Tormenta.

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

La noche vierte en  el día

montañas de algodón negro

con redobles de tambor

y destellos plateados.

Virulentos torbellinos 

por las tierras labrantías

y los extensos posíos

de la Campiña extremeña

levantan en espiral

maleza  y espinos secos.

El rayo baja hasta el suelo

en culebrilla de fuego.

El eco de su fragor

rebota redondo y  hueco

por los tambores del viento.

Cae la lluvia estrepitosa

sobre los campos resecos

y otro  látigo de luz

recorre de norte a sur

los vericuetos  del cielo.

Huellas del tiempo.

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Las  piedras  encierran las historias de los pueblos.

Allí están las huellas de los siglos.

Esperan enclaustradas que las manos del experto,

escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.

Regresamos  a sus vidas y a su tiempo,

pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.

Esa cóncava mano de luceros

los cubría también a ellos:

celtas, lusitanos, romanos, visigodos,

musulmanes, almohades, almorávides, iberos…

Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,

allí siguen, aparentemente quietos,

que cien mil años no es nada en el fluir del  firmamento.

Frases lapidarias.

 

buenos sentimientos

(Simple opinión personal sin ánimo de incordiar, que como tal, puede estar  errada y que posiblemente lo esté)

A veces extraemos del almacén de frases lapidarias que circulan por la red  algunas de ellas.  En unos casos es una forma cómoda de identificarnos  con las que expresan ideas nobles, solidarias o afectivas. Otras veces son inocuos enunciados,  simples generalizaciones de sentimientos que todos compartimos. Todos queremos a nuestros hijos o recordamos a los muertos. En un tercer grupo, que yo llamo de manía persecutoria, están las que sirven  para  dirigirlas a los que  se supone  que son enemigos, a los que pensamos que nos envidian, que hablan mal por detrás, etc, etc. En las frases que expresan ideas o sentimientos positivos nos situamos implícita o explícitamente como partícipes  y abanderados. Somos los que más queremos a los  padres, a los amigos,  los más leales, los más consecuentes…

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En las frases negativas nos situamos al margen. No nos consideramos integrantes del grupo que habla mal de los otros, que envidia,  que traiciona etc, etc. Es normal, pero habría que ver si  esa crítica que lanzamos a los demás escudados en frases rotundas y ajenas  no es un síntoma de  una excesiva valoración propia o de una  manifestación paranoica de nuestra personalidad que ve enemigos por todos sitios. Pudiera ser  también un afloramiento  del subconsciente que manifiesta, dispersando culpas, las mismas  carencias o defectos que adjudicamos a los otros.

Esquizofrenia.

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Su mirada errática vaga por los bordes  de las cosas. Los ojos son   dos oquedades ausentes. Huyó de allí el personaje. Dos complejas realidades pugnan por la preeminencia: la que es y la aparente. Pero, ¿cuál es la visión real y cuál es  la  que miente?

Busca aterrado el silencio  espeso y denso en un rincón de remolinos absorbentes.  En su mente enferma brotan  los fantasmas  desfigurados de la muerte con aspavientos descompuestos. Rasga sus entrañas con alambres retorcidos y herrumbrosos  y  amarga su vida con el filo dentellado de la angustia. Escucha sonidos que no son  y amenazas que no existen, muerde los padrastros de su pensamiento con latidos compulsivos y punzantes. Y cae, cae, cae  en  la sima sin fondo del vacío.

 

Indolencia.

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Aquí en la esquina apostado,

a observar y no hacer nada,

cortando el aire en rodajas

en un  cruce de caminos.

Mirar la vida en la gente,

cada cual a su destino,

representando el papel

que le asignó el regidor

del gran teatro mundano.

¡Oh, excelente Calderón!

¡No más quiero

que esta amable languidez!

Que me lleve la corriente

liberado de cuidados

por el discurrir tranquilo

de las acequias del tiempo

sin molestias importunas,

con la misma dejadez

de abúlica voluntad

que sintió Manuel Machado

en una noche de luna.

¡Despierta, muchacho!

Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)

Francisco Catalán Roca

Mujer primorosa

que luce garbosa

su talle al andar.

Requiebro de fuego

que lanza el mozuelo

al verla pasar.

Su mente la mece

en cama de encaje

de virgen vestal.

“Mocita, te llevo,

de ardiente plumaje,

conmigo en el vuelo

de noche nupcial”.

Estrambote:

Despierta, chaval,

desciende hasta el suelo

y busca consuelo

en manos de Onán.

Mayo.

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Flor de   espigas

al albur de los  solanos.

Bacanal campestre

en  honra de  patrón gañán,

justo en el parteluz de la vertiente.

Amapola en la   falda de la siembra,

mecida en olas verdes.

Orla de  flores al símbolo eterno de  la muerte,

duelo inacabado y  recurrente.

A  la  virgen, infantiles voces

de ingenuos corazones

en la  capilla  a coro del colegio

donde llegaba el olor a  azahar

del patio de  los naranjos.

Céfiros en  tu pañuelo al cuello,

mariposa impaciente y perfumada,

acariciando  tu  encendida cara.

La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

 

Las abuelas.

 

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Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro  guiado por las manos  temblorosas  de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas  cosían e hilaban  en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.

 Trabajar  bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio  contemplando detrás de los visillos  el diario transcurrir de otros vecinos. Si en  alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos  que pocas  se  mojaron los pies en sus orillas.  Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos  se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.

El lenguaje del cuerpo.

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Hay algo tras la piel de su sonrisa

que oculta  una congoja camuflada

por una bien cuidada compostura.

Los ojos no  enmascaran la tristeza

ni deshacen los  posos de  amargura.

Se intuye  que su cuerpo disimula  

lo que tiene escondido en su cabeza.

Peregrina muy lejos  su mirada

y se traba en la zarza dolorida

donde rumia la herida que le apena.

Por momentos regresa sorprendida

a afirmar o negar con la cabeza

en la charla que apenas le interesa.

No revela la boca con palabras

lo que expresa su cuerpo con certeza. 

Día del libro.

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Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente  convertidos en palabras.

Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.

Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los  claros clarines de los desfiles pueden oírse  desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente,  repartiendo  a sus nietecillos  pan y pescao frito.  Imaginé una España orgullosa y  soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo  acompañamiento del  cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes,  que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en  Dios como  testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que  en este libro no estaban todos los buenos poetas  que debían estar  y que algunos de los estaban  no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como  la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos. 

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