Sin futuro.
La ilusión de los padres siempre ha sido
que los hijos disfruten una vida
mejor que la que ellos han tenido.
No importaban fatigas y desvelos
con el fin de obtener una salida
que impulsara su sueño y sus anhelos.
Fue así siempre hasta que llegó esta hora
de pillos, sinvergüenzas y ladrones,
ciegos de avaricia que devora
lo logrado por tres generaciones.
Rutina.
El río en el fluïr de sus corrientes
tiene trechos tranquilos y apacibles
aunque muestre maneras irascibles
en rápidas cascadas y torrentes.
Siguiendo la igualdad de vida y río
que nos legó el poeta en versos hecha
necesitamos las personas fecha
para gozar sin ruido y griterío.
Tienen también placeres la rutina
y la dulce cadencia de los días,
ajenos al bullicio de la fiesta,
como el remanso del agua cristalina,
lejana de salvajes correntías,
entre el verde frescor de la floresta.
Cabello al viento.
Mecía ondulado el viento su cabello
y, voluptuoso, acariciaba
labios, pómulos y cuello.
Su mirada, en el sol,
engastado en la cima del poniente,
absorta y pensativa.
Quise ser cabello y viento
en la luz dorada de la tarde
para rozar su piel y sentir la calidez de su mirada.
Llegó la noche y se perdieron, difusos,
plenos de gozo y fantasía, los sentidos,
en la ilusión inalcanzable de los sueños.
Hebras de bruma plateada
abrazaron el talle a los olivos,
hilados con leve luz de luna,
en la hondonada silenciosa de los valles.
.
Fallida.
Junto a sábanas bordadas
y vistosos mantones de Manila
guardaba los suspiros
en un vetusto arcón arrinconado.
El pletórico cuerpo del deseo
disimulaba encantos
con lasos vestidos
y excesos de pudor y de recato.
Mientras tanto la vida se alejaba
calle abajo, bulliciosa y festiva.
Cuando quiso unirse al baile de los gozos
ya era tarde y sintió la pesadez
del lastre de su cuerpo
y la merma de júbilo en sus ganas.
Buscó favor en la rutina
y consuelo en rezos y capillas.
Le quedó un poso triste en la mirada,
de juventud fallida
y de besos que no dio ni le ofrecieron.
Labios vírgenes adolescentes,
pétalos de rosas hoy
caídos en el suelo
tras la lluviosa calidez de mayo.
Nochevieja.
Hoy es Nochevieja. Cuando caiga la bola en el reloj de la Puerta del Sol exageraremos gestos y efusividad brindando con tintineo cristalino. Besos, muchos besos y abrazos, a conocidos y a menos conocidos.
¡Cuánta felicidad deseada y recibida!
Guirnaldas, serpentinas, matasuegras y confetis. Música estridente y petardos que convulsionan sorpresivamente nuestro cuerpo. Con este estruendo, si queremos hablar, no regalamos palabras, martilleamos el oído ajeno con gritos como los que damos desde el cuarto de baño para avisar que cambien la bombona porque empieza a salir el agua fría.
Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla de cristales rotos, tomaremos chocolate con churros y farfullaremos torpemente las últimas frases antes de meternos en la cama donde seguirán los ruidos batiéndonos la cabeza.
El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica jarana desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en su lineal cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana, canta Sabina. El hoy se nos evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava.
Duermevela.
Lluvia de temporal.
Azótame la cara,
temporal de la mar vieja,
a ti me enfrento libre,
desprendido de cadenas.
Fustígame con los vientos,
no me oiréis ninguna queja;
ráfagas de lluvia oblicua,
hacia mi frente serena.
Confúndeme en los trigales
y llévame con la lluvia
a profundos manantiales.
Al resurgir de la vida
con los brotes de las yemas
volveré en una alborada
luminosa y verdecida
hecho luz en la alameda.
La vida sigue.
Casi todos tenemos a algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos va este pequeño poema.
Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.
Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.
El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.
Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.










