Tercos

terco

No es frágil el junco porque ceda

al viento la doblez de su cintura

y aunque parezca débil desde fuera

tiene en la  tierra la raíz segura

para dar firmeza a su postura.

Nunca existe flaqueza en quien tolera

y con amable educación escucha

opiniones distintas  a la suya,

sin que merme por ello su entereza

ni pierda en el envite  compostura.

Demuestra la endeblez de sus ideas

quien rechaza de entrada las ajenas,

sin más razonamiento o  cobertura

que la terca estrechez de su sesera.

 

Tiempo perdido

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Busco el lugar dónde se esconde

el tiempo que se pierde.

El otro quedó en los afanes  y las cosas.

Donde esté el perdido

las musarañas urdirán ficciones  

y en sus techos  habrá

pinturas de querubes extasiados.

Debe de estar cerca de Babia,

con borreguitos saltando  maderos

en las noches en  vela

y nubes blancas en el cielo

que admiraron los ojos del poeta.

Habrá relojes parados con música de  boleros,

inviernos al fuego,

madrugadas al fresco en la plaza del pueblo,

primaveras floridas,

olor a tierra mojada del final de los veranos.

También debe de  haber besos  y abrazos,

frustrados  cuando el tiempo era deseo

y no un reloj martilleando.

Allí será  todo muy  bello…

Un tiempo  sin usar,

perdido y hallado para  perderlo de nuevo.

 

 

La rosa y el mar.

 Vicente Fernández Sanvicente

(Fotografía de Vicente Fernández Sanvicente)

Una rosa flota en el mar a merced del viento.

Alguien la  echaría  en recuerdo  de  una  ausencia.

La mecen columpios de espumas

desde  las rocas hasta el mar abierto,

desde la cresta a la sima de las olas.

Una mañana con la luz del alba

la encontré en la arena,

maltrecha y sola.

El mar devuelve ofrendas

porque no encuentra el destino de los muertos,

sólo se los lleva para un viaje sin regreso..

 

Primeros amores

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(Obra de la pintora vietnamita Tuyet Dinh Sinh Vat)

¡Cuánto daba de sí

el roce de su brazo con el tuyo

en el ir y venir de  los paseos!

La charla de pavera adolescente,

insustancial y  entrecortada,

era lo de menos;

pero sentir el calor de su cuerpo

en  tiempos de deseos amordazados

alimentaba tu imaginación.

Si en alguno  de ellos

se dilataba el tiempo

sólo tú notabas que tus pies

no andaban  por el suelo.

¡Ay, los amores primeros,

cuando cada centímetro de piel

era un trozo de cielo!

Pensamiento andariego

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Cambio de la rutina a la aventura

arrancándole  inercias al sosiego

por ver si en el vagar del andariego

hallo la paz que mi interés  procura.

 

Buscando  en el campo  su hermosura

al aire puro de la sierra llego

y a  mi solaz  de caminante   entrego

el rítmico compás  de mi andadura.

 

Feliz camino   con la cara  al viento,

con niebla,  lluvia o  sol, si va conmigo

el mundo libre  de mi pensamiento.

 

Si alguna vez, lector, tú lo has vivido

comprenderás mejor el  sentimiento

que yo con la escritura he pretendido.

 

Las eras

Llorey Lorite

(Foto de Llarey Lorite)

Ya no ponen eras en los ejidos del pueblo. Cuando las hubo íbamos los niños a comernos la merendilla y a jugar a esconder entre los haces y los montones de grano. Ajenos al duro trabajo de los labradores nuestra mayor ilusión era montarnos en el trillo y dar vueltas en el círculo de la parva extendida.  Los hombres se protegían del sol con sombreros de paja y pañuelos en la nuca. Guardaban el barril con agua entre los haces humedecidos previamente para que  se mantuviera algo fresca. Con el bieldo aventaban las mieses para separar la paja del grano cuando soplaba el aire gallego, viento blando y suave que sopla del mar, opuesto al solano,  calentón y reseco. Llenaban los costales con la cuartilla,  ataban sus bocas   con abacales  y los juntaban para cargarlos en los carros y subirlos a los doblados de las casas, a lomos, por empinadas escaleras. La paja se cargaba y se tupía en los carros dispuestos con varas y redes para transportarla hasta los pajares. También nos gustaba a los niños meterla anochecido con sábanas anudadas por los cuatro picos y jugar enterrándonos en ella.

En este tiempo estaban los ejidos llenos de gente que se movía  de una faena a otra sin desmayo. Sólo cuando caía la tarde se echaba un rato de charla con los vecinos que acudían a una de las eras donde cambiaban impresiones de lo acontecido en el día. 

En verano no se podía fumar en el campo. La guardia civil vigilaba para que se cumpliera esta norma, llegando incluso al registro de bolsillos. Así y todo los irremediablemente adictos  esquivaban esta prohibición. El hato era el lugar menos adecuado para guardar los útiles del vicio, pues era lo primero que registraban.  Así  que escondían la petaca con el  tabaco picado, el librito de liar  y el mechero de mecha entre los montones  y cuando fumaban disimulaban   el cigarro cubriéndolo con la palma de la mano. ¡Qué  habilidad liándolos casi a hurtadillas!

Vuela libre

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Cansada del vuelo te has posado en los pliegues dorados de la tarde. ¡Con qué ilusión partiste abriendo cortinas al aire! Tenías diecisiete y el mundo era una bola de colores  verdes y azules hecho especialmente para ti. Aquellos prados y aquel cielo, la juventud brotando entre rosas sin espinas, el amor entregado  sin pedirle nada a cambio…

Subiste montes, surcaste  océanos, bajaste a valles de la mano de lo que tú creías triunfo.  Todo era tuyo. Mas, a veces, nos deslumbran oropeles creyendo que son irisaciones de diamante y nos equivocan o nos equivocamos.

La niebla fue difuminando las siluetas del ensueño y un día tuviste la primera sensación de que hay caminos turbios que no debiste haber cogido.

Hoy has vuelto y estás ahí mirando la  calle, el patio, el cielo que te vieron partir pletórica de luz y de alegría. Son los mismos que adornaste con tu imaginación.  Parecían tan hermosos…  Ahora desnudos te contemplan a ti envuelta en el sol dorado de la tarde.   Tu mirada está algo triste, pero sigue bella, profunda, serena.

Porque hay otro triunfo que surge del fracaso, saber que nos equivocamos  y podemos levantarnos. Con la experiencia has aprendido a distinguir lo principal de lo accesorio. Descansa y cuando despunte el alba vuela libre, desprendida de ataduras y que sólo el resplandor de la nobleza guíe tus pasos por la vida.

 

El subconsciente

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¿Por qué me lleváis, Oniros,

de las   bridas de los sueños

a imposibles paraísos,

si después cuando despierto

encuentro sólo vacío

con la ausencia de Morfeo?

¿Por qué convertís en vivos

los  pasados de los   muertos?

¿Por qué  removéis de  nuevo

esos  amores perdidos,

turbando el lago  tranquilo

que trajo el paso del tiempo?

¡Oh,los sueños clandestinos

del reprimido deseo

que nunca a nadie  dijimos!

Como entre ceniza el fuego

allí siguen  escondidos.

Las campanas

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Lanza el campanero ecos de bronce por los aires  hacia los campos aledaños. En su viaje  se posan como hormigas de alas sobre las huertas y los barbechos. Los labriegos enderezan sus cuerpos para interpretar los dobles de los muertos.

Campanas de pueblo, jubilosas hoy, tristes mañana, anuncian sucesos o marcan tiempos desde el alba hasta el  ocaso.

Antes de blandirlas el campanero tiene  en sus manos el  vuelo de los grajos, palomas y vencejos que pueblan  la torre. Sus repiques los alarman y los dispersan estrepitosos.

Recuerdo los toques de  vísperas al iniciar la tarde, a las tres en verano, a las dos en invierno, rebatos de fuego, volteos de fiesta, tañidos luctuosos la noche de los santos…

De niño las toqué y desde lo alto del campanario me sentía  dueño del secreto que al poco sabrían todos los vecinos. En  ese momento previo yo disponía cuál sería el preciso instante en que  los demás iban a enterarse del anuncio de boda, muerte o bautizo.

Los repiques se hacían con las dos campanas, la gorda y la pequeña, sonando alternativa  y acompasadamente con rítmicos sones que sólo los más avezados en la tarea sabían hacer.

Dicotomías

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Mírate fijamente en el espejo

y habla con el otro cara a cara.

Verás como la charla te depara,

además de claridad, un buen consejo.

 

No te espantes si su aspecto viejo

supone para ti torpeza o  tara,

pues no es defecto ni incidencia  rara,

sino normal declive del pellejo.

 

A veces por caminos divergentes

van la realidad y los deseos

y beneficia  que paremos mientes

 

en ajustar el somos y el creemos,

antes que los espejos  insolentes

nos canten las verdades del barquero.