La hucha.
(Carta en el periódico HOY 4-10-2013)
Cuando venía el botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente entre pajas en las angarillas, a los niños y niñas nos compraban una alcancía. Por su ranura metíamos el dinero que conseguíamos ahorrar y que destinábamos, generalmente, para los gastos de la feria del Cristo.
Pero, a veces, con un cuchillo y a escondidas, sacábamos algunas monedas para algún dispendio que se nos antojara. No debía repetirse muchas veces esta acción porque corríamos el peligro de que nos sorprendieran con las manos en el recipiente de barro o, ponderado el peso por nuestros padres, notasen la merma pecuniaria, independientemente de pasar la feria a dos velas.
Señores del gobierno, se están ustedes empicando a meter con peligrosa asiduidad el cuchillo por la ranura de la hucha de las pensiones. Quizás no haya más remedio, pero me temo que de seguir así pronto veremos el fondo y pasaremos la feria con las manos en los bolsillos, silbando en cualquier esquina.
Maquillaje de muertos.
¡Qué mal sienta el maquillaje a los muertos!
¡Qué simulacro de plácido sueño
cuando no hay alborada
ni monedas de luz sobre la colcha
al tibio despertar de las mañanas!
Falsa quietud de la que no se goza.
La mueca de la muerte,
eterna y sarcástica instantánea
con el semblante exangüe,
rechaza los afeites,
colorido postizo de caretas
de un carnaval inerte.
Seminario, décima parte.
Nos despertaban los días lectivos a las seis y media y los domingos a las siete con música generalmente gregoriana o clásica. El día de la Pura del año 1967, estudiando quinto curso, empezó a sonar “El pequeño tamborilero” interpretado por Raphael. Fue una de las veces que con más alegría y diligencia me levanté. Salí al pasillo inmediatamente y allí me encontré con otros compañeros, entre ellos Luis Cañamares (q.e.d) y compartimos la alegría que nos produjo, en vísperas de Navidad, escuchar esta canción, que entonces estaba en pleno apogeo.
Antes de subir a la capilla para la meditación y la misa dejábamos las camas con las mantas y sábanas echadas hacia atrás para que se aireasen. Nunca llegué a saber con exactitud qué es lo que tenía que hacer en la meditación y cuando preguntaba a los compañeros me decían que pensar en Dios y contarle tus cosas como si fuera un amigo. El asunto es que entre la hora intempestiva y que yo no estaba por la labor, mi imaginación volaba a mi pueblo y a correrías por él, cuando no me entregaba plácidamente a un sopor somnoliento. En cuarto y quinto curso pensé que esa hora podía emplearla en leer historias más amenas y decidí forrar libros para que no se vieran las pastas y llevármelos a la capilla.. Mientras mis colegas de al lado entornaban los ojos con sus meditaciones religiosas o leyendo el evangelio, yo me refugiaba en las historias de esos libros. Claro que esto no duró mucho pues uno de los vecinos de banco, que después me enteré quién fue, pero no voy a decir, le fue con el cuento al prefecto. Un día me llamó por medio del delegado de curso a su cuarto. Fue directamente al grano, preguntándome en qué textos buscaba la inspiración para mis meditaciones.
No fue este el único episodio con mis lecturas. En mi camarilla, en lugar de estudiar los latines y los griegos, también me dedicaba a leer novelas que me traía de casa. No sé cómo, pero el prefecto entró un día en mi cuarto sin estar yo allí y vio sobre mi mesa “La selva”, de Louis Bromfiel y en una de las pláticas, sin decir mi nombre, dijo que había algunos disipados que en lugar de estudiar se dedicaban a leer no sólo libros que no eran de texto, sino de los que estaban en el Índice de la Iglesia como condenables. Como dijo el título del libro y el autor, recibí el impacto en silencio e intentando que no se me notara en la cara el directo a la mandíbula. Fue el principio del fin de mi estancia en el seminario.
Eurovegas fumando espera.
(Carta en el periódico HOY 27-9-2013)
Cuando yo era niño no había trabas legales para fumar en ningún local. Tan ingenuos e ignorantes éramos que fumar delante de los padres se consideraba como un espaldarazo a la mayoría de edad.
El cine atizaba el vicio lo suyo. La exuberante Sara Montiel esperaba fumando tras los alegres ventanales a su amante. A ver quién se resistía. En el cine de mi pueblo se formaba tal humareda de celtas cortos que, pongamos por caso, no se distinguía la niebla del aeropuerto de Casablanca y a Humphrey Bogart, desapareciendo entre ella del humo del viejo salón de cine.
Eurovegas espera fumando las reformas legales necesarias para instalarse en Madrid, o sea, que el humo traspase los ventanales y las volutas campen a sus anchas por las tierras de Alcorcón.
No es fácil resistirse a las insinuaciones de una cabaretera que viene con un fajo de billetes en el liguero. Ya le han hecho guiños y demostrado explícita y ardientemente deseos de bienvenida y permanencia. Le allanarán el camino con el capote del relicario para que los aros de humo asciendan lúbricos desde las mesas de juego.
Los Pedrosillos.
Este poema está inspirado en un comentario de Josefa Rangel sobre la vida de su familia en el cortijo de los Pedrosillos. Gracias.
Suena un disparo en la noche
que el aire libre de estorbos
traslada de loma en loma
de la mano de los ecos.
La aldaba del miedo bate
con los nudillos del viento
las puertas de los cortijos.
La sangre caliente cae,
silenciosa, de los pechos
sobre la tierra y la grama.
Los niños junto a la era
presienten la muerte cerca
y el odio de los gatillos
en una noche de agosto
recala en los Pedrosillos.
Seminario, novena parte.
Las pláticas eran las charlas que periódicamente nos daban los prefectos cuando ellos consideraban que había que dar un toque de atención sobre normas de comportamiento en la convivencia diaria.
Las de D. José Díez eran temibles. A este prefecto no le vi nunca pegar a nadie, pero su presencia, sus gafas ahumadas, su voz, su expresión de casi permanente enfado, imponían. A veces, cuando te acercabas a decirle algo con la voz que casi no te salía del cuerpo y estaba de malas te soltaba con un vozarrón: “¡Ehhhh!” “¡Cómooo!”. De tal manera que cuando le repetías lo que tenías que decirle las palabras salían de la boca liadas y tartamudeadas.
Para las pláticas nos reunía al atardecer a toda la comunidad, generalmente, en el salón de actos cuando el asunto era de enjundia y requería un marco solemne. Sin nombrar a nadie, escondidas sus referencias tras el pronombre “algunos” iba desgranando su retahíla de llamadas al orden. Después nosotros le íbamos poniendo nombre y cara a los que pensábamos que se había referido.
En cuarto y quinto dormíamos en camarillas independientes y completas porque a las de tercero les faltaba el techo y la de los Sagrados Corazones tenían sólo los tabiques laterales. Los dormitorios de los Gramáticos, como ya he dicho, eran corridos. Las de quinto estaban dedicadas cada una a un santo, eran las de construcción más reciente y los nombres eran los señalados por los benefactores. A mí me tocó la de San Antonio. En estas camarillas dormíamos y estudiábamos, o sea, que consumíamos la mayor parte de del tiempo dentro de ellas. Los cursos inferiores tenían su tiempo de estudio en un lugar común.
El cuarto del Prefecto D. José Díez estaba en la misma planta que los dormitorios de los de quinto, pero no en el mismo pasillo, sino en una estancia que se comunicaba con éste por una puerta. Cuando durante las horas de estudio necesitábamos salir o bien al aseo o a consultar algo con otro compañero y nos lo encontrábamos en el pasillo con su mole inmensa, negra y con sus gafas oscuras nos coartaba tanto, por lo menos a mí, que hasta se nos olvidaba a lo que habíamos salido, en unos casos nos dirigíamos al servicio, pues estaba mal visto que fuésemos a la camarilla de un compañero, pero si no había más remedio había que dejar la puerta abierta mientras se permanecía dentro. Otras veces nos dábamos media vuelta sobre nuestros pasos y nos metíamos de nuevo dentro de nuestra camarilla. Por las mañanas después el desayuno abría el periódico “HOY” y allí permanecía leyéndolo en el pasillo hasta que se quedaba todo en silencio y él se retiraba a su cuarto. Muchas veces abríamos la puerta con mucho cuidado y por la rendija comprobábamos si todavía estaba por allí. Si lo veíamos metíamos otra vez la cabeza dentro, como los lagartos.
Tengo que decir que se portó conmigo extraordinariamente una vez que le comuniqué mi decisión de abandonar los estudios eclesiásticos y cuando tuve que ir a examinarme de quinto, pues me salí en Semana Santa, todo fueron facilidades.
La última vez que lo vi fue en Segura de León, en el entierro de don Fernando Maya. Me dirigí a él. De pronto no me reconoció, pero al decirle que era de Ahillones y referirle algunas cosas más se alegró y estuvimos comentando cosas de aquel tiempo ya tan lejano.
La torre y la iglesia de Ahillones.
Este trabajo lo presenté para la revista de la feria de Ahillones de este año. Estaba en prosa, pero aquí me he permitido presentarlo en verso con ligeras variaciones.
La torre es la paleta
do la luz prueba pinceles dorados,
donde los vientos juegan
a morder la cola a la veleta.
Otrora, sus campanas convocaron
desde los bordes de la aurora
a sigilosas sombras negras
con manteos y velo.
Dieron las vísperas al mediodía
– a las dos en invierno,
a las tres en verano-.
Fundieron tonos grises
al toque de oración
y alertaron de fuegos en los campos.
Dobles de entierro que no oyen los muertos
se van dando tumbos de pared en pared,
como borrachos ahítos de vino
en busca de olvido
hasta los campos abiertos,
a posarse en las tierras de los huertos,
alondras negras,
que dejan posos de tristeza
en los velos del aire.
Por Pascua, repiques de gloria.
Encuentros, procesión y alabarderos.
Azul cielo, verdes praderas,
Rosquillas, bollas, primavera,
margaritas nuevas por los campos
y en los púberes pechos
de mocitas bellas.
Tibias auras carmesíes
en delicadas mejillas .
Bautizo, comunión y casamiento.
Toda una vida reglada
por metálicos tañidos.
No hay fiesta sin campanas
ni difunto sin responso.
Su reloj cansado de toques perdidos
paró sus manillas
en los negros valles de la noche,
cuando todas las horas son la una repetida
y sólo quedan sus estelas,
temblando en los huecos del silencio.
Hacia la iglesia confluyen
calles de los cuatro vientos:
Mesones, Cuatro Esquinas,
Real y Valverdejo.
Otra cruz en el suelo.
Cuerpo de piedra y corazón de bronce,
melódicas olas mecen
cantos de gloria, dolor o aflicción
mezclados con incienso
en su nave central,
y escalan sus muros
hasta las polícromas vidrieras.
Referencia, faro y guía.
Cigüeñas, vencejos, aviones,
saetas de negros chillidos
en mañanas claras y en tardes serenas.
Crisol que junta el agua,
la sal y los anillos;
aceite, ceniza, mirra e incienso
en súplica y ofrenda.
…Y siempre una vela
alumbrando el camino
por el que marcharon
los que nunca volvieron.
Bate la lluvia sus paredes
y vencida en su prestante mole
resbala por la tez
de sus vertientes rojas.
Rosa de los vientos:
al norte, la umbría,
cobijo de fríos;
al este, la primera luz del día
y un recuerdo en forma de cruz
por los muertos caídos;
sur de soles, tibio resguardo de inviernos
y relumbre de fuego en los veranos.
Y al oeste, la entrada de los pecadores.
Camino de ida y vuelta:
al perdón, cual hormigas
haciendo granero,
con la carga del pecado a cuestas
y del perdón, con alivio ligero,
de nuevo, al pecado y al yerro.
Escuela y nacionalismos.
(Carta en el periódico HOY 18-09-2013)
Las dictaduras alienan a los individuos a medida de sus intereses. Lo mismo consiguen uniformados de gris blandiendo al aire un librito en la mano que pecheras azules o verde oliva con entorchados, galones, chatarrería y oropel diverso. La parafernalia de banderas, desfiles, símbolos y saludos es el ropaje exterior que completa y da forma a la demagogia y a la manipulación.
Son casos extremos por todos conocidos en la historia. Las consignas, las máximas, los lemas se repiten machaconamente hasta conseguir que la mayoría de los compatriotas haga de estas ideologías su ideal de vida.
Con menos intensidad, en las democracias formales los grupos políticos, sibilina o abiertamente, también quieren inculcar sus valores e ideas a los ciudadanos. Lo tenemos reciente y recurrente en nuestro país. No hay acuerdo en tan trascendental tema como la educación porque todos quieren imponer su ideario.
¿Cuál es el campo dónde se dirime esta lucha? La escuela. Si Arquímedes de Siracusa pedía un punto de apoyo para mover el mundo, el poder a través de los gobernantes busca ese punto de apoyo en la educación para mover a la sociedad en la dirección de sus intereses e ideas.
¿De dónde si no el incremento de nacionalistas en los últimos años? Dadme la potestad de elaborar los currículos docentes y moveré a los ciudadanos en la dirección deseada. Lluvia “calaera”, lenta, pero fecunda.
Olvido










