Corona de laurel

 

A lo lejos, la gloria de la cima.

¿Cuántos recodos quedan al sendero?

¿Cuánto peligro acecha traicionero

antes que la congoja el pecho oprima?

 

El justo premio a tanto esfuerzo anima,

hace nuestro penar más llevadero,

el andar, con tal fin, asaz ligero

y el ánimo exultante con la estima.

 

Así vamos, etapa tras etapa,

un poco más allá, como que escapa

al inmediato alcance nuestra meta

 

por afán de tenerla ya completa,

mas, por mucho que tarden nuestras mieles,

coronarán las testas de laureles.

Piscinas

Las autoridades locales de ciertos pueblos han decidido no abrir este año las piscinas públicas para prevenir posibles rebrotes de la pandemia. Pero no os quejéis, jóvenes, hubo tiempos pasados que sin ellas nos las ingeniábamos para refrescarnos en verano.
Por aquí no había piscinas con azulados fondos todavía. Nos bañábamos en las albercas, en las canteras, en las minas abandonadas y en los ríos. Por esta zona en que vivo, en los charcos que el verano quedaba cortados en el arroyo de la Corbacha, aprendiz de río en invierno y casi regajo en el estiaje, afluente del Matachel, que hoy a duras penas surte al pantano que nos abastece.
Nuestros baños tenían escoltas de juncias, adelfas, juncos y eneas. Y acompañamiento de peces, ranas y otras especies de la fauna, rica entonces, hoy mermada.  Algunas veces echábamos el día completo en sus riberas entre zambullidas y capturas.
Quedó una hondonada de la extracción de áridos con los que obtenían almendrilla para el tramo de la carretera N-432, entre Llerena y Ahillones.  Desde lejos oíamos los barrenos que utilizaban para volar las rocas. Algunas tardes acompañado de mi padre los observábamos desde un cerro cercano. A esa oquedad la llamamos La Cantera. Se llenó de agua. Allí se bañaban los más osados. A mí me daba miedo la zona más oscura y profunda. Desde una piedra de la orilla se lanzaban los mayores. Un día alguien sacó un tritón parduzco de ojos saltones que llamábamos marrajo. Se acabaron los baños en ese lugar para un servidor.
Cuando en algunos pueblos cercanos abrieron piscinas íbamos los domingos a bañarnos, siempre que hubiera alguien con coche que nos llevara. Sin cremas ni mejunjes para protegernos pasábamos del rojo al negro durante el verano, previo pelado de la piel de hombros, nariz y espaldas. Tan ignorantes éramos que alardeábamos de que el sol hubiese dejado su huella a tiras en nuestro cuerpo. Una credencial de idiotas.
También nos bañábamos en albercas que tenían los amigos en el campo con agua fresca de las norias bajo la sombra frondosa de un nogal. A mí me gustaba a la caída de la tarde cuando el agua estaba más caliente. Recuerdo una noche de junio.
Mi cuerpo al lanzarme quebraba la luna reflejada en la superficie azabache. Sus reflejos flotaban como corchos entre las pequeñas olas que mi salto había provocado. Rodeado de una espesa madreselva llegaba el olor intenso de las flores de la dama de la noche que crecía en una tinaja roja del rincón del patio. Las ranas sorprendidas saltaban del nenúfar al agua oscura.
Del campo cercano llegaban bocanadas tibias con olores de las mieses recién segadas.  El hortelano de una huerta próxima había terminado de llenar las acequias entre los canteros.  El horizonte tenía aún matices rosas y violetas que el grillo con pespuntes negros lentamente enhebraba para dar paso a las estrellas. 

Prensa y censura

Fueron retorcidos en el lenguaje los que idearon la frase del ‘contubernio de Múnich’ para desacreditar a sus adversarios políticos. La primera vez que la escuché me sonó a receta de cocina, a guiso de tubérculos a la alemana. Sobrepasaba mis entendederas entonces y tuvo que pasar bastante tiempo para que pudiese entender que se refería a una reunión de opositores a la dictadura de Franco que se celebró en dicha ciudad en el mes de junio de 1962.  En opinión del régimen, y atendiendo al significado de la palabreja, había sido una cohabitación ilícita, una traición que había quedado en mal lugar al marido agraviado.
En aquellos tiempos no existía forma de obtener una información digna de crédito para la mayoría de los ciudadanos. Se divulgaba lo que interesaba que se supiese. Lo demás se callaba.  Las noticias que procedían del interior estaban filtradas y manipuladas por la censura y las que llegaban de fuera lo hacían con interferencias a través de la Pirenaica.
No sin grandes dificultades, debido a secuestros, multas y cierres, la luz fue abriéndose camino. En muchas ocasiones se tenía que unir al ingenio del periodista la perspicacia del lector para descubrir el mensaje. Había que leer entre líneas.
El humor era una válvula de escape para la crítica. Antonio Mingote fue llamado a declarar por una viñeta en ABC en la que aparecía una botella de whisky con el texto: ‘Reserva espiritual de Occidente… con tapón irrellenable’.
‘Cambio marquesina vieja por persiana de segunda mano’. Este anuncio aparentemente inocuo fue publicado en la revista ‘La Codorniz’. El trasfondo era la visita que el Sha de Persia y su esposa Soraya realizaron a Madrid y en la que el Marqués de Villaverde hizo de cicerone. Esta revista, fundada por Miguel Mihura en el año 1941, conoció su mayor difusión bajo la dirección de Álvaro de Laiglesia. Colaboraron en ella la flor y nata de los humoristas: Tono, Mingote, Mena, Chumy Chúmez, Forges, Máximo, Gila…
Hasta el diario ‘ABC’ fue secuestrado por un artículo de Luis María Ansón en su tercera página: ‘La Monarquía de todos’.
El periódico ‘Madrid’, en la órbita del Opus Dei, también fue secuestrado varias veces. La primera de ellas por un artículo de Rafael Calvo Serer, titulado ’Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle’.
En los años sesenta y setenta comenzó a cambiar el panorama. El diario vespertino ‘Informaciones’ con la dirección de Jesús de la Serna y la subdirección de Juan Luis Cebrián, las revistas Cambio 16, Triunfo, Sábado Gráfico empezaron a aportar una visión más diversa de la realidad.
En tiempo de posverdades, manipulaciones, informaciones opuestas sobre un mismo hecho y fanatismo  son necesarios el juicio sereno y el análisis crítico. Entre los tiempos oscuros de la censura y los turbios de ahora hay una zona intermedia, donde está este periódico, para la información veraz y la opinión ecuánime.

Evaluaciones

Puestos ya los pies en polvorosa, este mes de mayo enfila el último fin de semana de su existencia. Desaparecerá del calendario, caduco ya de horas y crepúsculos, dejando una estela de incertidumbre sobre el porvenir de sus sucesores. No lo olvidaremos, como tampoco a sus antecesores que con cielo pardo y fecunda lluvia lo vistieron con sus mejores galas, a pesar de los indeseables huéspedes que impidieron romerías, bodas y despedidas. Y también interrumpieron la actividad académica.

Andan ahora maestros y profesores calificando a distancia a sus alumnos, con la división de opiniones derivada de las peculiaridades de cada Comunidad Autónoma. Algunas vinculan el disentir con una reafirmación de su idiosincrasia.

La suspensión de la docencia directa ha obligado a las autoridades educativas a improvisar y regular los métodos y medios con los que evaluar este tercer trimestre del curso, lo que ha provocado al principio desconcierto y confusión entre padres alumnos y profesores.

Tienen de base para hacerlo los dos primeros trimestres y eso hace menos imprevisibles los resultados, pero es complicado evaluar sin saber quién está haciendo los deberes que se han encomendado al otro lado del terminal.

En mis tiempos de estudiante por esta zona del sur de Extremadura, como por la mayor parte de la región, no había todavía institutos nacionales de bachillerato, así que teníamos que desplazarnos al Zurbarán de Badajoz para realizar los exámenes.  Podías ir por libre, a cuerpo limpio, a jugarte a una carta un año de trabajo o estudiar en un colegio de pago, lo que desgraciadamente no estaba al alcance de la mayoría. Los exámenes de las reválidas al final de cuarto y sexto curso debían realizarse en un centro oficial. Surgieron entonces los que en la terminología administrativa de la época denominaban colegios libres adoptados. Preparaban a sus alumnos y los avalaban en estos exámenes de grado y en los de los cursos de bachillerato para los que no estaban reconocidos.

Por estas fechas cercanas a las fiestas de san Fernando, que se celebran en la Barriada de la Estación, llegamos la primera vez al edificio de la Avenida de Huelva, temerosos ante lo desconocido. Después no fue para tanto. Había un buen plantel de profesores para corregir y llegamos bien preparados.

Quedan en la nebulosa del recuerdo algunos nombres de aquel tiempo. Diego Algaba con la maestría de su evocadora prosa retrató a dos de ellos sentados en la terraza del bar La Marina. Eran Enrique Segura y Ricardo Puente.

Me reconoció y saludé a don Carmelo Solís, una de las personas más cultas de las que tuve la suerte de ser alumno.

Después de los exámenes queda el poso de lo que se asimila, olvidado lo accesorio. Lo que pasa a formar parte de tu formación y cultura. Aprender a aprender es más importante que conocer el nombre de un mineral o el afluente de un río.

Únicos e irrepetibles

Cuando unos padres nos muestran a su hijo recién nacido lo primero que hacemos, después de piropearlo por su guapura y monería, es buscarle parecido con alguien de la familia. Para no quedar mal con ninguna rama distribuimos semejanzas a las dos partes. La barbilla es de tal, pero los ojos son vuestros.
Ahí está un nuevo ser presentando sus cartas credenciales a la vida. De momento lo avala solo la genética heredada. Vendrán después otras variables, que lo irán conformando a lo largo de su existencia.
Cuando vaya creciendo empezarán a manifestarse sus aptitudes y sus carencias. El cincel de sus vivencias, placenteras unas, desagradables otras, irá completando su personalidad. Las dos castas intentarán atribuirse las virtudes, dejando las más problemáticas para la otra parte. ¡A quién habrá salido este niño?, exclamará la madre, es un decir con viceversa, mientras   mira con el rabillo del ojo al cónyuge.
He vuelto a ver estos días la serie ‘La forja de un rebelde’, autobiografía del escritor Arturo Barea, nacido en Badajoz en 1897 y muerto en el exilio inglés en 1957. Entre esas dos fechas sucedieron la guerra de Marruecos y la civil española con todas las calamidades que ocasionaron. Su vida y las de quienes las padecieron no hubiesen sido las mismas sin haberlas vivido.
¿Estamos predeterminados por nuestros genes o somos producto del ambiente en el que nos desenvolvemos?
Cada uno de nosotros es el resultado de tres confluencias que hacen que seamos únicos e irrepetibles: la herencia genética, el ambiente compartido y el exclusivo de cada uno.
Matt Ridley, autor de la obra ‘Genoma’, sostiene que aproximadamente el 50% de nuestra forma de ser es genético. El 25% está influido por el ambiente compartido y el otro 25% lo es por factores ambientales no compartidos, o sea, las vivencias personales exclusivas.
Se han analizado casos de gemelos separados al nacer y criados en familias diferentes. Parejas de recién nacidos sin parentesco entre sí, adoptados por la misma familia y gemelos criados en idéntica familia, donde solo el ambiente exclusivo (distintos amigos, distintas lecturas, distintas experiencias…) marca claramente las diferencias.
No hay dos personas iguales. Ni los gemelos univitelinos lo son. El genetista Shiva Singh tras analizar cerca de un millón de marcadores de gemelos, señala que el 12% de aquellos puede variar. Las células se multiplican y diferencian al desarrollarse y pueden perder o adquirir ADN adicional. O sea, que el genoma no es estático.
Por eso cuando muere alguien desaparece un ser único e irrepetible que merece el máximo respeto porque se va con él una singularidad que no volverá a repetirse jamás. La generación que padeció los malos tiempos de la posguerra y ahora está sufriendo bajas por la pandemia del COVID-19 lo merece, aunque su ciclo vital esté en el último trecho del camino. Gracias a su trabajo y sacrificios pudimos alcanzar el bienestar que disfrutamos hoy.

Abuela

Tengo guardadas entre las páginas de la memoria algunas tardes disecadas. En ellas he encontrado a un niño sentado en la puerta de su abuela comiendo un trozo de pan con chocolate, el tupé recién peinado, pantalones cortos con tirantes y unos ojos como esponjas empapándose de cuanto acontecía a su alrededor.
Me llevaba mi padre a visitarla siendo yo muy pequeño. Se sentaba en la sala que daba al corral por donde penetraba el sol dorado del atardecer que lucía sobre las baldosas rojas, haciendo frontera luminosa de dos espacios en penumbra. Allí tenía la abuela la costumbre de llenar sus recuerdos de costuras y artísticas labores de bordado sobre la luna llena de su bastidor.
Con un moño coronado por una pequeña peineta recogía su cabello blanco y dejaba al descubierto una amplia frente surcada por arrugas. De vez en cuando levantaba su cabeza y miraba por lo alto de sus gafas el reloj que había al fondo de la estancia. Y suspiraba. Sin su cuerpo, ahí está su silla de enea y un me voy, abuela, dejado cariñoso en la mejilla.
En un rincón del corral había un tinajón rojo y panzudo.  En él quedaron y aún resuenan las voces y los ecos de una canción infantil: “Mañana domingo se casa Respingo con una mujer que no tiene manos y sabe coser”.
Nos íbamos después a la puerta falsa, la que da al ejido, al campo abierto hacia el poniente.
Sentados en las piedras que había junto a la pared contemplábamos a sol vencido las faenas de las eras. El acarreo de las mieses. La trilla, la limpia del grano lanzado a paladas, la criba para separar granzas del fruto, el llenado de costales con cuartillas y el regreso de los campesinos a sus casas cuando el lucero destacaba ya punzante en un cielo azul violeta. Al fondo, el largo y rojizo crepúsculo de las tardes de verano.
Por el poniente asomaban las señales de los cambios de tiempo. El lenguaje de los vientos y las nubes, escuderos de temporales y de secas. Las ‘revolás’, las marañas, las bardas paralelas a la sierra…  Del suroeste, en dirección a Fuente del Arco, llegaba el pitido nítido del tren cuando soplaba el ábrego húmedo y templado.  A la derecha, siguiendo la loma de la sierra, el castillo de Reina, alcazaba de origen musulmán. Los restos de sus catorce torres albarranas son la corona en ruinas de un esplendor pasado que peinan los vientos que llegan del océano.
Me he acordado de mi abuela, que murió muy pronto, porque esta esta semana han permitido en la desescalada las visitas a los familiares.  Se habrán producido unos encuentros muy emotivos después de dos meses sin poder hacerlo. Qué difícil habrá sido renunciar a los besos teniéndose tan cerca, si es que se ha podido evitar el instinto del achuchón y los abrazos.

Cocido

Estos días hemos aprendido mucho sobre pandemias.  El paso de los virus desde los animales al hombre, los reservorios, las formas de contagio y de cómo evitarlo… Hemos descubierto que hay quien sabe y es cauto en sus opiniones y quien no sabe y es osado en exponerlas. Los que saben estudian y callan y cuando hablan lo hacen con conocimiento de causa.
También hemos oído que el calor puede debilitarlo y no podrá levantar su cabeza coronada, pero no hay completa seguridad, salvo para los que no tienen ninguna y opinan de todo.  
Hemos descubierto también la cantidad de exquisitas recetas culinarias que pueden hacerse cuando hay ganas, tiempo e ingredientes. En esto sí que tenemos verdaderos especialistas. Se agradece. La cocina es arte y ciencia, medida, proporción e inspiración.
Me acuerdo de las comidas de cuando yo era pequeño. No había tanta variedad ni se disponía de mucho tiempo para ello porque en las casas de familias numerosas había tareas fijas del amanecer hasta la noche. Desde que se encendía el anafre con carbón por la mañana hasta que nos acostábamos, nuestras madres tenían trabajo de sobra con lavar la ropa a mano, zurcir, planchar y lidiar con nosotros. No cabían muchas exquisiteces en los fogones, salvo los tradicionales pestiños, gañotes y tortas de chicharrones cuando llegaba su tiempo.
¿Qué hay de comer hoy?, preguntábamos más por rutina que por saber la respuesta que ya intuíamos.
 ¡Bah, otra vez cocido! Menos el domingo en que un pollo de corral con arroz o con papas solía dar variedad al menú de la semana, era lo que había.
Desconocíamos entonces dos cosas. La suerte de tener en la mesa alimentos que llevarse a la boca y la fiesta que le haríamos de mayores cuando esporádicamente lo comemos ahora en casa. Ignoramos, hasta que fuimos un poco mayores, lo que significaba ganar el pan con el sudor de la frente y que, incluso, poniendo el sudor, no había tajo donde derramarlo.
Los hombres del campo lo comían de noche, cuando regresaban de su dura jornada de trabajo. Era la comida caliente del día. Pocos trabajadores había obesos entonces. Las calorías se quedaban entre los surcos de la tierra para dar valor a las espigas.
Cuando le poníamos mala cara a la comida nos decían que cuántos querrían tener un plato como ese delante. Que si nos creíamos que todo el monte era orégano. ¡Qué sabréis vosotros!
Ahora el día que toca cocido lo celebramos. Degustamos tan sabrosos componentes con gula manifiesta. Tres platos que son un goce para los sentidos. La sopa, que ya por sí sola reanima a los desfallecidos, los garbanzos con su dotación de proteínas, vitaminas, minerales y fibras. Y la ‘pringá’, final de fiesta con morcilla, carne y tocino, de ese que con un leve toque de cuchara se estremece. 
¡Cómo te has puesto! ¡A punto de darte algo!

Un mayo distinto

 

 

 

 

 

Una franja de luz ha comenzado a entrar a mediodía por la lucerna del techo. El sol en su ascensión hacia el solsticio deja en la estancia una estela brillante.  Es una invitación para que lo acompañe en un viaje por sus dominios, donde él y la lluvia han vestido este año con sus mejores galas los campos extremeños.

Mientras tanto, la memoria evoca otros mayos. El aroma a azahar del patio de los naranjos entraba en la clase y yo me iba a mi pueblo, abandonando el aburrido texto de gramática latina con las cinco declinaciones, otras tantas conjugaciones y toda la parentela de raíces y desinencias.  Era difícil concentrarse entre tanta aridez con la fragancia tibia que entraba por las ventanas. Dejé como gestora de mis obligaciones a quien pensaba que no podía fallarme y me encomendé al ‘Virgen santa, Virgen pura, haz que yo apruebe esta asignatura’ escrito en la contraportada de los libros. Me dijeron que muy bien, pero había que estar ‘a Dios rogando y con el mazo dando’, mas yo no estaba por la forja en el yunque del pupitre.

Un abril lluvioso sin solanos abrasadores ni heladas tardías presenta a este mes de mayo con la lozanía fecunda de la diosa Ceres. Plenitud de aromas y colores. Las siembras colmadas de verdor y prometedoras espigas mecen sus tiernos tallos con el aura tibia de poniente. Los olivos, cargados de esquimo, presagian abundante cosecha del oro líquido de nuestra tierra. Las viñas, reverdecidos los sarmientos, esperan a septiembre para transformar el mosto en el silencio de las bodegas. Crece la hierba pujante en lindazos y riberas. La jara pringosa ha nevado los montes. Hay margaritas de enamorados para el juego del sí o del no te quiero. En las alamedas gorjean trinos al amanecer y a la caída del día mientras los polluelos ensayan revoloteos en la mecedora del aire. Emanan aromas de hinojo, cantueso, tomillo y romero. Los manantiales, tras años de sequía, han aflorado a la superficie y el agua clara corre por las gavias hacia los arroyos. Las ovejas pacen en los prados a la espera de la esquila… Estoy desando andar por estos campos para gozarlos. Por aquí es breve este esplendor de mayo. Pasado san Isidro, salvo que continúe pródigamente la lluvia y no agobien las temperaturas, empezarán a amarillear las mieses y a encanecer los prados. Las primaveras son bruscas e impredecibles.

Sabina preguntaba que quién le había robado el mes de abril. Nosotros sabemos quién nos ha hurtado el disfrute de esta primavera. La guardaremos en el corazón, donde se archivan los fallidos. Viviremos plenamente, cuando podamos, otras con parecidas flores, pero esta, como las golondrinas, no volverá. Recordemos que los besos que no se dan se pierden para siempre y, a destiempo, se quedan los labios a mitad de camino entre la cobra y el aire.

 

No es justo

En la antigüedad los que sufrían una enfermedad contagiosa tenían que soportar, además de los males físicos, los psicológicos y sociales. 

Las pandemias han provocado siempre temor en la población y marginación en los infectados. Pasó con la lepra, con la peste, con la gripe española, con el SIDA…El desconocimiento de las formas de contagio agravaba estas actitudes. Recuerdo de niño el estigma que sufrían ciertas familias que habían tenido entre sus miembros uno tuberculoso.

Me llamaba la atención en las lecturas que hacía y charlas que nos impartían el caso de los leprosos. Enfermedad maldita desde antes de nuestra era. Cuentan las crónicas que cuando una persona era diagnosticada con ese temido padecimiento, no tan contagioso como se temía entonces, un sacerdote se acercaba a su casa para llevarlo a la iglesia. Allí confesaba por última vez y al terminar el oficio religioso lo despedían en la puerta: “Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios”. Lo acompañaban hasta a los límites de la ciudad y le leían las prohibiciones. No podía lavarse en los arroyos ni salir de su morada si no era con el traje de leproso, complementado con una capucha de color café. No le estaba permitido acercarse a las tabernas a comprar vino ni tener relaciones sexuales, a no ser con su esposa, si esta no lo había abandonado todavía.

 Lo que más me sorprendía era que los aquejados de este mal debían ir por los caminos siguiendo la dirección del viento y avisar con una carraca o campanilla de su presencia cuando sintieran que se acercaba alguien. Allí, en campo abierto, apartados de todos, tenían que vivir el resto de sus días hasta su muerte.  Al producirse esta tenían que ser enterrados en sus propias casas.

Los avances técnicos, sanitarios y sociales desde entonces han sido espectaculares. No se abandona a nadie a su suerte ni se le expulsa a los confines de los pueblos y ciudades. Gracias a las instituciones sanitarias, pese a gestiones mejorables y a la merma de fondos que han sufrido, todos los afectados son atendidos. El trabajo y dedicación de los profesionales es fundamental.

Estos días nefastos, tanto los sanitarios como trabajadores de otras actividades imprescindibles para la subsistencia, están prestando un servicio público esencial. Ellos son los que reman mientras nosotros permanecemos en nuestros domicilios para que el barco en el que viajamos todos se mantenga a flote.  Debe de ser muy triste y deprimente regresar a casa después de una jornada de duro trabajo y encontrar una nota escrita en el portal pidiendo que abandonen su vivienda. Es injusto. Y deleznable pinchar las ruedas del coche de una médica y llamarla rata contagiosa. Afortunadamente la mayoría regresó ya de la Edad Media y anima y emociona que otros ciudadanos, como los de Lucena (Córdoba), despidan con aplausos a su vecina cuando sale de casa para ir al trabajo.

La hija de Juan Simón

De vez en cuando llegaban por estos pueblos compañías de variedades con intérpretes de canción española y de flamenco. Sus canciones se escuchaban en la radio casi todos los días, sobre todo en las secciones de discos dedicados. En los cancioneros venían las letras y en la portada la fotografía del intérprete. Aquellas canciones las tarareaba el albañil haciendo mezcla, los labradores en la besana, la moza camino de la fuente o los herreros dándole al fuelle de las fraguas.

Una noche de invierno, no llegaría yo a los siete años, escuché a un hombre en la oscuridad de la calle cantar ‘La cama de piedra’. Seguramente vendría de donde el vino destapa la nostalgia y ahonda la pena. Sin entender muy bien el significado del mensaje de la canción, sí me estremeció aquella voz por el desgarro que transmitía y por las circunstancias de lluvia fina y  oscuridad.  ¡Qué triste dormir en un sitio tan duro con la noche que estaba!

Cuando La Niña de Antequera cantaba ‘Con los bracitos en cruz’ ensalzaba la abnegación, el amor de la madre al hijo por encima de todo y la determinación por juramento de hacer justicia en busca del padre que los abandonó.

Y esos mensajes llegaban al corazón de la gente y emocionaban. Como el ‘Vino amargo’ del desamor de Rafael Farina o la veneración del hijo a la madre de Pepe Pinto: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” O la poderosa voz de La Paquera de Jerez por bulerías buscando en la soledad de las noches sin luna los luceros de unos ojos verdes.

Antonio Molina tenía muchas canciones famosas. Una de ellas, de la que ha hecho una versión recientemente Rosalía, emociona profundamente. ‘La hija de Juan Simón’. “Y era Simón en el pueblo el único ‘enterraor’. Y él mismo a su propia hija al cementerio llevó, y el mismo cavó la fosa murmurando una oración”.

Estos días la he vuelto a escuchar. Si la muerte siempre es triste para los familiares y amigos del difunto ahora se le añade a la tristeza la soledad de los entierros. El Ministerio de Sanidad ha prohibido los velatorios, tanto en lugares públicos como privados y domicilios particulares. Limita el número de acompañantes a tres allegados, además del ministro de culto correspondiente.  Las iglesias han cerrado y los muertos salen por la puerta de servicio de esta vida. No hay dobles de bronce al viento dando el último adiós, ni cabezas venerables destocadas en señal de respeto al paso del cortejo fúnebre. Aunque duela, es necesario para evitar males mayores, lo que no quita el sentimiento de impotencia y desgarro que produce.

Adquiere también profundo y triste sentido por la actualidad de la pandemia la rima de Bécquer, “unos sollozando y otros en silencio de la triste alcoba todos se salieron” … ¡Qué solos se quedan los muertos…y sus familias!