Juegos de niñas.

muñecas

 

Había algunos juegos  a los que sólo jugaban las niñas.  Si a algunos  varones se les ocurría participar en ellos los demás compañeros los “afurreaban” y los tildaban de mariquitas. A ellas también las criticaban  si  se atrevían con juegos que eran considerados de niños. No tenían nada de extraño estos comportamientos  en  un sistema social, político, educativo y religioso que reservaba  a las mujeres el papel de buenas amas de casa, esposas obedientes y madres sacrificadas. Una prepotencia masculina que limitaba y condicionaba la libertad de las mujeres. Pasaban  estas, matrimonio mediante, de la tutela paterna a la marital sin solución de continuidad. Hasta para disponer de sus bienes precisaban autorización y firmas de padres o maridos.  No hay  nada más que leer manifiestos de la fundadora de la Sección Femenina que se divulgaban por medio del obligatorio Servicio Social que impartía la Sección Femenina en sus cátedras ambulantes para darse cuenta del concepto de mujer ideal que imperaba en los años cincuenta y sesenta y    las funciones que se esperaban de ellas en la sociedad.
escuelaantigua (2)
En las escuelas existían  aulas diferenciadas por sexos. En el caso de mi pueblo hasta usaban edificios distintos. Los maestros daban clases a los  varones  y las maestras a las hembras.  Había una materia específica  en los programas educativos destinada a las niñas: Labores femeninas.  En un cabás, que por aquí  llamábamos   “cabal”, llevaban los bártulos  para bordar y coser.  Pasaban las tardes  que les tocaba esta materia   haciendo punto de cruz o bordando bajo la dirección de la maestra.
Entre sus actividades lúdicas  estaba jugar a las casitas. Distribuían dependencias con cartones que conseguían en los comercios y  asignaban a los espacios mobiliario y enseres en miniatura que les habían echado los Reyes. 
Las muñecas eran entonces muy simples, de cartón o de goma. Después vinieron las que cerraban los ojos al tenderlas y las  que emitían un ruido que quería asemejar al llanto mediante un artilugio que traían en la barriga. Las peinaban, las vestían, las acunaban y velaban su sueño en la cuna.
Los recortables eran otros  de sus juegos y aficiones. Sobre la silueta de una persona, normalmente niña o mujer,  colocaban prendas de  distintos diseños, formas y colores, doblando unas lengüetas sobre su parte trasera. Así conseguían los más  variados modelos para las diferentes ocasiones de vida social o trabajo.   
El tejo o truque era otro juego mayoritariamente practicado por las niñas, pero que no tenía un componente tan sexista y en ocasiones era compartido por los niños. Se dibujaban unos rectángulos en el suelo coronados por un semicírculo al final que llamábamos  “piquín”. Consistía en pasar la rayuela a pie cojito por todos ellos sin pisar las rayas que los delimitaban. Quienes conseguían realizar el recorrido  completo elegían uno de los rectángulos y lo dibujaba artísticamente. Era  la señal de propiedad. Allí nadie sin su permiso podía entrar a partir de entonces. Había que evitarlo con la rayuela y con el pie.
 No sospechaba  entonces aquella sociedad pacata y compartimentada que de los varones  en un futuro no lejano iban a surgir  excelentes cocineros, modistos y decoradores,  precisamente en aquellas  profesiones cuya imitación en los juegos  nos era afeada por una mala  y sesgada educación.   

Sementera

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

Fotografía de Juan Sevilla  https://www.flickr.com/photos/juaninda/

 Los veía regresar del campo cuando pasaban por la Plazuela en los anochecidos de otoño. Venían montados a mujeriega sobre las mulas, que andaban cabeceando con paso lento y cansado. Volvían a casa  después  de haber estado de sol a sol realizando las labores de la siembra.  En otro animal  traían atados  los aperos de labranza, el yugo y el arado. Sobre sus hombros, capotes negros  de hule  impermeabilizados con alquitrán  para resguardarse de la lluvia. A las bestias para protegerlas del frío las enmantaban, cubriéndoles  lomo y grupa.  Los charcos y los regajillos que formaba la lluvia reflejaban las tenues luces de la calle. Los animales después de un día de duro trabajo  buscaban el calor tibio de las cuadras y los labriegos el descanso y la comida caliente del día.

  Se sembraba entonces a mano. La simiente al hombro en un saco doblado que caía por delante y por detrás, cosido por  la boca y por la base en  uno de sus extremos. Se le llamaba collera, como al collar de cuero o lona que se les ponía a las caballerías para que no les hiciera daño el horcate.

Puerto Seguro

Fotos de Puerto Seguro, en la comarca del Campo de Argañán, pertenece al partido judicial de Ciudad Rodrigo, en la frontera con Portugal.

 La reja del arado volteaba la tierra y de los surcos recién abiertos emanaba por la mañana temprano un vaho tibio, producto del calor acumulado durante  el verano y de las primeras lluvias otoñales. Los pájaros revoloteaban detrás buscando lombrices desenterradas. 

 Había leído yo el poema de Juan Ramón Jiménez, “Octubre”: “Lento, el arado, paralelamente/abría el haza oscura, y la sencilla/ mano abierta dejaba la semilla/en su entraña partida honradamente”. El poeta expresa el deseo de hacer de su corazón simiente contemplando las tareas de sementera “echado en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla”. La realidad era menos poética. El labrador inclinaba su cuerpo sobre la mancera  para que la reja y el escoplo  profundizaran en la tierra  lo que su fuerza alcanzara y al mismo tiempo guiaba y arreaba a la caballería. Había que abrir las besanas y trazar con la maestría que da el oficio y la experiencia los surcos derechos. Al tiro, una yunta de mulas, el que las tenía, porque en eso había clases, según haciendas. De varias  reatas de las casas de abolengo al asno solitario en las más humildes. Si eran dos los trabajadores, uno araba y el otro iba detrás sembrando. Si era uno sólo el trabajador paraba tras  arar cada amelga  y después esparcía el grano a voleo. Decían entonces que “quién no sembró por san Andrés, agua con él”. Los temporales de otoño atollaban a las bestias  y anegaban los terrenos labrantíos. Había que espabilar, pues la sementera con aquellos arreos duraba bastante más que ahora.  Por primavera se habían preparado  los barbechos para que a la hora de la siembra no estuvieran apelmazados y demasiado  duros: “Mayo llegó y aró quien aró”.

 Si Juan Ramón Jiménez quiso echar su corazón a los surcos para ver si “la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno” hubo quienes abonaron con su  sudor esos surcos en unos tiempos de mucho trabajo y poco pan  para que las generaciones venideras tuviéramos una vida mejor. Sirvan estas líneas como reconocimiento  agradecido a su memoria y a su esfuerzo.

Bolindres

JUGANDO A LOS BOLINDRES (10) IIIIIIIIIIIIIIII

Tenía  yo una bolsa donde guardaba  un capital redondo, con jerarquías de calidades, redondeces y tamaños. Los bolos,  la infantería, numerosos y sufridos; los bombos,  sargentos de mediana clase y abultadas barrigas. Las élites eran chinas, de pulida superficie y contrastada dureza. La bolsa me la hicieron después de haber agujereado los bolsillos de varios pantalones. Y es que había días en que  el azar  colmaba  la capacidad y resistencia de las faltriqueras. Palabra esta, por cierto,  a la que nuestro diccionario asigna las dos acepciones: el bolsillo de las prendas de vestir que yo rompía y  la bolsa de tela que me hicieron, que  se ata a la cintura y se lleva colgando bajo la vestimenta  para guardar bagatelas.

 Los bolindres nuevos  los comprábamos  en las tiendas. Después se convertían en  moneda de cambio  y material de trueque, menos el preferido, el que teníamos hecho a nuestra maña de tiros. No entraba en tratos ni intercambios. Era como la piedra de las catapultas que formaban nuestras manos con personal estilo y originales engarces de dedos.  La forma de tirar formaba parte de nuestra identidad,  una  firma a ras de tierra.  

 images

La más corriente, el dedo meñique de una mano  apoyado en el suelo y el pulgar hacia  arriba, como midiendo una cuarta hacia el cielo. Este pulgar coronaba y servía de apoyo.  El bolo sujeto entre el pulgar de la otra mano y el dedo  corazón, que era el que lanzaba,   pero había más  variantes, casi tantas como formas de coger el lápiz en la escuela.

 La materia prima de los bolos y los  bombos  era el  barro, cocido y pintado con un barniz que duraba poco por la vida rastrera que les dábamos.  Para calibrar su redondez los poníamos en la palma de la mano, alargando el brazo,  y a  ojo guiñado de buen cubero, dictaminábamos valía.  Los más redondos eran los más apreciados.

 Aquellos que denominábamos  chinas eran de piedra pulida y los más caros. Mucho después  llegaron los de cristal con figuritas dentro. Algunos había de níquel procedentes de rodamientos, pero estos  escaseaban.

 Cerca de las paredes jugábamos al  gua. Para establecer el orden del juego cada uno  lanzaba su bolo hacia  una raya. Era primero quien más se aproximaba. Desde allí se iniciaba una estrategia de acercamiento, sin descuidar la retaguardia porque había tiradores de certera puntería. La unidad de medida era la cuarta. Mientras no se fallara no se perdía vez.

canicas_psm

 Otro juego era el  triángulo.  En algunos pueblos hacían un redondel o  un cuadrado. Consistía en  dibujarlos  en el suelo y poner dentro bolindres o dinero. Los ganaban quienes iban sacándolos  fuera de esa especie de presidio tirándoles con otros bolos. Había que procurar que con el que  se tiraba no quedase dentro. En este, como en  todos, cada pueblo  tenía su vocabulario de localismos para las diversas modalidades e incidencias.

 El agujero, que llamábamos por aquí “rarra”, servía también para otros juegos, como lanzar un puñado de bolindres. El tirador ganaba los que caían dentro. Los más avispados  se jugaban en ellos los  cuartos.  Ya lo describía Luis Chamizo: “Hay riñas de gallos/en las resolanas de la corraleras/y en el altozano, junt’a los ceviles/unos zagalones se juegan las perras”.

 

La luz

SMA_3021blog
El electricista pasaba al anochecer  encendiendo las luces de la calle. Lo hacía juntando  con un palo largo los interruptores de palanca que había a trechos.  Al alba hacía el mismo recorrido desconectándolos.
 La corriente eléctrica  llegaba al pueblo por caminos de jícaras y palos procedente de  la Eléctrica Berlangueña, pequeña empresa que suministraba fluido a varias poblaciones  cercanas.
 Cuando aumentaba el consumo por la noche  se utilizaban  elevadores  de tensión, con  agujeros y una  clavija  que  cambiábamos manualmente  según se necesitase subir o bajar el voltaje.
 En otoño e invierno era frecuente  que nos quedásemos a oscuras  si soplaba el viento o llovía con fuerza. Empezaba la luz a palidecer y a temblar, como si preparase un estornudo oscuro. 
“Se ha debido de caer un palo”.
 Otras veces  era una fase la que tomaba las de Villadiego y quedaba la mitad del pueblo a oscuras y la otra mitad con iluminación muy tenue.
f700x390-77373_116391_31
 Uno de aquellos  años  se quemó el generador y estuvimos tres meses sin fluido. Gastos en velas, petróleo para el quinqué o aceite para el candil. Las lamparillas de  los santos cumplían una doble  función: la de  luz de emergencia y la de cumplir con devociones.
 Las noches que había cine disminuía la luminosidad en las casas del pueblo. Quedaban teñidas de amarillo macilento  mientras duraba la proyección de la película, como si la máquina  sorbiese el fluido  por los cables. Sabíamos cuando terminaba la función   por el aumento del resplandor. Ya no tardarían en regresar los que fueron a ver la película. Algunas bombillas y aparatos  pagaban peaje por  esos  altibajos.
 Las luces de la calle  nos han acompañado en muchas de nuestras vivencias infantiles y juveniles.  Ya les cantaba Carlos  Gardel: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi destino. Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor…”  Colgaban las bombillas de brazos metálicos en forma de ele al albur de las inclemencias del tiempo.    
IMG_1448
 Iluminaron nuestros juegos y charlas  de niño con su  manto redondo de desvalida claridad sobre nosotros. Decían que a algunos  novios no les gustaba su iluminación  cuando llevaban  a las novias a casa. Les tiraban piedras para romperlas. Así pelaban  la pava a oscuras. No había muchos puntos de luz. Uno en cada esquina y en las calles más largas otro en el medio. 
 Testigos  de nuestros regresos  a intempestivas horas de alguna francachela o ferias de otros pueblos.
  La adolescencia se añora  cuando se pierde- ¡quién  volviera a aquellos años!- sin acordarnos  de que es  un tiempo  convulso e inestable, de intensos y variables afectos,  en que también se sufre. Nos acompañaron alguna noche de desasosiego. Allí estaba esa farola donde los amigos nos reuníamos  para hablar de amores y desengaños en la madrugada  después de una noche de fiesta. Esa que guiaba   los pasos diligentes de  mujeres enlutadas al anochecido y a los labriegos de andar presuroso  en la alborada.  Cortejada por  mosquitos  y salamanquesas  cazadoras fue cómplice de furtivos amores y de los  primeros  besos pubescentes. Sólo ofrecía su débil luz y el afilado silbo del viento entre  sus hierros retorcidos, pero  alguna compañía daba  su presencia.

Bodas

The-Village-Wedding-1B5471

(“Boda en el pueblo”, Sir Luke Fildes)

Las  invitaciones   para las bodas las hacían  los padres de los contrayentes visitando a los elegidos   con  bastante  antelación.  La noche anterior al enlace pasaba de nuevo  algún familiar  para comunicar la hora exacta de la ceremonia. Si era una mocita soltera  pasarían  a recogerla para que no fuera sola. 

El día de la boda cada invitado acudía a la casa correspondiente. El novio con su séquito y del brazo de la madrina  se dirigía a donde estaba la novia. Allí se juntaban los dos grupos y enfilaban  hacia la iglesia con la novia y el padrino encabezando la comitiva. Al aire repiques de campanas y en las esquinas curiosos.

Las comidas y libaciones   se realizaban en las casas de las  respectivas familias. Primero en la de la novia y después en la del novio.

Un familiar femenino repartía perrunillas, magdalenas y “mimos” (pequeños merengues). Detrás pasaba un varón con la bandeja, las copas y la botella de aguardiente.  A cada pasada se le llamaba mano y la importancia de la boda se calificaba por  su número. Al empezar la ronda voceaban: “Esta  por parte de la madrina, esta por parte del padrino…”

Los repartidores tenían un centro de logística que solía ser la cocina y de allí salían para el reparto. A medida que avanzaba el agasajo aumentaba la bulla y el melote. Se usaban las mismas copas,  que se llenaban  hasta rebosar cada vez que se vaciaban.

Los niños ajenos al convite  esperaban en la puerta a que algún conocido les diera un dulce, siempre que el donante ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunas dulzainas en un pañuelo o en el bolso para familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

Los jóvenes jugaban y bailaban en corros.

“¿Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…?” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

tumblr_o3qls0XpwF1qfcut3o1_1280

“La gallina ciega”, Francisco de Goya.

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja. Iban saliendo por invitación de la pareja  anterior al centro del corro. El varón invitaba a una hembra  y ella a un varón. Un lenguaje de preferencias que  no pasaba desapercibido a quienes presentían noviazgos. Con las manos al cuadril y enfrente uno del otro movían la cintura alternativamente a derecha e izquierda al son de las coplas, cogiéndose las manos al cruzarse en el centro.

Al día siguiente era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. ¡Vaya horitas! Allí  invitaban a dulces  y aguardiente de nuevo. También agasajaban  a los vecinos a cuyas casas se dirigían los flamantes esposos.

Ese día había baile durante toda la jornada.

Al llegar la noche se dejaba entrar  a los que no estaban invitados, pero  debían abandonar el baile cuando los músicos entonaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los de la boda.

 Mucho han cambiado los usos  y costumbres desde entonces. Ahora las invitaciones llevan un  número de cuenta bancaria y  los banquetes son pantagruélicos  derroches  que dejan las arcas en tenguerengue. 

Velatorios

 blogger-image--746234360
Hasta no hace mucho tiempo a los muertos se les velaba en sus casas. Y si era posible que el enfermo terminal muriera  en la cama donde  pasó tantas horas de su vida, unas buenas, otras cavilando y otras malas. Una leve satisfacción ante  lo irremediable.
 Era  profundamente emotiva la salida  hacia la eternidad  en el ataúd llevado por amigos y parientes   por la puerta que   cruzó tantas veces   cuando vivir  era afán y rutina de plácidos días. Momento que exteriorizaba el dolor y el llanto.
 Cuando empecé a dar pésames y asistir a cumplimientos  para iniciarme en los ritos y costumbres que te introducen en la sociedad adulta recuerdo que entraba en las casas  mirando de reojo al lugar donde tenían al cadáver con esa curiosidad morbosa que atrae y atemoriza. Mis primeras imágenes  son las llamas de las velas lanzando sombras a las paredes  de una habitación en penumbra, las manos cruzadas en el pecho del difunto  y el rezo del rosario musitado por  mujeres enlutadas.  Leía yo por aquellos tiempos a Bécquer: “La luz que en un vaso/ardía en el suelo, /al muro arrojaba/la sombra del lecho; /y entre aquella sombra/veíase a intervalos/dibujarse rígida /la forma del cuerpo”. Después, claro, llegaban las pesadillas.
Jose_Maria_Lopez_Mezquita_Velatorio_web
(El velatorio, de José María López Mezquida)
 Los vecinos desempeñaban un papel importante en  estos momentos de dolor y desconcierto que supone la muerte. Acarreaban sillas de sus casas  y se encargaban de los trámites primeros, como avisar al cura para que diera la señal, ese toque de campanas que saca a las puertas de las casas a la gente preguntando por la identidad del fallecido.
 Para  los hombres  que iban a manifestar sus condolencias  se reservaba una parte de la casa, generalmente al final de la misma, próxima al  corral y otra más, cerca de la entrada, para las mujeres.  Siendo la muerte un suceso triste siempre no eran  iguales los velatorios cuando se moría una persona joven, donde el silencio se corta,  que cuando era una persona  mayor con la vida andada,  en que hay más conformidad y relajación.
 El tiempo de permanencia en las casas de los que iban a dar el pésame y a cumplir dependía del grado de parentesco y  amistad. Pasaban la noche entera los familiares,  amigos  más allegados  y los vecinos más cercanos. Los hombres fumaban sin descanso. Se ofrecía un cigarro y se aceptaban los  de los demás. Y se hablaba de todo, referencias del muerto y temas  que caían a pelo. Cuántas cosas curiosas  escuché  en las largas noches de los duelos sobre la vida en el campo, los amores de mozos, las riñas por celos…
 Las vecinas  se encargaban de preparar la comida para los dolientes. Trajinaban  de unas casas a otras y concertaban el menú y la participación de cada una de ellas.  Cocinaban en sus domicilios y traían la comida.  Hacían una lista con los nombres de las que habían colaborado  y de aquellas que querían participar en los costos para entregarla a los deudos del difunto.Costumbre, la del prorrateo de los costos, que permanece.

La feria

 botijero

Cuando venía el  botijero de Salvatierra con su burro y su carga de botijos, barriles, tinajas, orzas y pucheros, colocados cuidadosamente  en unas angarillas especiales hechas  de palos de retama y rellenas de pasto, nos compraban una alcancía.  

 Desde ese momento  casi  todo el dinero que nos daban  iba a parar al fondo de aquella hucha ventruda. Bien que nos recordaban  la finalidad de las dádivas: “Eso para la feria”

 Por su ranura metíamos las monedas y los billetes, que entonces los había también de peseta, de dos pesetas y de duros,  o sea, de cinco pesetas.

A veces,  a escondidas de nuestros padres, poníamos la alcancía boca abajo y hurgando con un cuchillo lográbamos rescatar algunas monedas para dispendios no previstos o antojos.  No  era conveniente repetir  muchas veces esta acción porque corríamos el riesgo de ser sorprendidos  o que  notasen  la merma de peso.

broken_piggy_bank

 Con un martillo y en presencia de nuestros padres procedíamos  el día de la víspera al ritual de  romper la hucha. Las monedas y billetes quedaban sobre la mesa como un maná salido de las entrañas rojas en lugar de llovido del cielo. Nos aleccionaban de la importancia del ahorro: poco a poco se junta mucho, pero nosotros sólo pensábamos en  montarnos  en las “cunitas”, comprar bastones de caramelos, jugar a la ruleta de puntas, comer turrón y golosinas, tirar con las escopeta de plomo en el tiro pichón  y adquirir “restallaeras”, que eran como grandes cerillos de fósforo,  uñas rojas pegadas en cartón y que al frotarlas sobre el suelo chisporroteaban con estruendo. Los más osados las encerraban  en el hueco de sus  dos manos  y moviéndolas semejaban el cacareo de un gallo ronco. Aquella vorágine dilapidadora  que nuestras mentes ilusionadas  proyectaban sufría la frenada y el encauzamiento que el sentido común de nuestros padres imponía De lo contrario las ferias hubiesen durado  un día, completo y  pleno, pero rematado con cólicos, mareos y ruina total. El dinero es vuestro. Ahí está.  Nosotros os lo iremos dando poco a poco  cada día de feria.

apunte inmaculadamartín

 (Apunte de Inmaculada Martín)

En las casas todo estaba preparado para esos  días. En muchas de ellas  el lebrillo con carne  de guarrito en adobo tapado con un trapo blanco y  una gran fuente de escabeche con  gallo de corral, comidas  propias  para  la anarquía de horarios y la disparidad de  regresos de los moradores. 

 El melón más grande, la sandía más oronda y el gallo mejor criado se reservaban para entregarlo de donativo  al Ramo, tradición de Ahillones que perdura y que consiste  en un petitorio casa por casa acompañado de banda de música.

  Al día siguiente se celebraba, y se sigue celebrando, la subasta de todo lo recogido, menos el grano, que se vende. Borregos, guarros, botellas de vino, macetas,  jamones, cuadros, melones sandías, labores artesanales…   Antes se hacían lotes y se pujaba por ellos.  Ahora se compran cartas de la baraja  y le toca, con la gente formando corro, al que le corresponde el siete de espadas. Eso es para verlo.

Palabra de honor

fuente-Boy-urinating-on-a-Frog
Cuando los amigos ponían  en duda lo que otro  contaba, este recurría a un fiador de solvencia: “Palabrita del niño Jesús”, acompañando estas palabras  con un beso a sus dedos cruzados.  Otras veces se  ofrecía  el sacrificio de la propia   vida como garantía: “Que me muera si es mentira”, o  se juraba  por el padre o la madre. Recursos  que  pretendían dar certeza a lo que se afirmaba, pero que al mismo tiempo mostraban la endeble fiabilidad de quienes a ellas apelaban, quizás porque  en ocasiones anteriores  fueron   pillados en algunas mentirijillas o confundían realidad con fantasía en esas edades en que no están nítidos  los límites. 
Como tan notables   avalistas no exigían devengo inmediato ni la invocación a la parca implicaba pronto acaecimiento  estas expresiones  iban perdiendo pujanza por repeticiones vanas.  También  practicábamos  los muchachos   pactos rituales, influenciados por algunas películas en las que los protagonistas mezclaban su sangre con un corte en las muñecas. Pero como hacerse una herida voluntariamente para tal fin nos retraía, esta modalidad sólo la realizábamos ocasionalmente cuando nos hacíamos una herida a consecuencia de una caída. Era más cómodo  aprovechar  una necesidad fisiológica  para sellar amistad o establecer parentela. Orinábamos a la par y en el mismo sitio.  Por mor de esa mixtura nos convertíamos en primos o  prometíamos  eterno aprecio. Fantasías y simbolismos de nuestra etapa infantil, tan volátiles como la edad.
Los pactos a los que llegaban  las personas mayores eran más  serios.
6074153462_7beb961ee6_b
Cuando dos personas  chocaban sus manos en señal de acuerdo, lo pactado iba a misa. La  palabra dada  valía como la firma  ante notario. Iba en ello la consideración  y  el aprecio  de los demás. El apretón de manos duraba un momento, pero con él se apostaba  un  capital moral acumulado de honestidad labrada  día tras día. Romperlo suponía perder la consideración ajena y una mancha   de descrédito. Si el que lo hacía  era forastero que acudía al pueblo a comprar y vender mejor que  no volviera por aquellos lares. Se  dilapidaba un capital con un renuncio. Ser persona de palabra acreditaba integridad ante los demás y aumentaba la autoestima. La palabra cumplida era  galón que lucía en las hombreras de quienes  anteponían  su recto proceder a los cambios  por conveniencias. Cerrado un trato no  se admitían  posteriores ofertas más ventajosas, que suele suceder cuando se levanta una liebre y todos quieren cazarla. Se perdían unos cuartos, pero se ganaban  doblones de honradez. 
La  lengua  acuña expresiones que  realzan esta rectitud en el obrar, esa coherencia. Ir con la cabeza alta significa algo más que cuidar las cervicales. Es resultado de una conducta consecuente  en las ocasiones que se presentan para demostrarlo.  Andarse por derecho, ser  consecuente con lo que se dice y se hace.
 Siguen existiendo personas de una pieza, íntegras, pero quizás ha mermado  la alta estima de la  que gozaron en tiempos pasados. Están en la penumbra, eclipsados por los brillos de oropel  de los que triunfan,  aun a costa de pisar cabezas  y despreciar el honor de la palabra empeñada.

Gitanos de antes

Rafael Estrany

(“Gitanos”, pintura de  de Rafael Estrany)

 Los gitanos llegaban periódicamente  con su carromato y  sus jumentos. Se asentaban  al reguardo de los vientos del norte,  en la solana de la pared  de un huerto que hay a las afueras del pueblo, sin más licencias que la que les daba el cielo.  No traían ni lupas gigantes, ni imanes ni hielo.  Tampoco escribían en pergamino, como Melquiades, versículos en sánscrito.  Unos toldos sujetos con cuerdas a  cuatro palos  clavados en el suelo les servían de techo. La supervivencia diaria  era su  acicate, pocos anclajes los retenían demasiado tiempo en el mismo sitio. Era gente errante. Después de unos  cuantos días, cuando hacían algo de dinero o comprobaban la imposibilidad de conseguirlo, seguían su ruta sin destino fijo. «Ya se van los gitanos por los caminos y la alegre caravana, que ese es su sino». Pero yo no percibía esa alegría que canta la copla. Eran familias enteras con churumbeles que andaban por aquellos alrededores del ejido como pollos por  un corral, casi desnudos y descalzos en verano y con ropas sobradas en invierno.  Allí cocinaban, comían y dormían a la luz de una candela.

Venían al trato de compra y venta o al cambio  de burros  y mulas cuando estos animales eran complemento indispensable para las labores del campo y el acarreo. Un mulo viejo, con las orejas caídas, con muchos kilómetros de surcos en sus patas   y kilos de carga a sus espaldas  se cambiaba por uno más nuevo o se compraba si el anterior acabó  en el muladar bajo los círculos avizores que trazaban los buitres en el cielo. Había  entonces despensa abundante en las afueras de los pueblos.  Para calcular la edad de las bestias les abrían  la boca y observaban  su dentadura, donde tienen su carné de identidad. No sé si la mayoría de los compradores entendía bien   ese lenguaje de ángulos, copas, estrellas y surcos de Galvayne que  tienen los dientes de los animales.  Yo desde luego, no, pero tampoco los  compraba.

Gitanos comprando caballos web Campo de Criptana

 

 

 

 

 Me cautivaba más  el arte, el ardid, la maña, la palabrería, los desistimientos momentáneos para rebajar el precio, los tiras y aflojas,   la última oferta, el intermediario que promediaba… todo ese ceremonial que tiene el trato y que  tanto de estrategia  psicológica conlleva.

Mientras los hombres trataban de hacer clientes por garitos y solanas las mujeres pasaban por las calles, churumbeles al cuadril, solicitando alguna ayuda. Otras veces llevaban vasijas, como  peroles, jarras,  cántaros y alcuzas  de hojalata unidos por una cuerda  que intentaban vender casa por casa.

 Vara de mimbre, sombrero, traje oscuro  y  ostensible anillo de oro en un dedo llevaban  los hombres. Las mujeres,  faldas largas y algunas con unos ojos  de de profunda negrura sobre fondo blanco que hechizaban de misterio, como las pintó Julio Romero. Los  niños con ensortijados pelos, churretes por el cuerpo y cara de sueño. Todos morenos, del color del cobre viejo, curtidos por el sol y la intemperie.

 “¡Oh pena de los gitanos!/Pena limpia y siempre sola. / ¡Oh pena de cauce oculto/y madrugada remota!” (F.G.L.)

 

Saludos

buenosdías

 En los pueblos pequeños  la relación entre vecinos se lubrica con cumplimientos y saludos. Las visitas al anochecer para felicitar por algún acontecimiento venturoso o para  renovar  condolencias por  adversidades son frecuentes entre familias que intercambian este tipo de observancias. “Les debemos o nos deben visita”, o “con esa gente no tenemos visita” son expresiones pertinentes  a ese uso social.    

 De salutaciones hay tantos tonos, tantos  modos,  dejos y tan variadas fórmulas  que de ellos pueden deducirse estados de ánimo, tiranteces  o intensidades de relación. Así, un adiós puede convertirse en rosa o dardo, dependiendo del tono  displicente o afectivo.

  El tiempo es  tema recurrente  para  romper el hielo del encuentro. Son habituales las muletillas, un grado más de confianza que el pelado y solo adiós: “¿Ya vas?” “¿Ahora vienes?” “Vamos allá”… Ascendiendo en la escala de cordialidad  se pregunta por el padre,  la madre, los hijos o hermanos y, por supuesto, si ha habido  quebranto en la salud de algún miembro familiar  se interesan  por su estado.

 Al llegar a donde está un grupo se dan los días o un “¿Qué hacéis?”, por ejemplo. Algo para no ser tachado de huraño.

 Los mayores utilizan saludos  con el nombre de Dios omnipresente. Se desea que lo lleven consigo, que lo traigan con ellos o que se esté en su compañía: “Dios guarde”. “Quedad con Dios”. “Venid con Dios”.   “A la paz de Dios…”

homara4

 Por eso me sorprendía en mis primeros años de residencia en la ciudad    que algunos  urbanitas,  vecinos del mismo bloque,  se  cruzaran  en las escaleras  y apenas emitieran casi imperceptibles saludos, si tenían a bien contestar al que habían recibido.  En los pueblos pequeños, si se está a buenas, nadie  se cruza sin intercambiar palabras, costumbre que decrece en proporción inversa al número de habitantes y directa al grosor de la  coraza   en  la que nos encerramos. A mí personalmente me molesta llegar a un sitio público, dar los días y que no me conteste nadie.

 Cuentan por aquí una anécdota que sin duda hubo de ser cierta. Una persona estaba enfadada con otra y  por consiguiente no se dirigían la palabra ni se saludaban. En una ocasión  uno de ellos estaba en el bar tomando unas copas con  amigos. Se acercó el otro a la reunión y para delimitar bien sus  fobias y  filias dijo: “Buenas noches  a todos, menos a uno”.

 El  saludo galante,  tocando el ala del sombrero con  leve ademán de descubrirse,  es pariente apocado de la acción de destocarse  en ciertos momentos y ocasiones. Me producía de niño una profunda impresión  cuando los hombres  del campo se quitaban la prenda que les cubría la cabeza: boina,  mascota, gorra visera o  sombrero al entrar  en casa extraña,  al paso de un entierro o del  cortejo que llevaba el viático a los enfermos. Aquellas  blancas cabezas, protegidas del sol en los trabajos y expuestas públicamente  en su total desnudez, representaban para mis ojos de niño el  símbolo más íntimo   de respeto, reverencia y sumisión.