Publicado en el periódico HOY el viernes 29 en la sección Raíces.
La radio siempre acompaña. Incluso en estos tiempos de internet sigue ocupando un lugar en nuestras vidas. Se puede escuchar sin dejar de hacer otras tareas en la cocina, en el taller, en el coche o colgada de un olivo. No sustrae la vista de ocupación u oficio.
Antes, sin televisiones ni redes sociales, su predominio era mayor. Hubo programas que marcaron época y dejaron huella. “Ustedes son formidables”, con Alberto Oliveras, voz cálida y persuasiva en la noche que, con el fondo musical de la sinfonía del “Nuevo Mundo”, tocaba el corazón de los oyentes para solicitar su colaboración en casos humanitarios. El veinticinco de noviembre del año 1961 se desbordó el arroyo Tamarguillo, un aprendiz de río al que se le hincharon las narices y que con desaforado ímpetu rompió un dique de contención e inundó Sevilla. El programa, en una edición especial, consiguió recaudar tres millones de pesetas, cantidad considerable en aquellos tiempos.
También se escuchaba radio Andorra. “Aquí radio Andorra, emisora del principado de Andorra”. Emitían discos dedicados a petición del público, moda extendida entonces por muchas emisoras. Los jueves difundían un espacio llamado “Rinomicine le busca”, patrocinado por este medicamento. Lo presentaba Enrique Rubio, precursor de Paco Lobatón, que intentaba, con la colaboración de la policía, encontrar a gente desaparecida. Consiguió reunir a muchos niños con sus padres separados durante la guerra civil.
La “Pirenaica, creada por el P.C.E, como medio de oposición al régimen de Franco, emitía desde fuera de España y se escuchaba con el volumen al mínimo, con muchas interferencias y con el cerrojo de la puerta bien echado por razones obvias. Al menor ruido en la calle se apagaba. Había mucho miedo todavía.
Los domingos por la tarde la palma se la llevaba “Carrusel Deportivo”. Era director Vicente Marco y animaba Joaquín Prat. La mágica finta que quebraba la cintura de un fornido defensa en la frontal del área de castigo, el regate seco, el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la Saeta Rubia, el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el césped de la Romareda, el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo desde el Bernabeu…
Íbamos del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, sin movernos del resguardo de la solana, del calor de la camilla, o paseando en las tardes apacibles por el ejido del pueblo. Todos los estadios a nuestro alcance desde el asiento reservado en el voladizo sonoro de la fantasía. Un espectáculo alentado por las voces exultantes de los comentaristas que nos describían con un lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros héroes. Las tardes de los domingos, con todos los partidos casi a la misma hora, la radio se convertía para los aficionados al fútbol en parte fundamental de su asueto, animado por el continuo vaivén de resultados en los estadios.
Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.
En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos y días de tibio sol. La lluvia se anuncia con sus escuderos, que llegan del poniente con forma de vellones de lana. “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”. Preceden a las nubes espesas y cerradas, que descargan copiosas. En las calles de tierra la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos. Los hombres aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a fraguas y carpinterías donde conversan entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y cambios de viento en la veleta de la torre. Por las tardes juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto tras los visillos de las ventanas.
Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces, los ruidos del temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.
A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia corta la penumbra de las casas.
Los hombres hacen corrillos en el ejido. Observan la orilla y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen bardas y el viento no ha girado hacia arriba la lluvia seguirá, aseguran quienes generación tras generación están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio de lluvia es escuchar el silbido del tren desde Fuente del Arco, que queda en dirección suroeste.
Otros días del invierno son fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro, que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo. En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El pueblo despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.
Publicado ayer en el periódico HOY, sección Raíces.
Hasta comienzos de los años sesenta no empezaron a llegar los primeros televisores a los pueblos. Este hecho cambió paulatina y radicalmente las costumbres familiares y las relaciones en los bares. Si toreaba “El Cordobés” se abandonaban las eras por dos horas y los labradores se venían a los locales del pueblo a ver la corrida. Las pocas casas que tenían televisor se convirtieron en salas de teatro de vecindad para ver ” Estudio 1″.
Anteriormente, cuando los miembros de la familia nos sentábamos en la mesa nos mirábamos de frente porque nada reclamaba nuestra atención visual en otro sitio. La pantalla creó después monedas de perfil, vivos retratos que se repetían cada noche. Imagen que tomo de Lorca en Antoñito el Camborio.
En invierno nos acostábamos pronto. Cuando se encendían las luces de la calle nos recogíamos en nuestras casas después de haber jugado toda la tarde y nos sentábamos al brasero. Si había temporales o el viento silbaba por cables y cornisas la luz tomaba las de Villadiego. El tendido eléctrico no aguantaba esos aspavientos de la naturaleza. El remedio para la fuga eran quinqués, velas y candiles. Había que tenerlos siempre a mano. Las calles estaban escasas de bombillas y abundantes de barro y charcos cuando llovía. Los que tenían que salir de casa por necesidad alumbraban sus pasos con linternas para evitar meter los pies donde no debían, cosa que no siempre era posible. Los niños nos embelesábamos con las charlas de los mayores. A veces llegaban visitas, rito y costumbre social de pésames y parabienes de nuestros pueblos. Nunca faltaban temas de conversación y las mujeres, principalmente, enlazaban unos temas con otros con asombrosa versatilidad.
En la mesita con paño de encaje estaba la radio que asemejaba el chiflo del afilador cuando movíamos el dial buscando emisoras. Sonaban anuncios con música pegadiza, como la de aquel negrito del África tropical o el que nunca iba a ninguna parte sin llevar la pastilla en el bolsillo.
Algunas noches nos contaban cuentos los mayores. Sentíamos por los de miedo atracción y temor al mismo tiempo, pero la intriga nos vencía y los pedíamos. Los ojos eran agujeros negros que todo lo absorbían asombrados y medrosos. Tenía mi padre la costumbre de preguntar después de contar alguno que quién iba a subir al “doblao” a por los garbanzos para el cocido del día siguiente. De tripas hice corazón y algunas veces subía, pero otras entregué las armas y el bagaje del valor y me negaba. ¡Para qué les cuentas esas cosas a los niños!
Jugábamos también al parchís. Escaleras azules, rojas verdes y amarillas hasta el trono central. Cuando nos cansábamos le dábamos la vuelta al tablero y la oca nos conducía entre cárceles, pozos y tiro porque me toca hacia el triunfo.
No sabíamos, cuando se empezó a hablar del bingo en las urbes y a gastarse la gente los cuartos en los salones, que nosotros, los niños de entonces, ya conocíamos ese juego de bolas y cartones , aunque con otro nombre. Se llamaba lotería.
A mediodía pasa el cartero. Las esposas de los emigrantes esperan tras la puerta entornada que les traiga las cartas con bordes de rayas oblicuas azules y rojas con noticias de sus maridos.
Cada mes reciben también el aviso del giro postal que les sirve para mantener a la familia.
En los pueblos hay poco trabajo. Sólo el estacional en tiempos de sementera, recolección, escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas y los artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es una salida a la que agarrarse para mejorar la situación.
Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.
Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos las encargadas de realizar los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes. Badajoz es el lugar a donde deben dirigirse para un primer reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y son llamados posteriormente para emprender la marcha a sus puntos de destino. Los viajes desde sus pueblos hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren hasta los lugares de trabajo, corren por cuenta de las empresas contratantes. Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en barracones acondicionados donde disponen de una cocina para cada cuatro o cinco personas.
“Era duro dejar a la mujer y a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas los más pequeños no te reconocían y extrañaban tus brazos”, me cuenta uno de los que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía por penoso que fuese, pero dejarlos aquí tan pequeños me echaba el alma a los pies”.
Una vez al año vuelven de vacaciones. Las noticias e impresiones que refieren a amigos y familiares alientan o desaniman a otros que dudan si emprender o no el camino de la emigración.
Hay quienes se llevan a sus mujeres y a sus hijos. “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”.
Muchos vuelven a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa al País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian o encuentran trabajo en los lugares a donde se han ido. Allí encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron sus abuelos y del que tantas historias les contaban de su infancia y mocedad.
Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes
El prefecto nos recomendaba hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien. Así que en los días anteriores a las mismas nos dedicábamos con gran regocijo a su confección, más por recrearnos mentalmente en el disfrute que preveíamos que en los beneficios organizativos que pudiera depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía y otro por si hacía sol.
Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos, a los que no íbamos desde octubre y añorábamos constantemente.
Distribuíamos las horas entre paseos en bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas, rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y lecturas, por indicación imperativa del superior. Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas a las circunstancias sobrevenidas y que no eran otras que dilatar el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o en la de algún amigo. Íbamos al ejido con azadón y cuchillo para recortar y extraer “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos de hierba con sus raíces. Buscábamos el papel de plata que traían las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel de celofán rojo para la lumbre alrededor de la que pasaban la noche los pastores.
Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas de nuestro tiempo adolescente.
Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches, el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino de la tierra para los mayores. Postres sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”, a base de agua, harina, canela, leche y azúcar que las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.
Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y las entrañables horas al brasero para llegar al mármol frío y la humedad de los pasillos era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos niños.
En la maleta llevábamos las manos de nuestras madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo en los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.
Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos y rememorando con los paisanos vivencias recientemente compartidas en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.
Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles trazábamos una raya con lápiz o con tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos caligrafía el envite podía ocasionar que la hoja se llenara de manchas de tinta, porque entonces la usábamos con plumilla para este fin. La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en la parte superior. Cada día el alumno encargado los llenaba..
Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro escribía en el encerado la muestra y nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los trazos cercanos al arte del dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada. Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas. Cuando el maestro nos calificaba con “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre mostrándola a los compañeros con gran satisfacción. Sentí que la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.
Las cuentas las hacíamos en una pizarra pequeña e individual donde escribíamos con pizarrín blanco, redondo y duro. El borrador consistía en un retazo de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva. En caso de pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba por la manga del jersey que después frotábamos con el pantalón para difuminar la mancha de tiza.
Cayeron en desuso la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas. La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.
Después de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos, cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez, llegó el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las lecturas. En los cursos superiores la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba con las efemérides conmemorativas de personajes y hechos afines a la causa vencedora de la incivil contienda.
Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación que dábamos en Ahillones a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.
Eran días especiales y el maestro sabía que en esas fechas tan señaladas faltábamos a la escuela. Cuando pasaba lista los compañeros confirmaban escuetamente el motivo de la ausencia: “Está de matanza”.
La noche anterior el ajo machacado, el pan rebanado y las tripas en remojo habían tirado las salvas olorosas del inicio del acontecimiento.
Hacer que entre un cochino en una casa requiere más astucia que fuerza, salvo aquel caso referido como chanza en que un cerril mozo, enojado y sudoroso tras bregar inútilmente después de múltiples intentos, le espetó al obstinado animal: “A conocimiento me ganarás, pero a cojones no” y a rastras lo llevó hasta el corral con todas las fuerzas que su enojo enardecía. Nada mejor para guiarlo que hacer sonar unas pocas de bellotas dentro de medio almud.
A las matanzas se invitaba a los familiares más allegados y al novio y a la novia de los hijos cuando las relaciones ya estaban formalizadas. Acto social recíproco que estrechaba lazos y compartía tareas. Las había que por tradición se reservaban para las novias, como las del llenado de la chacina. La futura familia política procuraba aliviar a los pretendientes de los trabajos más penosos.
Unos días después de terminar las faenas se enviaba a los invitados como agradecimiento y cortesía un pequeño lote de productos de la matanza, que por aquí llaman caldillo.
Al lado de la candela había siempre cubas o cántaros con agua caliente para lavarse las manos el matarife, la matancera y los ayudantes y para la limpieza de orejas, patas, rabo, pestorejo y tripas del cerdo. Los hombres, por lo general, hacían los trabajos que requerían más fuerza. Las mujeres los de destreza y habilidad. Y organizar, porque eran ellas las que distribuían tiempos, lugares y funciones.
No tenían mucho reposo la botella de aguardiente y las perrunillas en las primeras horas del día.
A media mañana se comían migas con aceitunas, ajos, sardinas y vino.
La matanza solía durar dos días, dejando que reposara la carne ya aliñada en artesas y lebrillos para llenar al día siguiente.
El momento de las “probaíllas” era especialmente esperado. Todos opinábamos del punto de sal, pimienta y pimentón de chorizos, morcillas y salchichones. Exquisiteces que degustábamos fritas con un poco de pan.
No existe animal más difamado que los cerdos en sus nombres (puercos, marranos, cochinos, guarros) ni más ensalzado por el gusto de sus carnes.
En hileras negras, rojas y marrones quedaba en ordenada formación la chacina durante el invierno. Los jamones y tocinos cubiertos de sal y los huesos y costillas adobados y colgados en varas. Los productos de la matanza eran la base de la alimentación. La comida más habitual, casi diaria, era el cocido con tan suculentos complementos.
Muchas noches de invierno cenábamos presas de lomo, hígado y magro, conservadas en manteca y calentadas para que soltaran la pringue.
Mención aparte merecen las mañanas con los tejados cubiertos de escarcha, sentados al lado de la lumbre y untando tostadas con manteca “colorá”.
(Publicado ayer en el periódico HOY en mi columna Raíces.)
Algunas costumbres han supuesto una carga y un castigo para quienes las hubieron de observar presionados por una sociedad de mentalidad pacata y agobiante que basaba su identidad en preservar lo que de siempre habían hecho sus antepasados, sin más atisbo de razonamiento.
Si a una mocita se le moría un familiar en su juventud no sólo sufría la pena por la ausencia del ser querido, sino la condena de su clausura y el corsé de los ropajes negros de los lutos sobre su cuerpo.
Federico García Lorca describió magistralmente en la Casa de Bernarda Alba esa situación de angustia y encierro. Reflejaba una tradición profundamente arraigada en nuestros pueblos que mustió y cercenó la flor de la mocedad de muchas mujeres porque los hombres, al tener que salir a trabajar fuera de casa, cumplían los lutos con una franja negra en la manga de la chaqueta, el revestimiento de un botón o un pico negro en la solapa.
Mujeres hubo que encadenaron por la desgracia de muertes próximas en el tiempo dos o tres lutos seguidos y cuando terminaron de cumplir con todos la lozanía se les había escapado por las rendijas de la puerta.
Las primeras semanas las amigas más cercanas hacían los recados de las enlutadas para evitar que salieran a la calle. Dentro de la casa una procesión de sombras silenciosas vagaba por las habitaciones haciendo los quehaceres. Si el primer año tenían que salir por obligaciones ineludibles se cubrían la cabeza con el velo y sobre las espaldas el manto. De estas vestimentas se iban desprendiendo poco a poco, por etapas, como crisálidas en mutación. Primero dejaban el manto y usaban sólo el velo. Posteriormente vestían sin los dos complementos, pero con trajes negros. La última fase abría una celosía a la esperanza con las pintas blancas del medio luto, celdillas de panales por donde comenzaba a entrar la luz o quizás por dónde se asomaba la vida que bullía en sus cuerpos jóvenes, privados de bailes, fiestas y romerías bajo la opresión de tradiciones y rutinas y la no menos agobiante abrazadera del respeto humano que constreñía sus conductas a la aquiescencia de estrictos censores. Rémoras de las que las nuevas generaciones afortunadamente se han desembarazado.
Los lutos eran una clausura de angustias con suspiros hondos tras los visillos de las ventanas. Veían pasar la vida entre rezos de rosarios con la compañía de las vecinas que acudían a la caída de la tarde a acompañar a las dolientes. Un murmullo de abejas iba desgranando plegarias y rogando por el alma de los muertos en la penumbra de la sala. Después, reinaba el silencio, pespunteado sólo por el monótono tictac del reloj que seguía impasible carcomiendo las sienes del tiempo.
Cuando la losa de los lutos se quitaba de encima descubrían que la vida seguía fuera bullendo por las calles. En muchas ocasiones ya era tarde para unirse al cortejo que había pasado por sus puertas tocando el pífano y el tambor de la primavera.
Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.
Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún una aspiración insatisfecha en muchos de nuestros pueblos. El agua que había en las casas era la tranquila y oscura que reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se usaba para riego, limpieza y dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…” Sólo las rastras buscando algo molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”. Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos la elevaban al brocal.
La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que todavía perduran en los ejidos del pueblo.
Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y cinchar a estos nobles animales que tantos servicios han prestado en tiempos pasados.
Con ellos aprendimos a montar y correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a que nuestra insensatez y osadía adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.
(Fotografía de Montehermoso)
Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base de esfuerzo y tesón. Cargaban un cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.
Las fuentes eran lugares de conversación sobre las novedades del pueblo mientras se aguardaba turno para llenar y también, junto a los pozos, inspiración de poetas y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho por los regajos ribeteados de juncos.
Las cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros, que curiosamente muchos también usaban como monedero donde dejar la calderilla que sobraba de los mandados. El uso y el tiempo labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases de los cántaros. La parte anterior de madera, donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma arqueada de sus cuerpos.
También se disponía en las casas de una tinaja donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una tapadera de madera, sobre la cual solía haber un cazo para sacarla.
Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y trabajos de la historia de los pueblos.
La cosecha de aceitunas para aceite era penosa por la climatología y por las condiciones de trabajo. Se vareaban los olivos y se recogían de la tierra manualmente y de rodillas entre los surcos endurecidos por las heladas o embarrados por la lluvia. Para aliviar el frío y desentumecer las manos hacían candelas cerca del tajo. Ahora son máquinas las que zarandean a los olivos, que con estremecidos estertores sueltan el fruto sobre una especie de paraguas invertido, como una antena parabólica que observara el cosmos y tras los temblores se le precipitara el universo encima. Las que están caídas se amontonan con aire a presión sobre la tierra allanada por rulos.
Antes de coger las aceitunas destinadas al aceite se verdea para el aderezo. Unas pocas se seleccionan para consumo propio en las tres modalidades de preparación: machacadas, sajadas y del año. Ya se verdea bastante menos. Cuando era más intensa esta modalidad hacían falta cuadrillas numerosas para las casas grandes y muchos años había que recurrir a los pueblos vecinos para completarlas.
Algunos estudiantes, faltos de otros ingresos, aprovechábamos estos jornales para nuestros gastos durante el curso.
Cada aceitunero se colgaba al cuello un capacho de goma, que por aquí llaman macaco. Se ordeñaban las ramas procurando que las aceitunas cayeran en él. Cuando estaba más que mediado se vaciaba en una sera común para cada grupo. A la primera que al principio de la jornada se echaba en el remolque se le llamaba “la moza” y había una competencia entre los grupos-de tres o cuatro personas por olivo- por ver cuál era el primero que lo conseguía. El logro se voceaba para que los demás se enteraran.
La primera vez que fui al verdeo me llamó la atención que al poco tiempo de haber empezado a trabajar el manijero dio la voz de parar para el almuerzo, esa comida que hace la gente del campo y que puede equipararse con el café de media mañana de ciertos trabajadores urbanos, pero bastante más consistente. Como desconocía esta costumbre me pareció pronto, ya que había desayunado hacía poco en casa. Así que en días posteriores sólo tomaba el café para tener hambre a la hora de almorzar.
La labor en el tajo se acompañaba de amenas conversaciones. Los temas eran variados. Se comentaban las novedades que habían ocurrido o historias antiguas del pueblo. Enriquecía las charlas el hecho de que en cada grupo se mezclaban personas mayores y jóvenes. Estos se encargaban del banco, una especie de escalera de tijeras. Era pesado de mover y había que subirse en él para alcanzar la parte alta de los olivos. Los de mayor edad se encargaban de coger las bajeras. Cuando en las charlas se abordaban algunas cuestiones, que por haber ropa tendida pudieran rozar la indiscreción, se bajaba la voz al referirlos. Querencias, rencillas, amores desairados, orígenes de capitales venidos a más o a menos… y las malditas guerra y posguerra que tanta huella descarnada dejaron y de las que todavía se hablaba con miedo.