(Simple opinión personal sin ánimo de incordiar, que como tal, puede estar errada y que posiblemente lo esté)
A veces extraemos del almacén de frases lapidarias que circulan por la red algunas de ellas. En unos casos es una forma cómoda de identificarnos con las que expresan ideas nobles, solidarias o afectivas. Otras veces son inocuos enunciados, simples generalizaciones de sentimientos que todos compartimos. Todos queremos a nuestros hijos o recordamos a los muertos. En un tercer grupo, que yo llamo de manía persecutoria, están las que sirven para dirigirlas a los que se supone que son enemigos, a los que pensamos que nos envidian, que hablan mal por detrás, etc, etc. En las frases que expresan ideas o sentimientos positivos nos situamos implícita o explícitamente como partícipes y abanderados. Somos los que más queremos a los padres, a los amigos, los más leales, los más consecuentes…
En las frases negativas nos situamos al margen. No nos consideramos integrantes del grupo que habla mal de los otros, que envidia, que traiciona etc, etc. Es normal, pero habría que ver si esa crítica que lanzamos a los demás escudados en frases rotundas y ajenas no es un síntoma de una excesiva valoración propia o de una manifestación paranoica de nuestra personalidad que ve enemigos por todos sitios. Pudiera ser también un afloramiento del subconsciente que manifiesta, dispersando culpas, las mismas carencias o defectos que adjudicamos a los otros.
Su mirada errática vaga por los bordes de las cosas. Los ojos son dos oquedades ausentes. Huyó de allí el personaje. Dos complejas realidades pugnan por la preeminencia: la que es y la aparente. Pero, ¿cuál es la visión real y cuál es la que miente?
Busca aterrado el silencio espeso y denso en un rincón de remolinos absorbentes. En su mente enferma brotan los fantasmas desfigurados de la muerte con aspavientos descompuestos. Rasga sus entrañas con alambres retorcidos y herrumbrosos y amarga su vida con el filo dentellado de la angustia. Escucha sonidos que no son y amenazas que no existen, muerde los padrastros de su pensamiento con latidos compulsivos y punzantes. Y cae, cae, cae en la sima sin fondo del vacío.
Hasta cinco veces buscaba el hilo el angosto camino del enhebro guiado por las manos temblorosas de la vieja. Los niños- ¡qué ignorancia!- nos reíamos de ella cada vez que fallaba un nuevo intento. Entre conversaciones y silencios nuestras abuelas cosían e hilaban en las horas vencidas de la tarde tras el duro bregar de otras faenas.
Trabajar bajo un yugo de rutinas que solo alguna vez hallaba alivio contemplando detrás de los visillos el diario transcurrir de otros vecinos. Si en alguna ocasión salían del pueblo era debido a alguna enfermedad. El mar quedaba tan lejos que pocas se mojaron los pies en sus orillas. Sobre sus recios y sufridos hombros se apoyó el bienestar del que gozamos. Entre velos, mantones y cobijos se les fue la juventud de la manos rezando por las almas de los muertos.
Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente convertidos en palabras.
Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.
Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los claros clarines de los desfiles pueden oírse desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente, repartiendo a sus nietecillos pan y pescao frito. Imaginé una España orgullosa y soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo acompañamiento del cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes, que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en Dios como testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que en este libro no estaban todos los buenos poetas que debían estar y que algunos de los estaban no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos.