Almendras amargas.
Sin saber por qué ha sentido
la tristeza y el vacío
de tantas cosas idas.
Ha notado las costuras
de la herida en la memoria,
la añoranza de otro tiempo más feliz,
-quizás sólo espejismos
que el tiempo endulza y lima-,
huellas en la piel del alma,
si es que existe el alma,
y el alma tiene piel.
Un gozo reprimido,
impotente, por no abarcar la vida,
pesar por las palabras nunca dichas
que debieron llegar a otros oídos,
hueras, podridas,
sin aliviar heridas
ni consolar tristezas.
Sensación de vida insuficiente,
fruta desgajada y verde,
limón que no llegó a amarillo.
Un sabor amargo
de almendras inmaduras.
La hucha.
(Carta en el periódico HOY 4-10-2013)
Cuando venía el botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente entre pajas en las angarillas, a los niños y niñas nos compraban una alcancía. Por su ranura metíamos el dinero que conseguíamos ahorrar y que destinábamos, generalmente, para los gastos de la feria del Cristo.
Pero, a veces, con un cuchillo y a escondidas, sacábamos algunas monedas para algún dispendio que se nos antojara. No debía repetirse muchas veces esta acción porque corríamos el peligro de que nos sorprendieran con las manos en el recipiente de barro o, ponderado el peso por nuestros padres, notasen la merma pecuniaria, independientemente de pasar la feria a dos velas.
Señores del gobierno, se están ustedes empicando a meter con peligrosa asiduidad el cuchillo por la ranura de la hucha de las pensiones. Quizás no haya más remedio, pero me temo que de seguir así pronto veremos el fondo y pasaremos la feria con las manos en los bolsillos, silbando en cualquier esquina.
Maquillaje de muertos.
¡Qué mal sienta el maquillaje a los muertos!
¡Qué simulacro de plácido sueño
cuando no hay alborada
ni monedas de luz sobre la colcha
al tibio despertar de las mañanas!
Falsa quietud de la que no se goza.
La mueca de la muerte,
eterna y sarcástica instantánea
con el semblante exangüe,
rechaza los afeites,
colorido postizo de caretas
de un carnaval inerte.
Primeras lluvias.
Riela la luz de la esquina
sobre la calle mojada.
Primeras lluvias de otoño
que desnudan la arboleda
con un pañuelo de aromas
de lágrimas amarillas.
¡Oh, la lluvia en los cristales,
errantes cauces perdidos
en el crisol de la tarde!
Por los límites confusos
del olvido y la añoranza
vaga la melancolía
con un fondo musical
y algún recuerdo lejano
que quizás nunca existió.
En el suelo, hojas caídas,
golondrinas desplumadas
ocres, naranjas, doradas…
Primeras lluvias de otoño
con sabor a despedida
y olor a tierra mojada.
Seminario, décima parte.
Nos despertaban los días lectivos a las seis y media y los domingos a las siete con música generalmente gregoriana o clásica. El día de la Pura del año 1967, estudiando quinto curso, empezó a sonar “El pequeño tamborilero” interpretado por Raphael. Fue una de las veces que con más alegría y diligencia me levanté. Salí al pasillo inmediatamente y allí me encontré con otros compañeros, entre ellos Luis Cañamares (q.e.d) y compartimos la alegría que nos produjo, en vísperas de Navidad, escuchar esta canción, que entonces estaba en pleno apogeo.
Antes de subir a la capilla para la meditación y la misa dejábamos las camas con las mantas y sábanas echadas hacia atrás para que se aireasen. Nunca llegué a saber con exactitud qué es lo que tenía que hacer en la meditación y cuando preguntaba a los compañeros me decían que pensar en Dios y contarle tus cosas como si fuera un amigo. El asunto es que entre la hora intempestiva y que yo no estaba por la labor, mi imaginación volaba a mi pueblo y a correrías por él, cuando no me entregaba plácidamente a un sopor somnoliento. En cuarto y quinto curso pensé que esa hora podía emplearla en leer historias más amenas y decidí forrar libros para que no se vieran las pastas y llevármelos a la capilla.. Mientras mis colegas de al lado entornaban los ojos con sus meditaciones religiosas o leyendo el evangelio, yo me refugiaba en las historias de esos libros. Claro que esto no duró mucho pues uno de los vecinos de banco, que después me enteré quién fue, pero no voy a decir, le fue con el cuento al prefecto. Un día me llamó por medio del delegado de curso a su cuarto. Fue directamente al grano, preguntándome en qué textos buscaba la inspiración para mis meditaciones.
No fue este el único episodio con mis lecturas. En mi camarilla, en lugar de estudiar los latines y los griegos, también me dedicaba a leer novelas que me traía de casa. No sé cómo, pero el prefecto entró un día en mi cuarto sin estar yo allí y vio sobre mi mesa “La selva”, de Louis Bromfiel y en una de las pláticas, sin decir mi nombre, dijo que había algunos disipados que en lugar de estudiar se dedicaban a leer no sólo libros que no eran de texto, sino de los que estaban en el Índice de la Iglesia como condenables. Como dijo el título del libro y el autor, recibí el impacto en silencio e intentando que no se me notara en la cara el directo a la mandíbula. Fue el principio del fin de mi estancia en el seminario.
Eurovegas fumando espera.
(Carta en el periódico HOY 27-9-2013)
Cuando yo era niño no había trabas legales para fumar en ningún local. Tan ingenuos e ignorantes éramos que fumar delante de los padres se consideraba como un espaldarazo a la mayoría de edad.
El cine atizaba el vicio lo suyo. La exuberante Sara Montiel esperaba fumando tras los alegres ventanales a su amante. A ver quién se resistía. En el cine de mi pueblo se formaba tal humareda de celtas cortos que, pongamos por caso, no se distinguía la niebla del aeropuerto de Casablanca y a Humphrey Bogart, desapareciendo entre ella del humo del viejo salón de cine.
Eurovegas espera fumando las reformas legales necesarias para instalarse en Madrid, o sea, que el humo traspase los ventanales y las volutas campen a sus anchas por las tierras de Alcorcón.
No es fácil resistirse a las insinuaciones de una cabaretera que viene con un fajo de billetes en el liguero. Ya le han hecho guiños y demostrado explícita y ardientemente deseos de bienvenida y permanencia. Le allanarán el camino con el capote del relicario para que los aros de humo asciendan lúbricos desde las mesas de juego.
Los Pedrosillos.
Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.










