Leche en polvo

Reparto-de-leche-en-polvo-años-60-Fotografía de la la página web del colegio “Carmen Benítez” de Sevilla.

Segunda colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

Eran todavía tiempos de escaseces y silencios. La escuela,  doctrina, consigna y efemérides victoriosas. Las cuatro reglas, dictados, lecturas y caligrafía, el armazón del aprendizaje para valerse  en la vida. La mayoría abandonaba antes de tiempo las aulas. Numerosos padres se veían obligados  a desapuntar a los hijos, como decían,  para colaborar en las paupérrimas economías familiares, bien como  ayudantes de sus pequeñas explotaciones o buscándoles un puesto  de aprendiz,  de  pastor o porquero,  sin más beneficio que ir a casa comidos todos los días y aprender el oficio.

Pocos eran los que llegaban a la regla de tres y a los repartimientos proporcionales. Pero había voluntad y ganas de aprender. Muchos de los que tuvieron que abandonar acudían  por las noches  a clases particulares después de todo el día trabajando.

Las aulas eran numerosas de alumnado, escasas de medios y separadas por sexos. El mapa de España,  el encerado, la bola del mundo y poco más componían los materiales didácticos fundamentales. En los pueblos pequeños la escuela  era unitaria, o sea,  todos los niveles con el mismo maestro,  que desempeñaba sus funciones  como mejor sabía y  podía. Estaban mal pagados, pero iban a la escuela dignamente trajeados.  

Por su santo los regalos que más agradecían  en el alma y en el cuerpo eran vituallas, como una caja de galletas o una docena de huevos.

Los alumnos acudíamos a la mesa del maestro a enseñarle los ejercicios. Nos colocábamos en  fila y rotábamos a su alrededor,  esperando el beneplácito, la corrección y el encargo de nuevos deberes. Allí percibíamos el único calorcito que se desprendía en la clase aparte del de nuestros cuerpos: el del brasero de picón, que aquí llamamos cisco,  debajo de  su  mesa.

En los días más fríos del invierno nos permitían  llevar los nuestros de casa. Una lata redonda de pescado con un alambre  asido en  dos agujeros y un pedazo de papel de chocolate en lo alto tapando las ascuas.

Así combatíamos los sabañones que  nos salían en las orejas y en las manos.

La ayuda norteamericana llegaba  en forma de leche en polvo y queso. Los maestros escogían a los alumnos mayores para disolver el polvo en una cuba de cinc  dándole vueltas con un palo. A la hora de recreo nos ponían en fila y nos la servían en un tazón que llevábamos de casa. Recuerdo los bigotes blancos que, por supuesto, nos limpiábamos en las mangas del abrigo.

La experiencia y la comodidad aconsejaron dejar de hacer la mezcla en la escuela y decidieron entregarnos  el polvo para que  cada uno hiciera lo que creyera más conveniente. Y lo más conveniente para la mayoría de nosotros era comernos los polvos directamente, poniéndonos la cara como se pueden imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia con las bolas que se formaban en la boca.

El queso, amarillo y bastante apetitoso, venía en unas latas metálicas. Lo troceaban y  nos lo repartían por las tardes como merendilla. 

A pesar de todo fuimos felices. O al menos así lo recordamos.

Entre el agua y el aire

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Aquella tarde en la rivera

cruzabas el agua  sonriente

sobre el  inestable  pasil de la corriente.

Yo esperaba en la otra orilla

el gozoso final para abrazarte,

pero en la postrer piedra de la hilera

resbalaste

y  el  goce de tu cuerpo  con el  mío

murió

entre el agua y el aire.

El alba en la ventana

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El día en que tu sueño se haga eterno

pasará por  tu cara  la luz de la ventana

sin que sientas la alborada.

Alguien entrará por tu tardanza

y zarandeará tu cuerpo inerte.

Acudirán vecinos asustados y morbosos.

Un trajín de muerte irá del médico  a los óleos

y de estos a los dobles de los muertos.

La memoria de los vivos conservará el recuerdo de tus pasos

en las estancias de la casa.

Recordarán  la sombra de tu ausencia algunos años

y en la cama donde la parca  te robó  el aliento

quedará una oquedad con tu silueta inmóvil

cada vez que alguien mire dentro.

Por las rendijas  cada día

seguirá entrando  la delicada luz de la mañana

por donde escapó tu  último  suspiro,

el  que nadie escuchó aquella madrugada.

Pero no hay oquedades ni añoranzas

que no llenen el tiempo y el olvido.

Nuevo año

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 (Foto de El Periódico del Tiétar )

Primera colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

A principios de otoño,  con  las primeras lluvias y el olor a tierra mojada que llega desde el campo envuelto en  vientos ábregos, comienza un nuevo año, el agrícola, el que  determina las faenas y descansos  en nuestros pueblos.  La dureza de las labores campesinas ha mejorado  con las  modernas maquinarias y el  penoso bregar de antaño se ha suavizado ostensiblemente. Terminados de apurar los últimos rastrojos por los rebaños de ovejas, los agricultores con tractores equipados  con cabinas  y  modernos aperos  se disponen a comenzar la sementera.

Antes  la tierra labrantía  se volteaba con arados tirados por bestias y con las manos del labriego asidas fuertemente  a la mancera, apretando  para  meter  la reja en la tierra. A la intemperie y de sol a sol.  En un costal  al hombro   portaban  la simiente que  esparcían a  voleo sobre la amelga  en las recién abiertas entrañas  de las hazas.

Sólo quedan reliquias de aquellos  aperos en cortijos  o adornando ventas y mesones.

El rodeo era el lugar donde la gente del campo acudía a  hacer tratos para  vender, comprar o cambiar los animales que ayudaban a la labranza.

Los de mi pueblo iban a Llerena.  Al  alba tenían todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Montados a mujeriega, por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por linderos, se dirigían  allí  cuando el sol comenzaba a  dorar  rastrojos y besanas. En el trayecto comentaban entre ellos la forma de abordar el trato.  Después de casi dos horas de  viaje llegaban al lugar, situado en las afueras.  Delante de los tratantes que los habían visto llegar  disimulaban sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. Había que examinar primero el ambiente. Tras el humo de un  cigarro    pasaban por  los distintos grupos, viendo, oyendo y callando, mientras los animales   abrevaban  en el pilar después de la caminata.

La experiencia les aconsejaba no dejarse embaucar por las primeras impresiones. Los profesionales, generalmente de raza gitana, conocían las triquiñuelas  del trato y una mula azuzada por la vara de mimbre podía mostrar unos movimientos ágiles y, vueltos  a casa, llevarse un desengaño al descubrir que el animal,  boyante en el rodeo, sin saber cómo, se convertía en torpe o falso.

Tras muchos tiras y aflojas se cerraba el trato  con un apretón de manos. Nada de cajeros automáticos. El dinero en mano.  

Por estas fechas también se celebraban los contratos verbales entre las grandes casas de labor y algunos de sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros…  Trabajaban durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales. Si el trabajo era satisfactorio renovaban al año siguiente el pacto. La situación  laboral  de estos trabajadores  era intermedia entre los  fijos y los eventuales. Los llamaban acomodados.

Antes, como  ahora,   la tierra se abre a la esperanza de un nuevo ciclo. Eso sí, con la mirada en el cielo del que se aguarda y se teme todo, que en eso  pocas cosas  han cambiado.

 

Vivir la vida

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Dormir es un placer

cuando se está cansado,

un regodeo dar

vueltas  de  madrugada

sobre el límite de la consciencia

y un deleite  que el alba te despierte

con un soplo de plata  en la ventana,

ver sobre la colcha de la cama

monedas de oro que el sol cuela

por las rendijas en los postigos de madera.

Es un anticipo  a cuenta del capital

que supone un nuevo día

para gastar a manos llenas.

Que no falten ilusiones

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En los surcos vaporosos de la tierra

que  el arado caló  profundamente

introduce su cuerpo la   simiente

tras roces ajustados  de abre y cierra.

 

Viene  el agua en cortinas  de la sierra

con la luz de octubre decadente

a brotar con verdor resplandeciente

la promesa  que el otoño encierra.

 

Como esperaba Machado yo espero

verdes hojas  de una esperanza nueva

en la agostada piel   de la besana.

 

Al socaire   apacible del  tempero

mi corazón ilusionado lleva

las velas  dirigidas al   mañana.

Refresca

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Hora de retirar de los roperos

el jersey guardado en el verano.

Está doblado con el cuello  arriba,

postergado de la  fiesta de la luz.

Con las mangas dobladas a la espalda

pacientemente espera,

sabiendo que los brazos que en su día

por el amor del sol lo abandonaron

volverán  con la carne de gallina

a buscar a su amparo la calor.

Sueño otoñal

candela

La luna, copo de ovalado nácar,

pende del  pecho cóncavo del cielo

en el azul violeta de la tarde.

Los leños en la chimenea arden,

componiendo figuras con su fuego,

volátiles, esquivas y deformes.

Del recóndito fondo del olvido

surgen inesperados los  recuerdos

como niebla escapada de  los valles

en las frescas mañanas del otoño.

Desde  los límites de la consciencia

hacia el sopor del sueño me dirijo,

vencidos de cansancio los desvelos.

Me voy hundiendo un poco con la tarde

en la viscosa luz de lo indeciso

…y  llego sin saberlo

al hermético mundo de los muertos.

Túnicas blancas sobre fondo negro

abren pasillos hacia el infinito

donde una luz lejana centellea.

Hacia el fin del camino me dirijo,

absorto y transportado en leve  viento.

Detrás de mí las túnicas se cierran

y abrazan suavemente mi cintura,

mientras señalan sus abiertas manos

la cegadora luz que  me apodera.

Una  vorágine espiral me lleva

hacia un placentero goce sensual

perdido en el envés de la consciencia.

…Y vuelvo sin querer

a la apagada llama de la leña.

Fuera, la noche inmensa parpadea

en el silencio espeso de la ausencia.

Tratamientos

es

Si los seminaristas necesitábamos ir al cuarto del  obispo don Doroteo Fernández, aquel leonés de aspecto imponente que era también el rector del seminario, el prefecto nos aleccionaba sobre el tratamiento que debíamos dar a tan egregio personaje. Siempre, de vuecencia.

Íbamos ataviados  de sotana y beca, pues ir al cuarto del rector y además obispo, última instancia a la que recurrir en el jerarquizado escalafón, debía ser por algún motivo muy importante.

Cuando yo era pequeño nos enseñaron a tratar de usted a las personas mayores y añadirle a veces el apelativo de tío o tía sin que razón de parentesco obligara a ello. Así que “tío José” o “tía Antonia” era una forma de poner entre nosotros y las personas mayores un muro de respeto y distancia.

Como reliquia medieval existe en algunos de nuestros pueblos el tratamiento de señorito y señorita, no con el sentido que los niños de la escuela dan a su maestra, sino como atributo  que a falta de títulos nobiliarios de mayor calado se sustenta en títulos de propiedad de fincas y capital heredados de sus ancestros. Es  tratamiento vacuo y denigrante, que debería serlo también para quién lo recibe, pero que llevan a gala muchos de los receptores del mismo, incluso exigiendo a quien lo olvida su uso. Peculiar  fue  en mi pueblo el tratamiento de “señó” y “seña”, así, aguda la primera y llana la segunda, que se les daba al cuñado y hermana del cura. Parece que lo de “tío” y “tía” parecía poco y se les subió un peldaño en la consideración, adaptando lo de señor y señora a nuestra idiosincrasia.

No hace muchos años nos producía  confusión  al rellenar instancias el tratamiento que debíamos dar a quienes se las dirigíamos en el escalafón administrativo: altezas, Ilustrísimos, reverendos, reverendísimos,  usías, excelencias, honorables, señorías, … y el más manoseado: el  usted, que algunos profesores  nos dirigían a los alumnos más para mantener las distancias y para elevarse ellos  que como señal de respeto hacia nuestras insignificantes personas.

Tanto realzamos las formas que hemos hecho esencia de ellas, hemos vestido de entorchados y charreteras a los cargos para darles lustre. Habría que ver si tratamientos y respeto se complementan.

En mis tiempos de mili conocí a algunos compañeros que una vez conseguidos los galones de cabo primero cambiaban el trato con los demás, si ayer afable,  al día siguiente distante y encumbrado. Si quieres conocer a Juanillo dale un carguillo.

Tenemos necesidad  de   galones, distintivos, insignias, birretes, tocados,  tratamientos… Vestir de pompa para ensalzar y encubrir…el gran teatro del mundo.

 Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,               
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!

Si nos desnudamos de tratamientos y entorchados nos encontraremos con la persona en su verdadera esencia y valía, que puede ser mucha o puede ser ninguna. Y de eso es de lo que se trata, de disimular  miserias detrás de  la parafernalia.

 

Pastores

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La Junta de Extremadura tiene la intención de crear una escuela de pastores en Castuera.

La profesión más bucólica y cantada de todas las que se realizan en el campo. Los relatos bíblicos les otorgaron la primacía en la visita al niño recién nacido, imagen inmortalizada durante siglos en las representaciones del portal de Belén con los pastores bajo las estrellas pasando la noche alrededor de la lumbre. Antes del nacimiento de Jesús fueron glosados  en las églogas,  composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio, siglo I a. de C,  ejemplo señero con sus Bucólicas. Incluso antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,  compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega, entre otros. Nadie como los pastores para presentir los cambios de tiempo, conocer palmo a palmo el terreno, saber de cobijos en los temporales, de solanas en invierno y de umbrías y frescura en los veranos, de constelaciones, amaneceres y anochecidos en el medio natural.

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Hasta que llegaron las motos de 49cc el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Hacían  el trayecto que duraba varias horas en algunos casos  cada tres días, permaneciendo un compañero en el tajo hasta que regresaba el otro del pueblo, se supone que descansado y con viandas.

Decía antes que ha sido la profesión campestre más loada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor, que requieren preparación y destreza. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad concome el ánimo.

El saber popular ha recogido en refranes y dichos los avatares de este quehacer tan dependiente de la meteorología. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las  “parieras” requiere atención, pericia y oficio.

En tiempos no muy lejanos, los hijos, que abandonaban pronto la escuela para ayudar a las depauperadas economías familiares, aprendían el oficio junto a sus padres y no faltaba mano de obra en los apriscos, pero los tiempos cambian y con toda lógica y justicia los jóvenes buscan otros horizontes más prósperos.

Los chozos eran sus viviendas en el campo. Los más rústicos construidos   con varas y cubierta vegetal como la retama. Otros eran de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o turrucas.

Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. Allí guardaban sus escasas pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgado el candil.  Fuera un trípode con unas llares  donde al fuego  elaboraban la comida.

Las alambradas han reducido el número de pastores, los medios de locomoción mecánicos las estancias nocturnas en los chozos y las reivindicaciones sindicales las jornadas interminables de pastoreo, pero aún faltan profesionales en una de las actividades más antiguas del planeta, más loada sobre el papel, pero menos conocida en su trajín diario y por supuesto, mal remunerada.