Camino de Berlanga.
Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas, tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término geográfico del pueblo y se desplazaban a Berlanga.
Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio, el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.
Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o alambres. Para que los pantalones no se trabaran o mancharan con la grasa de la cadena se los sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.
Por la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso a los posibles intrusos que querían colarse sin pagar.
Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.
Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado, de cercanía. Al poco divisábamos las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado con discrecional fantasía.
Mis manos.
La vida es una gota de lluvia
que irremediablemente resbala
hacia el junquillo del cristal.
Cercano ya el final del recorrido,
¿qué queda entre mis manos
de aquellos puños rosas de algodón
trazando garabatos en la escuela?
Fueron mi primer amarre a la vida
en el puerto seguro de mis padres,
las de las presas de arena
en los regatos de la calle,
las que buscaban lagartijas
en el sol de las roquedas,
las de mimos y caricias.
Sellaron tratos de palabra honrada,
alisaron cabellos
y consolaron llantos.
También hirieron
y demandan perdón.
¿Qué fue de tantos soles
y tantas sementeras,
de las ubérrimas cosechas,
de la besana y los graneros?
¿Qué queda de su tacto en tu cintura,
de la pasión del sexo adolescente,
de las andanzas por tu piel desnuda,
lomas y valles placenteros,
senos de amor, goce y ternura?
Sólo quedan durezas
donde antes hubo espigas.
Un capital entre los dedos
se fue por sus rendijas
dilapidando riquezas y afectos.
Al ofertorio final, nada llevo,
cáliz vacío de viejos sarmientos.
Está dispuesto el cuerpo a la partida,
mis manos van conmigo.
Por ellas pasó, cual agua entre tejas,
todo lo vivido.
Espera
(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)
De la humilde casa donde habita
tiene en la pared por cabecera
la talla de una virgen de madera
y un vaso con aceite y lamparilla.
Vacilante llama en la penumbra
que bate el aire de tristezas amarillas.
La madre espera, suspirando anhelos,
el regreso del hijo a su consuelo.
Está lejos, allá en tierra extranjera,
pan y sudor bajo otro cielo.
La vida pasa en el pueblo detrás de su ventana
como cine ajeno de siluetas
que van a sus afanes.
Lento discurrir de horas calladas:
sombra y luz en monótona alternancia
y un rosario de cuentas desgastadas.
De vez en cuando mira,
ojos de acerado brillo,
la foto del hijo sobre el anaquel del alma.
Reencuentro en el Seminario.
Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado la imagen que guardabas de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error. Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos del ayer y del presente en un instante.
Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente reparados y conservados, pero casi vacíos de internos aspirantes al sacerdocio.
Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…
Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas de los domingos, olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.
El silencio y la palabra se turnaban al compás de los toques de campana del patio de las columnas, recogida hoy la cadena y sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando las vivencias de una etapa de nuestras vidas que hoy nos ha salido al encuentro para unirse a la memoria de estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.
José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo, siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.
Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece a quien lo otorga.
Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.
Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió Pablo Neruda.
Hinchas.
Vocifera furioso e indignado,
rayo y trueno en unísono estallido,
que más que voz y grito es un berrido
de rabioso bejín descontrolado.
Ares, irascible y encrespado
en campo de batalla enardecido
quedara a la nada convertido
por la enorme furia de su enfado.
¿Es humano tamaño personaje?
¿Llegó del cielo en forma de castigo?
¿Se comprende en un ser tanto coraje?
Acierte de quién hablo si le digo
que fue por una falta en arbitraje
pitada a favor del enemigo.
El gusto es mío.
En nuestras relaciones sociales recurrimos a frases hechas, tópicos, latiguillos, que son fichas ya elaboradas por el uso común repetitivo ante situaciones similares.
Así en los pésames por fallecimientos utilizamos: “en paz descanse” o “le acompaño en su sentimiento” o “siento mucho su disgusto”, etc.
Nos evitan tener que caldearnos la cabeza pensando en ser originales cuando ya disponemos de estos comodines que nos ayudan a solventar sin más dificultades la situación.
“Salud para criarlo” les decimos a los recientes padres, que nos responden complacidos “y tú que lo veas”.
En mi pueblo cuando alguien se acercaba a la puerta de la calle con la intención de ser recibido, gritaba desde el umbral: “¿Quién vive?” La respuesta que venía de dentro no podía ser más lógica: “Quien no muere”.
Podríamos añadir muchas más en variadas situaciones que todos conocemos: “Sí quiere comer” y su réplica, “que aproveche” cuando en visita un tanto inoportuna nos hemos presentado en mitad del yantar ajeno.
Con las redes sociales –facebook- se ha generalizado el “ME GUSTA”, que se ha convertido en la muletilla digital por antonomasia. Además de significar que te guste la foto, el texto o la ocurrencia del autor, se utiliza para que quede constancia de que has visto lo expuesto, como un cumplido parecido al rutinario “buenos días”. A cada respuesta recibida en un hilo que has iniciado le añadimos como rúbrica el consabido “me gusta”, no porque necesariamente te guste la respuesta que han hecho a tu colaboración, sino como agradecimiento cortés por haber participado en él.
El verbo gustar y su familia de palabras es de las más prolíficas y utilizadas en diversos contextos sociales fuera de la red.
“El gusto es mío”, “esa chica me gusta”, “qué poco gusto tiene para vestir”, “qué gustoso está ese niño”, “¿te gusta, Pepi?”, “pues yo creo que tú le gustas a ella”, en la ya lejana pavera adolescente …. De los cincos sentidos, el del gusto ha traspasado sus predios y se ha extendido a los demás. No sólo nos gusta la comida (sabor) sino una película (vista), una canción (oído), tocar una piel ajena (tacto), el olor de una flor (olfato) y por supuesto el compendio místico y síntesis de todos: “¡Qué gusto!”
Yo le propondría a los dueños de facebook que para diluir y descargar de tanta responsabilidad a esa monocorde cantinela, añadiera otro opción para responder al “me gusta”: “EL GUSTO ES MÍO”.
Libre.
¿Y tú qué miras
con esa cara estreñía,
censor careto de bigote tieso
y alma de beatería?
¿Qué te espanta?
¿Mi albedrío?
¿Mi actitud iconoclasta?
No quiero seguir la farsa
del impersonal gentío.
Hollar los mismos caminos
de rutinas trasnochadas.
Para vosotros el polvo,
yo quiero el río,
el agua clara,
el albur de la corriente,
la intemperie,
el azar imprevisto.
Con Espronceda voy
en su bajel libertario,
cara al viento
y toda la mar conmigo.
Otro derroche.
(Carta en el periódico HOY 9-5-2014)










