Democracia sin rufianes.

 

 

 

 

Carta publicada en el periódico HOY ( 2/2/2013)

A los presuntos cuando les  llegue la hora y a los corruptos convictos y confesos  ya, hay que cargarles en su debe, aparte de las penas que les correspondan por sus delitos,  la felonía de haber llevado a la democracia al desprestigio.

Ya dijo  W.Churchill que era el menos malo de los sistemas conocidos y aunque siempre hay quienes  están dispuestos a empeorar su estado sigue siendo preferible    a cualquier dictadura.

Los de mi generación vislumbramos, con muchas imperfecciones aún,  la luz de los derechos  y  de las libertades con el fondo de la canción “Libertad sin ira” que tan maravillosamente  interpretaba Jarcha. Fue un tiempo de ilusiones que, respetando opiniones que disienten, nos  dio, con no pocas dificultades, la posibilidad de elegir a nuestros representantes y de acceder a la  gestión de los asuntos públicos. 

 Los que vivimos cuando sonaba “Habla pueblo habla”  guardamos grato recuerdo de  aquellos tiempos políticos. Las nuevas generaciones  recordarán probablemente los actuales con desdén y desprecio porque  rufianes y saqueadores se enriquecen con el ejercicio de la actividad política o medrando a su sombra en lugar de procurar el bien común.  Esta herencia es  su mayor delito.  Afortunadamente no  todos los que se dedican a este noble y necesario oficio se sirven de él para enriquecerse ilícitamente. A ellos y a los demás  ciudadanos nos corresponde expulsar a los indeseables de las instituciones públicas.

El mar de la tierra.

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

Marinero en la  tierra que navego

soy en mares ondosos de trigales.

Al viento, velas de la flor de  espliego.

No planean gaviotas, son   pardales

alondras, colorines y trigueros

los que vuelan sembrados pegujales.

Las corrientes marinas son  senderos

en las dehesas de su piel trazados

y en las  olas que elevan los oteros.

Mareas, vientos de la mar prestados

para limpiar los trigos en  las eras

por el bieldo hacia su tez lanzados

bajo el azul de todas las riberas.

Plaza de Llerena.

Esta luz de luna llena

que luce de madrugada

en la  plaza porticada

de la ciudad de Llerena

muestra con lustre la   escena

donde transcurrió la  historia

que repasa  la memoria

en el silencio apacible

de esta noche  bonancible

plena de quietud y gloria.

El cuerpo.

Para ver el mar no necesito orillas

ni oteros elevados para estar cerca del cielo.

Estoy aquí,  a la vera  de tu cuerpo,

en la dulce  suavidad de tus mejillas,

buscando en el fondo de tus ojos

traslúcidas aguamarinas y zafiros,

destellos de la mar  en tu pupila.

Redondas colinas, cálidos valles,

recorridos palmo a palmo por mis manos

en el gozoso juego de encontrarte.

Días de fragua y carpintería.

Santiago cuando trabajaba  en su fragua de Ahillones)

(Carta en el periódico HOY 24/01/2003)

En mi pueblo, Ahillones, en días como hoy, que llueve con agua de temporal, los hombres del campo no iban a trabajar y echaban sus horas atrás en las fraguas y carpinterías que había en el pueblo.

Estos negocios fueron cerrando  cuando  se jubilaban sus  dueños. También desaparecieron las zapateros  que remendaban, ponían tapas y echaban medias suelas.

En estos locales  se hablaba sin prisas, pespunteando aquí y allá de temas que iban surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. Siempre había alguno que se asomaba a la puerta a seguir la evolución de la lluvia y daba su pronóstico según clareara la sierra o se oscureciera, siempre con la referencia de la veleta de la torre. Ahora llueve sin acompañamientos  de yunque martillo  y sierra.

Ha perdido el pueblo parte de su identidad con la desaparición de estos y otros oficios. La urdimbre que unía a sus habitantes con la actividad artesanal  que se heredaba de padres a hijos se ha roto. Se compra  y se gasta fuera y el pueblo se muere lentamente con menos niños y más jubilados.

 

Despertar alondras.

Para despertar alondras

en los surcos de la tierra

hay que pisarle las faldas

a los arrullos del alba,

besar los labios del viento

que es predecesor del  agua

cuando cabalga en la sierra

a lomos de potros negros.

Para despertar alondras

en el lecho de los sueños

hay que quitarles  las sombras

a  los flecos de los velos

que tiene la madrugada,

pisar terrones de alfombra

sobre el colchón del silencio

con un cobertor de estrellas

cubriéndole la cabeza

a los fríos del recencio.

ASTOLL

 

 

 

 

Aunque no soy miembro de la asociación Tomillo y Orégano de Llerena,  sí he hecho con ellos varias veces la ruta del Rey Jayón. Este soneto va en agradecimiento a su labor cultural, divulgativa y defensora  de cañadas, cordeles, coladas  y resto de vías pecuarias.

 

Llerena fue el lugar de nacimiento

del grupo de andariegos esforzados

con oloroso nombre bautizados

de  aromas de flor y condimento.

Caminan por dehesas y olivares

y ascienden incansables las pendientes

salvando de los  ríos  sus  corrientes

con  rítmico tesón  en sus andares.

Con igual entusiasmo hacen la marcha

que preparan las migas con sardinas

 o comparten festiva romería.

Sin temor a la lluvia  o a la escarcha

con Tomillo y Orégano caminas

compartiendo amigable compañía.

Deseo.

 

 

 

 

 

Si pudiera dejar atrás mi cuerpo
y abandonarme a un sueño placentero…
Volar en nubes bajo el cielo azul
sin que nadie perturbe mi embeleso
mientras contemplo valles y colinas
transportado sin rumbo por los vientos…
Trascender más allá de los sentidos,
salirme de las cosas,
liberarme de apegos
y encontrar equilibrio en las tendencias.
Si pudiera morirme
y regresar luego, puro y sereno…

El tren.

 

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

(Dedicado a Juan Sevilla, que sabe mucho más que yo de esto por oficio y por entrega)

La primera vez que vi un tren fue, siendo muy niño,  una noche en la estación de Llerena. Se acercaba procedente de Sevilla bufando con grandes resoplidos y desprendiendo nubes de humo blanco.  Me pareció un  cíclope negro y estruendoso  a punto de estallar. 

La impresión que me produjo hizo que me planteara algunas cuestiones sobre su funcionamiento. Empecé admirando la habilidad de los maquinistas por la destreza y habilidad que debían  de tener  para no salirse de la vía. Posteriormente elucubré sobre si  tirando una moneda al aire en el interior de un vagón, yendo éste en marcha, caería sobre la misma vertical   o se desplazaría unos centímetros.

Después me llevó y me trajo muchas veces de  Badajoz.  Por aquellos tiempos había vagones clasificados por categorías. Los de tercera tenían asientos de madera y  estaban todos  en el vagón sin separación entre ellos. Posteriormente suprimieron la tercera clase y quedaron la primera y la segunda.

Nuestra curiosidad, propia de aquellas edades,  nos llevaba a asomarnos por las ventanas para ver, sobre todo en las curvas, la  larga  cabellera  blanca que salía de la máquina y que nos ponía perdidos de carbonilla.

Posteriormente  los vagones  tuvieron compartimentos o apartamentos con  un gran pasillo exterior  en el que había que estrecharse  o apartarse para dejar paso a los que venían de frente. En cada una de estas  dependencias cabían unas diez personas sentadas de cinco en cinco enfrente unas de otras. Se entablaban a veces conversaciones amenas y otras en silencio se escuchaba el traqueteo y los pitidos del tren. No era infrecuente que se sacara la talega o la hortera para tomar un bocado.

Nos gustaba  a los muchachos atravesar de un vagón a otro por la aventura que suponía pasar por las chapas metálicas que se movían continuamente en aquel pasadizo tapado con lona en forma de acordeón. No nos dejaban los mayores, pero nosotros poníamos la excusa de que íbamos al servicio.

Las cantinas de las estaciones se llenaban cuando el tren arribaba. Se preguntaba al revisor cuánto tiempo paraba y terminado avisaba con la expresión “¡Viajeros al tren!”

 Siempre iba en el tren una   pareja de la guardia civil con su antiguo uniforme de correas y tricornios. Si lo consideraban oportuno, pedían la documentación a los viajeros.  En algunas paradas subían barquilleros  y vendedores de chucherías con sus canastas de mimbre.

Ha surgido este tema del tren porque ayer viajando de Llerena a Mérida coincidí en el vagón con un antiguo ferroviario de 82 años que venía de Córdoba a Mérida para ver unos familiares. Éramos los dos únicos que íbamos en el  vagón, así que  entablamos amigable charla. Añoraba él el trasiego y actividad  que tuvieron antaño las estaciones por donde pasábamos, la abundancia de personal y el tráfico de mercancías que llegaba a cada una de ellas. De los pueblos cercanos llegaban, primero con remolque tirados por mulas y tiempo después con pequeños camiones a recoger los bultos y fardos que habían llegado en los mercancías y que se quedaban en depósito hasta que  los retiraban para llevárselos a sus destinatarios. ¡Qué pena que este medio de locomoción tan cómodo languidezca poco a poco en nuestra tierra!

 

La imagen.

(Carta en el periódico HOY el domingo 13/01/13)

Los asesores de imagen son unos profesionales que  ayudan  a resaltar las cualidades de personas o productos para que sean aceptados por los demás. Tan bien hacen su trabajo que los personajes públicos  que meten la pata hasta el corvejón o que tienen poca aceptación los contratan para que les ayuden a sacarla sin que se les quede el zapato dentro o sean, si no queridos, al menos, no odiados.

Todo consiste en  hacernos percibir lo que desean que veamos y sintamos, aunque la realidad sea distinta.   Un ladrón, un crápula, un inepto, un prepotente… pueden llegar a parecernos simpáticos y agradables y conseguir, con un trabajo adecuado, que cambiemos nuestra opinión sobre ellos.  Esos estudiosos de las conductas de  masas conocen las veleidades de las mismas y  la volubilidad de sus criterios. Igual recibe  con palmas  que crucifica sin que medie mucho tiempo entre las dos acciones.  Apariciones públicas, un arreglito de pelo, sonrisa,  mirada sostenida,   manos que se muevan con firmeza, vestimenta apropiada, tono de voz convincente y lo que ayer fue censura y vilipendio mañana se convierte en incienso y alabanza. Se crea un nuevo personaje o producto con materiales que a veces sólo son un adefesio.  Lo que importa es la imagen que se percibe, aunque sea tratándola con Photoshop y un baño de hipocresía y medias verdades.