Desde el sureste de la provincia de Badajoz, equidistante del triángulo Badajoz-Sevilla-Córdoba, a los pies de las estribaciones de Sierra Morena, que extiende sus lomos hacía el mediodía, viajar en los años cincuenta y sesenta no se hacía por afición ni por llenar el tiempo libre de andanzas placenteras.
Sólo la necesidad de la visita médica, la gestión ineludible o la desgracia familiar ponían en camino a las personas mayores. Ni los medios de locomoción ni los trazados de las carreteras invitaban a abandonar el tranquilo devenir de la rutina. Independientemente de que los tiempos no estaban para hacer turismo.
Los viajes en tren se hacían pesados. Las horas de salidas y llegadas eran aproximadas. Además de las paradas en las estaciones existían las de los apeaderos y alguna imprevista: “¿Por qué paramos ahora?”
El viaje a Badajoz requería, y requiere, trasbordo en Mérida. Para ir a Sevilla nos han dejado un tren diario. De momento. Cada vez que hay restructuraciones tememos una merma de este servicio. El tren sigue siendo por aquí la asignatura pendiente que se les atraganta a los malos estudiantes.
Coches particulares había muy pocos y los taxis se utilizaban para urgencias imprevistas y viajes cortos. Sin embargo los taxistas se las ingeniaban para organizar viajes cobrando por plazas, quitando viajeros a los servicios regulares. Conocían los intríngulis de la ciudad. Informaban a los clientes poco duchos en gestiones burocráticas sobre la localización de organismos oficiales y sugerían a los enfermos la visita a la consulta particular del galeno en cuestión para aligerar esperas en aquel edificio rojo que descollaba solitario desde la carretera de Sevilla: la Residencia de la Seguridad Social, hoy Hospital Materno Infantil.
En los alrededores de la antigua estación de autobuses de Badajoz, cerca de Puerta Pilar, una mujer osada y con indisimulado descaro, ofrecía paquetes de café “Camello” a catorce duros. No los llevaba consigo, pero, hecho el trato, se alejaba un momento y los traía.
A Sevilla iban pequeños comerciantes a surtirse de productos para sus tiendas. Entre otros establecimientos a los almacenes Peyré de la calle Francos, los almacenes textiles más antiguos de la capital andaluza.
Se iba por la carretera de Culebrín, el nombre describe a la perfección su sinuoso y estrecho trazado. Después la cuesta de la Media Fanega, topónimo que recuerda el peaje que se abonaba por la ayuda de las caballerías que se prestaban. Montado en el autobús, que bramaba y desprendía espirales de humo negro en las cuestas, se perdía de vista el asfalto y asomaba el precipicio en cada curva. Tras casi cuatro horas de marcha el viajero llegaba a su destino con el mundo dando vueltas a su alrededor y con más ganas de acostarse que de gestionar asuntos, frecuentemente después de haber arrojado en el trayecto el desayuno.
Los cosarios eran personas que iban y venían asiduamente a la ciudad llevando y trayendo encargos. Igual te traían un impreso oficial que una caja de bombones o un décimo de lotería.
Por no poder o no querer viajar muchas personas murieron sin ver el mar. Solo el que formaban las espigas movidas por la brisa, verde en primavera y dorado en verano, llenaba de olas la retina de sus ojos.
Eran tiempos de botos bastos y alpargatas de cáñamo más que de calzado de charol y de zapatillas deportivas de marca.
Un par de zapatos duraba hasta que el dedo gordo pedía paso por la puntera y aún así se le facilitaba acceso al exterior abriéndole agujero. O hasta que se desechaban por no aguantar más cosidos, repuestos de tacones, medias suelas y pases por la horma. Los niños no los rompíamos solo por andar, sino por el ajetreo de la edad. Lo mismo trazábamos raya divisoria para un juego con el lateral que gateábamos a los árboles, jugábamos al balón o nos metíamos en el arroyo buscando renacuajos.
Había dos formas de no gastar zapatos: andar descalzo o sobre zancos. Nos gustaba sentir la superficie del suelo en las plantas de los pies durante las siestas de verano. Cuando llovía construíamos con dos latas y cuerdas unos zancos para meternos en los charcos sin mojarnos, al igual que nos gustaba ponernos debajo de los canalones con un paraguas para sentir el estrépito sobre nuestras cabezas.
Había por los años sesenta bastantes zapaterías en el pueblo. Rondaban la decena. El zapatero que había en mi calle recogía el agua de canales en una cuba. La utilizaba para ablandar el cuero en ella. Tras varios días lo golpeaba con un martillo sobre un rollo liso de piedra.
El trabajo de los artesanos es minucioso, diestro y sin prisas. Dibujaban los zapateros en papel el modelo y sobre el material lo cortaban con la chaveta. Posteriormente lo montaban sobre unos moldes de pies de madera maciza. Lo iban vistiendo como a un maniquí.
Los hombres del campo usaban para las faenas lo llamados botos bastos. Para evitar el excesivo desgaste de las suelas las cubrían con tachuelas y unas medias lunas metálicas en las punteras. Cuando andaban sobre los rollos de las calles o el cemento, formaban un ruido parecido al de las caballerías con las herraduras. Los niños queríamos también que nos pusieran tachuelas en los nuestros.
Los zapateros se sentaban en sillas como las de las costureras y tenían una mesa con muchos compartimentos divididos con tablitas verticales para colocar puntas y remaches. ¡Con qué habilidad elaboraban los cabos uniendo hebras con cerote sobre el muslo! Los usaban para coser abriéndoles caminos con la lezna.
Los zapatos con suela de goma vulcanizada, los del “Gorila”, supusieron una revolución de duración y resistencia. Regalaban una pelota de goma maciza verde con la que nos quitábamos el frío jugando a corra, o sea, a pelotazo limpio y a correr para evitarlos.
¿Puede haber poesía en unos zapatos tirados al borde de un camino? Claro. Hay en ellos mucho trabajo del que los hizo y del que los usó. Tienen la melancolía de todos los abandonos. En los resquicios de su ajado material hay polvo de los senderos y barro de las callejas. Sus huellas hicieron camino. “Caminante, son tus huellas el camino y nada más” ¡Por dónde andarían cuando las sombras buscan las paredes en noches de luna llena! De sus dueños les queda la horma vaciada de sus pies. Boquiabiertos y torcidos por lluvias y soles se quedaron con la boca abierta, a medio camino entre el bostezo y la carcajada.
Hay muchas casas cerradas en el pueblo. Sus puertas conservan restos desprendidos de pintura seca y muestran el deterioro de la intemperie. Las fachadas llevan sin encalar desde hace años y tienen musgo seco y desconchones. Jaramagos amarillos asoman por los tejados como perros abandonados esperando al dueño. En algunas calles viven pocas familias, con miembros mayores casi todas. La emigración y la natalidad inexorablemente cobran su tributo de soledad y abandono.
Cuando el pueblo casi doblaba en habitantes a los actuales las puertas de las casas permanecían abiertas durante el día. Para traspasar el umbral se pedía la aquiescencia de los moradores. Los más asiduos y conocidos se anunciaban con alguna frase ritual: “¿Dónde andamos?” “Pasa, no te quedes en la puerta”. “No me paro, que tengo prisa”. Era una forma de mostrarse cercano, de saber que había alguien al lado para lo que se ofreciera. En el ir y venir de los recados un toque, un cómo estamos hoy, preguntar por el enfermo, intercambio de novedades…
Otros se anunciaban: “¿Se puede?” y extendiendo alfombra de confianza respondían desde dentro: “¡Hasta el corral!”. O se preguntaba por la identidad del que llamaba: “¿Quién?” y recibían una respuesta de Perogrullo: “Yo”, que más que identificar constataba presencia.
Pocas puertas disponían de timbre eléctrico. Algunas tenían picaporte y muchas postigo, que ofrecía al que llegaba la visión de una foto de carnet del que habitaba.
Los mayores usaban una fórmula arcaica: “¿Quién vive?” Y no menos de lógica aplastante la respuesta que salía del interior: “Quien no muere”.
Señal de respeto por la sagrada intimidad de la morada era descubrirse de boina, mascota o sombrero al entrar.
En los pueblos una puerta cerrada indicaba descanso de siesta o nocturno. El no molestar de los hoteles. Y a no ser de urgencia no se llamaba. Una llamada de madrugada voltea el corazón y no trae parabienes.
Hay una forma intermedia de juntar las hojas de las puertas: emparejarlas. Valvas entreabiertas sobre el gozne para evitar flamas o corrientes malsanas.
Cuando eran varios los que habían de regresar de noche el que más tardaba en hacerlo era el encargado de cerrar, una vez comprobado que los demás estaban dentro. El último que atranque o eche el cerrojo. El chirrido de acero y estrellas era el toque de retreta y señal de que la tropa dormía recogida en sus aposentos.
Una modalidad de alarma rudimentaria consistía en poner una silla detrás, acción de la que estaban avisados los que debían sortearla. Así que metían la mano por la abertura y, levantándola para que no arrastrase, accedían. Los extraños alertaban por el ruido del empuje.
Por la rendija entreabierta o por el postigo se obtenía una primera impresión del estado del tiempo y de cómo transcurría el día. Garita de discreta observación del transitar de los vecinos y de aconteceres callejeros.
Las casas de nuestros amigos cuando éramos niños eran una prolongación de la nuestra. Entrábamos y salíamos con ellos con total confianza. Acudíamos a buscarlos y allí nos informaban: “Pasa, que está dentro”. O “ha salido hace un rato a buscarte”. Jugábamos en los doblados y en los corrales. Nos mecíamos en el columpio que era el péndulo de un reloj sin horas colgado de los maderos.
Las manos son apéndices del alma, embajadoras de nuestros sentimientos, afanadoras para nuestra subsistencia y delatoras de emociones.
Ofrecen y piden. Acompañan a nuestra voz para resaltar lo que decimos. Dan bienvenidas y despiden. Cierran pactos y consuelan sobre el hombro amigo. Secan lágrimas y acarician. Primer termómetro sobre la frente del hijo cuando la fiebre sobresalta en la madrugada, aportando cariño y protección. Pero también agravian con gestos obscenos, cuernos y peinetas. A veces, de revés, abofetean y, tirado el guante al suelo, ofenden honra y retan a duelo a quienes deben recogerlo. La bofetada más famosa del cine se hizo icono de la mano de Gleen Ford sobre el bello rostro de Rita Hayworth en Gilda.
Cuando era niño me fijaba en las de las personas mayores. Las de las mujeres, tan diestras, iban de la filigrana del bordado y el punto al contundente retorcimiento de la aljofifa sobre la cuba de fregar. Porque antes que Manuel Jalón inventara a la compañera de baile que es la fregona, al suelo se le daba lustre de rodillas, pasándoles por la cara estropajo y jabón hasta que podíamos vernos la cara en él. Nada enfadaba tanto a quien fregaba como que, mojado el piso, llegásemos de la calle y lo pisáramos. Como mal menor, y si era urgente el acceso, nos señalaban pasadizos pegados a la pared o ponían papeles para no dejar huellas.
Tan dignas de confianza son las manos que hasta se les entrega en depósito la custodia del símbolo de la unión marital.
Recuerdo las de algunas mujeres mayores de mi pueblo apartando granzas de los garbanzos y chinas de las lentejas con una inmensa paciencia sobre el tapete de hule de la camilla.
Las manos de los varones eran más rudas, más de tierra y de sol. Las observaba cuando las apoyaban sobre el bastón y, distraídos, miraban a la lejanía sin centrar la vista en ningún sitio. Violáceas redes de caminos recorrían su parte superior hasta los huesudos promontorios de sus nudillos. A algunos, cuando las separaban del cayado, les temblaban incontroladamente.
Pensaba yo que esas manos habían tenido hace muchos años cálido y sonrosado aspecto en la infancia, sin arrugas y lo mismo hurgarían en la nariz que asirían de manera grácil la goma de borrar y el lápiz en el corto tiempo que estuvieran en la escuela, porque estas generaciones crecieron más pendientes de que no faltara el pan en la mesa que los libros en los pupitres. Por su tierna piel correría la sangre de la primera herida que la madre amorosamente cuidó con besos y caricias. Las mismas que exploraron covachuelas del arroyo tras los peces y, felinas, treparon por las ramas de los árboles buscando nidos de pajarillos. Amasarían barro de los regajos después de la lluvia para construir presas, castillos y fortalezas, jugarían a los bolindres y también recibirían algún palmetazo de sus maestros en la escuela. Son las mismas que descubrieron su cuerpo en la azarosa adolescencia e intercambiaron afectos en las cómplices sombras de la noche en otra piel que no era la suya. A la hora de la partida atravesarán la laguna Estigia en la barca de Caronte, como dos remos cansados de bogar, cruzadas sobre el pecho.
Los que nacimos en plena dictadura recibimos una formación escolar, media y universitaria filtrada por la ideología de quienes detentaban el poder. La historia contada por los vencedores de cualquier guerra es siempre parcial, encomiástica para los correligionarios y denigratoria para los vencidos. Una historia de buenos y malos. La que nos tocó a nosotros comprendía izadas de banderas y entonación de himnos, adoctrinamiento político y religioso, matemáticas y lengua en una simbiosis inextricable. El maestro escribía cada día en el encerado fecha, lema y consigna. En nuestros dibujos un sol siempre saliendo por montañas lejanas. Los domingos íbamos todos a misa acompañados por los maestros, que vigilaban comportamientos. Si alguno no asistía, el lunes era requerido para que justificara el motivo de la ausencia. De la enciclopedia Álvarez de la escuela, repleta de lecciones conmemorativas: el estudiante caído, día de la raza, día de la victoria, día del caudillo… a la Formación del Espíritu Nacional de los institutos. Incluso en las universidades existía una asignatura obligatoria: Formación Política. Era lo que había y a los niños y adolescentes, que no conocimos otra cosa, con estos mimbres nos conformaron.
La consecuencia fue una falta de espíritu crítico y una visión incompleta y sesgada de la realidad, que era bastante más compleja.
Cuando hice el servicio militar, un compañero de quinta más informado que yo, por propia iniciativa y por haber cursado su carrera en una ciudad con ambiente universitario más reivindicativo, me hablaba de personajes, escritores y sucesos de los que yo no había oído hablar porque no me lo habían enseñado ni había tenido la curiosidad de informarme, entre otras razones porque era difícil conseguir fuentes donde hacerlo con cierta imparcialidad.
A los pueblos del interior de Extremadura no llegaban las informaciones que por estrechas rendijas se colaban en las ciudades más cosmopolitas y sus universidades. Crecimos desinformados y uniformados por la maquinaria propagandística de la época. No nos dejaron conocer, sino lo que, filtrado por el Nodo y los partes de radio Nacional, convenía a la causa.
Para cursar la carrera de Magisterio debíamos obtener certificados de buena conducta expedidos por el alcalde y por el cura del pueblo. La buena conducta cívica suponía el acatamiento, al menos formal, del los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. El beneplácito del párroco conllevaba que se te viera por la iglesia al menos en domingos y fiestas de guardar. Ser de la cáscara amarga, por trascendencia familiar o comportamientos desafectos, dificultaba su obtención.
Además era obligatorio para los varones, por estar incluido en el plan de estudios de magisterio, asistir con aprovechamiento a un campamento organizado por el Frente de Juventudes. El que yo realicé comprendía quince días en Cáceres capital, colegio menor de juventudes Donoso Cortés, y otros quince en la naturaleza, en el campamento emperador Carlos, en Jerte. ¡Qué maravillosos parajes!, por cierto
Fuegos de campamento, izadas y arriadas de banderas, homenaje a los muertos, lecturas de redacciones seleccionadas, marchas, cabuyería, charlas en las sobremesas de las cenas, tablas de gimnasia, canciones: “Montañas nevadas”, “Paloma, si vas al monte…” Al final del mismo nos extendían el certificado de idoneidad.
Así fue y así lo cuento y los que vivieron estas situaciones pueden dar fe de lo que refiero.
Los hombres mayores se reunían en determinados lugares del pueblo. Se buscaban unos a otros como hacen las golondrinas al final del verano en los cables del tendido eléctrico.
En mi pueblo se juntaban cerca de la escuela. Algunos jugaban a las cartas sobre una piedra lisa, otros charlaban. Ponían cartones para sentarse o traían banquetas de casa. Buscaban solanas en invierno y sombras en verano. Allí acudían por las mañanas mientras las mujeres hacían las faenas.
‘Vamos a ver si nos quieren dar de comer’, decían como despedida, levantándose con dificultad y pasos renqueantes. Por las tardes volvían a la tarea de echar el tiempo atrás hasta la hora del crepúsculo. Algunos compañeros míos saludaban a sus abuelos y otros nos deteníamos un rato a escuchar sus charlas y observar sus juegos.
Me atraían sus conversaciones, sobre todo las que trataban de tiempos pasados que a nosotros nos parecían muy lejanos y que ellos tenían muy presentes. Los años de la guerra y los posteriores cuando la carpanta reinaba en las mesas y por los campos de España cruzaba errante la sombra de Caín, como escribió Antonio Machado.
Ya quedan pocos de los que lucharon en la incivil contienda del 36. Los nacidos en ese año tienen ahora ochenta y uno, así que los que fueron arrancados de sus casas para ir al frente rondarían los cien, salvo la “quinta del biberón” que fue llamada a filas en la zona republicana cuando tenían diecisiete años.
Cada uno daba su versión de aquellos trágicos años. Referían sus vivencias, todavía con miedo y con voz queda. Una visión parcial, detalles, anécdotas, porque a la mayoría se les escapaban las causas últimas de aquella lucha fratricida.
Cuando algún forastero de similar edad llegaba al pueblo y se unía al grupo le hacían una pregunta recurrente: ¿Y a usted, donde le cogió la guerra?
Siempre me han causado un gran respeto las personas mayores y sobre todo aquella generación que sufrió tanto. Nos enseñaban en casa y en la escuela a cederles la parte interior en las aceras, a hablarles de usted y a hacerles cualquier mandado que nos pidieran, sobre todo ir al estanco a por tabaco. Aquellos paquetes verdes de picado y sus libritos de liar. Como recompensa nos daban un caramelo de la marca “pictolín” que siempre llevaban consigo. Nosotros les decíamos, déjelo usted, como nos tenían enseñado, pero al segundo ofrecimiento lo cogíamos dándoles las gracias. Usaban fajas negras de varias vueltas en su cintura, quebrada de tanto agacharse a la tierra y soportar cargas más propias de bestias que de personas. En invierno usaban chalecos de pana con reloj de bolsillo el que lo tenía.
Las costumbres han cambiado. Antes los viejos se quedaban en sus casas con sus descendientes hasta el final de sus vidas. Los que no tenían hijos acababan en el asilo, que entonces se consideraba casi como un menoscabo. Ahora hay residencias y pisos tutelados en los pueblos, lo que libera a los hijos que tienen que trabajar y no los alejan a ellos de su entorno. A los que están en sus casas les llevan la comida. Un gran logro social que debe mantenerse y consolidarse y que habremos de usar casi todos.
Cuando paseo por el campo me gusta acercarme a algunos cortijos que están en ruinas. Fueron antaño morada de familias enteras. Se han deteriorado por dejadez o por lo costoso de su restauración. Este podía ser un retrato somero de cualquiera de ellos. Las paredes de adobe están carcomidas y desconchadas por efecto de los temporales. Los maderos de los tejados, sobre el suelo de las que fueron dependencias, donde crece la yerba sin control entre los cascajos caídos del techo.
En el corral, en la parte trasera o lateral hay arados muy viejos y oxidados y el yugo y armazón de las ruedas de un carro.
Y pienso, cuando observo estas imágenes, en sus antiguos moradores. Vida dura, aunque la nostalgia bucólica nos lleve a imaginar idílicas estampas. No eran mejores por ser tiempos pasados.
Pasarían muchos días de invierno incomunicados por el mal estado de los caminos oyendo junto a la candela el bramar del viento y el azote sesgado de la lluvia.
Por las mañanas se sentarían a desayunar con la leche de cabra recién ordeñada. Desde el interior, a través del postigo, contemplarían la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.
A por viandas iban al pueblo en bestias cada semana o cada quince días. Para mantener el pan blando lo metían en tinajas. Si hubiesen sido las barras de ahora hubiesen podido partir almendras con ellas al día siguiente.
En las noches de verano, tras la faena, se sentarían al fresco bajo el cielo estrellado. Estas cosas pienso mientras los observo y se me vienen a la mente los versos de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa…” O los de Francisco de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados…”
Esta evocación bucólica no es añoranza de un tiempo pasado que por serlo fuera mejor. La vida era dura. Sana sí, mientras no se necesitara un médico a las tres de la madrugada y tuvieran que ir en su busca.
Las casas grandes, las de aquellas familias que disponían de varias fincas cada una empleaban a gran cantidad de trabajadores. Poco les costaba entonces. Algunos de los puestos pasaban de padres a hijos.
Anejos o separados del cortijo principal estaban las viviendas de los guardeses.
Me emocionaron las palabras de un amigo de Trasierra, hijo, nieto y bisnieto de quienes durante toda la vida habían sido encargados de una de estas fincas a la que conocían mejor que los dueños. Allí nació y se crió. Sabía el topónimo de cada rincón, de cada loma, de cada regato de la finca.
Ponía tanto sentimiento en lo que me contaba que el corazón me puso un nudo en la garganta y una chispa de fuego en los ojos. Allá, destacando sobre un otero entre encinas y jirones de niebla estaba el cortijo donde le habían salido los dientes. Hablaba de su arraigo y cariño por esta finca donde vivieron sus abuelos, sus padres, él y sus hermanos. La propiedad material no es nuestra, me dijo con la mirada anclada en la lejanía, pero hay otra propiedad que nos pertenece: la sentimental y esa no nos la quita nadie.
Me gusta el pueblo en su vivir diario. El trajín cotidiano, la estampa, el detalle, el gesto. Me gusta la luz resplandeciente en las solanas donde un hombre dormita tras el sombrero inclinado al tibio calor de la mañana. El vuelo de las cigüeñas bajo el intenso añil de primavera, las sábanas al sol de los corrales y también el borbolleo del puchero a la candela. La mirada curiosa y presentida detrás del blanco encaje en la ventana. Oír la una en la plaza silenciosa cuando no queda nadie por la calle y destaca en el cielo la franja del camino de Santiago. Me gusta el haz de sol dorado en la penumbra como rejón de polvo y luz. Y las gotas de rocío en la retama cuando
viene el día…
Esas estampas y otras han conformado la idiosincrasia y la imagen de nuestros pueblos a lo largo de los años. Los vendedores ambulantes, antes de regularse esta actividad y señalarle horario y lugar para su ejercicio, formaban parte de ella. El pueblo se convertía en un zoco donde estos anunciaban y vendían servicios y productos por sus calles. Las mujeres dejaban momentáneamente las faenas y salían a sus puertas con el delantal recogido hacia un lado para informarse de qué pregonaban.
El chiflo del afilador, con forma de arpa pequeña, anunciaba con silbos de escalas ascendentes y descendentes el afilado de cuchillos y tijeras. Los niños acudíamos a ver las chispas que saltaban del esmeril. Sobre una bicicleta montaba toda su industria. Los pedales y una correa transmitían el movimiento desde la rueda trasera, que quedaba elevada en el aire sobre un soporte abatible.
El hortelano con voz de noria profunda anunciaba los productos de la huerta recogidos la tarde anterior de la feraz vega al lado del pozo y de la higuera. A lomos de un borrico, en aguaderas y cestos de mimbre, traía aromas y colores con algo de perejil y hierbabuena.
De Huelva, de la mar cercana, llegaban subiendo por la carretera de la plata, a donde se acercaban los minoristas para surtirse, frescas sardinas, jureles, cazón, almejas, pescadillas, cuando nuestro país disponía del banco de pesca frente al Sáhara, antes que una marcha, más que verde, turbia de intereses nos lo quitara.
El carbonero vendía el oro negro y ecológico de las encinas que a golpes de soplillo se tornaba en brasa en las antiguas cocinas.
Una mujer, espantando a la pobreza, vestida de luto reciente, vendía olorosos hinojos en manojos, sentada en la esquina de la calle. Los recogía de gavias y cunetas y los lavaba en la fuente de la villa para resaltar el aroma y sabor de anís y regaliz de esta planta aromática
El panadero pasaba con el pan en los serones. Quien disponía de maquila los cambiaba por vales; quien no, a fiado o tocateja. Pocas normas sanitarias de manipulación. Con las mismas manos se manoseaba dinero, ronzal, burra y pan.
Así, entre otras muchas vivencias, transcurrió la infancia diaria de los que peinamos canas. Sensaciones que hoy, amable lector, quiero trasladar a esta página del periódico para compartir con ustedes su recuerdo y que sepan quienes no conocieron estas que no todo el monte fue siempre orégano.
A los niños nos gustaba asomarnos a las puertas de las fraguas para ver a los herreros forjando los hierros. Alternaban los golpes con ritmo. El maestro, asiendo fuertemente el trozo de metal incandescente con unas tenazas, los daba con el martillo sobre él y el yunque para afinar formas. El ayudante golpeaba fuertemente con el mazo. Se alternaban con cadencioso compás y destreza para no estorbarse.
Las tardes de verano los labradores con sombrero de paja y pañuelo en la nuca desmenuzaban las espigas en la era con el monótono circular del trillo.
Observaba yo, en esa edad en que se capta con asombro virgen todo lo que nos rodea, que los herreros en su trabajo cantaban al compás de yunque y martillo y los agricultores ponían ribetes sonoros a la soledad amarilla de las mieses.
En casi todas las faenas se cantaba o se canturreaba en un momento u otro. Lo hacía el albañil mientras mezclaba cemento y arena o colocaba ladrillos, el carretero en la soledad de los caminos, acompañando los arreos a las mulas, la mujer mientras faenaba en la casa…
Pensaba yo que si cantaban era porque estaban contentos, pero de mayor, leyendo las letras de las canciones, supe que existían desgarros, aflicciones y desamores entre ellas. Y es que el cante aflora sentimientos cuando la pena o la alegría buscan salida de los entresijos del alma.
No había muchas fuentes donde aprenderlas. El cine y la radio de los discos dedicados. Las letras venían en los cancioneros que un vendedor traía en una bicicleta junto con novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Eran tiempos de la copla, de ojos verdes, torres de arena. De Marifé y de Molina.
Pero existen formas de cantar a las que hay que echarles de comer aparte. Flamenco o cante jondo. Cantes que sólo necesitan como acompañamiento el sonido de los cascabeles y las campanillas de las mulas de tiro o de golpes de martillo sobre el yunque para darle forma al sentimiento. Cantes de fragua, cantes de trilla.
Igual que hay cantes carceleros que claman por la libertad y expresan el dolor de su pérdida. Y mineros que glosan la dureza del trabajo de las minas.
Uno, que es novel en esto del flamenco y del cante jondo, pero admirador de su acervo cultural acumulado a lo largo de los siglos, aprecia y valora la dificultad de la ejecución de sus palos, al alcance sólo de quienes poseen voz, oído y compás.
Las peñas flamencas repartidas por la geografía extremeña mantienen, divulgan y alientan esta hermosa y difícil manifestación de arte enraizada en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y que cuenta con excelentes intérpretes y con estudiosos flamencólogos y poetas como Felix Grande. La de Llerena, que desde hace muchos años dirige con gran acierto, toda la voluntad del mundo y contados medios económicos, Marcelo Rodríguez con un excelente cuadro de colaboradores y socios entusiastas, es una muestra de ellas. Encomiable labor que mantiene vivo este patrimonio cultural al que las jóvenes generaciones debían asomarse para apreciarlo y separar el grano de las granzas. Bulerías, soleás, tangos, peteneras, fandangos, cañas, colombianas… A ver quién se atreve con ellos y se arranca con una seguiriya, pongamos por caso.
De los numerosos trabajos asociados al sexo femenino en exclusividad casi absoluta estaban los de lavar, coser y planchar. Las mujeres asumían estas funciones como si fuese herejía doméstica y menoscabo a su reputación delegarlas en los hombres. Que un varón cogiera una aguja para coserse un botón, la plancha para deshacer arrugas o la panera para frotar puños y cuellos de camisa habiendo una mujer en casa, se consideraba merma de varonía en los hombres y dejación de obligaciones en las mujeres.
A ellos se les dejaba la leña gorda, barrer con la escoba de ramas eras y corrales y echar remiendos con aguja de red en aparejos y sacos usados en las faenas de labranza. Nada de finuras. Pero pare usted de contar. Las demás tareas, si algunos se atrevían con ellas, las realizaban a escondidas y de puertas adentro. Delantales a los varones sólo se los vi a los zapateros para ligar cabos de cáñamo y cerote.
Pervive esta mentalidad aún. Escuché en una cadena de televisión hace unos años a una mujer que estaba entre ese público que rodea y alimenta egos a personajes de efímera fama: ‘Mira cómo lleva tu pobre marido la camisa de arrugada, más vale que se la planches’, dirigiéndose a la compañera que por aquellos días había caído en desgracia en la veleidosa y manipulable opinión del cotilleo. Ni por asomo le podía asignar la irritada señora al desaliñado varón el menester de alisar su propia camisa.
Para cocinar había más pase y alguna puntual exquisitez se permitía el marido con guisos en los que estaba especializado o en el rebane y preparación de migas en tiempos propios. El oficio de pastor lleva aparejado el uso de cazo y fogón, pero en casa era habitualmente la mujer la principal cocinera con ollas y sartenes, limpieza incluida, claro.
La emigración y el servicio militar eran islotes excepcionales. La necesidad obliga. Anárquicos pespuntes para salir del paso y no quedarse con el culo al aire. Lavar en los lavabos de los servicios. De planchar se encargaban las perchas, el tiempo y la gravedad. Además la arruga siempre ha sido bella.
Cuando no había lavadoras la ropa se lavaba en la panera con agua de pozo y jabón verde y se frotaba en el “batiero”, la tabla con la superficie arrugada. No existía más detergente ni más lavadora que los nudillos de las manos. Lo del frotar se va a acabar llegaría después.
Había lavanderas que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en los alrededores del pueblo a lavar, arrodilladas sobre un trozo de corcho. De los pozos tenían que sacar el agua con cubos atados con sogas. Frotaban la ropa sobre piedras de ligera pendiente. Después aclaraban y tendían sobre aulagas y tomillos las prendas limpias. Llevaban para el porte paneras y canastos de mimbre.
No vi nunca a ningún hombre haciendo esta faena.
Trabajo duro del que pueden dar referencias muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las jóvenes generaciones deben saber el sacrificio que costaba cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando un botón, sobre todo porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde el cuarto de baño a la lavadora.