Según el cristal.
Estimado ciudadano:
si se dispone a saber
lo que pasa por doquier
y tiene la prensa a mano
su esfuerzo puede ser vano,
pues una misma noticia
la tratan como inmundicia
o como hazaña señera,
según quien la escriba quiera
tergiversar con pericia.
Cada cual a su sardina,
descarado y embustero,
por interés o dinero
arrima el ascua y la harina,
pero se les ve el plumero
y del pie del que cojean.
La noticias que falsean
a su lucro y conveniencia
con descarada insolencia
pocos hay que se las crean.
Paso a paso.
Títulos colgados
(Carta en el periódico HOY 15-01-2014)
Apagaron las luces de Navidad en las calles y cesó, por ahora, el horario de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.
Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el sol se eleva en el cielo. Clarea más temprano y oscurece más tarde. Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas sus laderas.
Los hijos regresaron a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más roces de cubiertos que palabras.
Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana hombres y mujeres de provecho.
Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El día, que ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon.
Sevilla
Fotografía de Jesús Sánchez González (Zu Sánchez)
Yo, que escuchaba al Pali en el bar “El Túnel” citando amores en la puerta correo e invitando a comer bacalao en “Las Lumbreras”, tengo un recuerdo de Sevilla indeleblemente unido al azahar y a la luz.
El Túnel era un bar pequeño y cutre muy frecuentado por soldados con guerrera y tabardo en tardes y fines de semana de paseo.
Nos cogía de paso en nuestra ruta liberadora desde la avenida de la Borbolla hasta el centro, por el parque de María Luisa, el hotel Alfonso XIII y el Cristina.
Ramón, viejo jugador bético y sevillista, pero de corazón sólo verdiblanco, de Triana, antiguo chófer de Belmonte, era mi amigo, por serlo de mi padre y trabajar con un señor de Ahillones, y mi guía por los vericuetos esenciales y profundos de la Sevilla que él tan bien conocía.
Me enseñó las figuras que forman los rollitos de la plaza Nueva, bebimos vino en la “Bodeguita Sancho”, “donde yo te conocí”, en la “Romero”, cuando estaba detrás de Sierpes y en el bar “Mestre”, entre otros lugares.
Una tarde lluviosa de feria de Abril del año 74, fuimos a comer a Calvillo, en Sierpes, cerca de Los Corales. Bajamos directamente a la cocina del restaurante. Allí nos honró la generosidad de sus amistades.
Nos despedimos en las cercanías de la Maestranza, donde aquella tarde toreaban Curro y Paco Camino.
Olía a romero y a azahar y en los árboles de María Luisa piaban bulliciosos los pajarillos.
Ausencia
Cuando murió la echamos de menos en sus cosas.
Presentíamos sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.
A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.
Quedó la forma de su cuerpo en los vestidos, colgados en las perchas del ropero.
El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.
Siguió la marcha el tiempo en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.
Las sonrisas de otros días quedan en las fotos para siempre retenidas.
Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte.
Al frío de enero maullaba lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.
El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,
espesa estela de recuerdo conmovido.
Desde la barrera
Opinamos y aconsejamos de lo que no sabemos ni conocemos suficientemente. Cuando una enfermedad afecta a algún conocido o amigo diagnosticamos y recomendamos medicinas y remedios que en una ocasión nos fueron bien a nosotros o hemos oído que les fue bien a otros. Alrededor del trabajador que ejecuta una obra en la calle suele haber espectadores ociosos dando su versión sobre la mejor manera de realizar lo que está haciendo el operario, con explicaciones técnicas incluidas, pero sin doblar el espinazo. Personas célibes por vocación o voto aconsejan sobre temas matrimoniales o sobre temas tan delicados como el aborto cuando ni han probado miel ni hiel del primero ni sufrido dolores de parto en el segundo.
Desde la barrera es fácil imaginar verónicas de ensueño, pero el toro en el ruedo da cornadas a quien pisa el albero y no a los que aplauden o recriminan la faena.
Matanzas caseras
(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)
Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las que no se vean entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.
Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho, en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero. Ya son contadas las familias que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.
El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.
¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?
¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?
¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?
¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!
La vida sigue.
También los que quedamos
iremos a la sima
cualquier aciago día
cuando la noche espese su negrura
y cambiemos las vueltas en la cama
por la quietud podrida
que nos llene la boca de gusanos.
Es pronto todavía
y aunque lleno de penas
me habituaré a sufrir
su ausencia cada día.
Vuelve el zorzal veloz a la alameda
y escondida en la siembra,
reclama la perdiz.
No es el mismo vuelo
ni suena igual el celo
que cuando estaba ella.
Ahora todo lo tiñe el desconsuelo
y de regreso a casa,
con el frío relente de la noche,
el recuerdo hace presa.
Pegada a mí, como sombra a la luz,
me acompaña la tristeza.
Hospital.










