Confesión.
(Pintura de Raimundo Madrazo)
Uno, que estudió el catecismo, recuerda los pasos para una buena confesión. Eran estos:
1º Examen de conciencia.
2º Dolor de corazón.
3º Propósito de enmienda.
4º Decir los pecados al confesor.
5º Cumplir la penitencia.
Haciendo un símil con la confesión religiosa, los políticos, cargos públicos o institucionales de cualquier ideología (?) que sean culpables de los latrocinios que están aflorando como setas en otoño, deben rendir cuentas ante la ciudadanía, a quienes se deben y no a sus partidos. Lo han hecho algunos por la responsabilidad y culpa que tienen al haber designado para cargos de confianza a estos presuntos delincuentes. Han empezado el proceso por el dolor de corazón, que nos decían debe ser sincero y no fingido. Poniéndonos los ciudadanos como sufridores de los saqueos más que como confesores hemos escuchado, tarde y parcialmente, lo que era evidente y palmario porque ha salido a la luz pública y no tenían más remedio que hacerlo. Trabajo les está costando.
Se acepta, pero está incompleto. Los pecados, en la terminología cristiana, hay que mencionarlos, especificarlos y no ocultar ninguno. A nosotros nos preguntaban de jovenzuelos: ¿Cuántas veces? ¿Solo o acompañado?
Deben hacer examen de conciencia, suponiendo la existencia de ésta. No es necesario concentrarse en el oscuro rincón de ninguna iglesia para aflorarlos. Están a la vista.
El dolor debe ser sincero por el daño que hayan podido ocasionar a los ciudadanos y a las instituciones, no por la temida pérdida de votos.
El propósito de enmienda, duradero, que no se esfume con la finalización de los próximos comicios. Ya conocemos el grado de cumplimiento de muchas promesas.
Y lo más importante, cumplir la penitencia. Según la doctrina cristiana, no es suficiente sólo decir los pecados en caso de robo, sino que hay que restituir lo sustraído. Aquí los espero.
Agua y fuego.
Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.
Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.
Los dos arroyos que pasan por Ahillones confluyen un poco más allá de las escuelas. Son conocidos como el primero y el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles. Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio. El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.
¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego, oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?
Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.
Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción, la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.
Licencia para vivir.
Fotografía de Marga Durán.
(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)
Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los posíos de las fincas donde pastan las ovejas los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.
Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.
He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.
La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.
Nubes pasajeras.
Pasan dispersas las nubes delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes y veneros. Vaciaban y regresaban después cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del Pencón, llegaban las más copiosas. Recostado esta noche en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja salta la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto y clarean como arterias de alpaca los caminos que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo…
¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj trocee su marcha con las tijeras del tictac!
Retratistas
Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones
El retratista llegaba al pueblo con el trípode, la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado, empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior por allá, y cuando todo estaba listo metía la cabeza debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.
Entonces hacerse una foto tenía su ceremonial y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar, sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.
Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones. Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque de la cámara y el fotógrafo, que convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…
Funcionarios.
(Carta en el periódico HOY 3-8-2014)









