Una copita para abrir el apetito.

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Sucedió en mi pueblo a comienzos de los años sesenta. Había un grupo de hombres jugándose el dinero a las cartas en un reservado de uno de los  bares del pueblo. Luz macilenta y “caldo de gallina” en el ambiente.  En aquellos tiempos estaban prohibidos los envites con los naipes y los que   se arriesgaban buscaban lugares discretos dentro de los locales, como la conocida como “sala del burro”.  

Aquella noche al entrar la Guardia Civil sorpresivamente en las sala, como solía hacer en algunas ocasiones,  disolvió la reunión con algo más que palabras. Los jugadores no  tuvieron tiempo nada más que de recoger lo que no cayó al suelo con el alboroto  y la timba terminó como el rosario de la aurora, saliendo cada uno por la puerta que tenía más cercana.

Los parroquianos que estaban en la barra abandonaron prudentemente el local con el último sorbo de vino en la boca para evitar algún posible contratiempo. Sólo uno, con una melopea de no te menees y que había observado la entrada de los guardias y la salida impetuosa de los admiradores de Heraclio Fournier permanecía anclado en el mostrador ante el temor de que sus pies no respondieran a la urgencia que la situación requería.

-¿Y tú qué? , inquirió uno de la pareja.

-Pues ya ve usted, tomando una copita “pa comé”.

La hucha.

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(Carta en el periódico HOY 4-10-2013)

Cuando venía el  botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente entre pajas en las angarillas, a  los niños y niñas nos compraban una alcancía. Por su ranura metíamos el dinero  que conseguíamos ahorrar y  que destinábamos, generalmente, para los gastos de la feria del Cristo.

Pero, a veces, con un cuchillo y a escondidas, sacábamos algunas monedas para algún dispendio que se nos antojara. No debía repetirse muchas veces esta acción porque corríamos el peligro de que nos sorprendieran con las manos en el recipiente de barro o, ponderado el peso por nuestros padres, notasen la merma pecuniaria, independientemente de pasar la feria a dos velas.

Señores del gobierno, se están  ustedes empicando a meter con peligrosa asiduidad  el cuchillo por la ranura de la hucha de las pensiones. Quizás no haya más remedio, pero me temo que de seguir así pronto veremos el fondo  y pasaremos la feria con las manos en los bolsillos, silbando en cualquier esquina.

Maquillaje de muertos.

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¡Qué mal  sienta el maquillaje a los muertos!

¡Qué simulacro de plácido  sueño

cuando  no hay alborada

ni monedas de luz sobre la colcha

al tibio despertar de las mañanas!

Falsa  quietud de la que  no  se goza.

La mueca de la muerte,

eterna y sarcástica instantánea

con el semblante exangüe,

rechaza los  afeites,

colorido postizo de caretas

de un carnaval inerte.

Seminario, décima parte.

capilla

Nos despertaban los días lectivos a las seis y media y los domingos a las siete con música generalmente gregoriana o clásica. El día de la Pura del año 1967, estudiando quinto curso, empezó a sonar  “El pequeño tamborilero” interpretado por Raphael. Fue una de las veces que con más alegría y diligencia me levanté. Salí al pasillo inmediatamente y allí me encontré con otros compañeros, entre ellos Luis Cañamares (q.e.d) y compartimos la alegría que nos produjo, en vísperas de Navidad,  escuchar esta canción, que entonces estaba en pleno apogeo. 

Antes de subir a la capilla para la meditación y la misa dejábamos las camas con las mantas y sábanas echadas hacia atrás para que se aireasen. Nunca llegué a saber con exactitud qué es lo que tenía que hacer en la meditación  y cuando preguntaba a los compañeros me decían que pensar en Dios y contarle tus cosas como si fuera un amigo. El asunto es que entre la hora intempestiva y que yo no estaba por la labor, mi imaginación volaba a mi pueblo y a correrías por él, cuando no me entregaba plácidamente a un sopor somnoliento. En cuarto y quinto curso pensé que esa hora podía emplearla en leer  historias  más amenas y decidí forrar libros para que no se vieran las pastas y llevármelos a la capilla.. Mientras mis colegas de al lado entornaban los ojos con sus meditaciones religiosas o leyendo el evangelio,  yo me  refugiaba en las historias de esos libros. Claro que esto no duró mucho pues uno de los vecinos de banco, que después me enteré quién fue, pero no voy a decir,  le fue con el cuento al prefecto. Un día me llamó por medio del delegado de curso a su cuarto. Fue directamente al grano, preguntándome en  qué textos buscaba la inspiración para mis meditaciones.

No fue este el único episodio con mis lecturas.  En  mi camarilla, en lugar de estudiar los latines y los griegos, también me dedicaba a leer novelas que me traía de casa.  No sé cómo, pero el prefecto entró un día en mi cuarto sin estar yo allí y vio sobre mi mesa “La selva”, de Louis Bromfiel y en una de las pláticas, sin decir mi nombre, dijo que había algunos disipados que en lugar de estudiar se dedicaban a leer no sólo libros que no eran de texto, sino de los que estaban en el Índice de la Iglesia como condenables. Como dijo el título del libro y el autor, recibí el impacto en silencio e intentando que no se me notara en la cara el directo a la mandíbula. Fue  el principio del fin de mi estancia en el seminario.

Eurovegas fumando espera.

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(Carta en el periódico HOY 27-9-2013)

Cuando yo  era niño no había trabas legales para fumar en ningún local.  Tan ingenuos e ignorantes  éramos que  fumar delante de los padres se consideraba  como un espaldarazo a la mayoría de edad.

El cine atizaba el vicio lo suyo. La exuberante Sara Montiel  esperaba fumando tras los alegres ventanales a su amante. A ver quién se resistía. En el cine de mi pueblo se formaba tal humareda de celtas cortos  que, pongamos por caso, no se distinguía  la niebla del aeropuerto de Casablanca y a  Humphrey Bogart, desapareciendo entre ella del humo  del viejo salón de cine.

 Eurovegas espera fumando  las reformas legales necesarias para instalarse en Madrid, o sea,  que el humo traspase los ventanales y las volutas campen a sus anchas por las tierras de Alcorcón.

 No es fácil resistirse a las insinuaciones de una  cabaretera que viene con un fajo de billetes en el liguero.  Ya le han hecho guiños y  demostrado explícita y ardientemente deseos de bienvenida  y permanencia. Le allanarán el camino con el capote del relicario para que los  aros de humo  asciendan lúbricos desde las mesas de juego. 

Los Pedrosillos.

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Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.

Suena un disparo en la noche

que el aire libre de estorbos

traslada de loma en loma

de la mano de los ecos.

La aldaba del miedo bate

con los nudillos del  viento

las puertas de los cortijos.

La sangre caliente cae,  

silenciosa, de los pechos

sobre la tierra y  la grama.

Los niños junto a la era

presienten la  muerte cerca

y el odio de los gatillos

en una noche de agosto

recala  en  los Pedrosillos.

Seminario, novena parte.

Las pláticas eran las charlas que periódicamente nos daban los prefectos cuando ellos consideraban que había que dar un toque de atención sobre  normas de comportamiento en la convivencia diaria.  

Las de D. José Díez eran temibles. A este prefecto no le vi nunca pegar a nadie, pero su presencia, sus gafas ahumadas, su voz, su expresión de casi permanente enfado, imponían.  A veces, cuando te acercabas a decirle algo con la voz que casi no te salía del cuerpo y estaba de malas te soltaba con un vozarrón: “¡Ehhhh!” “¡Cómooo!”. De tal manera que cuando le repetías lo que tenías que decirle las palabras salían  de la boca liadas  y  tartamudeadas.

Para las pláticas  nos reunía al atardecer a toda la comunidad, generalmente, en el salón de actos cuando el asunto era de enjundia y requería un marco solemne. Sin nombrar a nadie, escondidas sus referencias tras el pronombre “algunos” iba desgranando su retahíla de llamadas al orden. Después nosotros le íbamos poniendo nombre y cara a los que pensábamos que se había referido.

En cuarto y quinto dormíamos en camarillas independientes y completas porque a las de tercero les faltaba el techo y la de los Sagrados Corazones tenían sólo los tabiques laterales. Los dormitorios de los Gramáticos, como ya he dicho, eran corridos. Las de quinto estaban dedicadas cada una a un santo, eran las de construcción más reciente y los nombres eran los señalados por los benefactores. A mí me tocó la de San Antonio. En estas camarillas dormíamos y estudiábamos, o sea, que  consumíamos la mayor parte de del tiempo dentro de ellas. Los  cursos inferiores tenían su tiempo de estudio en un lugar común.

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El cuarto del Prefecto D. José Díez estaba en la misma planta  que los dormitorios de los de quinto, pero no en el mismo pasillo, sino en una estancia que se comunicaba con éste por una puerta. Cuando durante las horas de estudio necesitábamos salir o bien al aseo o a consultar algo con otro compañero y nos lo encontrábamos en el pasillo con su mole inmensa, negra y  con sus gafas oscuras nos coartaba tanto, por lo menos a mí,  que hasta se nos olvidaba a lo que habíamos salido, en unos casos nos dirigíamos al servicio, pues estaba mal visto que fuésemos a la camarilla de un compañero, pero si no había más remedio había que dejar la puerta abierta mientras se permanecía dentro. Otras veces  nos dábamos media vuelta sobre nuestros pasos y nos metíamos de nuevo dentro de nuestra camarilla. Por las mañanas después el desayuno  abría el periódico “HOY”  y allí permanecía leyéndolo en el pasillo hasta que se quedaba todo en silencio y él se retiraba a su cuarto. Muchas veces abríamos la puerta con mucho cuidado y por la rendija comprobábamos si todavía estaba por allí. Si lo veíamos metíamos otra vez la cabeza dentro, como los lagartos.

Tengo que decir que se portó conmigo extraordinariamente una vez que le comuniqué mi decisión de abandonar los estudios eclesiásticos y cuando tuve que ir a examinarme de quinto, pues me salí en Semana Santa, todo fueron facilidades.

La última vez que lo vi fue en Segura de León, en el entierro de don Fernando Maya. Me dirigí  a él. De pronto no me reconoció, pero al decirle que era de Ahillones y referirle algunas cosas más se alegró y estuvimos comentando cosas de aquel tiempo ya tan lejano.

La torre y la iglesia de Ahillones.

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Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de  Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he  permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.

La torre  es la  paleta

do la luz prueba  pinceles dorados,

donde los vientos juegan

a  morder la cola a la veleta.

Otrora, sus campanas convocaron

desde los bordes de la aurora

a sigilosas sombras  negras

con manteos y  velo.

Dieron  las vísperas al mediodía

– a las dos en invierno,

a las tres en verano-.

Fundieron tonos grises

al toque de oración

y alertaron de  fuegos en los campos.

Dobles de  entierro que no oyen los muertos

se van dando tumbos de pared en pared,

como  borrachos ahítos de vino

en busca de olvido

hasta los campos abiertos,

a posarse en las  tierras de los huertos,

alondras negras,

que dejan  posos   de tristeza

en los velos del aire.

Por Pascua, repiques de gloria.

Encuentros, procesión y alabarderos.

Azul cielo, verdes praderas,

Rosquillas, bollas, primavera,

margaritas nuevas por los  campos

 y en los púberes pechos

de  mocitas bellas.

Tibias auras carmesíes

en  delicadas  mejillas .

Bautizo, comunión y casamiento.

Toda una vida reglada

por  metálicos tañidos.

No hay  fiesta sin campanas

ni difunto sin responso.

Su reloj cansado de toques perdidos

paró sus manillas

en los negros valles de la noche,

cuando todas las horas son la una repetida

 y sólo quedan sus estelas,

temblando en los huecos del silencio.

Hacia la iglesia confluyen

calles de los cuatro vientos:

Mesones,  Cuatro Esquinas,

Real y Valverdejo.

Otra cruz  en el suelo.

Cuerpo de piedra y corazón de bronce,

melódicas olas  mecen

cantos de gloria, dolor  o aflicción

mezclados con incienso 

en su  nave central,

 y  escalan sus muros

hasta las polícromas vidrieras.

Referencia, faro y guía.

Cigüeñas, vencejos, aviones,

saetas de negros chillidos

en mañanas claras  y en  tardes serenas.

Crisol que  junta el agua,

 la sal y los anillos;

aceite, ceniza, mirra  e incienso

en  súplica y ofrenda.

…Y siempre una vela

alumbrando el camino

 por el que marcharon

los que nunca volvieron.

Bate la lluvia sus paredes

 y vencida en su prestante mole

resbala por la tez

de sus vertientes  rojas.

Rosa de los vientos:

al norte,  la umbría,

cobijo de fríos;

al este,  la primera luz del día

 y un recuerdo en forma de cruz

por los muertos caídos;

sur de soles, tibio resguardo de  inviernos  

 y relumbre de fuego  en los veranos.

Y al oeste, la entrada de los pecadores.

Camino  de ida y vuelta:

 al perdón,  cual hormigas

 haciendo granero,

 con la carga del pecado a cuestas

 y del perdón, con alivio ligero,

 de nuevo,  al  pecado y al yerro.

Escuela y nacionalismos.

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(Carta en el periódico HOY 18-09-2013)

Las dictaduras alienan a los  individuos a medida de sus intereses. Lo mismo consiguen uniformados  de gris blandiendo  al aire un librito en la mano que pecheras azules o verde oliva  con  entorchados, galones,  chatarrería y oropel diverso. La parafernalia de banderas, desfiles, símbolos  y saludos es el ropaje exterior que completa y da forma a la demagogia y a la manipulación.

Son casos extremos por todos conocidos en la historia. Las consignas, las máximas,  los lemas se repiten machaconamente hasta  conseguir que la mayoría de los compatriotas haga de estas ideologías su ideal de vida.

 Con menos intensidad, en las democracias formales los grupos políticos,  sibilina o abiertamente, también quieren  inculcar sus  valores e ideas  a los ciudadanos. Lo tenemos reciente  y recurrente en nuestro país. No hay acuerdo en tan trascendental tema como la educación porque todos quieren imponer  su ideario.

¿Cuál es el campo dónde se dirime esta lucha? La escuela.  Si Arquímedes de Siracusa pedía un punto de  apoyo  para mover el mundo, el poder a través de  los gobernantes busca ese punto de apoyo  en la educación para mover a la sociedad  en la dirección de  sus intereses e ideas.

¿De dónde si no el incremento de nacionalistas en los últimos años?   Dadme la potestad de elaborar los currículos docentes y moveré a los  ciudadanos en la dirección deseada.  Lluvia “calaera”, lenta,  pero fecunda.

 

Olvido

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Devuelve a su esposa una sonrisa

confusa de inocencia y extrañeza,

ajeno al devenir de su torpeza 

y a la falta en sus horas de la prisa.

 

La tarde en el jardín se despereza

con el  soplo apacible  de la brisa, 

puzle de sombra y luz  en la camisa

y en la ausencia vital de  su cabeza.

 

Se mezclaron los tiempos en su  mente

y regresó al descuido de la  infancia,

desvalido, desatento  y dependiente.

 

Caricias aminoran su  ignorancia

y  parece volver hasta el presente:

sólo destellos desde la distancia.