El alba en la ventana
El día en que tu sueño se haga eterno
pasará por tu cara la luz de la ventana
sin que sientas la alborada.
Alguien entrará por tu tardanza
y zarandeará tu cuerpo inerte.
Acudirán vecinos asustados y morbosos.
Un trajín de muerte irá del médico a los óleos
y de estos a los dobles de los muertos.
La memoria de los vivos conservará el recuerdo de tus pasos
en las estancias de la casa.
Recordarán la sombra de tu ausencia algunos años
y en la cama donde la parca te robó el aliento
quedará una oquedad con tu silueta inmóvil
cada vez que alguien mire dentro.
Por las rendijas cada día
seguirá entrando la delicada luz de la mañana
por donde escapó tu último suspiro,
el que nadie escuchó aquella madrugada.
Pero no hay oquedades ni añoranzas
que no llenen el tiempo y el olvido.
Nuevo año
(Foto de El Periódico del Tiétar )
Primera colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES
A principios de otoño, con las primeras lluvias y el olor a tierra mojada que llega desde el campo envuelto en vientos ábregos, comienza un nuevo año, el agrícola, el que determina las faenas y descansos en nuestros pueblos. La dureza de las labores campesinas ha mejorado con las modernas maquinarias y el penoso bregar de antaño se ha suavizado ostensiblemente. Terminados de apurar los últimos rastrojos por los rebaños de ovejas, los agricultores con tractores equipados con cabinas y modernos aperos se disponen a comenzar la sementera.
Antes la tierra labrantía se volteaba con arados tirados por bestias y con las manos del labriego asidas fuertemente a la mancera, apretando para meter la reja en la tierra. A la intemperie y de sol a sol. En un costal al hombro portaban la simiente que esparcían a voleo sobre la amelga en las recién abiertas entrañas de las hazas.
Sólo quedan reliquias de aquellos aperos en cortijos o adornando ventas y mesones.
El rodeo era el lugar donde la gente del campo acudía a hacer tratos para vender, comprar o cambiar los animales que ayudaban a la labranza.
Los de mi pueblo iban a Llerena. Al alba tenían todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.
Montados a mujeriega, por caminos hoy perdidos por el desuso o apropiados por linderos, se dirigían allí cuando el sol comenzaba a dorar rastrojos y besanas. En el trayecto comentaban entre ellos la forma de abordar el trato. Después de casi dos horas de viaje llegaban al lugar, situado en las afueras. Delante de los tratantes que los habían visto llegar disimulaban sus verdaderas intenciones de compra, venta o cambio. Había que examinar primero el ambiente. Tras el humo de un cigarro pasaban por los distintos grupos, viendo, oyendo y callando, mientras los animales abrevaban en el pilar después de la caminata.
La experiencia les aconsejaba no dejarse embaucar por las primeras impresiones. Los profesionales, generalmente de raza gitana, conocían las triquiñuelas del trato y una mula azuzada por la vara de mimbre podía mostrar unos movimientos ágiles y, vueltos a casa, llevarse un desengaño al descubrir que el animal, boyante en el rodeo, sin saber cómo, se convertía en torpe o falso.
Tras muchos tiras y aflojas se cerraba el trato con un apretón de manos. Nada de cajeros automáticos. El dinero en mano.
Por estas fechas también se celebraban los contratos verbales entre las grandes casas de labor y algunos de sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros… Trabajaban durante un año a las órdenes de aperadores y mayorales. Si el trabajo era satisfactorio renovaban al año siguiente el pacto. La situación laboral de estos trabajadores era intermedia entre los fijos y los eventuales. Los llamaban acomodados.
Antes, como ahora, la tierra se abre a la esperanza de un nuevo ciclo. Eso sí, con la mirada en el cielo del que se aguarda y se teme todo, que en eso pocas cosas han cambiado.
Vivir la vida
Dormir es un placer
cuando se está cansado,
un regodeo dar
vueltas de madrugada
sobre el límite de la consciencia
y un deleite que el alba te despierte
con un soplo de plata en la ventana,
ver sobre la colcha de la cama
monedas de oro que el sol cuela
por las rendijas en los postigos de madera.
Es un anticipo a cuenta del capital
que supone un nuevo día
para gastar a manos llenas.
Que no falten ilusiones
En los surcos vaporosos de la tierra
que el arado caló profundamente
introduce su cuerpo la simiente
tras roces ajustados de abre y cierra.
Viene el agua en cortinas de la sierra
con la luz de octubre decadente
a brotar con verdor resplandeciente
la promesa que el otoño encierra.
Como esperaba Machado yo espero
verdes hojas de una esperanza nueva
en la agostada piel de la besana.
Al socaire apacible del tempero
mi corazón ilusionado lleva
las velas dirigidas al mañana.
Refresca
Hora de retirar de los roperos
el jersey guardado en el verano.
Está doblado con el cuello arriba,
postergado de la fiesta de la luz.
Con las mangas dobladas a la espalda
pacientemente espera,
sabiendo que los brazos que en su día
por el amor del sol lo abandonaron
volverán con la carne de gallina
a buscar a su amparo la calor.
Sueño otoñal
La luna, copo de ovalado nácar,
pende del pecho cóncavo del cielo
en el azul violeta de la tarde.
Los leños en la chimenea arden,
componiendo figuras con su fuego,
volátiles, esquivas y deformes.
Del recóndito fondo del olvido
surgen inesperados los recuerdos
como niebla escapada de los valles
en las frescas mañanas del otoño.
Desde los límites de la consciencia
hacia el sopor del sueño me dirijo,
vencidos de cansancio los desvelos.
Me voy hundiendo un poco con la tarde
en la viscosa luz de lo indeciso
…y llego sin saberlo
al hermético mundo de los muertos.
Túnicas blancas sobre fondo negro
abren pasillos hacia el infinito
donde una luz lejana centellea.
Hacia el fin del camino me dirijo,
absorto y transportado en leve viento.
Detrás de mí las túnicas se cierran
y abrazan suavemente mi cintura,
mientras señalan sus abiertas manos
la cegadora luz que me apodera.
Una vorágine espiral me lleva
hacia un placentero goce sensual
perdido en el envés de la consciencia.
…Y vuelvo sin querer
a la apagada llama de la leña.
Fuera, la noche inmensa parpadea
en el silencio espeso de la ausencia.
Tratamientos
Si los seminaristas necesitábamos ir al cuarto del obispo don Doroteo Fernández, aquel leonés de aspecto imponente que era también el rector del seminario, el prefecto nos aleccionaba sobre el tratamiento que debíamos dar a tan egregio personaje. Siempre, de vuecencia.
Íbamos ataviados de sotana y beca, pues ir al cuarto del rector y además obispo, última instancia a la que recurrir en el jerarquizado escalafón, debía ser por algún motivo muy importante.
Cuando yo era pequeño nos enseñaron a tratar de usted a las personas mayores y añadirle a veces el apelativo de tío o tía sin que razón de parentesco obligara a ello. Así que “tío José” o “tía Antonia” era una forma de poner entre nosotros y las personas mayores un muro de respeto y distancia.
Como reliquia medieval existe en algunos de nuestros pueblos el tratamiento de señorito y señorita, no con el sentido que los niños de la escuela dan a su maestra, sino como atributo que a falta de títulos nobiliarios de mayor calado se sustenta en títulos de propiedad de fincas y capital heredados de sus ancestros. Es tratamiento vacuo y denigrante, que debería serlo también para quién lo recibe, pero que llevan a gala muchos de los receptores del mismo, incluso exigiendo a quien lo olvida su uso. Peculiar fue en mi pueblo el tratamiento de “señó” y “seña”, así, aguda la primera y llana la segunda, que se les daba al cuñado y hermana del cura. Parece que lo de “tío” y “tía” parecía poco y se les subió un peldaño en la consideración, adaptando lo de señor y señora a nuestra idiosincrasia.
No hace muchos años nos producía confusión al rellenar instancias el tratamiento que debíamos dar a quienes se las dirigíamos en el escalafón administrativo: altezas, Ilustrísimos, reverendos, reverendísimos, usías, excelencias, honorables, señorías, … y el más manoseado: el usted, que algunos profesores nos dirigían a los alumnos más para mantener las distancias y para elevarse ellos que como señal de respeto hacia nuestras insignificantes personas.
Tanto realzamos las formas que hemos hecho esencia de ellas, hemos vestido de entorchados y charreteras a los cargos para darles lustre. Habría que ver si tratamientos y respeto se complementan.
En mis tiempos de mili conocí a algunos compañeros que una vez conseguidos los galones de cabo primero cambiaban el trato con los demás, si ayer afable, al día siguiente distante y encumbrado. Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo.
Tenemos necesidad de galones, distintivos, insignias, birretes, tocados, tratamientos… Vestir de pompa para ensalzar y encubrir…el gran teatro del mundo.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
Si nos desnudamos de tratamientos y entorchados nos encontraremos con la persona en su verdadera esencia y valía, que puede ser mucha o puede ser ninguna. Y de eso es de lo que se trata, de disimular miserias detrás de la parafernalia.
Pastores
La Junta de Extremadura tiene la intención de crear una escuela de pastores en Castuera.
La profesión más bucólica y cantada de todas las que se realizan en el campo. Los relatos bíblicos les otorgaron la primacía en la visita al niño recién nacido, imagen inmortalizada durante siglos en las representaciones del portal de Belén con los pastores bajo las estrellas pasando la noche alrededor de la lumbre. Antes del nacimiento de Jesús fueron glosados en las églogas, composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio, siglo I a. de C, ejemplo señero con sus Bucólicas. Incluso antes el griego Teócrito, siglo III a. de C, compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega, entre otros. Nadie como los pastores para presentir los cambios de tiempo, conocer palmo a palmo el terreno, saber de cobijos en los temporales, de solanas en invierno y de umbrías y frescura en los veranos, de constelaciones, amaneceres y anochecidos en el medio natural.
Hasta que llegaron las motos de 49cc el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Hacían el trayecto que duraba varias horas en algunos casos cada tres días, permaneciendo un compañero en el tajo hasta que regresaba el otro del pueblo, se supone que descansado y con viandas.
Decía antes que ha sido la profesión campestre más loada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor, que requieren preparación y destreza. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad concome el ánimo.
El saber popular ha recogido en refranes y dichos los avatares de este quehacer tan dependiente de la meteorología. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las “parieras” requiere atención, pericia y oficio.
En tiempos no muy lejanos, los hijos, que abandonaban pronto la escuela para ayudar a las depauperadas economías familiares, aprendían el oficio junto a sus padres y no faltaba mano de obra en los apriscos, pero los tiempos cambian y con toda lógica y justicia los jóvenes buscan otros horizontes más prósperos.
Los chozos eran sus viviendas en el campo. Los más rústicos construidos con varas y cubierta vegetal como la retama. Otros eran de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o turrucas.
Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. Allí guardaban sus escasas pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgado el candil. Fuera un trípode con unas llares donde al fuego elaboraban la comida.
Las alambradas han reducido el número de pastores, los medios de locomoción mecánicos las estancias nocturnas en los chozos y las reivindicaciones sindicales las jornadas interminables de pastoreo, pero aún faltan profesionales en una de las actividades más antiguas del planeta, más loada sobre el papel, pero menos conocida en su trajín diario y por supuesto, mal remunerada.
Adiós de palomas











