La fiesta del ruido.
Los ruidos a las puertas de tu oído
retumban con sonidos estridentes
y mueren tus palabras entre dientes
a golpes de tambor y de platillo.
Resaltan en los cuellos, inflamadas,
arterias descollantes e imponentes
a punto de explosiones inminentes
al querer conversar con camaradas.
Para acabar la noche impertinente
sólo falta bebida adulterada
y exponer la garganta en el relente.
Así queda tu cara de arruinada:
parece el retrato al día siguiente
de una cabra ojerosa y malparada.
Pobres de solemnidad.
Los pobres de solemnidad obtenían de las autoridades civiles o religiosas el reconocimiento legal de su pobreza, lo que les hacía acreedores de beneficios procesales por tal condición.
Hay quienes piensan que los que piden hoy para comer tendrían que acreditarlo, sino con el antedicho certificado sí con signos evidentes que avalen su indigencia.
La señora Teófila Martínez seguramente no habrá tenido que pedir nunca para comer. Yo afortunadamente, tampoco, pero sé leer en los ojos de los que tienen necesidad de hacerlo la humillación que eso supone y que si tuvieran alguna posibilidad de evitarlo, lo harían.
Seminario, segunda parte.
(Fotografías cogidas de “Fuimos alumnos del Seminario”. No sé quiénes son los autores. Muchas gracias, de todas formas).
Las labores de cocina corrían a cargo de religiosas seglares. La señorita Javiera coordinaba estas tareas. Una persona excelente y servicial, abnegada y trabajadora sin descanso. Sólo en dos o tres ocasiones al año la veíamos, pues ellas residían en una zona por la que nosotros no necesitábamos pasar. El día de su onomástica, S. Francisco Javier, era uno de esos días. Entraba al comedor, reclamada por el prefecto encargado, y recibía el aplauso y reconocimiento de todos .
El comedor del Seminario Menor era amplio, con grandes ventanales. Cuando nosotros llegábamos a comer ya estaban los platos y los cubiertos colocados por quienes trabajaban en la cocina, pero la comida se servía a través de dos tornos que comunicaban el comedor con la cocina.
Las mesas eran atendidas por los fámulos, que eran nombrados semanalmente. En el comedor había seis mesas, tres grandes y tres chicas. Las grandes, servidas por tres fámulos y las pequeñas por dos. La misión de éstos era poner las fuentes con la comida en la mesa y retirar la vajilla una vez finalizado el servicio.
El tornero era el encargado de comunicarse oralmente a través del torno con las señoritas que estaban en la cocina: él pedía lo que hacía falta y organizaba a los fámulos en sus servicios. Había dos tornos, por uno se enviaba la comida y por el otro se devolvían los cubiertos y vajilla usados.
Los fámulos comían después que se habían ido los demás compañeros. Trataban muy bien las religiosas a estos servidores y en cuestión de comidas la esplendidez era extraordinaria.
Una noche, siendo yo fámulo de cuarto curso, estábamos formando un enorme jaleo en las horas de silencio mayor, aunque se nos permitía hablar bajo por razones del servicio. Yo iba haciendo el tonto con un plato de tortilla de patatas y paseando de un lado a otro del comedor dando voces. Cuando más intenso era el ruido se asomó D. José Díez por una ventana que daba a la zona donde estaban los tornos. Yo no me di cuenta de su presencia hasta que los demás se fueron quedando mudos. El domingo siguiente fuimos castigados durante las horas de televisión a hacer unas traducciones de latín.
No se comía mal en el Seminario. Una comida frecuente eran “las blancas”, que no eran otra cosa que las judías o frejoles. Solían servirse en la cena. Con su flatulencia característica todas las ventosidades sonoras de la noche eran atribuidas a sus efectos.
Las comidas se hacían en silencio, salvo si el prefecto encargado de la vigilancia decía : “Benedicamus Domino” El comedor a coro contestaba: “Deo gratias”, lo que significaba el permiso para hablar. Si las voces de la conversación se elevaban demasiado se cortaba el permiso y silencio de nuevo.
Cuando no se concedía, para pedir la jarra de agua o la cesta del pan había que hacerlo por señas. El agua se pedía dándole en el brazo al vecino y uniendo y despegando los dedos con la mano hacia arriba, como haciendo el huevo. Para el pan se daban dos golpecitos con la mano abierta en la mesa cerca del que estaba al lado para que nos lo pasara. Así hasta que llegaba el aviso al que estaba cerca de la fuente, el pan o el agua.
José Mª Cerqueira, buen amigo y excelente persona, natural de Reina, tenía por costumbre, cuando no se daba cuenta el vecino la primera vez que se lo pedía, de dar un segundo o tercer manotazo en la mesa que sonaba en todo el recinto. Como era muy considerado por los Superiores no solían decirle nada. Gran comilón, solía ser el último en terminar.
La señorita Javiera, a la izquierda
En la cena era menos frecuente que se diera el ”Benedicamus Domino” y el tiempo de la comida era acompañado por la voz de un lector. También en el desayuno se leía la “Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis. Durante los ejercicios espirituales y los Retiros el silencio era absoluto. Sólo la voz del lector que se subía en un púlpito colocado en medio del comedor se unía al ruido de los cubiertos.
D. José Díez, forofo sevillista y prefecto de los Retóricos, se paseaba por los pasillos del refectorio con el auricular del transistor en la oreja. Fijándonos en su cara sabíamos cuando marcaban gol y cómo iba el partido.
Después de la cena comenzaba el silencio mayor. Silencio riguroso. Subíamos a rezar las últimas preces a la capilla y cuando se acababan, el que así lo deseaba, permanecía más tiempo allí. Otros aprovechaban para confesar y los más disipados, como yo, cuando se terminaban los rezos obligatorios nos retirábamos a nuestras camarillas. Para no ser siempre el primero esperaba a que saliese alguien antes y enseguida salía yo haciendo la correspondiente genuflexión en el centro de la capilla. Estaba prohibido estudiar ni leer una vez que se apagaban las luces. (Algunos en tiempos de exámenes usaron velas). Las últimas consideraciones a través de los altavoces, con fondo de música gregoriana, corrían, generalmente, a cargo de los padres espirituales, D. Manuel García Hierro o D. Joaquín Obando. Este último comenzaba siempre estas últimas reflexiones con la frase…”bajo el manto de las estrellas”. A mí estas palabras me transportaban al cielo de mi pueblo, al canto de los grillos y las ranas de sus arroyos…Dios tampoco debía de andar muy lejos de allí.
Seminario, primera parte.
El 25 de enero de 1963 me fui al Seminario. Este curso el ingreso de los nuevos seminaristas se retrasó de octubre hasta esta fecha por causa de unas obras que se estaban realizando en algunas dependencias. Tenía yo once años.
El verano anterior se celebró lo que se conocía con el nombre de cursillo, una estancia de quince días en la que los aspirantes a ingresar convivíamos bajo la atenta mirada de los curas que observaban las cualidades, actitudes y aptitudes de los que queríamos iniciar los estudios para ser sacerdotes para hacer la oportuna selección. Aún me pregunto qué vieron en mí.
En el pueblo D. José el cura nos había estado instruyendo en catecismo. En la escuela aprendimos lo propio de estas edades. Aparte, yo asistía a las clases particulares que impartía D. Rafael Carrasco en su casa, primero en la calle del Cristo y posteriormente en la de Menéndez Pelayo, esquina con Albardilla.
La verdad que estos quince días de cursillo fueron agradables. Del pueblo fuimos Francisco Gimón, José Marín (Vicaría) y yo. Nos llevó Serafín el taxista y nos acompañó D. José, de gala, con su sombrero negro de teja y su manteo. Estaba entonces la carretera de acceso a Badajoz en sus tramos finales flanqueada por árboles que se unían por arriba, formando una especie de arco que daba una espesa y agradable sombra sobre el asfalto.
D. José tenía que hacer unas compras por Badajoz y recorrimos algunas calles del centro. Fue la primera vez que entré en la librería La Alianza.
En el Seminario conocimos a muchos compañeros de otros pueblos. Uno de ellos, con el que hicimos buenas migas, era un sobrino del Arzobispo de Pamplona, D. Enrique Gómez, natural de Valverde de Llerena.
Transcurrieron estos días con algunas clases y muchas actividades deportivas, entre ellas fútbol y baños en la alberca con paredes de piedra que estaba en el campo de recreo de lo que era entonces el Seminario Mayor. Fuimos a bañarnos algunas tardes al río Guadiana, entre los dos puentes. Una vez al menos nos llevaron a Gévora. Allí pasamos el día de asueto, en la ribera del río. Yo aprendí a nadar en esa referida alberca, ayudado e instruido por los demás compañeros y por D. Manuel García Hierro, pero cuando fuimos al río tenía tanto miedo y tantos nervios que no me sirvieron mucho las instrucciones recibidas y me parecía que iba a hundirme en cualquier momento.
A pesar de que fue poco el tiempo que permanecimos en el Seminario durante este cursillo la murria nos invadió a Francisco Gimón y a mí. Hubo días que escribíamos hasta tres cartas a casa y nos pasábamos todo el día hablando de las cosas del pueblo. Catalina, la sobrina del cura, se reía de nosotros cuando regresamos. La verdad es que no daba tiempo a que llegara una carta cuando ya estábamos escribiendo otra.
En la hora de la siesta se formaban a veces grandes alborotos. Yo dormía en el dormitorio que llamábamos largo. En uno más pequeño que se comunicaba con él lo hacían los mayores, entre ellos José Vicaría al que me encontré un día castigado de rodillas porque habían empezado a tirarse unos a otros trozos de pan y tenían formada la marimorena.
El día que nos fuimos a este cursillo, que se realizó durante el mes de julio, se me olvidó despedirme de mis padres. Cuando regresé mi padre me afeó la conducta y me dijo que si en ese intervalo de tiempo les hubiese pasado a ellos algo, me hubiese quedado el remordimiento para toda la vida. Verdad incuestionable que uno calibra en su verdadera dimensión cuando tiene hijos. Tal actitud sólo es justificable por la inmadurez emocional de esas edades.
Al final de verano recibimos, por conducto de D. José Flores, el párroco de Ahillones, la noticia de que habíamos aprobado Francisco Gimón y yo para iniciar el próximo curso los estudios en el Seminario. Nos alegramos, pero también nos llenó de zozobra el miedo a lo desconocido
Declive
(Testifico que no es nada personal, aún)
De los pasos otrora diligentes
quedó un arrastre torpe e inseguro
y lo que mostró un aspecto duro
devino en flacideces decadentes.
¡Oh tiempos de pensar clarividentes
y braveza domada con bromuro!
¿Cómo os fuisteis a estado tan maduro
si no ha mucho os mostrabais imponentes?
Enhiestos cipreses, altos castillos,
robustez briosa de la juventud,
el tiempo en su transcurso os robó brillos
y en suave decadencia a la quietud
mostráis los tonos grises y amarillos
que anuncian la cercana senectud.
Milagros.
Tan simples y tan complejos somos
que lo que niega la razón con argumentos
lo abraza efusiva la emoción.
Yo, que pienso que no son verdad los cuentos,
no puedo evitar estremecerme.
Y es que los santos no son de madera ni las vírgenes de cera:
Son de lágrimas y pies descalzos.
El milagro no vendrá de mantos de seda bordados con oro
ni de varales repujados en plata.
El milagro eres tú, corpulento varón, llorando como un niño.
O tú, mujer, cumpliendo promesas por el altar del suelo.
O tú, costalero, uncido a las trabajaderas.
Por eso me admiran las personas capaces de odiar y amar en una misma mañana,
posesos de codicia y al poco de desprendimiento.
El prodigio diario encarnado en cada uno de nosotros.
Lo que pudo haber sido.
A estas alturas de la vida está el fiel de la balanza serenamente equilibrado.
Desventuras y dichas, afectos y agravios se compensan.
Queda la duda de si algunos hilos pudieron ser madeja.
Si se acertó en los cruces de caminos y en los trenes que tomamos.
Entre otras variables, el azar y la ventura jugaron su papel.
Decisiones diferentes hubiesen cambiado el trayecto y quizás la fortuna, pero no la estación de destino.
Se puede jugar a imaginar cambios de fichas y sus múltiples combinaciones en el tablero de la fantasía.
Elucubrar sobre lo que hubiese sucedido. Pero en esta partida sólo hay opciones de futuro.
Se permite mover ficha una vez en cada decisión, las demás quedan abrogadas.
El juego a tiempo pasado es escribir sobre el agua, jugar a lo imposible en la otra cara de la vida.
Charla de sordos.
Este pobre cuerpo.












