Vendrán otros.

Fotografía de Manuel Rodríguez  Espino

http://www.flickr.com/photos/majanublao/

 

 

 

 

 

 

Dejar que el tiempo pase

en aleteo suave

sin que apenas me roce.

Esperar que me devore la noche

oscura  paso a paso,

y al pasar de los años

que germine en las mentes venideras

el halo del recuerdo

de haber andado  un día

por estos mismos prados

con  otras margaritas

de hermosas primaveras.

Ya no serán las mismas

que observo yo esta tarde.

Al refugio del frío en las solanas

otros ojos mirarán,  no los míos,

el lento transcurrir de las mañanas

por las calles del pueblo.

Allí vivió, dirán los más cercanos,

murió hace muchos años.

Los más ajenos, nada;

habrán oído algo,

alguna referencia

de algún hecho lejano.

El tiempo desvanece la memoria

lo mismo que la mar  borra la estela

de  barcos que se alejan

buscando el horizonte.

Solamente la piedra permanece,

callada eternamente,

eterna piedra muerta

atada por los pies

a  la  alargada sombra

que el sol traza en sus puestas.

Perdiz con reclamo.

 

 

 

 

 

La perdiz canta brava y altanera

con gallardos reclamos cuando empieza

a dar albor a  la  Naturaleza

la vida de incipiente primavera.

 

El cazador detrás de la tronera

observa todo el campo con fijeza

y espera que otro macho con braveza

acuda a defender hembra y  frontera

 

Acechos  con reclamos encelados

traídos  al señuelo traicionero

por otros semejantes enjaulados.

 

Rompe la placidez del cazadero

el disparo que barre los  sembrados

y enmudece la tarde de febrero.

 

Pesimismo.

Fotografía de Juan Sevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

A la larga nos puede el sufrimiento

y el alegre disfraz que nos ponemos

difumina el dolor que padecemos

y mitiga el sufrir de algún tormento.

Pasajero placer de ruin momento

al calor de las copas que bebemos,

engañando  las penas que tenemos

y fingir que gozamos de contento.

Es la fe de futura eternidad

resplandor de un señuelo que nos ciega

en la busca y afán de libertad.

Esperamos la dicha que no llega

y  nos cubre de amarga soledad

la vida ingrata que hacia el fin navega.

Nos queda la liturgia

Queda el incienso en las solemnidades,

los cánticos gregorianos,

nocturnas adoraciones

y el amor de los amores;

capas pluviales, manteos,

amitos, cíngulos, albas,

roquetes y solideos;

la cadenciosa oratoria

de grandes   predicadores,

el sol roto en las  vidrieras

en un mapa de  colores;

oficios de  primavera,

y altares llenos de flores,

las velas y procesiones

y el negro de las sotanas,

repiques alegres,  dobles de muerto,

sones lejanos en el campo abierto.

Nos quedó al fin  la liturgia.

Huyó Dios por las ventanas

en un caballo de  incienso.

La sombra de Caín.

Me dan miedo las tapias de los cementerios. Sus cicatrices de cal  guardan dentro el plomo denso de balas asesinas.

Me dan miedo los sicarios  llamando a las puertas cerradas de las casas.

Siento el ruido  del coche  que los lleva y vuelve, cobarde, en busca de otros nuevos inocentes.

Dañan  mis oídos los ecos de disparos en la noche y ciegan mis ojos las ráfagas brillantes de los Mauser .

Presiento  barro y  sangre en los rostros abatidos y aún calientes.

Después, sólo  el canto  negro de los grillos.

Tengo miedo de que el  espíritu cainita se encabrite, que ese no murió, sólo dormita.

Esta tarde una descarga de vello electrizado recorre mi cuerpo e intuyo a un Goya imaginario trazar los cuerpos descompuestos de la muerte en el celaje rojo del poniente.

 

Alzheimer.

 

Si  llega el olvido y no conozco a nadie ni recuerdo dónde estoy, no podré decir lo que ahora siento.

Y antes que esto ocurra, antes que mis ojos vaguen por las cosas sin pararse  en ellas, quiero que sepáis mis sentimientos.

Con el paso de los días iré olvidando todo y no sabré  quién soy ni  conoceré a los que ahora quiero.

Me iré despegando de personas y de afectos. Me quedarán las caricias que me deis, aunque no pueda responderos.

Huirá mi  mente y dejará aquí un montón de carne vegetando. No seré ya el mismo que ahora escribe. Desde una sima insondable os miraré sin veros. Tendréis entre vosotros a un muerto respirando.

Agujero negro.

Habrá de venir un día

que el sol devore a la Tierra

y al resto de sus planetas

en un giro de exterminio.

Después silencio absoluto.

El inmenso firmamento

seguirá con sus estrellas,

con sus  soles y  cometas

flotando en la inmensidad.

¿Latirán más  corazones

en lugares ignorados

y algún insomne poeta

escribirá  madrigales

a alguna dama soñada.

a la luz de alguna luna

que tenga  brillo  de plata ?

¡Es tan grande el Universo!

¿Qué quedará de la Tierra?

Será una mancha en el cielo

y en su lugar,  negro olvido

por los siglos de los siglos.

¿Dónde irán mis sentimientos?

¿Quedará  de pasión algún vestigio,

un querer, un dolor, algún suspiro,

el jadeo gozoso de un amor?

Sólo  el tiempo lo sabe

y la mano que mueve sus manillas

si es que hay.

En  la cola de un cometa

viajará guarecida  una semilla.

De  allí surgirá otra vez

a la luz y al calor de un nuevo sol,

el germen  de otro ciclo de la  vida.

El “machacaó”

Después del aporreo vertiginoso de estos días  sobre el  sufrido fondo del mortero, descansa  su  redonda  corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces  conservan aún  olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos  de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y  a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi  estómago y abra el cajón del aparador, buscando  el reconfortante  alivio en el resto  tortilla de la noche  anterior o  en la  chacina fresca  para calmar las urgentes  embestidas  del hambre, mi deseo  es  que  detenga su  marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el  contrario,  si  desciende  a tumba abierta por la pista  solitaria  del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a  mi mano me estará confirmando la carencia  de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las  tripas.

Enero.

Fotografía de Juan Sevilla. http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

La luna reina sobre  los luceros

mientras el hilo de la escarcha hilvana

un vestido de luz a las riberas

para alumbrar de blanco a la mañana.

Está enero tejiendo en los senderos

alfombras blancas  de crujiente escarcha

para el paso temprano del labriego.

Gotitas de rocío  en la retama

aguardan las caricias  de la luz

para darle un  diamante a la alborada.

Compran oro.

Cuando  yo era niño venían de Zafra los Doblas comprando oro por las casas de mi pueblo. Eran malos tiempos todavía y el oro una inversión segura para el futuro. Había  pocos  que pudieran  comprarlo  y muchos los que  tuvieron necesidad de  vender. Las familias no solo se desprendían del anillo o la pulsera, también se iban, vestidos de amarillo, jirones de sentimientos.

Entonces no había televisión y los dos o tres  periódicos que llegaban al pueblo lo hacían con días de retraso a casas de algunas familias pudientes.

Las consecuencias de la mala situación económica  no se  avisaban ni se divulgaban en los medios de comunicación. Se manifestaban en remiendos y zurcidos y en la privación de gastos que no fuesen los estrictamente  necesarios. No ponían octavillas en las puertas anunciando recogida de ropa usada para el lunes porque cuando se desechaba una prenda  sólo servía para trapo del “sacuidor”.

Han vuelto los compradores de oro. Planean con vuelo sostenido, sus sombras se proyectan amenazantes sobre nuestras cabezas. Los políticos y financieros con el altavoz de los medios de difusión han conseguido meternos el miedo en el cuerpo.  Por eso, como corderos, no respondemos a los golpes. Callamos y miramos a nuestro matarife  con ojos enormemente abiertos, suplicando al menos clemencia en el sacrificio.