De compras.

 faro

Aquí en el Faro esperando

 a que acaben las mujeres

 sus labores mercaderes

 de tienda en tienda comprando.

 Hay otros más aguardando

 con caras de sufridores

 al pie de los surtidores

 de la fuente iluminada.

 ¡Ya está la espera acabada!

 piensas cuando con sudores

 las ves  de lejos venir   

 hasta las cejas cargadas

 con marchas aceleradas.  

 Te volviste a confundir  

 si  ese fue tu discurrir

 al ver de pronto su vuelta.

 Se debe a dejada y  suelta

 de una primigenia  entrega

 para seguir en la brega

 con disposición  resuelta.

 

Permanencia.

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Como la adolescencia es tan viva

parece que la vida es siempre nueva.

¡El resplandor  azul de aquellos ojos

entre el verde frescor de las espigas!

 

Su corazón de par en par abierto,

sin límites de afecto y de cariño,

puro, como la nieve en la cumbre

y la mirada limpia de los niños.

 

Ya no tiene la luz el mismo brillo

ni el aura tibia  de las alamedas 

mueve igual las  hojas en la tarde,

 

pero  siguen conmigo, como entonces,

detenidos en el tiempo su  belleza

y el  mar de sus ojos insondables. 

 

La cita

muerte

La muerte tiene citas

de ciertas  asistencias

y de inseguras fechas.

Completa y larga lista

que pocos tienen prisas

por  acortar esperas.

Pacientes que reclaman

adelantar el turno,

es cierto que hay alguno

a quien el mal lacera.

Sin esperar llamada,

abruptamente,  otros,

precipitan llegada.

El resto  no acelera

y no le importa  olvido

de cita  tan certera.

Reinventarse

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Como si naciera  de nuevo en  cada instante

quiero  estar siempre empezando,

volver al principio de todos los procesos,

a la  inocencia de  la nieve  no pisada.

Sentir  el placer  del primer beso,

salir con el sol de  cada día

y recorrer con la  brisa  las mañanas nuevas.

Volver al manantial origen de la  fuente,

a la primera mirada enamorada,

al suspiro del deseo adolescente.

Regresar a la raíz

de todos los impulsos,

a la ilusión desnuda,

al brillo  de los ojos asombrados

del niño descubriendo los misterios.

Y al mismo tiempo envejecer,

sin ataduras, como resbala la arena en el cristal.

Ser siempre yo mismo, consecuente y libre,

firme,  la cara  contra el viento. 

Niños, príncipes y princesas.

corona

Os enseñarán, gráciles niños y niñas,  que por mor de la genética alcanzáis el principado, las artificiosas  formas del ceremonial protocolario que a tan alto estado corresponden.

Ahormarán vuestros impulsos espontáneos con  arneses  de palacio. Vuestras caras tendrán la  sonrisa programada para el acto  y vuestras manos mostrarán  cinco lobitos al viento del aplauso.

Os llamarán altezas y ante vos inclinarán cabezas y doblarán rodillas y espinazos. Viviréis en  una burbuja  de cristal, de Bohemia quizás, del más selecto y caro, pero jaula al fin y al cabo.

Enjambres de zumbones moscardones libarán vuestra compaña  buscando el  relumbre social o los favores, pero  vuestra infancia  volará  con  señuelos amarillos sin haber tocado el suelo. No os hará falta nada, pero vais  a perder mucho de  lo que a los niños de vuestra edad les corresponde: el juego en la calle, las pandillas plurales… No sabréis distinguir el saludo sincero del fingido, la amistad de la simple compañía. 

Una  corte de adulones  os rodeará  y perderéis el contacto con la vida real, aunque las vuestras sean más regaladas. Con todo,  no os  creáis dioses  ni ungidos por altísimos designios por tantos parabienes porque el dolor y el sufrimiento no reparan en coronas y la muerte no esquiva a las realezas. Un consejo,  si nos es permitido a los plebeyos,  no subáis  muy alto, que desde allí son más fuertes los porrazos.

Chaqué y pamela.

chaqué

(Como estamos en verano

toquemos temas livianos.

Que quede  bien aclarado:

que cada cual aparezca

en este teatro humano

como a su gusto apetezca.

Ya cuentan con mi respeto,

expresado de antemano ) 

La clase plebeya emula

las modas   de la nobleza

llevando con galanura

sus usanzas y  grandezas.

Van las guapas damiselas

con pamelas a la inglesa

plenas de gracia y lindura

de los pies a la cabeza.

Con no menos compostura

de pingüinos las  chaquetas

o de chaqué vestidura

van los varones  con percha.

Para que no falte altura

la gomina en la cabeza

coronando sus figuras.

¡Qué prestancia y qué majeza!

Si en  modas de tanta  alcurnia               

además de vestimenta

se compartiera fortuna

no habría tanta diferencia

surgida desde la cuna.

La señora Carmen.

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Comentaba la señora Carmen mientras  cosía a la luz de una  farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta  el salón de su casa, la  pena que debía darles  a los ricos morirse.

Su marido  había sido guardia  de asalto  y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que  cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios.  Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.

La señora Carmen  vivía  con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.

Coincidimos allí  un curso mi cuñado Antonio,  Pelayo, estudiante de peritaje,  que era de Oliva de la Frontera y  Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de  abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.

La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que  echábamos muchos ratos de charla.

Prudentemente la señora Carmen no hablaba  mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba  que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando  consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados  todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”. 

Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces,  me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.

El amor y los candados.

candados

“El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero”, escribió don Ramón Gómez de la Serna, y  se suele testimoniar cuando está en su cenit con regalos y símbolos para que  quede constancia de que Cupido   unió dos  corazones con las flechas de su aljaba

Pero el dios del amor  lleva los ojos vendados y no asegura la permanencia de la pasión. Llega el desamor y los regalos se tornan huéspedes incómodos. Unos se tiran: “el clavel que me diste lo tiré al pozo…” y de otros se pide su devolución: “devuélveme  el rosario de mi madre…”

“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, (Pablo Neruda).  Tan corto que algunos símbolos  de la promesa  ya caduca perduran más, como el tatuaje en la piel  o  el candado atado a un puente. Son como las  estrellas que vemos brillar mucho tiempo después de haberse apagado.

Quevedo pudo ser el precursor involuntario de esta moda: “el amor  es una libertad encarcelada”,  porque  el amor, liviano de peso y tornadizo, sólo encarcela mientras dura. Lo que queda  preso es el símbolo del juramento o la promesa.

En lugar tan romántico como  el Pont des Arts  sobre el Sena parisiense  el peso de los candados  puede tumbar sus  barandillas. Si no hubiesen tirado las llaves al fondo del río, seguro que el peso sería más soportable.

Nos oxidamos.

oxido

Como a un hierro tirado en la maleza

el transcurrir  del tiempo nos oxida,

no de  amarillo anaranjado,

sino de níveo albor

en coronada testa acumulado.

Ese es el resumen  de la vida

y la razón de todas las arrugas.

El tiempo,  haciendo de las suyas,

desgasta las rodillas

y  forja corcovadas  gibas.

Física y química aplicadas

en nuestros cuerpos  pasajeros, 

desde la luz del primer día

hasta  el rastro que la escarcha deja

del hierro en la hierba señalado.

Amelia.

libroviejo

 

Para Antonio Solano y Sonsoles Vidal,  hallador y  sabueso tenaz, respectivamente.

Cuando un escritor  publica una obra, ésta escapa  a su control. Ya no es suya. Los sentimientos  y las sensaciones que la  inspiraron se  recrean en cada lector de forma distinta.

Se expanden como aroma de jazmín de otoño  después de haber llovido y se multiplican como  la imagen en un espejo roto. Pasan los ejemplares  de mano en mano con desigual suerte. Algunos quedan olvidados  en los anaqueles de las librerías, depositarios de polvos que sólo de tarde en tarde serán removidos. Dispar fortuna de la vida impresa, olvido y quizás algún maltrato para otros.

Sólo los ejemplares afortunados  llegan a disfrutar  los mimos y cuidados de un espíritu sensible.

Una mujer, de probables  costumbres solitarias y tal vez de  aparente vida monótona, fue dejando en el regocijo de su intimidad  a impulsos de corazón y lápiz,  fechas, citas, confidencias y comentarios en los ribetes blancos de las páginas de un libro, estableciendo una especial relación con el autor a través de su obra.

Muchos años después en un puesto de venta callejera un amante  de libros antiguos   adquiere el ejemplar y descubre sorprendido   la relación idealizada   de la lectora con su autor  a través de estas cálidas anotaciones.

Fue,  quizás,  platónica querencia, pasión rumiada  en los renglones sugerentes de la lectura en el rincón favorito de su casa.  Sentimientos  guardados como  flor seca  entre sus páginas que en su día reconfortaron su corazón solitario y volvieron a la luz para gozo y deleite de quienes lo compartimos. La evocación volvía a recrearse en cada uno de nosotros.