Brindis al sol

Alicia rosifliori

Brindis, de Alicia Rosafioriti

De todo lo que he bebido

me sobran las copas del  hastío

y las de las madrugadas,

rotas en lamentos de fallidos  amoríos.

Echo en  falta  las que no tomé contigo,

las de luz de la luna en vasos de plata fría,

las de cálidas palabras

combinadas con  suspiros.

El río las lleva.

En mí quedó el beso que  debía

y  nunca di.

Tú llevarás los tuyos si hurtabas el deseo.

Por si acaso, va por ti,

por la ausencia y el vacío que dejabas,

que si yo hubiera sabido

fundo en uno los labios con las ganas.

Vagabundos

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Los pasos destacan  en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten  en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual  pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su  cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino.  Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada.  Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo.  Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos.  En un rincón de un  parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria  vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo  de  quienes se acuestan sobre el hierro  frío. 

 

¿Por qué lloras, mujer?

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Obra de George B. Art

Anoche la vi  llorando,

y era estampa tan  hermosa

que su cara parecía

una virgen dolorosa

de Martínez Montañés.

Siempre la creí dichosa

y me produjo extrañeza

ver esa cara de rosa

con dos gotas de rocío.

resbalando silenciosas

por tan delicada piel.

¿Por qué estás tan pesarosa?

¿A qué viene esa tristeza

de quebrada mariposa

si te sobran los  motivos

para sentirte orgullosa

de la cabeza a los pies?

Como cierva lastimosa

en el campo abandonada

me respondió cabizbaja:

La vida fue generosa

con mi cuerpo de mujer,

más la pasión caprichosa

arrastró  mi corazón

por las sendas escabrosas

del querer y no poder

y, aunque sé  que ya es de otra,

yo no me puedo olvidar

de los besos de su boca.

Así que ya sabe usted

el  porqué de esta zozobra

que me está volviendo loca.

 

Juegos de niños.

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En las calles de nuestros pueblos ya no se juega como antes. Los juegos tradicionales se pierden.  Los niños y menos niños, absorbidos  por el sumidero de los móviles, son  estatuas sedentes con  destellos y sonidos que emiten sus  “smartphones” de última generación.

Antes, para disfrutar del tiempo de ocio, no disponíamos de estos artilugios que avisan  a cada instante de  que el amigo  que está a sólo unos metros de ti  ha tenido una genial ocurrencia o en los que un guerrero virtual  llega a su destino después de haber superado múltiples obstáculos y matado a cientos de enemigos.  Un trapo que esconder, por ejemplo,  servía para jugar a encontrarlo guiado por las indicaciones del ocultador que te orientaba con una escala de temperaturas  del frío al caliente. El propio cuerpo valía para esconderse y que el que quedaba de guardia te localizase camuflado en las penumbras de paredes y rincones o para saltar unos sobre otros en sus múltiples modalidades.

Con un aro recorríamos calles y ejidos en una carrera de diestros aurigas a pie. Con una soga atada a  un madero,  péndulo sin  reloj, nos columpiábamos. Un balón y un prado con límites difusos de bandas y áreas nos servían para emular fintas y regates de nuestros ídolos, conocidos entonces sólo  por los cromos y la radio.  Un clavo,  para clavar rejones en  la tierra blandecida del otoño, una pelota del gorila para jugar a corra, una piedra de rayuela para cruzar fronteras sin pisarlas, una billarda que se acercaba o se alejaba del circulo a raquetazo limpio, los bolindres, los “repiones”…

Y cuando la vorágine del juego cesaba, esperábamos la llamada de casa para la cena contando historias en  un rincón cualquiera.

No es lo peor que se pierdan estos juegos, sino que no encontremos a los niños.

 

Aislados.

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(La destrucción de Sodoma y Gomorra, John Martin, 1832.)

Vivimos juntos, pero aislados.

Entre nosotros y ellos hay  porcelanas  que aíslan del fluir de los afectos

y lubricantes de modales que evitan los chirridos de los goznes.

La soledad  prevalece como un vacío de ecos  que rebotan de peña en peña sin que nadie preste oídos.

Cada uno en su coraza, enroscado en las lindes de lo suyo.

Si llueve fuera, yo estoy a cobijo en este mundo sin celdas compartidas.

Los muertos son ajenos cuando no están bajo el mismo techo

y el dolor del  otro  se filtra por la tierra sin que llegue a los vecinos,

tan cercanos y tan lejos.

Sólo los buenos, que son pocos,  nos salvarán del  azufre y del fuego.  

Buscando

xxxxx

En la esfera de todos los relojes

busco a  un niño en la escuela

y a un joven aturdido

por los  destellos de las discotecas.

La jícara de chocolate al sol,

los juegos sin reloj de la plazuela,

luz del anochecido

y el canto de los grillos en las eras.

Farolillos de feria, levemente mecidos

por la brisa fresca de septiembre

y el tiempo en las  rejas prendido

entre  geranios y  la luna llena. 

Muertos ilustres

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Entierro de Primera Clase celebrado en el año 1952. Museo Pusol.

Somos un país-quizás otros también lo sean- de alabados muertos y envidiados vivos. Si la Parca se lleva a un  ilustre finado se lucha a codo, oídas las primeras campanadas,  por llegar primero a expresar condolencias por tan desgraciada  ausencia. Todos fueron sus amigos. El duelo es un  cajón de latiguillos y tópicos al uso que envasan el dolor en cómodos envases. Con el rostro amagando  pucheros, el abrazo al doliente,  palmoteo en la espalda levantando pelusas que posaban su liviandad  hasta hace poco en el ropero, desfilan los manifestantes.  Este muerto,  en las mismas bocas que hoy le cantan salmos, sólo hace unos  días  era un engreído, pillo de cuidado, o nido de avaricia. Con los ojos cerrados por los siglos de los siglos, es crisol luciente de magnas virtudes que calientes bocas pregonan al viento con jabón sobrado. Y si fue algo ruin, eran sus cosillas, pero no era malo.

Oh, país de grandiosos  panteones  sobre rumia de  gusanos. Dios nos libre del día de las alabanzas.

Luz desprendida

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La luz viaja por el espacio  

aunque muera la fuente  que es su estrella.

Pienso esta noche,

mirando desde campo abierto

la grandiosa bóveda del cielo,

si, abierta la crisálida del alma que les dio cobijo,

mi inocencia primera

y mi ruborosa adolescencia

surcan también los espacios siderales

y, traspasada  Andrómeda,

vayan, quizás, con ellas

en un viaje infinito,

las  alegrías y las penas

de ese tiempo pasado.

Tal vez un telescopio

desde algún planeta lejano 

captará la estela de  su errante destino,

si  la vida sigue ese viaje

como la luz de las estrellas,

aunque ya no estemos vivos.

Pregoneros

pregonero

El pregonero de mi pueblo era una  persona de ocupaciones  variadas y estipendios escasos con los que apenas cubría las necesidades básicas de su familia. Su ocupación principal era la de zapatero, que desarrollaba en la primera habitación de su casa habilitada al efecto. Disponía de  los avíos imprescindibles para realizar las labores fundamentales del  oficio. Unas chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Era conocido con el sobrenombre  del sacristán por las funciones  que realizaba en la iglesia,  sobrenombre que transmitió a su descendencia.  El Ayuntamiento lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando el alcalde  consideraba necesario informar al vecindario de normas que atañían de forma directa e importante al buen gobierno municipal, generalmente uso adecuado del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, acarreo de paja en los carros, llegada del cobrador de contribuciones,…

Como la lectura no era hábito extendido   entre la población por desidia o ignorancia, los regidores lanzaban al aire sus proclamas por boca de los pregoneros, que tocaban  una trompetilla para reclamar la atención de los  vecinos. El primer edil  se aseguraba así que sus normas y reconvenciones llegaran a todos: “De orden del señor alcalde se hace saber…”

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Los muchachos los seguíamos de calle en calle, más atentos al rito y al  toque metálico que al contenido del mensaje.

Era suficiente  que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle porque al poco el boca a boca había extendido la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres  salían a la puerta con el delantal recogido y la escoba en la mano al oír el aviso metálico del pregón. Las tiendas  eran lugares donde la información se propagaba como fuego en rastrojo. Los hombres, generalmente en el campo en ese momento,   recibían las noticias al llegar al  anochecido a sus casas.

Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que como su antecesor completaba  los escasos ingresos de su oficio con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento.  Recorría éste con su anafe de brasas y el estaño las calles para restañar las piteras de canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que los vecinos le entregaban.  En el anafe llevaba un hierro soldador con mango de madera y que una vez caliente arrimaba al estaño para derretirlo sobre la picadura. Después remataba la faena con el soldador aún caliente y un  martillo, estropajo y trapo  para que quedase lo más fino posible. Fumador empedernido, su voz cascada y rota no llegaba más allá de unos metros del corro de la chiquillería que lo rodeaba, por lo que después los que no se habían enterado le preguntaban qué es lo que decía el bando. Una vez escuché a una vecina con un torrente de voz más saludable y potente que el suyo recomendarle desde su  puerta que tomara clara de huevo para aclararla.

Tiempos estos donde la voz de los  pregoneros y los  vendedores ambulantes, además de los sones de las  campanas, eran los canales de comunicación que,  a través del aire, interrumpían la rutina diaria.  

 

Promesas electorales

candidato_promesas_electorales Obras surgen por doquier,

fiestas, inauguraciones,

saludos con efusiones,

sonrisas de mercader…     

…lo que fuere menester.     

Se aplican a la faena  

que bien merece la pena

con tal de ganar el voto    

y al  remiso hacer devoto 

para llenar la alacena. 

Me abruma tanta largueza

de tan pródigos cuatreños

que pasan de  pedigüeños

a dar fortuna y riqueza.

Circula por mi cabeza

que esta súbita largura

tiene duración segura

hasta que las elecciones

pongan fin a las ficciones

de tanta candidatura.