Dignidad.

alamoluz

 

Las chaquetas de pana,

los  jerséis  a las espaldas

con cruzadas mangas sobre el pecho,

el aire fresco del spot abriendo las ventanas

al son de sugerente  musiquilla…

¿En qué ropero de Armani están colgados?

Para desprestigiar y meter miedo

usan ahora la revolución bolivariana…

No es eso ¿compañero?, ¿camarada?

Eso, disculpen, es andarse por las ramas.

Lo que la gente pide es un futuro

de justicia y pan para sus hijos,

esa que dicen que es distributiva.

Y lo que detesta son ladrones y canallas.

No se escondan detrás de supuestas libertades.

Yo  tampoco quiero dictaduras,

pero la primera condición

es la dignidad de las personas.

Camino de Berlanga.

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Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas,  tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término  geográfico del pueblo y  se desplazaban a Berlanga.

Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio,  el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.

Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o  alambres. Para que los pantalones no se  trabaran  o mancharan con la grasa de la cadena se los  sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.

Por  la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso  a los posibles intrusos que querían colarse  sin pagar.

Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.

Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo  que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado,  de cercanía. Al poco divisábamos  las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas  exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado  con  discrecional fantasía.

Mis manos.

manos abiertas

La vida es  una gota  de lluvia

que irremediablemente  resbala

hacia  el junquillo del cristal.

Cercano  ya el final del recorrido,

¿qué queda entre mis manos

de aquellos puños rosas de algodón

trazando garabatos en la escuela?

Fueron mi primer amarre a la vida

en el puerto seguro de mis padres,

las de las presas de arena

en los regatos de la calle,

las que buscaban lagartijas

en el  sol de las roquedas,

las de mimos  y caricias.

Sellaron tratos de palabra honrada,

alisaron cabellos

y consolaron llantos.

También hirieron

y demandan  perdón.

¿Qué fue de tantos soles

y tantas sementeras,

de las  ubérrimas cosechas,

de la besana y los graneros?

¿Qué queda de su tacto en tu cintura,

de la pasión del sexo adolescente,

de las  andanzas por tu piel desnuda,

lomas y  valles placenteros,

senos de amor, goce y  ternura?

Sólo quedan durezas

donde  antes hubo  espigas.

Un capital  entre  los dedos

se fue por sus rendijas

dilapidando riquezas  y afectos.

Al ofertorio final, nada llevo,

cáliz vacío de viejos sarmientos.

Está dispuesto el cuerpo  a la partida,

mis manos van conmigo.

Por ellas pasó, cual agua entre tejas,

todo lo vivido.

Espera

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(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)

De la humilde casa donde habita

tiene en la pared  por cabecera

la talla de una virgen de madera

y un vaso con aceite y lamparilla.

Vacilante llama en la penumbra

que bate el aire de tristezas  amarillas.

La madre espera, suspirando anhelos,

el regreso del hijo   a su consuelo.

Está lejos, allá en tierra extranjera,

pan y sudor bajo otro cielo.

La vida  pasa en el pueblo detrás de su ventana

como cine ajeno  de siluetas

que van a sus afanes.

Lento discurrir de horas  calladas:

sombra y luz en monótona  alternancia

y un rosario de cuentas desgastadas.

De vez en cuando mira,

ojos de  acerado brillo,

la  foto del hijo sobre el anaquel del alma.

 

Reencuentro en el Seminario.

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Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los  niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado   la  imagen  que guardabas  de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error.  Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un  nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos  del ayer y del presente en un instante.

Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente  reparados y conservados, pero casi vacíos de  internos aspirantes al sacerdocio.  

Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas  noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…

Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas  de los domingos,  olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.

El silencio y la palabra  se turnaban al compás de los toques de  campana del patio de las columnas, recogida  hoy la cadena y  sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando  las vivencias de  una etapa de nuestras vidas que hoy  nos ha salido al encuentro para unirse  a la memoria de  estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.

José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo,  siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.

Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece  a quien lo otorga.

Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra   “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.

Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día  nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió  Pablo Neruda. 

Hinchas.

hinchas

Vocifera   furioso  e indignado,

rayo y trueno en unísono estallido,

que más que voz y grito es un berrido

de rabioso bejín descontrolado.

 

Ares, irascible y encrespado

en campo de batalla enardecido

quedara a la nada  convertido

por la enorme furia  de su  enfado.

 

¿Es humano tamaño personaje?

¿Llegó  del  cielo en forma de castigo?

¿Se comprende  en un ser tanto coraje?

 

Acierte de quién hablo si le digo 

que fue por una falta  en arbitraje

pitada a favor del enemigo.

El gusto es mío.

me gusta

En nuestras  relaciones sociales  recurrimos  a frases hechas, tópicos, latiguillos, que son  fichas ya elaboradas por el uso común repetitivo ante situaciones similares.

Así en los pésames por fallecimientos utilizamos: “en paz descanse” o “le acompaño en su sentimiento” o  “siento mucho su disgusto”, etc.

Nos evitan tener que caldearnos  la cabeza pensando en ser originales cuando ya disponemos de estos comodines  que nos ayudan a solventar sin más dificultades la situación.

“Salud para criarlo” les decimos a los recientes padres, que nos responden complacidos “y tú que lo veas”.

 En mi pueblo  cuando alguien se acercaba a la puerta de la calle con la intención de ser recibido, gritaba desde el umbral: “¿Quién vive?” La respuesta que venía de dentro no podía ser más lógica: “Quien no muere”.

Podríamos añadir muchas más en variadas situaciones  que todos conocemos:  “Sí quiere comer” y su réplica, “que aproveche” cuando en visita un tanto inoportuna nos hemos presentado en mitad del yantar ajeno.

Con las redes sociales –facebook- se ha generalizado el  “ME GUSTA”, que se ha convertido en la muletilla digital por antonomasia. Además de significar que te guste la foto, el texto o la ocurrencia del autor,  se utiliza para que quede constancia de que  has visto lo expuesto, como un cumplido parecido al rutinario “buenos días”.  A cada respuesta recibida en un hilo que has iniciado le añadimos como rúbrica el consabido “me gusta”, no porque necesariamente te guste la respuesta que han hecho a tu colaboración,  sino como agradecimiento cortés por haber participado en él.

El verbo gustar y su familia de palabras es de las más prolíficas y utilizadas en diversos contextos sociales fuera de la red.

“El gusto es mío”, “esa chica me gusta”, “qué poco gusto tiene para vestir”, “qué gustoso está ese niño”, “¿te gusta, Pepi?”, “pues yo creo que tú le gustas a ella”, en la ya lejana pavera adolescente …. De los cincos sentidos, el del gusto ha traspasado sus predios y se ha extendido a  los demás. No sólo nos gusta la comida (sabor) sino una película (vista), una canción (oído),  tocar una piel ajena (tacto),  el olor de una flor (olfato) y por supuesto el compendio  místico y síntesis de todos: “¡Qué gusto!” 

Yo le propondría a los dueños de facebook que para diluir y descargar de tanta responsabilidad a  esa monocorde cantinela, añadiera otro opción para responder al “me gusta”:  “EL GUSTO ES MÍO”.

Libre.

libre

¿Y tú qué miras

con esa cara estreñía,

censor careto de bigote tieso

y alma de beatería?

¿Qué te espanta?

¿Mi albedrío?

¿Mi actitud iconoclasta?

No quiero seguir la farsa

del  impersonal gentío.

Hollar los mismos  caminos

de rutinas  trasnochadas.

Para vosotros el polvo, 

yo quiero el río,

el agua clara,

el albur de la corriente,

la intemperie,

el azar imprevisto.

Con Espronceda  voy

en su bajel libertario,

cara al viento

y toda la mar conmigo.

Otro derroche.

 

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(Carta en el periódico HOY 9-5-2014)

En mi pueblo había un albañil de limitados recursos técnicos que era contratado por los vecinos para  pequeños arreglos y desconchones.

Refería y se quejaba  en charlas con los amigos a la hora del “fondo” (esa con vino y viandas  compartidos) de los pocos maestros de albañilería que quedaban en el pueblo, incluyéndose él entre ellos, por supuesto.

Alguna vez  la obra exigía más destreza y oficio que los que su bagaje profesional abarcaba.  Su picardía intentaba solventar estos gajes de manera más o menos acertada.

Un  caso concreto que refiere la memoria popular fue cuando terminada una pared de dimensiones que sobrepasaban  el acervo de sus conocimientos, llegó la hora de decírselo al dueño de la casa para  cobrar. Pero a la pared, en el momento que se alejaba de ella, le entraba un tembleque que hacía peligrar su verticalidad. Así que  le dijo al peón: “Sujeta la pared que yo voy a hablar  con el dueño y mientras esté aquí con él no te desvíes”. Así se hizo, pero no habían traspuesto la primera esquina de la calle cuando la las leyes de la gravedad y equilibrio hicieron que ladrillos y mezcla fresca encontraran acomodo en el suelo.

El tramo más costoso del AVE, los túneles de Pajares, sigue sin ser abierto al tránsito ferroviario después de terminadas las obras. Las distintas administraciones se echan recíprocamente las culpas y los técnicos, a los que se les supone elevada cualificación, no habían previsto la magnitud del desaguisado.

El dueño, que es el Estado a través de Adif, y por consiguiente todos nosotros, no hemos llegado a ver, salvo alguna primera piedra electoralista, inaugurado el trayecto. El tramo  sufre deslizamientos y filtraciones. El coste se ha triplicado desde el inicialmente previsto hasta los 3.200 millones de euros, la minucia de 60 millones de euros por kilómetro. De forma colateral, después de perforar veinte acuíferos,  la obra  ha originado un trasvase oculto de agua  de León a Asturias  de 300 litros por segundo, que maldita la gracia que les hace a los ganaderos del norte de León.

 El albañil de mi pueblo no le echaba al peón la culpa de su impericia, pero ignoro qué solución hubiese hallado para disimular las filtraciones mientras iba a cobrar. 

La altivez y las malas compañías.

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Pensé yo  que sería timidez

ese ademán distante  y engreído

al pasar a mi lado tan crecido

con modales y gestos de altivez.

 

Tal vez  un trauma cruel en su niñez

lo llevaba a mostrarse envanecido

y  era sólo un fracaso  no asumido

transmutado en profunda estupidez.

 

Por fin el tiempo esclareció el  dilema

cuando observé  qué trato dispensaba

a individuos de lustre y oropel.

 

No era trauma ni  apócope el problema:

creía que su merma  compensaba

compartiendo amistad  de alto nivel.

 

Quizás eso pensaba,

pero  deberían ustedes ver

el ganado con el que se juntaba.