Bloques

El toreo ha tenido en diversas etapas de su historia figuras representativas de estilos diferentes. Cada una con detractores acérrimos y ardientes defensores.  Viene de muy atrás: De ‘Costillares’ y Pedro Romero, de Lagartijo y Frascuelo, de Joselito y Juan Belmonte. Yo conocí en los años sesenta la rivalidad entre los partidarios de Antonio Ordóñez, representante del toreo clásico, y los de Manuel Benítez, ‘El Cordobés’, que rompió cánones con su heterodoxo salto de la rana.

Pasa también con el fútbol. Aunque hay aficionados para todos los clubes, a nivel nacional, y traspasando fronteras locales, el grueso de la afición se decanta por el R. Madrid y el Barça.  Si queremos comprobar el resultado de esta rivalidad, no hay nada más que juntar en un bar a forofos de uno y otro equipo un día de partido.

A nivel político está sucediendo algo parecido. Alrededor de los dos partidos mayoritarios se han formado dos bloques que han polarizado filias y fobias, manifestadas por seguidores y detractores con frecuentes insultos y difamaciones. Basta con asomarse al vomitorio de las redes sociales para comprobarlo.

Como agujeros negros, las formaciones grandes, engullen lo que hay alrededor. Y como se tragan a los que están en sus extremos sufren la indigestión de tan dispar comida, al tiempo que sus imágenes ante los electores se cargan de tonos más intensos, rojos y azules.  

La elección se reduce a dos bloques que, aunque formados por variadas siglas, pueden reducirse a dos: derechas e izquierdas.

Dicen los entendidos que tener muchas posibilidades para escoger puede generar angustia e insatisfacciones. Es lo que llaman la ‘paradoja de la elección’: más libertad, pero más dudas.

Cuando las opciones se reducen a dos, te caldeas menos la cabeza, pero existe el inconveniente de que acentúan la división entre los partidarios de ambas opciones. Hay expresiones populares de esta dicotomía: Lo tomas o lo dejas. Teta o chupe. Bebes o soplas. Conmigo o contra mí.  Monárquico o republicano.  Simplismo elevado al cuadrado.

Demos las gracias por que no ha llegado todavía el que proclame:  Yo o el caos.

Nos quieren llevar por dos grandes cañadas al aprisco, con alambradas a los lados y eliminando las alternativas de las veredas.

 

Mientras no modifiquen la Ley Electoral vigente, y esto no les interesa a los grandes partidos, la representación estará distorsionada. No es justo que una formación con poco más de 390.000 votos saque siete escaños y a otros no les sirvan 600.000 para obtener un diputado. Es solo un ejemplo.

Exigir impunidad y referéndum de autodeterminación a cambio del apoyo a la gobernabilidad, contando con solo siete diputados, no es de recibo. El 1,60% de votantes no puede condicionar al 98,40%. 

Faltan un poco de sentido común y altura de miras. El bien común antes que el propio.

Hasta septiembre, si por bien es y así lo quieren. Ha sido un placer. 

Juan el del kiosco

Años después fue lo del kiosco,

pero esa historia tuvo unos comienzos.

Juan era el sacristán de la parroquia.

Como los estipendios

eran escasos, tuvo

que aguzar el ingenio.

Al edificio de la Acción Católica

acudíamos muchos

para ver la televisión

y se le ocurrió vender vasos

de gaseosas a peseta.

Para el verano adquirió una nevera

que le facilitó Guaditoca,

la que tenía el bar del Sindicato.

Era de esas que se les metía

una barra de hielo dentro

Para empezar aquel negocio,

me lo refirió él,

le pidió un préstamo de cinco duros

a Catalina, que era

la sobrina de don José, el cura.

Más adelante compró un frigorífico.

En el congelador hacía polos

en vasitos con gaseosa

y palillos de los dientes,

que le servían de soporte.

Después amplió la oferta

con helados y el ámbito

se extendió por las calles.

Yo tenía una bicicleta

y en el portamaletas

colocábamos la garapiñera.

Voceando el producto

y haciendo escala en las esquinas

recorríamos todo el pueblo.

A mí, por el servicio,

me invitaba a un helado.

Lo cuento para que se sepa,

para que las pavesas de los años

no cubran su recuerdo.

Y también como homenaje a Juan,

que fue un hombre bueno.

Nuestras casas

Los bloques de pisos son corazones que laten con pulsaciones luminosas desde que empiezan a encenderse las primeras luces en sus habitaciones hasta que se van apagando poco a poco.   Cada punto de luz es un latido. Aunque se perciben desde fuera, solo los que están en su interior saben los motivos por los que se encienden o se apagan.  Marcan las horas de sueño y los desvelos. El llanto de un niño que despierta a los padres, la encarnación del amor o el desasosiego de los que esperan. Tal vez un malestar repentino.  La vida, con sus preocupaciones y esperanzas.

Las viviendas son los refugios en los que nos resguardamos de la intemperie. Lugares donde hallamos descanso y, sin composturas ni poses obligadas, nos relajamos. Los silencios no son incómodos y las palabras fluyen espontáneas, sin cumplidos ni obligación de tener que abrir la boca.

La alegría y la tristeza se manifiestan sin filtros, también los enfados y, desgraciadamente, a veces, la violencia.

De niños corríamos hacia la nuestra cuando nos encontrábamos en apuros, como los animales lo hacen a sus madrigueras si presienten el peligro.

¡Ay los timbres en la madrugada y los aporreos en las puertas a deshoras, cuando no se espera a nadie! Toques de ansiedad cuyos ecos quedan flotando en el silencio de la incertidumbre. ¿Quién será a estas horas?

 En los pueblos las casas han dejado de ser los lugares donde se desarrollaban tres hechos fundamentales: nacer, celebrar los casamientos y velar a los muertos. Vida, amor y muerte. Las tres heridas que escribió Miguel Hernández.

La comadrona y las vecinas ayudaban a dar a luz. Los parientes de ambas ramas preparaban los convites de las bodas. En los duelos se despedía al difunto acompañándolo por última vez.

Cuando la noche estaba en su cresta y los gallos aún no habían movido la suya para picar el alba, quedaban la familia y los vecinos más allegados. Entre cabezadas se fumaba y se charlaba con lagunas de silencio en las que solo se oía el tictac del reloj, marcando la cuenta atrás a la alborada. Alguien, que se asomaba al exterior de vez en cuando, anunciaba el clarear. La luz del día pasaría de largo, por primera vez y para siempre, por las pupilas inertes del difunto.

Lo dijo Pascal. Todas las desdichas vienen por no saber permanecer en casa. Te acuerdas en los apuros.

Una noche borrascosa, con viento y lluvia, regresábamos un grupo de amigos de la discoteca de un pueblo cercano por una carretera poco transitada. Pinchamos una de las ruedas del coche. Casi a tientas, nos pusimos manos a la obra para cambiarla. Uno de los compañeros de expedición, paraguas en mano y de espaldas al ábrego, aliviaba la hinchazón de su vejiga.  Estando en estas, exhaló un suspiro que le salió del alma: “¡Quién estuviera en casa meando para acostarse!”

Vivimos por azar

Soy el eslabón de una cadena

iniciada al principio de los tiempos

por la casual unión de mis ancestros,

ligados unos a otros en secuencias.

Yo no hubiese arribado a esta ribera

con otros diferentes casamientos,

pues solo de esos cruces estoy hecho

y un trueque anularía mi existencia.

Como todos, procedo de la mezcla

de unos espermas y óvulos concretos.

Un cambio solo y yo no hubiese sido

ni estaría escribiendo este poema.

Por contra, otros, no han llegado al sido

por no haber cruces para tantas velas.

Quedaron en potencia,

en posibilidades incumplidas,

que no tuvo a bien cruzar la vida.

Ponerse al tanto

Un joven intentaba informar a la persona mayor que se le acercó sobre cómo acceder por internet a su cuenta bancaria. Entre claves, páginas web, app y SMS navegaban los ojos asombrados del solicitante con la escotilla de la boca medio abierta y rascándose la cabeza de vez en cuando. Esto es mucho arroz para un pollo, sentenció, tras naufragar en las procelosas aguas del océano informático.  Tras esto, guardó el teléfono, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

Al hilo de este caso, con licencia de don Miguel de Cervantes, me surgieron algunas reflexiones.

No es igual saber mucho de un tema que explicarlo nítidamente. Creo que muchos hemos conocido a profesores que sabían hacerlo muy bien y otros que, sabiendo mucho, fallaban en la comunicación.

Un buen docente enlaza los conocimientos previos que debe tener el alumno con los nuevos, como los sogueros unen los cabos para hacer las sogas.

 

 

 

 

 

 

 

El profesor de matemáticas no debe comenzar exponiendo las unidades del sistema métrico decimal sin que los alumnos sepan antes qué es un sistema y qué significan métrico y decimal.  Conceptos básicos para empezar a levantar el edificio. Si falla la base, se viene abajo.

Conocí a una persona, probablemente existan más casos, que comenzaba las conversaciones por la mitad. Afloraba su discurrir en el punto en que ya lo traía elaborado en su cabeza, creyendo que los demás estaban al tanto.

En la enseñanza es preferible identificar un ángulo entre las paredes de la clase, en las puertas entreabiertas o en un reloj de pared que verlo dibujado en la pizarra.

No conviene memorizar el teorema de Pitágoras recitando como un loro que la hipotenusa al cuadrado de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos si antes no sabemos qué es una hipotenusa, qué son los catetos, que son los cuadrados y para qué sirve todo eso.

Los que han comprendido conceptos o aprendido oficios salvando complicaciones, saben, cuando tienen que enseñarlos a otros, dónde pueden encontrar dificultades.

En el diálogo que mantienen en la zarzuela ‘La verbena de la paloma’ don Hilarión y don Sebastián, este exclama: ‘Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad’. A una velocidad de vértigo lo hacen actualmente las comunicaciones.

En los años cincuenta y sesenta hubo una campaña de alfabetización en España que consiguió reducir la tasa de analfabetos de un 17% en 1950 a un 9% en 1970.

Sería conveniente lanzar otra digital porque los intentos hechos hasta ahora parece que no han sido suficientes.

Cada vez son más los trámites que pueden hacerse por internet. Pedir cita en las ITV, en los Centros de Salud, en la Seguridad Social, en la Agencia Tributaria…Y no digamos en los bancos, sin sucursales en los pueblos pequeños. Muchas personas necesitan la ayuda que les dé acceso a este mundo digital. Vivir al margen ocasiona perjuicios.

Lo necesario y lo prescindible

John Steinbeck narra en ” Las uvas de la ira” las penurias de la familia Joad y el ingenio de la madre para preparar la comida diaria con las escasas viandas disponibles.   

La mayoría de los españoles de nuestro pasado reciente tuvo que recorrer un camino de privaciones ocasionadas por las secuelas que dejó el enfrentamiento fratricida. Lo primordial era procurar alimentos para poder comer todos los días.

La ropa pasaba de unos hermanos a otros, tras el artesanal trabajo de adaptación de habilidosas manos costureras. Sisa arriba, bastilla abajo, acondicionaban las prendas para el nuevo inquilino.

Pantalones remendados desde las culeras a los perniles, con progresiva mengua del género original. A los cuellos desgastados de las camisas se les daba la vuelta y se zurcían los rotos de los calcetines con un huevo de madera en su interior. Los vestidos se confeccionaban en casa con tela comprada por metros.  Los zapatos tenían tantas vidas como los gatos, gracias a los zapateros, que eran los encargados de prolongar su existencia con leznas, cabos y cerote, echando medias suelas o poniendo tacones nuevos. Los campesinos usaban para el trabajo botos bastos con tachuelas en las plantas. Así las protegían del desgaste en el campo y las dotaban de acompañamiento musical cuando pisaban sobre las calles enrolladas.

Los viajes eran escasos, los inevitables por la salud.  El de bodas, por pocos días, a la capital de España o a la ciudad de la Giralda. Y si la escasez apretaba, a casa de unos parientes. Los de placer a destinos exóticos quedaban para la fantasía.

El descanso estival lo disfrutaban los turistas y los emigrantes que regresaban al pueblo en verano. Los demás, con sentarse al fresco por las noches y celebrar las fiestas patronales con algún extraordinario daban el trámite por cumplido.

Hubo niveles en el acceso a alimentos básicos.  Los más afortunados disponían de aceite para el año, maquila para panes, cerdo para la matanza y huevos de corral. Otros, desgraciadamente, debían afanarse cada día, si tenían dónde, para disponer de sustento.

Algunos, a pesar de esas privaciones y sacrificios, incluso fueron capaces de ahorrar para comprar una fanega de tierra, casar a una hija o tener disponibilidad para un imprevisto.

Lo prescindible y lo necesario dependen de las circunstancias personales y temporales.

Probablemente cada uno de nosotros trazaría la línea divisoria por un sitio diferente. Pero hay donde meter tijeras, hablando en términos medios, porque existen grupos que desgraciadamente pueden prescindir de poco.  Echemos un vistazo a los contenedores después de opíparas celebraciones, a los roperos con ropa que apenas nos ponemos… Es una buena reflexión para comprender la relatividad de lo necesario cuando se dispone de medios donde elegir y lo escasas que son las opciones para quienes tienen que hacerlo entre poco y nada. Conviene tenerlo en cuenta por si llega el caso. La vida da muchas vueltas.

Mayo, despeñado

 

San Isidro era la linde que en estas tierras labrantías dividía al mes de mayo en dos vertientes, una mirando a la primavera y la otra al verano. Las espigas, mecidas por los aires gallegos en un mar de ondulaciones, granaban por este tiempo. Las amapolas, eran el adorno rojo de sus faldas verdes. El clima va alterando lenta, pero inexorablemente, la cadencia de las estaciones. Los tránsitos de unas a otras se solapan con límites difusos. La primavera se adelanta y el verano se prolonga. Un cambalache inestable donde deambulan como zombis los más enraizados refranes, sin saber dónde encajar su experiencia acumulada. Ni marzo fue ventoso ni abril lluvioso. Le quitaron a mayo el lucimiento en la pasarela de los meses. Devino de florido a canoso en un precipitado declive.

Los embajadores de malos presagios fueron preparando este desolador paisaje. Las calimas con sus redes de velos anaranjados y polvorientos viajaron desde el sur en varias y poco habituales ocasiones. Invasión turbia y silenciosa que ha ido tomando posiciones para quitar verdor y sustituirlo por el gris Sahara. Se le conocían incursiones en años anteriores, pero eran más esporádicas y tardías. Reptil sediento que ha arrastrado su vientre escamoso por vegas, valles y cañadas, llevándose humedades y dejando polvo.

Echamos en falta las brisas tibias de otros mayos y el verde que agostó temprano. Envejeció prematuramente de calor y yace escaso de frutos y sobrado de sequedades en mitad del páramo de este año.  No es por falta de santos que lo amparen. Está bien servido, desde la Cruz a san Fernando. En medio, la Virgen con tres pastores.  Y el patrón agricultor rezando mientras le labran la besana dos ángeles custodios. Al frente del santoral cortejo, portando estandarte reivindicativo por concesión de Pío XII, va san José, obrero y artesano.

Echamos de menos el gozo de los sentidos visuales y olfativos que, en otras primaveras más largas, destacaban. Estos días tienen el sabor salobre de la desesperanza.

Llegan de muy lejos, como consuelo en el recuerdo, las voces infantiles ofreciendo a una virgen de sonrisa permanente flores para el dosel y aromas de azahar en la capilla.

De la adolescencia, el pañuelo al cuello de la joven en aquellas romerías por veredas entre verdes trigales. Mariposa que aleteaba en su cara con el tibio céfiro de poniente.

Al chico que canta Sabina le robaron el mes de abril y a nosotros nos han dejado huérfanos de mayo. Lo han despeñado por la vertiente que da al verano.

Hoy viernes es luna llena. La veré levantarse sobre el horizonte, extender su manto, primero amarillento, después plateado, sobre las espigas secas y caminos polvorientos. Quizás canten los grillos. Ranas, pocas. Yo, con ella enfrente, añoraré el tiempo que se nos fue de las manos.

Faltará el rumor del agua sobre el mármol de la fuente del jardín que describió Antonio Machado.

Mentiras

 

 

 

 

 

 

 

Quien haya afirmado que no ha mentido nunca, que vuelva a decirlo y habrá mentido una vez más. De niños, por temor al castigo o espera de recompensa. De adolescentes, por pudor y rubores. De mayores las causas son más complejas, tienen más capas que ocultan intenciones.  Se puede mentir por altruismo o solidaridad para librar a otros de una condena injusta o por desvergonzada estafa. El muestrario de embustes va de la piedad a lo perverso, como los antiguos muestrarios de viajantes de tejidos. Del casi blanco de la inocencia a los que pasan del castaño oscuro.

Hay fingimientos que lubrifican las relaciones sociales. ¿Qué ventajas tiene decir verdades que solo perjudican a quienes van dirigidas y no aprovechan a nadie? Vale más una mentirijilla que anime que una verdad que ofenda. Qué buen aspecto tiene usted o qué bien le sienta el traje, decimos o nos dicen, aunque el deterioro sea evidente y al traje haya que cogerle las sisas.

Lo repudiable es hacer daño intencionadamente para buscar provecho propio abusando de la buena fe.

Abundan los mentirosos que se atribuyen méritos de otros.  Javier Cercás cuenta en su novela, ‘El impostor’, la historia de Enric Marco, que fingió durante años ser una de las víctimas de los campos de concentración nazis.

De másteres y títulos académicos, falsos o regalados, hay surtida colección. Ínfulas de vanidosos que buscan aparentar más de lo que son.

Un recurso habitual de algunos pillos cogidos en el renuncio es alegar que sus palabras fueron sacadas de contexto, cuando leídas o escuchadas de nuevo demuestran la palmaria claridad de su mensaje.

La mentira es intrínsecamente mala para la moral católica.  Por eso tuvo que rebuscar en el cajón de la dialéctica un argumento sibilino que salvara el dilema de situaciones en que se debe decir la verdad, pero no se quiere. Es la restricción o reserva mental. Se omite lo que se supone que debe entender el avispado oyente.  Cuando a alguien le piden dinero y responde que no tiene, el solicitante debe deducir que es para él para quien no dispone.

Un señor de estos lares no quería asistir a una celebración a la que insistentemente lo invitaban. Le ofrecían todo tipo de facilidades para acomodar tal evento a sus obligaciones, de tal manera que lo harían cuando él tuviera disponibilidad. Puso excusas de un viaje que tenía que hacer, de una comida familiar, del cumpleaños de un nieto… Agotados los pretextos y agobiado por la obstinada pesadez del anfitrión, cuando le ofrecieron el jueves de la semana siguiente, que parecía quedar libre en su agenda, alegó que ese día tampoco porque tenía que asistir a un entierro.

Las mentiras van y vienen, como las cigüeñas a los campanarios, como los gitanos a Macondo, como la ‘Milana’ al hombro de Azarías, que sigue inocentemente en el andén, esperando el paso de los trenes.

 

 

 

Ojo con el glaucoma

 

 

 

 

 

Ni al enfermo ni a sus familiares les agradaba hablar del mal que aquel padecía. Incluso procuraban ocultarlo, a pesar de que en su cara, que es espejo y ventana, asomara el espectro violáceo de la enfermedad.

Las contagiosas alejaban a amigos y conocidos. La lepra y la tuberculosis fueron dos de las más temidas. Hasta las viviendas de estos enfermos sufrían el estigma años después de haber fallecido sus moradores. Pocos querían comprarlas.

 Había en el fondo de estas actitudes un sentimiento de rechazo en los demás y de culpa en quienes las sufrían.  Al dolor físico se unía el moral.

Lazareto y sanatorio fueron palabras que marcaron indeleblemente las vidas de muchas personas.

La actitud de la sociedad en cuanto a aceptación y comunicación de las enfermedades ha ido cambiando. Los médicos no enmascaran el diagnóstico y algunos personajes conocidos manifiestan públicamente que las padecen. Puede que sea una forma de enfrentarse valientemente a ella con el apoyo anímico de los demás para lograrlo. ¿Qué se consigue ocultando lo que tarde o temprano ha de saberse? Sin pregonar, pero con la naturalidad que exige el sentido común, se habla de dolencias a las que habremos de enfrentarnos cada uno de nosotros porque nadie goza de inmortalidad ni muere con una analítica perfecta.

Por si sirve de ayuda, y aprovechando que el domingo se celebra el día mundial del glaucoma, voy a contar una experiencia personal.

Me lo detectó un veterano oftalmólogo cuando fui a graduarme la vista por la presbicia.  Durante más de treinta años he usado colirios para mantener la presión ocular controlada, pero llegó un momento en que estos dejaron de hacer efecto.

El riesgo de sufrir un ataque de glaucoma agudo, popularmente conocido como dolor del clavo, era muy alto y las consecuencias abocan a la ceguera. La única solución consistía en una intervención quirúrgica.

Acudí a otros profesionales para contrastar. Los diagnósticos y remedios coincidían. En una de estas consultas el oftalmólogo me dijo que esa operación, si hubiera otras posibilidades, no se la recomendaría ni a su padre. Me asustó. No son formas de decirlo, señor galeno. En términos profanos consiste en hacer un drenaje para aliviar la presión que daña al nervio óptico.

Armado de valor me enfrenté a mi crónico miedo hospitalario y decidí someterme a otro tipo de intervención similar, pero no tan agresiva, con un oftalmólogo que me ofreció confianza sin alarmar. En sus manos me puse.

Primero un ojo, que no dio problemas, y después el izquierdo, que sí los dio. Pero, sin entrar en detalles y superado el trance, aquí estoy, aliviado por haber evitado de momento males mayores.

Animo a todos los que han llegado a los cuarenta años a que acudan a un profesional. El acto de medir la presión ocular es indoloro y breve y es la mejor manera de detectar y controlar esta anomalía silenciosa.

Aplausos y abucheos

 

Pygmalion priant Vénus d’animer sa statue, Jean-Baptiste Regnault

Según la mitología griega, Pigmalión esculpió en marfil a una bella mujer a la que llamó Galatea. Consiguió tal perfección y belleza que se enamoró de ella. Rogó a los dioses para que le dieran vida a la escultura.  Afrodita premió su trabajo y atendió su petición otorgando atributos humanos a su obra.

De este relato los exegetas han extraído dos conclusiones. La primera es que las expectativas que tienen unas personas sobre otras influyen en la manera de comportarse estas, positiva o negativamente. Constituye un estímulo saber que los demás esperan de ti que consigas una meta. Un ejemplo clásico es el del maestro que convence a sus alumnos de que son capaces de alcanzar sus objetivos. Quieren hacerse merecedores de la confianza que depositan en ellos y procurarán poner los medios adecuados para no defraudarla. Es el conocido como efecto Pigmalión

La segunda es el efecto Galatea. Creer en nuestras posibilidades y en ser capaces de alcanzar lo que nos proponemos.  Es la autoestima con la que levantamos vuelo y superamos las dificultades.

En sentido negativo conducen al desánimo y a la frustración. No hay frases que destruyan psicológicamente más que las que humillan o desprestigian: ‘No llegarás nunca a ningún sitio’. Un tremendo error que hemos podido cometer alguna vez y que debemos evitar.

Ambos efectos se complementan e interactúan.

 

Merecen reconocimiento y aplauso quienes desempeñan su trabajo con eficiencia y realismo. Pero también puede ocurrir que algunos perciban distorsionado y con interferencias el mensaje y yerren en su interpretación.

Alrededor de los personajes que alcanzan fama y poder hay siempre aduladores que, buscando medro, crean una burbuja que aísla a los halagados de la realidad y acrecientan desproporcionadamente sus egos.

Les ríen las gracias a sus insulsas ocurrencias y les ponen alfombras para ocultarles las piedras del camino. La venda de los halagos y un narcisismo enfermizo los ciega. Tienen que ser muy inteligentes y tener muy claros sus principios para no sucumbir a los encantos de las lisonjas. Los más necios empiezan a creerse superiores e insustituibles y a comportarse arbitrariamente. Cuando se les quiere parar es demasiado tarde.

Los tiranos nacieron en este caldo de cultivo. La democracia, afortunadamente, tiene remedios, mientras no la maleen, para abortar esos engendros.

Un repaso a la historia pasada y reciente nos ofrece numerosos ejemplos:  caudillos, represores con ropajes democráticos, líderes supremos, guías espirituales con la mano extendida señalando el camino a sus pueblos…

 

 

 

 

 

 

 

 

El dictador rumano Nicolae Ceausescu pronunciaba un discurso el 21 de diciembre de 1989 desde el palacio presidencial de Bucarest. No se dio cuenta que las termitas habían carcomido la base de su pedestal y saludaba a la multitud creyendo que lo aclamaban. No eran aplausos, sino abucheos. Cuando le avisaron ya era tarde. El oficial del ejército que lo acompañaba lo despertó del sueño. “Señor presidente, hay una revolución aquí fuera. Usted está solo. ¡Buena suerte!”.