Muerte pobre.

Murió el padre de una tristeza amarga,

de un vacío de cueva succionada

por el  hondo suspiro  de la hiel.

La herencia que a su hijo le dejaba:

los honrados sudores de su piel

y unas manos frías y encallecidas.

Tras años enterrando las semillas

por los surcos del aire, se perdieron

los frutos de la siega y las gavillas.

No hay más rentas anotadas en su haber.

En el lecho de muerte su mirada

expresaba la cruel desolación

de una vida sin nada que ofrecer.

Y  si no fuese poca su desdicha

con el último aliento de su voz

y la angustia de verse fenecer

imploraba y pedía la absolución

temeroso de ver a Lucifer

por pecados que nunca cometió.

 

Doce campanadas

Doce campanadas,

doce ecos de bronce

huyen gong a gong

moviendo cortinas

negras en la noche.

No volverán.

Serán otros sones

los que se oigan otros años.

Los que suenen hoy

enfilarán la senda del olvido

vagando eternamente

entre galaxias y agujeros negros.

Es su  cementerio,

donde duermen sueño eterno

las palabras huecas,

las  promesas incumplidas,

los sonidos y los ecos,

donde yacen  arrullos amorosos

ajados y olvidados por el tiempo.

Debe haber un cementerio para eso,

para palabras que se lleva el viento.

Las esquelas

Las esquelas son las tarjetas de visita de los deudos. Dado el precio de su inserción en los periódicos  publicarla da categoría y relevancia social y no hay familia pudiente  o de abolengo que se precie que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa.  A más tamaño, más grandeza.  Si a esto se añaden apellidos unidos con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones, y se completa el currículo con  cruces y bandas terciadas ganadas en vida, el lustre se aviva para que amigos y conocidos sepan las condecoraciones que colgaban sobre el putrefacto  pecho  del difunto y que ahora con la esquela servirán para realzar el ego de la sobreviviente parentela. Sirven también para que el curioso lector deduzca desavenencias entre la relación de afectados por la desaparición. Omisiones clamorosas y listado aparte en otra esquela nos muestran fracturas familiares que el desaparecido no pudo evitar o quizás provocó.

Conocí  en los años setenta a un humilde guardia de asalto jubilado que estuvo ahorrando durante los últimos años de su vida para que la viuda pusiera una  esquela en el HOY cuando él falleciera. Quería que su anónima vida tuviese al menos un atisbo de alcurnia impresa,  que a él le faltó en vida  y que sirviera  para  enorgullecer a su familia ante amigos y conocidos.

Foto en primer plano

Fotografía de Juan Sevilla      http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

Miraba al exterior por la tronera

confiado en mi escondite observador:

fugaz el tiempo para los de fuera,

para mí, retrasado iba el reloj.

Nunca paré en mi rostro la mirada…

…y al ver en esta foto tan cercana

los surcos que la vida me ha labrado,

recibí una relojera bofetada

con mano cruel de arrugas y de canas.

Bruscamente caí de la  peana

donde el tiempo pensé que se paraba.

Ajada y cuarteada está mi cara

y  trazado el camino hacia la nada.

Tarde en Montijo.

Como aceite en el  agua

me muevo entre esta gente

a  la que no conozco.

Se saludan entre ellos

con  tópicos adioses.

Disfruto donde no soy conocido

porque observo libremente.

Una  mujer sentada con un niño

clava sus ojos  en la  lejanía.

Un pobre  viejo mira su reloj,

presintiendo que  el tiempo ha roto aguas

y asoma  ya su cabeza despiadada.

El tendero de la esquina

recoge el quitasol de la ventana

y penetra hasta  los anaqueles

la luz postrera  de la tarde.

El recinto se llena  de vecinos

que charlan o pasean

en idas y venidas

por las espaciosa plaza.

Tocan las  campanas, gritan los  niños.

Ajeno a sus afanes y quehaceres,

me voy solo por una  estrecha calle

en busca de silencio y de cobijo.

Miradas

Miradas hay que llaman

al  cálido cobijo de la entrega,

a  la ardiente pasión

de cimas y abismos conjugados

en trenzas de caricias envolventes

y cuerpos torneados.

Miradas hay de odio,

con ácidos fulgores despechados

que rayan el espacio de cristales,

afiladas aristas de la muerte.

Lánguidas miradas hay

en  bellas mariposas detenidas.

Belleza descuidada

de melancólicos mensajes llena

cualquier mañana azul de primavera.

Me alejo

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

Huiré como Juan Ramón

por las callejas del pueblo

cuando en la plaza repleta

bullan la fiesta y los ecos.

Yo no llevaré a Platero,

iré andando despacito,

sin prisas, mientras me alejo.

Me fijaré en los detalles

en los que nunca reparo:

la blancura en los resaltos,

los lomos de tejas rojas,

las filas de  hormigas negras,

las lagartijas al sol,

las águilas allá arriba,

las nubes de ovillos blancos…

Me sentaré en una loma

y  desde allí en el  silencio

pasaré la tarde  solo,

dejando pasar el tiempo.

 

Por imperativo legal

 

 

Las leyes nos otorgan a los ciudadanos derechos y nos imponen obligaciones. Cuando actuamos en cualquier ámbito de la vida nos atenemos a esas prerrogativas  y limitaciones.

No es necesario ir diciendo cada vez que hago explicita una decisión que lo hago porque la ley me lo permite. Si voy a la tienda a comprar el pan no es necesario que le diga al tendero: “Tenga usted un euro con veinte céntimos porque así está estipulado en el Código Civil en los artículos que regulan la compraventa”.

Cuando el oficiante pregunta a los contrayentes que si quieren por esposa o esposo a la pareja que tiene al lado, estos responden: “Sí quiero” sin añadir la coletilla de que porque así está regulado en la normativa sobre contratos matrimoniales.

Imaginemos la cara del tendero si al comprador se le ocurriera añadir “Tenga usted un euro veinte por imperativo legal” y la cara de la pareja,  de los suegros  y demás allegados si a uno de los  contrayentes se le ocurriera decir:  “Sí quiero, por imperativo legal”.

Naturalmente, porque así lo regula la normativa, hay que hacerlo de esa determinada forma y no hace falta decirlo. Pero si el que compró el pan y los que  contraen matrimonio lo que quieren decir con esa coletilla es que lo hacen obligados porque no les queda otro remedio, pues compre usted piquitos o rejúntense si  les conviene más.

Señorito

 

De porte altivo, gomina y tonos verdes de un campero Corte Inglés. Señorito, no señor. Más que tener heredades,  peculio, escudo y blasón aparenta que los tiene. Autoestima recargada, buscador de nobles compañías, desdeñoso con obreros, narcisista relamido. Buscador de viejos  abolengos donde solo existieron  medianías. Escudo de familia inventado o rebuscado en un ajado pergamino de algún pariente lejano; iniciales en los cueros de carteras y aparejos de algún caballo trotón que simulan boyante hidalguía de pasados esplendores. Fatuo y  casquivano; parlanchín con los iguales, displicente y distante con los que no son de su condición. Vida huera entre cáscaras guardada. ¡Oh, imaginados ancestros coronados de guerreros!  El abolengo, los linajes, las casonas solariegas. ¿Y él? Una tilde remilgada sobre un párrafo caduco y trasnochado.

Diciembre

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

Llueve esta tarde fría de diciembre.

Un rosario de cuentas acüosas

resbala suavemente en los cristales

tejiendo redes de pequeños ríos.

Al cobijo del cuarto y el brasero

me distraigo mirando este paisaje

con tejados llorosos de canales

y de  gente que pasa el aguacero

esquivando los charcos de la calle.

Poco a poco la luz se desvanece

y Edison va ganando la partida

a  los grises matices  de la tarde.

En un puzle de sombras, anochece.

Y vuelve con las luces encendidas

tu recuerdo añorado a mi memoria,

que,  como brasa entre cenizas, arde

esta tarde lluviosa de diciembre.