuando se termina la temporada.  Descargan en las puertas de las casas para meterla poco a poco al anochecido, con la fresca.  Sábanas anudadas por los cuatro picos son el embalaje  para el porte hasta el pajar. Los muchachos ayudamos a la tarea, pero cuando nos pierden de vista los mayores  jugamos revolcándonos sobre el montón.  Imaginen cómo llegamos a casa   y  la cara de alegría de nuestros padres al vernos.

 El ejido se  queda  casi solo cuando encienden las luces del pueblo. Esas horas en que Gabriel y Galán aconseja “que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”.

Aquel Badajoz

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Desde los torreones  del edificio del Seminario veíamos  salir el sol por la Alcazaba y la torre de  Espantaperros. No existían entonces edificaciones cercanas que obstaculizaran esta estampa de singular belleza. Por la parte de atrás  el Seminario limitaba con el campo abierto. Sólo por su flanco derecho había   una fila de chalés que llegaban hasta la carretera de Portugal. Entre ellos se encontraba el antiguo campo del Vivero.

Las tardes de los domingos que había fútbol nos llegaban  los jubilosos gritos de los goles o los silbidos de desaprobación.  Uno de aquellos años ascendió el C.D. Badajoz de categoría y  fueron prolongados  el clamor y los estampidos  de los cohetes. Recuerdo los nombres de algunos jugadores de entonces, como Alcaraz, Cabello, Pachón, Pereira…Con este último-quién iba a decírmelo- coincidí en el C.D. Santa Marta cuando él ya jugaba por pura afición.

Badajoz despertaba  lentamente del letargo  y de los años de plomo y olvido.  Las motos rompían el silencio al despuntar el día  cuando los obreros se dirigían a sus trabajos. Se veían más motocarros que camiones atravesando los dos puentes.  Olía a calamares fritos en los kioscos de san Francisco y en el bar de los Corales, el café “Camelo”, traído de estraperlo del país vecino  por rutas que los estraperlistas frecuentaban,  circulaba camuflado en cajas y bolsas  y afloraba en ofertas en cualquier esquina en la voz queda y precavida de los vendedores. Si eran descubiertos se lo requisaban. Guardias de  uniforme  azul con cascos y correajes blancos dirigían la circulación y por las calles se veían militares de uniforme y curas con manteos. El  bar “La Marina” era lugar de encuentro de personas conocidas de la sociedad local y aspirantes que tomaban café a media mañana o se sentaban  por la tarde  en su terraza.   Por la Plaza Alta  los  gitanos con el “cutis amasado con aceituna y jazmín”,  fina vara de mimbre entre las  manos  y clavel en la solapa tarareaban  canciones de Porrina, el cantaor de Zalamea adoptado por Badajoz. “…porque me empezó a llover, ¡ay si la tarde está buena!”. En tiendas y autobuses proliferaban pegatinas  con veinticinco años de paz sobre la efigie de Franco.

Los otoños lluviosos se anegaban las casas de las Moreras bajo el puente   y en las tardes azules escamas de sol dorado cabrilleaban en el agua del   Guadiana que  enfilaba el   camino de Portugal componiendo magníficas postales  vistas desde  el puente Nuevo.

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A los seminaristas nos sacaban de paseo los jueves por la tarde,  a Palomillas,  una finca  de eucaliptos lindera  por la izquierda con la carretera de Portugal o circunvalábamos la ciudad por la carretera de Madrid. Íbamos en formación de ternas con sotana, beca roja sobre los hombros  y birrete en las cabezas. Los transeúntes  nos miraban  con una mezcla de asombro, cariño y compasión.

Dos o tres veces durante el curso nos llevaban a la catedral a algunas efemérides importantes y nuestros ojos infantiles, esponjas vírgenes, captaban asombrados la vida que bullía fuera de aquellas paredes.

 

Estudiantes.

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Cuadro de John George Brown

Columna Raíces

Lo primordial  era solventar lo inmediato y perentorio. Para la mayoría de las familias consistía en que no faltara el pan en la mesa. Por eso cualquier ayuda en casa era  poca y  algunos  compañeros tenían que abandonar la escuela antes de terminar la escolaridad. De los que la terminaban  la mayoría no continuaba estudiando. Los que seguían eran en su mayor parte hombres. Mujeres,menos.

Los hijos  de agricultores y ganaderos  de mediana hacienda  solían  incorporarse a las explotaciones familiares para continuar con el mismo trabajo que tenían sus padres  y  tuvieron sus abuelos. Para los que no disponían de propiedades las alternativas eran limitadas. Buscar acomodo en las ajenas por poco más que el aprendizaje y la comida,  iniciarse en un oficio  en   algunas de las actividades que se realizaban en el pueblo o estudiar, que estaba al alcance de pocos.

Las casas grandes, las de familias con extensos latifundios, empleaban a un número considerable de personas: mayorales, aperadores,  gañanes, pastores, mozas,  “rapas…” (de rapaz, muchacho encargado de los recados y menesteres más livianos). Muchos de estos  empleos  solían pasar de padres a hijos por aquello de la confianza.

Con algo de ironía  y  no menos desdén la gente del campo llamaba artistas a quienes se dedicaban a profesiones que no eran la suya: carpinteros, zapateros, herreros, molineros, panaderos, tenderos,  funcionarios…

La tradición: “Tié que ser campusino,tié que ser de los nuestros…” unida a un cierto desprecio por los estudios: “Pues el mozu empringó tres papelis/de rayas y letras/y pa ensenrearsi/de aquella maeja/ijo que el aceite que a mí me tocaba/era pi menus erre, ¿te enteras?” hacía que se valorara más un carro en la puerta que una carrera, más  los graneros llenos que un lejano futuro con años de gastos y carencias productivas.

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Pero los tiempos  empezaban a cambiar. Había ganas de aprender, aun a costa de grandes privaciones. Existía otro mundo tras las lindes y  las cercas.

Se empezaban a hacer  cursos por correspondencia, muy en boga,  y  a practicar  mecanografía.  Saber escribir a máquina  era  galón y el primer peldaño para acceder a una colocación que librara de las penosas labores campesinas.

Había clases nocturnas  de pago para los que no podían ir a la escuela durante el día  por motivos de trabajo.  Las cuatro reglas, la regla de tres, los repartimientos proporcionales  y las cuentas cochineras de arrobas, libras y cuarterones eran necesarias  para desenvolverse en el día a día.

Comenzó a ir un autobús, costeado en parte por los padres, a Azuaga al recién creado y único instituto de la  zona. Recogía también a alumnos de otros pueblos cercanos.

Los  internados estaban lejos de las posibilidades de la mayoría de las familias. El Seminario era la opción más económica para los varones. Vocación aparte. Muchos con becas del PIO, a otros les costeaban los estudios  familias pudientes.  Al resto se lo pagaban sus padres con  más o menos sacrificio. Catorce mil pesetas costaba el curso, pagaderas trimestralmente en aquellos principios de los sesenta.

Al fresco.

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El día, que vino con alas de mariposa al alba, fue perdiendo frescura y cubrió sus horas centrales de ardiente  pesadez. Hasta el anochecido, cuando empiezan a surgir estrellas en la bóveda  violácea, no vuelven los aleteos suaves de la brisa. A esa hora en que el sol inflamado deja estelas rojizas en el lubricán del poniente sale la gente de las casas a sentarse al fresco.

Por afinidad y cercanía, las mujeres sobre todo, hacen corros y comentan incidencias. Nunca faltan temas y si el caso fuera, los que pasan, que siempre dan las buenas noches y añaden algunas coletillas según amistad y confianza, suplen la posible merma. Se les corta un traje y punto.

Siempre me gustaron  las charlas de los mayores. Me mezclo  entre ellos atento y callado. Cuando surgen asuntos no aptos para la ropa tendida observo las señales para avisar de mi presencia y  miro, como ajeno, hacia otro lado.  Pero a veces de tan inmóvil y cauto   no se percatan de que  estoy  allí.

Admiro  a quienes  tienen el don natural de  saber contar  historias con gracia e interés. Sin ser prolijos son  precisos en los detalles, ocurrentes y amenos. Yo me embeleso oyéndolos.  Del grupo, uno o dos son los que más participan, los demás asienten, ríen las ocurrencias  o  intervienen puntualmente para confirmar o negar algún detalle.

Pasa   Patrocinio con su burro   a primera hora de la noche  vendiendo  peras, brevas, manzanas, ciruelas, pepinos, tomates… recién cogidos en su huerta. Se deshace momentáneamente la reunión para abastecerse. Los pesa en una balanza de platillos colgantes,   bien despachados.  Trae los aromas  del campo en el serón y en los canastos de mimbre. 

Los hombres después de cenar se echan la manta al hombro y se van  a las eras para que los montones de grano no mengüen  durante las horas en que todos los gatos son pardos.

Tanto insisto a mis padres para que me dejen ir a dormir con un amigo a  la era de su familia  que al fin un día transigen  y me dan permiso.

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Contemplar el cielo estrellado en mitad del campo sin ninguna contaminación impresiona y la imaginación viaja más veloz que la luz  a esa inmensidad que nos envuelve.  Estrellas fugaces, constelaciones de figuras caprichosas, satélites artificiales… y en el centro, como franja honorífica del cielo, el camino de Santiago. ¡Qué insignificantes somos!

Años después cuando leo la frase de Kant comprendo  la fascinación que pudo sentir el filósofo alemán ante ese espectáculo: “Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.

Después de pasar el ecuador de la madrugada comienza  a hacer fresco, llega el relente y se queda. Hay  que abrigarse.

 Cuando clarea siento como si el soplo de la aurora me desarropara y quedara desnudo de estrellas. Quedan ya pocas en el cielo. El lucero del alba, como perro guardián del rebaño, las ha encerrado en el  aprisco azul de la mañana.

Siesta

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El reloj de pared da una media espesa y lenta. Sus ecos  quedan  flotando en   la penumbra de la sala. En la mecedora de mimbre dormita la abuela con el abanico en el regazo. Un moscón raya el silencio con una rúbrica de vuelos. Luego se posa y cesa.  Unos niños están echados sobre una manta en el suelo. Alrededor de la cuba de cinc sobre el brocal del pozo las avispas  cortejan al agua. Refulge hiriente el sol en las fachadas blancas de las calles. En la lejanía de carreteras y caminos tiembla el aire en un  espejismo inalcanzable.

De la cruz de mayo a la de septiembre tienen por costumbre quienes trabajan en el campo partir el día por el nudillo de la flama. Tiempo de echarse a la siesta. La gente del pueblo en casa, el labriego en el cortijo y el pastor en la majada o a la sombra de una encina cuando las ovejas juntan sus cabezas.

A los  muchachos no nos gusta acostarnos.  Para evitar que nos vayamos  a los campos solitarios a esas horas a comer moras, cazar “langostos”  o a buscar pajarillos volanderos nos meten miedo  con el tío  que saca  la sangre.  

También nos asustan con la mora que  vive en las  profundidades negras  de los pozos. La imaginamos como bruja desgreñada de largos brazos y retorcidos dedos que arrastra hacia el interior  a los niños que se asoman al brocal.

O con el tío del sebo,  que refieren  que hace grasa con los niños para las ruedas de los carros.

En una finca cercana al pueblo hay una cueva donde cuentan que hace años vivía un hombre al que llamaban  “Poro”.  Con el paso  del tiempo la imagen huraña y esquiva que le confiere su aislamiento y desaliñado aspecto  acrecienta su leyenda como una especie de ogro. Cuando no obedecemos nos amenazan con que viene a buscarnos.

Así que nos quedamos en las puertas o en los rincones en  sombra de la calle. Como a esas horas  el pueblo se vuelve tinaja para nuestras voces, molestamos a los que descansan cerca. Los vecinos salen a decirnos que nos vayamos un poco más arriba o un poco más abajo. O a las puertas de nuestras casas, que estarán tan tranquilos.

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Algunas tardes, vencidas ya las horas de calor, salimos al campo a buscar grillos. Guiados por su canto caminamos sigilosos para no espantarlos. Próximos  al lugar de donde procede el grillar  cesa este y nosotros nos paramos hasta que empieza de nuevo. Así en un proceso de avances y paradas atentas damos con el lugar donde se esconden. Los cogemos con la mano y los metemos  en  grilleras, hechas de madera y alambres. Si no las tenemos las fabricamos de forma rudimentaria. Agujereamos  una lata y le tapamos la boca con un trapo. De alimento les echamos  hojas de lechuga.  Las colocamos  en las ventanas o en los balcones. De noche empieza el concierto, una prolongación del campo en nuestras calles.

La cama

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Eduardo Naranjo “El sueño de las musas”
La cama es el lugar donde  los sueños construyen con espumas verticales  torreones que alba desvanece y el sosiego naufraga como bajel sin timonel en el inquieto mar de los insomnios. Tálamo donde el río impetuoso del deseo  desemboca  sus  efluvios en el tranquilo lago de Morfeo. Allí se alumbra  la vida que arriba con gozoso llanto   desde el fondo oscuro y acuoso de las madres.  Es  regazo y refugio  para la   mente enferma de  tristeza que huye de la luz y del bullicio. Lecho en el que el brazo  vigoroso del arado voltea reparador  la besana del descanso y  patena donde  la vida ofrece su  forzada gabela a los alcabaleros de la muerte.
Nos forja, nos moldea y nos entrega. Allí nacemos, soñamos, sufrimos, amamos, descansamos, ocultamos  tristezas y partimos.
Desde aquella cuna de niño con cuatro esquinitas que velaban ángeles custodios,  donde  recitábamos el “Bendito”  que nuestra madre nos dictaba, hasta la última  que nos  acoja, pasando por la del colchón de lana al que había que deshacer el molde de nuestro cuerpo cada día, la cama es el lugar más íntimo y reservado.
Se nos hacia tan larga   la espera  la  Noche de Reyes y tan fina era  la frontera  entre la realidad y la fantasía  que en la duermevela ilusionada e impaciente veíamos  a los de oriente y a sus pajes entrar en la sala y dejar  el balón en la caja de zapatos.
En la cama sufrimos las primeras pesadillas,  encogidos en forma de  cuatro, sudorosos  de  miedo y acelerados de pulsaciones. Nuestro desbordado subconsciente infantil  alimentado de fantásticas historias afloraba  en medio del sueño llenando la estancia de monstruos que nos perseguían mientras huíamos enredándonos los pies en la maleza. Despertábamos sobresaltados  de angustia que nuestros padres calmaban ahuyentando miedos infundados.
La cama de  la agitada adolescencia, trenzando amores con palabras y miradas que nos traíamos deshilvanadas de la calle y donde proyectamos el futuro de nuestras  aspiraciones.  
Desde lugar tan confortable escuchamos  caer el agua de canales y sentimos el silbo del viento en los cables del tendido en aquellas madrugadas de temporales invernales. ¡Qué sensación más placentera sentirse protegido de las inclemencias entre el envolvente calor que nos ofrecían  las mantas, cubiertos hasta las orejas!
En los días soleados de primavera nos sorprendía el alba  echándonos  monedas de oro sobre la colcha  desde las rendijas de la ventana. 
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Henri de Toulouse-Lautrec, “En la cama”
Aún existe en el acervo  popular  la  idea  de que la muerte en la cama propia es,  dentro de lo doloroso e irremediable  del suceso,  la forma más natural de terminar la existencia: murió en su cama, se dice con satisfacción.
Gabriel y Galán la sacralizó por el cruel  dolor  que  la esposa amada había sufrido en ella la última etapa de su vida:  “…cuidaito/ si alguno de esos/es osao de tocali a esa cama/ondi ella s’ha muerto:/la  camita ondi yo la he querío/ cuando dambos estábamos güenos;/ la camita ondi yo la he cuidiao,/ la camita ondi estuvo su cuerpo/cuatro mesis vivo/y una nochi muerto.”

 

 

Aliviando calores

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En el  fondo del pozo yacerán como pecios de barcos de cristal algunas botellas que, caídas   de la canasta de mimbre, naufragaron en su travesía vertical hacia la luz.

Las manos cuidadosas  de quien esperaba recompensa con un  reconfortante trago que aliviara la sed y levantara el ánimo al regreso del trabajo, la bajaban con cuidado hasta las zonas  sombrías del agua callada. La conducción del timonel evitaba el encalle en los salientes o el vuelco de  la nave en su periplo.  Allí quedaba hasta el mediodía, suspendida de una cuerda atada en la parte interna del brocal. Era una de las formas de aliviar los calores de la canícula.

A falta de red pública de abastecimiento los pozos de aguas llovedizas o de manantiales que había en casi todas las casas se utilizaban para aseo personal, limpieza doméstica y como neveras. En otras latitudes, desde tiempo de los romanos, construían  neveros  para conservar la nieve caída en invierno y obtener hielo prensándola.  Por aquí, a falta de nieve,  se aprovechaba   el frescor  que proporcionaban su profundidad y el resguardo del sol.

Los campesinos, cuando  llegaban sudorosos al anochecer después de un día de intenso trabajo,   llenos de polvo de los caminos y de pajas de las eras, sacaban  del pozo varias cubas y  se las echaban por la cabeza  en los corrales.

A los niños nos la   ponían a calentar  al sol cerca de la pared que daba al poniente y de ahí, al caer la tarde, a nuestros cuerpos que la recibían con saltos jubilosos.

En las cantareras, situadas en los  lugares más  frescos,  se colocaban los cántaros y el botijo para que la corriente de aire que atravesaba la casa desde la calle al corral los refrescara.

Pero yo no he probado agua con la  temperatura más agradable que la que se conseguía cuando en las noches de verano se dejaba el pipote al sereno. Un frescor a las puertas del frío, sin llegar a traspasarlo. Para que no le entrase ningún insecto se le tapaban la boca y el pitorro.

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Juan Diego traía de la fábrica  de Berlanga   barras de hielo en el portamaletas de su bicicleta,  envueltas en sacos con paja para que no se derritieran por el camino. Se las encargaban algunas familias   para trocearlas y ponerlas en cubas o lebrillos cuando tenían alguna celebración especial en sus casas.  Allí se enfriaban las bebidas. A los niños nos gustaba coger trozos a escondidas para  chuparlos como si fueran polos.

Las primeras neveras de madera que hubo en los bares  funcionaban también con estas barras. Se colocaban en el compartimento superior y desde ahí irradiaban el frío a todo el habitáculo, sin conexión eléctrica ni baterías.

Las casas de labranza  tenían una franja central de rollitos   por donde entraban y sacaban a las bestias. Al mediodía  los regaban. Se corría  el cortinón de  la puerta del corral y la casa quedaba en un agradable estado de fresca penumbra, aislada de la flama que fuera incendiaba el aire.

Bares.

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Las mujeres no entraban en los bares. Solamente en días de fiesta iban con sus novios o maridos  a sentarse en los veladores. Para beber, refrescos. No estaba bien visto que cataran vino. Los niños íbamos cuando nos mandaban a cambiar la botella vacía  de la Casera  por una llena.

Los hombres allí hacían tratos, concertaban trabajos, fumaban, bebían y vociferaban.

Muchos iban a diario, unas veces con la excusa de que tenían que ver a uno sin falta y otras  a echar el fondo, costumbre que, aunque debilitada, se mantiene. Consiste en sentarse a beber vino en grupo pagando a escote y aportando  unas pocas viandas traídas de casa que se ponen en medio de la mesa para compartirlas.

Había en el pueblo varias tabernas a las que se  se solía ir con traje de faena al regreso del trabajo. Por las noches las frecuentaban veceros de pródigo libar. Una de ellas parecía sacada de una estampa de almanaque antiguo. Alumbraba el local una bombilla de mortecina  luz suspendida   de  un madero por un  cordón  trenzado que en su día fue blanco y que las moscas  habían  ido poblando   de pintas negras  y  el humo del tabaco vistiendo de amarillo. 

El dueño del establecimiento era persona leída y sentenciosa, con gafas quevedescas y venillas en el rostro semejantes al mapa de una cuenca hidrográfica.

Llos clientes compartían  confidencias y en ocasiones, pese al cartel colocado en la pared prohibiendo el cante, se cantaba. Por lo bajo, con los ojos entornados, una mano al aire marcando compás y otra en el hombro del compañero, que asentía  moviendo la cabeza. Émulos de Pinto,  Marchena o Molina. Amores despechados, que madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

El vino desinhibido y  generoso afloraba las frustraciones y anhelos  de los  tabernarios.

El regente, aparentemente ajeno, confesor y sabio,   canturreaba  detrás  de la barra mientras limpiaba a rosca los vasos con un paño  de color indefinido. Ante afirmaciones comprometedoras callaba o justificaba ¡Lo que tapan  las tejas!, comentaba entre dientes al escuchar ciertas  intimidades.

La fantasía, que el vino estimulaba, pintaba  de colores los  oscuros trazos de la vida en noches de parranda.  Quimeras  y aspiraciones que terminaban abriendo en canal el corazón  sobre el manchado mostrador, como cantaba la Piquer.

Cuando la madrugada  subía  al nido del sueño el tabernero, centinela y sereno de la calle a oscuras,  se asomaba  a la puerta   y pronunciaba su frase ritual, recuerdo quizás de alguna película de los años veinte: “París duerme”. Emparejaba la puerta para que los ruidos no molestasen el descanso del escaso vecindario y pedía moderación en el volumen de las gargantas.

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 Terminado el culto a Baco los componentes de la  cuadrilla se desperdigaban por las calles solitarias, no sin rematar antes algunos flecos de las conversaciones inconclusas. Cada mochuelo a su olivo. Mañana sería otro día. Los primeros rayos de sol los sorprenderían en la  lona de los sueños tras el directo al hígado de la noche anterior.

Mujeres

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Las mujeres  fueron  tan fundamentales y abnegadas  como marginadas  en aquellos años plúmbeos de escaseces  en los que  en España, decían, empezaba a amanecer. Piedras angulares  de la vida familiar,  organizaban y trabajaban en  las  casas  de penumbra a penumbra. Su única distracción y relativo  descanso llegaba al caer la tarde cuando se sentaban detrás de la ventana o se reunían con otras vecinas en los patios a escuchar novelas en la radio, como la célebre Ama Rosa, mientras zurcían,  bordaban, hacían ganchillo  o confeccionaban abrigos de punto  con  la rapidez y destreza con que frotan las moscas sus patas delanteras. De tanto escuchar esas radionovelas  hasta a los niños que merodeábamos por allí  se nos quedaron en la memoria  los nombres de los guionistas,  Guillermo Sautier  Casaseca y  Rafael Barón y los de algunos actores como Juana Ginzo, Matilde Conesa o José Fernando Dicenta.

Recuerdo a las abuelas sentadas en las sillas costureras estirándose el pelo hacia atrás y recogiéndolo en un moño con una peineta curva  ante un pequeño espejo. Después con sus gafas de cerca sujetas a la cabeza  con una  goma elástica se unían a las labores. Hablaban poco. De mayor comprendí que quizás su silencio se debiera  a que  habían conocido  demasiadas barbaridades y que estaban muy cercanos el miedo y las heridas, a veces dentro de  sus propias familias. Evitaban hablar de esos temas sobre todo delante de los niños. Alguna vez capté susurros temblorosos que no entendía,  pero lo que no podían ocultar era el brillo de los ojos cuando lo hacían.

Pocas mujeres  salían de sus casas para viajar si no era por motivos de enfermedad. Con escasísimas posibilidades de estudiar el matrimonio era  su aspiración. La  viudedad y la soltería suponían más dificultades para la subsistencia si no se disponía de capital.

En tiempo de recolección, si las contrataban, conseguían los jornales para todo el año cobrando, como era normal entonces, menos que los hombres. También espigaban o iban al rebusco.

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Espigadoras al atardecer. Jules Bretón

Mujeres  que pasaron de puntillas por la vida solventando sus necesidades básicas con esfuerzo, resignación y alguna ayuda ajena, como Ángeles, mujer humilde, de expresión triste y  mirada llorosa con unos  ojos marcados por profundas ojeras, siempre  vestida de oscuro y con un pañuelo  cubriéndole la cabeza. Iba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Así de parada en parada. La familia del difunto la gratificaba después con lo que su voluntad consideraba oportuno.

Observé muchas  veces a algunas  vecinas al anochecer cuando se dirigían  a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos sardinas. Las sacaba el tendero de una lata grande que  estaba en un extremo del mostrador, cerca de la balanza. Le pedían  que les echara una cucharada de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena. 

Monaguillos y campanas.

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Había monaguillos fijos, que recibían de estipendio doce duros al mes, y eventuales. Estos ejercían por Semana Santa y lo hacían por devoción o curiosidad  y  sin asignación.

 Lo que más nos gustaba era subir a la torre a repicar las campanas. Allá arriba me sentía  privilegiado por conocer  una noticia que hasta que yo empezase a tocar las campanas  los demás ignoraban. Era yo quien decidía cuándo los vecinos  iban a enterarse de que alguien había muerto y el comienzo de las glosas del difunto en  los mentideros del pueblo. O el aviso de que el sol en lo alto anunciaba el mediodía.

 Había tañidos tristes, los dobles,  que comunicaban muertes con la señal  y despedían a los vecinos para siempre. Tres para el hombre y dos para las mujeres separados por un toque  de campana chica.  Lentos y espaciados, sollozos de bronce que   recorrían el aire hasta dejarse caer de tristeza en los rincones. Las mismas campanas  recibían jubilosas  a los recién nacidos el día de sus bautizos,  festejaban bodas o acompañaban festivas  el recorrido  del patrón por las calles del pueblo. Alertaban de incendios con toques monocordes y repetidos de una sola campana. Sonaban al alba para misa temprana,  a las doce para el ángelus, al mediodía para vísperas, a  las tres en verano y a las dos en invierno y al atardecer.  Un lenguaje que no necesitaba intérpretes.  Pensaba yo entonces que las campanas  tenían sentimientos, que se alegraban o entristecían con nosotros.  

Una tarde de noviembre subimos al campanario para el toque de oración.  Invitamos al acto  por nuestra cuenta y riesgo a varios amigos para que conocieran de cerca el lugar y comprobaran nuestra destreza combinando los sones. Levemente echados hacia atrás los cuerpos, bien asentados los pies en el suelo, con la soga de la campana gorda en la mano izquierda y la de la pequeña en  la derecha agitábamos  los badajos con acompasado ritmo.  

Nuestros invitados  aguardaban vez  para hacerlo.  Tanto fue el entusiasmo que pusimos en enseñarles y ellos en aprender  que no nos dimos cuenta del tiempo que habíamos dedicado  a tan sonoras lecciones. Debió de ser bastante porque el párroco nos esperaba  al final de las escaleras del coro repartiendo pescozones  a diestro y siniestro. Había acudido alarmado por el recital inusual, convirtiendo aquella tarde gris de sirimiri  en una fiesta de repiques largos y variados.

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Los monaguillos conocíamos cada rincón de la iglesia y de la torre y los entresijos de la sacristía, entre ellos el lugar donde se guardaba el vino de consagrar.

Una noche observé que el cura de un pueblo cercano que venía a ayudar al párroco en las  grandes solemnidades abrió la puerta y  tomó  antes de dirigirse al púlpito  un vaso de vino. Los fieles a la salida se hacían cruces ensalzando la  hermosura y vehemencia del sermón. Pensé yo con mi razonamiento infantil si un ángel oculto en la botella, como el mago de Aladino,  lo habría inspirado en su magnífica oratoria.