Belleza efímera.

 

 

 

 

Tu risa, la flor, la noche, la luna, tu voz.
La brisa, la nube, la lluvia, el iris,  la luz.
La fuente, el río, la corriente
y el paso adelante de la juventud.
El vino, la copla, el amor,
licores, comida, mantel,
amantes radiantes de vida y  salud.
O tú, tan tierna,  tan dulce, tan bella.
Frondosa alameda, vergel.
Apresa, poema, el momento,
eterniza ese goce fugaz,
sólo queda, pasada la hora,
la palabra plasmada en papel.

Sé tú.

 

 

 

 

Ningún gurú me indicará el camino
que tengo que seguir en esta vida,
pues no soy perro de ningún  pastor
ni acostumbro a seguir ninguna esquila.
Más que grupos me gustan las personas
que muestran su sentir de forma clara.
Prefiero el individuo que razona
y me habla sin ambages cara a cara.
No quiero números que forman masa
ni ovejas que componen un rebaño
siguiendo el parecer de quien lo manda.
Quiero ser yo, aunque así me venga el daño.

 

El teatro Mari Paqui.

 

 

 

El teatro Mari Paqui se instaló en la Plazuela.  Pepe  se llamaba el  empleado  que  organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones… Le faltaba un ojo. Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos regalaba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban alguna silla o algún cuadro para las representaciones.  Había una función infantil y otra para mayores.”El crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que más gustó al respetable. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran  bastante buenos.  Como aún no había televisión, el recinto se llenaba  todas las noches. Quedó en el recuerdo una canción, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…” Aún perdura su recuerdo entre quienes lo conocimos.

Septiembre.

 

 

 

 

 

 

Hoy sólo tengo ganas de estar sin hacer nada,
de echarme descuidado  a la sombra de estos chopos
que murmuran  confidencias al oído.
En su gozo, me regalan  caricias de algún rayo de sol
que, leve, dorado y esquivo,
juguetea  con las primeras hojas caídas
en este adviento de otoño que es septiembre.
Pacenteros los sentidos,
en la soledad buscada,
acuden esporádicos recuerdos,
mezclados con  luz, sombra  y olvidos.

Inquisidores.

Hipócritas  e inquisidores, a los que no les importaría encender una hoguera en la plaza del pueblo para que Olvido Hormigos ardiera como una tea  en ella, se manifestaron a la entrada del Ayuntamiento de Los Yébenes con gritos de puta, zorra y guarra entre otros cariñosos epítetos.

No sé si las razones son políticas, misóginas o religiosas o una mezcla de todas ellas. De todo habrá porque la fauna de torquemadas mentales en estos páramos” por donde anduvo errante la sombra de Caín” es prolífica y variada.

Sólo ha sucedido que una persona en ejercicio de su libertad ha usado su cuerpo sexualmente  como le ha venido en gana.

Ni a usted, beata enlutada, portadora  de consignas morales trasnochadas, ni a usted vigía de valores de castas, más atentas a los pecados de sexo que a robos  e injusticias sociales,  ni a usted  hipócrita sepulcro blanqueado  a quien los gusanos de la envidia y el odio corroen por dentro, les importa un bledo lo que cada uno  haga con su cuerpo en la intimidad.

Polvo de estrellas.

 

 

 

 

Me siento insignificante  cuando miro al cielo en  una noche estrellada. Es una buena terapia para bajar humos y  acortar ambiciones, para relativizar el valor de las cosas y para hacernos algunas preguntas que no por repetidas han perdido vigencia.  Perdido en la cola de una galaxia está  nuestro sistema solar, del  que aún desconocemos muchas cosas. La estrella más cercana a nosotros, aparte del sol, está a  4,4  años luz, que equivalen a unos 43 billones de kilómetros de distancia, o sea, que tardaríamos cuatro años en llegar a ella viajando a la velocidad de la luz, lo que todavía no se ha conseguido. La Vía Láctea, nuestra galaxia, tiene  aproximadamente un diámetro de 100 mil años luz y 200 mil millones de estrellas. Una de las galaxias más cercanas a la Vía Láctea-La Gran Nube de Magallanes- está aproximadamente a unos doscientos mil años luz. Y en el espacio, según estimaciones hechas en 2005, hay más de 500 mil millones de galaxias.

Demasiado poco somos para darnos la importancia que nos damos algunas veces.¿Verdad, Cristiano?

Joven en romería.

 

 

 

 

Bella, esbelta, zalamera,

bordado pañuelo al cuello

pleno de vivos colores,

hermosa, fresca y rosada

al aire tibio  de mayo.

Brillantes ojos  azules

que llevan la mar consigo.

Joven fina y atractiva

con cuerpo  que fuera digno

de haber sido moldeado

por Afrodita y sus manos.

Entre trigos ondulados,

céfiro primaveral,

por veredas y caminos perdidos

me lleva Eros tras su estela de  vestal.

A unos ojos.

 

 

 

 

 

El aire se hace azul cuando ella  mira
y le roba a los cielos su hermosura.
Embrocado en la sima del abismo,
en claro  mar de perlas y zafiros,
me pierdo en  la belleza de su hondura.

Feliz año nuevo.


 

 

 

 

El comienzo natural del año es septiembre. Se guarda la ropa veraniega y se empieza a buscar en los roperos y arcones  la de abrigo.  Un aire fresco, húmedo y fecundo sustituye a las calimas.  Los agricultores inician  campaña abriendo en labios receptivos las besanas para la siembra. Tambores de tormentas anuncian la retirada del calor y la llegada de  los ábregos,  fértiles aires  cargados de humedad, para que las semillas germinen y las primeras lluvias vistan de verde las secas y polvorientas praderas. Si es dadivoso, volverá a correr por regajos y arroyos la fértil bendición del agua y brotarán  hongos y setas, acné púber de la fecundidad, como ofrenda generosa de la tierra por el riego recibido. Fermentan en los lagares y bodegas los nuevos caldos. El año meteorológico también arranca con las mediciones de pluviosidad, que se cuentan de septiembre a agosto. Estrenan  nuevo curso los estudiantes en los distintos niveles educativos. Si  enero tiene su cuesta, no es menor la que se avecina en septiembre con el equipamiento escolar y el gasto hecho en vacaciones y fiestas patronales. Así pues, feliz año nuevo.

Carta a Bretón.

 

 

 

 

No creo todavía que hayas podido ser el verdugo de esas dos criaturas que eran tus hijos. No me lo creo porque es difícil comprender que una persona pueda llegar a tal grado de abyección. Apoyo mi leve esperanza en que  aún no has sido juzgado ni condenado por un juez y aunque las evidencias de las puebas te van quedando sin coartada, queda un tenue rayo de luz. Pero si el juicio al que hasta los más depravados asesinos tienen derecho comprueba tu culpabilidad, me costará trabajo asimilar que las personas podemos ser capaces de tan horrendos crímenes. Si así fuera, cuando tenías a tus hijos  inocentemente confiados en ti,   ¿no tuviste ni  un solo instante de  remordimiento o pena por lo que ibas a hacerles? No podían imaginarse nada de lo que intentabas porque eran niños y se creían seguros con su padre. Se quitarían la vez para contarte cosas que habían hecho desde la última vez que los viste. Reirían mientras tú planeabas los detalles de  su muerte traicionera y vil. Seguro que cuando pusiste tus manos sobre ellos estarían pensando que les ibas a hacer unas caricias o a darles algún abrazo y ni siquiera cuando empezaste a hacerles daño podían sospechar lo que tu satánica mente tramaba. Pensarían que se trataba de una broma. Seguramente ni instantes antes de sus muertes llegaron a creer que su padre, al que querían y en el que confiaban como el primer cobijo al que recurrir en caso de peligro, iba a matarles. Tú, su progenitor, su protector, en cuyos brazos se habrían entregado al sueño placentero en más de una ocasión, iba a hacerles el mayor daño que se le puede hacer a una persona: quitarles la vida.  Si así fuera, eres  un asesino en el más alto grado de  ignominia y depravación. Ni la mayoría de los animales hacen eso con sus hijos; al contrario, llegado el caso, la ofrecen  generosamente en su lugar.  Los que somos de la especie humana  a la que tú  perteneces no podemos olvidar las miradas inocentes, luminosas y alegres de tus hijos,  de  Ruth y José, que tenían toda una vida por delante y que tú, a quién querían y en quien confiaban,  les ha robado con fría saña. Si fue así, maldito seas por siempre. Pero  se me hace casi imposible creer que lo hayas hecho y aún espero un milagro.