La primera decepción me la llevé un día en el que dibujaba yo el portal de Belén en un paisaje blanco envuelto en copos de nieve. Nos explicaron que en la zona donde nació el niño Jesús la climatología no es propicia para este tipo de fenómeno atmosférico.
Muchos años después Benedicto XVI revela que el buey y la mula no estaban entre los acompañantes aquella noche, que los reyes magos no llegaron de oriente, sino de Andalucía, que la estrella del rabo era posiblemente una supernova…
Así será, pues doctores tiene la Iglesia, pero ya es tarde para desmontar el portal de Belén de nuestras mentes.
La Navidad es una fantasía, una burbuja de sensaciones que seguramente se desinflaría si se analizan racionalmente los acontecimientos. La imaginación popular ha ido alimentando a lo largo de siglos una quimera con campanitas, villancicos, guirnaldas, bolas de colores, luces, arroyos de plata, lavanderas, pastores al calor de la lumbre de celofán y angelitos cantando “Gloria in excelsis Deo”.
“¡No la toques más, así es la rosa!”, escribió Juan Ramón. Así es la Navidad que nos transmitieron y vivimos cuando niños y aunque así no sea, dejadla. Déjennos soñar por unos días, reinventar efímeramente la bondad cada solsticio. Necesitamos emociones nobles, un poco de buenos sentimientos y creernos que no somos tan malos como parecemos.
El Registro Civil, según el anteproyecto de Ley de Reforma Integral de los Registros que ha elaborado el Ministerio de Justicia, presidido por señor Ruiz Gallardón, pasará a depender de los registradores de la propiedad. Ahora es competencia de los Juzgados. Uno, que tiene una vaga idea de lo que son los Registros de la Propiedad, piensa que cuando los padres vayan, a partir de la entrada en vigor de la ley, a inscribir a un hijo, en realidad van a que el registrador les otorgue el título oficial de propiedad del nacido.
Y cuando los deudos vayan a notificar una defunción será para dar de baja la propiedad que el difunto tenía sobre su vida y que ha perdido, no por venta, sino por traspaso forzoso a la eternidad.
Pienso que uno es dueño de su vida y que la muerte es la única que nos arrebata esa propiedad, aunque cualquiera sabe si esta cesión a los registradores no es un paso más del dominio de la Administración sobre los ciudadanos y si dejamos de pagar las tasas, como pasa con el IBI, nos embarguen la vida.
No creo que los números, los colores o un determinado uso de las cosas condicionen o determinen la vida de las personas. Las supersticiones son producto de la incultura y de la herencia de credos que a falta de explicación científica en épocas remotas ponían en el lugar que debía ocupar la razón las brujerías, las supercherías y las magias. Crecimos desde niños en un ambiente propicio para ello. Desde aquel agua bendita que echábamos el domingo de Resurrección por los rincones de nuestras casas para espantar al diablo hasta la regañina de nuestras madres cuando le dábamos vueltas al paraguas o a las sillas.
Porque a ver quien me explica que un pobre gato negro sea el augurio de desgracias o mala suerte y que la joroba de un tullido me acerque la fortuna si le paso el décimo de lotería por la chepa. Algunas de los hechos que danmala suerte:
– Derramar sal
-Romper un espejo
-Tener un cuadro torcido en casa
-Poner el sombrero sobre la cama
-Vestir de amarillo
-Dejar las tijeras abiertas
-Dar vueltas a un paraguas o a una silla
-Poner los pies de la cama mirando hacia la puerta
-Ver el novio a la novia antes de la ceremonia.
-Levantarse con el pie izquierdo
-Abrir el paraguas bajo techo
-Ver a un gato negro
-Encender tres cigarros con la misma cerilla
-Pasar debajo de una escalera
-Caer la montera del torero boca arriba
-Ser martes y trece
-Barrer los pies de una soltera o una viuda
-Echar el mal de ojo
Otros pocos que se asocian a labuena suerte:
-Encontrarse una herradura
-Tirar monedas a un pozo o a una fuente
-Sentir zumbido en los oídos
-Caerse una pestaña
-Tocar la joroba a un jorobado
-Poner un cactus en la ventana
-Poner la escoba al revés detrás de la puerta
-Cruzar losa dedos
-Taparse la boca al bostezar
-El perejil
-Entrar en el nuevo hogar llevando a la desposada en brazos
-Arrojar arroz a los recién casados
-Besarse los novios al final de la ceremonia
-Llevar la novia el día de la boda algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul
-Tocar madera
-Encontrar un trébol de cuatro hojas
-Apagar las velas de un soplido
-Ponerse una prenda del revés
Claro que todas estas supersticiones tienen su explicación en tiempos en los que cualquier cosa que no explicara la lógica causal era atribuida a fuerzas ocultas del más allá, a designios desconocidos En la actualidad, cuando se han desbrozado con la luz de los avances técnicos y sociales los matorrales de prejuicios, equivocadas creencias, tabúes y temores infundados sobre la naturaleza y el universo, creer en estos hechizos, sortilegios y brujerías no es sino manifestación de miedos atavismos e incultura sin lógica racional alguna.
No hay palabra que cobije a un grupo tan numeroso de personas repudiadas como este pronombre personal. Bajo su velo difuso metemos a los supuestos causantes de nuestras carencias y desventuras, a los que creemos que nos burlan hacienda, peculio y bienestar, a los que tienen poder de decidir sobre nuestras vidas. La mayoría tiene la habilidad innata o el apoyo legal para cargar el peso de la tarea común sobre hombros ajenos. A todos, despojados de sus individualidades, les buscamos acomodo en el lóbrego sótano de este sufrido vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”… Esta forma pronominal es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. No se sabe de ningún grupo feminista que haya reivindicado para la forma pronominal “ellas” la partición de poder para ayudar a soportar tan onerosa carga.