De la sillería de mi casa recuerdo especialmente dos ejemplares: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para sentarnos a la mesa con los adultos y comer junto a ellos. Nos subían y nos bajaban de él. Tenía su apoyabrazos que impedía que nos cayéramos por los lados, pero además nos sujetaban con una correa sobre el pecho porque nuestra natural e incansable actividad nos inducía a no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Cuando fuimos adquiriendo destrezas practicábamos escaladas trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento. En ese trono nos tomábamos con el babero puesto las papillas que nuestra madre probaba y soplaba antes para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestras primeras prácticas musicales de percusión tocando la batería con los cubiertos sobre la mesa.
El sillón era un bien mobiliario que pasaba de los mayores a los pequeños y posteriormente a otras generaciones de nietos y sobrinos. Si los alcabaleros cogen pista puede que graven estas transmisiones con efecto retroactivo como herencias o donaciones inter vivos. ¡Bonitos son ellos!
La silla costurera era baja y ancha. Casi siempre se colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle para buscar la luz natural. Asocio su recuerdo con las gafas de cerca sujetas con un elástico a la cabeza de la abuela y con el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. En ella se sentaban por las tardes a coser, bordar, hacer ganchillo o encaje de bolillos las mujeres de la casa. Artesanía pura que conjugaba manos diestras con paciencia, alfileres e hilos. Sobre la luna del bastidor, bordados de seda y oro, flores, paisajes e iniciales de nombres.
Un espigón de sol dorado con muchas motitas de polvo en suspensión penetraba por la puerta entreabierta que daba al poniente. Las que eran mayores guiaban el hilo hacia el ojo angosto de la aguja con dificultad, debido a la presbicia y al temblor de las manos. Los niños- ¡qué ignorancia y falta de respeto!- nos reíamos de ellas cada vez que fallaban en un intento. ‘Por mi puerta pasaréis, pijoteros’, nos decían. Ya estamos en ello, abuelas.
Los muebles y los lugares conservan el espíritu de quienes los ocuparon. Un hueco en la mesa o una silla vacía producen un desgarro sentimental que anuda la emoción a la garganta cuando faltan las personas.
Allá en el doblado, que la RAE dice que se usa en Andalucía como sinónimo de desván, (aquí también, señores académicos), está recogida en un rincón la silla costurera. Una araña devana el hilo del tiempo silenciosamente en su respaldo. El ‘doblao’ es el subconsciente de las casas, donde se van almacenando objetos que sirvieron y ya estorban. Cuando de tarde en tarde subimos a ellos nos encontramos en las cosas almacenadas una parte de nuestra vida que creíamos olvidada. Afloran como en sueños las vivencias de otros tiempos. Aquel tirachinas hecho de cámara de bicicleta, la cruz con la bandera de España con que recibíamos a los misioneros, un patín descolorido…Trastos que se guardan pensando que algún día servirán y probablemente no vuelven a usarse, pero conservan los latidos en el corazón de la memoria.
Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive el recuerdo de un maestro. El que nos enseñó a leer en la cartilla formando palabras con las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’. El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza y despertó nuestra fantasía con sus relatos. El que nos llevaba de paseo las tardes de primavera o el que nos dirigió una palabra de ánimo en el momento de decaimiento, palabra de aliento o gesto cariñoso que valen más que mil reprimendas.
‘Ese es mi maestro’, decíamos, porque con él pasábamos la jornada lectiva completa. A veces más tiempo que con los padres. Nos impartía todas las materias desde matemáticas hasta trabajos manuales. Como en todas las profesiones los hay mejores y menos buenos, pero como en ninguna el objetivo es tan trascendente: enseñar y formar a los niños. ¡Qué gran poder nos confió la sociedad!
El patrón, san José de Calasanz, fue nombrado como tal por Pío XII en 1948. Sacerdote y pedagogo, fundador de las Escuelas Pías en el siglo XVII.
Hace pocos años decidieron unificar en el día del docente al patrón de los maestros y al de los profesores de enseñanzas medias, alternando celebración por turno en noviembre o enero.
Cuando yo empezaba a ejercer me contaban compañeros mayores incidencias y anécdotas que les sucedieron cuando llegaban a los pueblos a los que habían sido destinados. Entonces el ámbito geográfico para ejercer la profesión era nacional, no existían las autonomías por lo que, sobre todo en los primeros destinos, podía corresponder cualquier lugar pintoresco, de gente acogedora, pero alejado de las vías de comunicación más transitadas. La toma de posesión, la presentación de credenciales y respetos al alcalde, al cura y al director del centro.
Los medios de transporte eran escasos, las carreteras malas y los enlaces descoordinados. Hasta en barca había una ruta en nuestra Siberia extremeña para ir de Bohonal a Helechosa de los Montes. Se necesitaba autorización específica de la Delegación de Educación para poder residir en una localidad distinta a aquella en la que se ejercía. El sueldo apenas cubría la subsistencia, para ir tirando y alguna frugal colación. Residían en pensiones donde la compañía de los dueños hacía más llevadera la estancia.
Muchas escuelas eran unitarias, con todos los niveles en un aula y los padres esperando a que acabaran pronto el aprendizaje de las cuatro reglas para incorporar a los hijos al mundo del trabajo.
La canción de Patxi Andión, ‘El maestro’, casi himno oficial del Magisterio, recoge muchos aspectos de aquellos tiempos pretéritos.
El pago más gratificante que recibe un maestro es el saludo de antiguos alumnos después de mucho tiempo manifestando que guardan un recuerdo agradable de los años de escuela. Yo conservo algunos de gestos espontáneos y entrañables de los niños, como dejarte en la mesa un caramelo o unas castañas de regalo.
Los tiempos cambian. Ahora hay un jubileo de profesores especialistas en cada clase, lo que debe redundar en una mejor formación, pero en el recuerdo siguen sonando los versos de Antonio Machado, plenos de evocaciones: “Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de la lluvia tras los cristales”.
La televisión, como decía Gabriel Celaya de la poesía, era un arma cargada de futuro. Los más avispados lo intuyeron.
A partir del año 1964 el Ministerio de Información y Turismo, Fraga al frente, promovió la creación de teleclubes en todos los pueblos. Con ellos se pretendía aprovechar los programas de televisión para organizar actividades educativas y culturales.
En mi pueblo las funciones del teleclub las realizaba la parroquia en el local de la Acción Católica. Disponía de salas para reuniones y un gran salón para la televisión. Allí instalaron uno de los primeros receptores que llegaron al pueblo.
Eran los tiempos de los programas infantiles de Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón; de series memorables: Bonanza, el Virginiano, el Llanero solitario, Rintintín, Bronco…
Por la noche acudían los mayores a ver otros programas: Gran Parada, Noche de estrellas, Amigos del lunes, posteriormente del martes. Dos presentadores habituales: Franz Johan y Gustavo Re. Y el gran Estudio 1.
Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima. Los agricultores, a pesar de estar las labores de recolección en pleno desarrollo, se venían de las eras a coger sitio para no perderse las faenas del torero que popularizó el salto de la rana.
Al principio por ver la televisión se cobraba un real. Nosotros también acudíamos allí a charlar, a jugar a las damas, a comer pipas y a hacernos los encontradizos con las niñas, que, como en un jubileo, subían y bajaban las escaleras.
Había un futbolín grande y pesado, con jugadores de hierro y suelo de pizarra. Cuando jugábamos el ruido era atronador. Los muelles que amortiguaban los golpes de las barras contra el armazón estaban deteriorados de tanto uso y la sensación que le producía al que los escuchaba de lejos era que se acercaba una banda de tambores desacompasados. El engrase de las barras de donde pendían los futbolistas lo hacíamos con saliva. Más de una vez tenía que subir el cura, su hermana o su sobrina, que vivían abajo, para asegurarse que seguíamos jugando y que no había empezado una batalla entre bárbaros por las voces y el alboroto que formábamos. Al campo de juego se le abrió un boquete en la zona de uno de los porteros. La rudimentaria reparación consistió en incrustarle una chapa que quedaba a distinto nivel del resto. Cuando la bola caía dentro la sacábamos haciendo girar la barra con las dos manos y con toda la fuerza que podíamos. Esta salía volando y llegaba algunas veces hasta la portería contraria, lo que era jaleado y aplaudido. En ocasiones la bola sobrepasaba los límites del rectángulo de juego y salía botando por el salón. Una de esas veces fue a estrellarse contra el cristal de una vitrina y el cura suspendió el juego del futbolín por una larga temporada. Al principio le echábamos una moneda para jugar. Dos compañeros se colocaban detrás de las porterías para en acciones muy rápidas evitar que cayeran al interior. Hasta que descubrimos una fórmula mejor: al tirador que sacábamos para afuera cuando le echábamos la moneda le colocamos un trozo de madera para impedir el retroceso y las bolas volvían a la caja sin pararse dentro. ¡Vaya pillos!
Se han vestido de domingo. Hoy viene el fotógrafo a hacerles la foto para solicitar el carnet de familia numerosa. Se colocan en el corral con el fondo de una pared recién blanqueada. Y ahí queda inmortalizado el instante. El padre en el centro con una chaqueta que le está algo ajustada. La esposa, discreta y luchadora, al lado, con ojeras que reflejan el duro bregar diario. Viste de negro por luto reciente. En derredor los hijos, arreglados y peinados para tan señalada ocasión. Al menor, que aún no anda, lo sostiene la madre en el regazo. El que le sigue tiene un dedo en la boca, algo esquivo y vergonzoso. El mayor, taciturno, mira a la cámara con los ojos de par en par, como esperando aparición. El tercero se apoya en la pierna del padre.
Con la bendición y el aliento del clero y del régimen desde la banda el terreno es propicio para cumplir con las directrices de ambas instituciones.”Solamente los pueblos de familias fecundas pueden extender la raza por el mundo y crear y sostener imperios”, (preámbulo de la ley 1 de agosto de 1941 de protección a las familias numerosas). Las noches sin tele y la querencia hacen el resto. Los medios anticonceptivos están vedados. Aceituna comida, hueso fuera, que dicen por aquí y que en latín, que suena más fino, denominan ‘coitus interruptus’. Los más informados se atreven con el procedimiento natural ideado por Kysaku Ogino en 1924, también conocido como del calendario o del ritmo. No se garantiza el acierto al 100% por lo que nacen muchos hijos que tienen como inspirador al japonés. No hay más medios para evitar embarazos, salvo la vía de la abstinencia que conduce a la santidad a través del sacrificio. Pero como de eso está la vida bien surtida no se prodigan los renuncios a uno de los pocos placeres que ofrece.
El régimen vigente incentiva el creced y multiplicaos. Hay ayudas y subsidios a las familias con descendencia. Desde las quince pesetas mensuales por los dos hijos, hasta 145 por la familia que tiene doce. Se añaden 25 pesetas más por cada uno que sobrepase esa cantidad.
La ley de protección a las familias numerosas de 1941 establece dos grupos: de 5 a 7 hijos y de 8 en adelante. En 1943 se baja a 4 el número y se establecen tres categorías. Primera de 4 a 7 hijos, segunda hasta 11 y tercera o de honor de 12 o más hijos.
Se conceden préstamos de nupcialidad. Dos mil pesetas con posibilidad de aumentar a cinco mil. Sin intereses.
Muy divulgados y jaleados son los premios de natalidad. Mil pesetas para el matrimonio español que sea más prolífico.
El acto de la concesión y entrega de los galardones por Franco tiene amplia cobertura y publicidad en los medios de comunicación, incluido el NODO.
Los beneficios para las familias numerosas se aplican al ámbito académico con exención o reducción en las matrículas, al de transporte con descuentos en los viajes y al de la vivienda, teniendo preferencia para la adjudicación.
Así se llenaron las calles y las escuelas de los pueblos y ciudades. La espita de la emigración las fue vaciando posteriormente. El imperio y la raza se expandían.
Cuenta la leyenda que el capitán Pelay Pérez Correa, quien llegó a ser maestre de la Orden de Santiago, pidió a la virgen que detuviera la marcha del sol hacia el ocaso para poder acabar una batalla que sus tropas libraban contra los sarracenos: “¡Santa María, detén tu día!”, fue su súplica. En agradecimiento por el favor recibido mandó construir en lo alto de la montaña una ermita, convertida actualmente en el monasterio de Tendudía, en un paraje de gran belleza.
Salvo este prodigioso caso, surgido de la imaginación y devoción populares, no conozco ningún otro en que se haya parado o acelerado el paso del sol por la bóveda del cielo. En el siglo XIII todavía no se había descubierto que era la tierra la que giraba alrededor del sol por lo que sería a ella a la que echarían el freno.
El deseo imposible de detener el tiempo se da también cuando lo estamos pasando maravillosamente. ¿Quién no ha querido alguna vez que el reloj detuviera el andar de sus manillas, como dice el bolero del mejicano Roberto Cantoral, “Reloj, no marques las horas…”? También queremos que pase cuanto antes cuando se sufre.
La humanidad ha parcelado la cadencia de la luz, pero el tiempo no necesita relojes para continuar su paso inexorable. Los usamos porque necesitamos tener referencias temporales para relacionarnos con el mundo que nos rodea, para ponernos nerviosos esperando o para agitarlos cuando algún soporífero tostón nos está haciendo insoportable la velada.
El reloj auténtico es el sol con su péndulo de alboradas y ocasos. Las maquinitas acompañan con ritmos de tictac, campanadas, cantos de cuco y guiños digitales el majestuoso y aparente paseo del astro rey por el cielo.
Algunos de nuestros antepasados usaban relojes de bolsillo, con cadena asida a un ojal del chaleco. Una de las marcas era “Roscopatent”, que debe el nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo Georges Frederic Roskopf. Los labradores y ganaderos los necesitan menos. Un buen amigo, al que le salieron los dientes en el campo y que lleva desde niño viendo amaneceres y puestas me contó que tiene un sistema para calcular el tiempo que le falta al sol para ocultarse. Extiende su mano y coloca los dedos juntos, de pantalla; mide desde el horizonte hasta donde está el astro rey. Cada medida equivale a una hora.
-Pero, Juan, dependerá de lo largo que se tenga el brazo y lo gordo que sean los dedos.
-Chispa más o menos, a mi me da el apaño- me responde oscilando la mano a derecha e izquierda.
Llega por estas fechas de nuevo el cambio de hora. Este vaivén periódico de manillas empezó en el año 1974. Anteriormente, en el año 1942, Franco había adelantado una hora con respecto al huso horario que nos corresponde por situación geográfica a la mayor parte de España. En la campaña de las últimas elecciones generales algunos líderes prometieron que iban a impulsar el cambio de huso horario para adecuarlo a nuestras necesidades, promesa que dormirá hasta la próxima convocatoria electoral, aunque como está el patio quizás sea prudente no retrasar más los relojes cuando hay algunos que nos quieren llevar demasiado atrás. A los tiempos de la Edad Media, cuando los reinos de Taifa.
Existe una percepción idílica de la vida en los pueblos pequeños. El campo está cerca y se puede disfrutar de él saliendo a los ejidos y a las huertas. El sosiego, la paz con estampas bucólicas. Pero también hay inconvenientes a los que unos se acomodan mejor que otros cuando se vive siempre en ellos.
En un grupo social reducido suelen darse afectos sinceros y odios profundos. Ya lo dice el refrán: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Existen castas, no en el sentido de privilegio ni separación, sino de pertenencia o linaje, racimos de familias con intereses entrecruzados. Herencias, rencillas, lindes,… La cercanía acrecienta y profundiza los afectos y los desafectos.
Una persona en la ciudad puede ser un anónimo ciudadano del que solo saben sus vecinos de piso por encuentros esporádicos en la escalera. Se pueden tener actividades, aficiones e incluso una vida paralela sin que nadie sospeche nada. En un pueblo pequeño es muy difícil. La convivencia y las relaciones sociales entre los vecinos son fluidas y frecuentes. Visitas, saludos, invitaciones…las más de las veces educadas y afectuosas, pero otras solo aparentemente.
En el pueblo no solo eres tú, sino que eres hijo, nieto y bisnieto, hermano, padre o cuñado de. Miembro de una red de parentescos que te identifica y te encuadra. ¡No tendrá a quien parecerse!, dicen cuando algún rasgo de la personalidad o conducta recuerda a los ancestros.
Para hacerse una idea del entronque hay casos en que para nombrar a una persona se recurre a enlazarlos con sus padres y abuelos. Así, por ejemplo, Pedro, el de María la de tío Eusebio.
Aparte están los motes que a veces designan a familias enteras por el lugar de trabajo u oficios desempeñados: los de Valjuncoso, los de Cartuja…O por algún acontecimiento: los de la herencia o los del medio millón.
Tan intensas son las relaciones como extensas pueden ser las distancias si se deterioran. Un abandono de noviazgo, una invasión de lindes o desavenencias por un pozo compartido pueden ocasionar enfados irreconciliables de por vida, transmisibles de padres a hijos y extensibles a toda la parentela.
Un gran hermano de visillos y esquinas es el guardián moral de las más acendradas tradiciones. Vigila, mantiene y encauza por la senda de normas no escritas la decencia y los comportamientos ajenos y esto es corsé que a muchos aprisiona.
Las nuevas generaciones han roto afortunadamente muchas ataduras y soltado muchos lastres. Hacen lo que les da la gana sin importarles las opiniones ajenas, pero tiempos hubo en que un embarazo sin haber pasado por la vicaría mandaba a las afectadas al lazareto de la marginación con estigma y cicatriz de por vida. Convivir con la pareja sin casarse, era marca de infamia y desprestigio con recriminaciones desde el púlpito y runrún de los corrillos. Yo, que soy un amante del pueblo, no dejo de reconocer sus virtudes y defectos. Y aprecio el buen y casi familiar trato entre vecinos, sobre todo los de por cima, por bajo y los de enfrente con los que se tenía una relación especial. Eran los primeros en acudir en ayuda en los casos de apuro. Por eso, ni tanto ni tan calvo. Ni todo es tan idílico ni se anda siempre a tiros.
Las sequías son cíclicas y pertinaces Lo sabemos por experiencia y por la cantinela que escuchamos tantas veces.
Otra vez ancla en nuestros lares con las garras del “ciego sol, la sed y la fatiga”. El labrador que “del cielo aguarda y al cielo teme” mira cada tarde al horizonte buscando indicios de lluvia en la dirección del viento o en el aspecto del cielo, como el padre del hijo pródigo lo esperaba a las afueras del pueblo, anhelando que la silueta en lontananza fuera la esperada.
Ya cesaron los arrullos de las tórtolas en las dehesas, migraron las golondrinas y vencejos a tierras africanas. Entrado el otoño llegarán del norte los zorzales, las grullas, las avefrías, los chorlitos,…pero el agua que debería venir del Atlántico no acaba de llegar.
El hombre aguarda y escudriña cualquier leve indicio. Sospecha que algo pasa, que el clima, lenta e irremisiblemente está cambiando. Fallan los barruntos que antes anunciaban la lluvia. Los cercos de la luna y el sol, los nietos que les salen a los lados y que los técnicos llaman parhelios, la forma de elevarse o agacharse el humo de las candelas, el comportamiento de las aves…
Los pozos han profundizado oquedades y ha habido que añadir soga para llegar al agua, si queda, allá en las sombras, donde la mora acecha la cara de los niños que se asoman al brocal. El sol del mediodía, caricia de luz irisada cuando está en lo alto, no alcanza a tocarla.
Los musgos secos y amarillentos ansían el mullido verdor cuando resbala la lluvia por sus rocas.
Los arroyos, gavias y regajos son arterias sin flujo de un cuerpo que agoniza. Los espinos y los cardos secos se amontonan en las alambradas, como espectros de relámpagos interrumpidos que demandan auxilio con los brazos abiertos.
Añoro las noches en que pasan las nubes cuarteadas y veloces delante de la luna, como borregos que huyen de los lobos. Si las miras mucho rato parece que es la luna quien corre en dirección contraria. Una calle a oscuras, un tejado claro que al poco intercambian luz y sombra. Al día siguiente flecos grises se arrastran por las crestas de la sierra, empujadas por los vientos ábregos cargados de humedad. Quiero que llueva en la quemada piel por el sol de los barbechos, bálsamo tibio de esperanzas verdes, en los alcores calvos y resecos; que lloren las alamedas y los chopos con el gozo risueño de sus hojas. Que el viento, perrillo suelto, suba a la cima de las nubes y juegue al escondite en las esquinas, que silbe en las cornisas y en los cables del tendido. Quiero ver llover sobre las tejas que guardan el verano dentro. Que la lluvia derroque la sucia corona de las ciudades y la arroje sobre el suelo, revolución limpia con las armas de la lluvia, que aclare los cristales empañados de la atmósfera, que abra la tierra, prieta de sequedad en sus entrañas enquistadas, que cesen las tolvaneras en los páramos desiertos. Agua fecunda, limpia, mansa y caladera sobre las ciudades y los campos. Y después que refleje el sol su brillo sobre las primeras hierbas del otoño y en el arroyo corra clara entre los guijarros y los limos.
A comienzos de los años setenta residía yo en Badajoz por razones de estudio. Compraba el periódico HOY cerca de Puerta de Palmas, cuando iba camino de la escuela de santa Engracia, cerca de la barriada de la Estación. El puesto de venta era muy simple: los diarios en una silla de tijeras con una piedra encima para que el viento no los deshojara. El vendedor permanecía de pie al lado, apoyado en un bastón. Nos dábamos los buenos días, le pagaba las cinco pesetas que costaba el ejemplar y me lo entregaba. Le echaba un primer vistazo con la sensación de estar abriendo una ventana al mundo. Una de las secciones que recuerdo era ‘la mini noticia’ donde de forma escueta se daban pinceladas curiosas sobre la actualidad pacense. Buscaba con avidez la información local por si venía algo de mi pueblo o de los cercanos.
Entonces el formato era mayor que ahora y sin colores. Menos manejable para abrirlo de par en par.
Todavía estaba la redacción en la plaza de Portugal. En la fachada del edificio se anunciaba con grandes caracteres: “HOY GRAN PERIÓDICO DE EXTREMADURA”. Cuando pasaba de noche por allí y veía las luces encendidas a través de los balcones pensaba en el trabajo de composición y talleres que de forma vertiginosa se estaría desarrollando en aquellos momentos, siempre pendientes de la última hora y me imaginaba esos momentos antes de dar a las rotativas una noticia de alcance en que los periodistas conocen lo que los demás ignoramos y el gozo de saber que en unas horas será tema de conversación en todas las reuniones.
El periódico HOY estaba entonces integrado en la Editorial Católica, fundada por el cardenal Ángel Herrera Oria. Desde 1952 hasta junio de 1970 su director fue Gregorio Herminio Pinilla Yubero y a partir de esa fecha le sucedió en el cargo Antonio González Conejero. En sus páginas escribieron entre otros Arsenio Muñoz de la Peña, al que saludé fugazmente en una casa de la calle de san Juan adonde yo acudía a dar clases particulares, Tomás Rabanal Brito, Antonio Soriano Díaz, Enrique Segura, Antonio Zoido, Antonio García Orio-Zabala, al que veía algunas veces por el paseo de san Francisco, Gervás Camacho, el padre Félix García, Narciso Puig Mejías (que fue redactor jefe), Ángel Sarmiento, Rodríguez Arias, Delgado Valhondo, Pérez Marqués, Ana María Brun, Pedro Caba, Sánchez Morales, Adolfo Maillo, Alía Pazos, Pérez Lozano, Vintila Horia, Carlos Callejo, López Martínez y Juan Pedro Vera Camaño, de cuya obra ‘Periódicos y periodistas extremeños’ he cogido estos nombres.
El periódico tuvo una iniciativa curiosa y novedosa entonces. En varios puntos de la ciudad colocaron unos muebles, parecidos a mesillas, con ejemplares para que los ciudadanos los cogieran y echasen el dinero por una ranura. Una encomiable iniciativa para demostrar la educación cívica, pero parece ser que el afán de leer no iba parejo con el de abonar su importe. Así que no duró mucho el invento.
Por entonces escribí mi primera carta al director. Contaba en ella breve e ingenuamente la experiencia de ir a coger aceitunas de verdeo para afrontar algunos gastos durante el curso.
Ni imaginaba que cuarenta y tantos años después iba a tener esta columna semanal con mi nombre.
Un amigo, después de zamparse dos pasteles con nata y chocolate, llamó al camarero y le dijo:
-Por favor, cámbieme el azúcar por sacarina para el café.
Y es que estaba a régimen, uno de esos que dicen que comas solo proteínas, que elimines los hidratos de carbono, que no comas fruta por la noche o que tomes no sé qué mejunjes en ayunas.
Al pan, sacralizado antaño y cantado por poetas como Fray Luis de León: “Comida celestial, pan cuyo gusto/es tan dulce sabroso y tan suave/que al bueno, humilde, santo, recto y justo/a manjar celestial, como es, le sabe”, también le llegó su condena y fue marginado o reducida al mínimo su ingesta.
El trigo, su base, creció entre auras y vendavales, temperos y escarchas, lluvia y niebla, plata de luna y guiños de estrellas, con cantos de perdiz, alondras y trigueros.
Para Pablo Neruda es símbolo de reivindicación y lucha: “Iremos coronados/con espigas/conquistando/tierra y pan para todos/y entonces/también la vida/tendrá forma de pan/será simple y profunda/innumerable y pura”.
Surgen estas reflexiones después de leer la crítica literaria que Manuel Pecellín hace en el blog que tiene en este periódico sobre el libro de Magda Hollander-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, en el que relata las penalidades que pasó en los campos de concentración de los nazis. Me conmovió una frase: “A punto de perecer, a la joven húngara (17 años) una moribunda le entrega en Birkeneau cuatro mendrugos de pan mohoso, rogándole los coma y viva para testimoniar sobre lo que allí ocurría”.
Desde la maldición bíblica que nos condenó a que lo ganásemos con el sudor de nuestras frentes hasta nuestros días este alimento básico ha pasado de ser codiciado por salvar vidas en tiempos de escasez a ser degradado por considerarlo culpable de gorduras indeseadas.
Muchas familias lucharon con denuedo para que no faltase en sus mesas. Las cartillas de racionamiento de la posguerra lo incluían con cantidades limitadas por persona. Lo había blanco y negro. Este se hacía con harina sin refinar y con pieles de las semillas de ciertos cereales, lo que conocemos como salvado. No era el problema su negrura, sino la mala calidad de los componentes. Prueba de ello es la alta estima nutritiva actual con buenos ingredientes por su contenido en fibra.
En los años de carpanta molían cereales y lo horneaban en hornos caseros, a escondidas, porque el trigo había que entregarlo todo al Servicio Nacional. Los que tenían y podían guardaban parte de sus cosechas en escondrijos para consumo propio o para dedicarlo al estraperlo con precios superiores a los oficiales.
Tiempos hubo en que se le daba un beso cuando se caía al suelo. Tirar el pan se consideraba un desprecio a los que no tenían qué llevarse a la boca y una ofensa a quien se rogaba para que no faltase el de cada día. El trozo que no apurábamos lo dejábamos en el saliente de cualquier ventana porque, como recoge Calderón de la Barca en su inmortal décima, por más pobres y míseros que nos consideráramos siempre había quien venía detrás recogiendo las sobras que nosotros no queríamos.
No quitéis galones a quien alberga cuerpo sagrado y con vino acompaña al caminante para hacer camino.
Tiene septiembre una melancolía dorada de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los crepúsculos adelantan los anochecidos y retrasan el primer albor de la mañana. Baja el rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla, desprende aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama. Libres por fin viajan en el viento, anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es puente que enlaza estaciones donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra, de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y al estudio cultivador de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé, ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta traía por caminos de coral a Alfonsina con cinco sirenitas. La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían en la luz difusa del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
Las mañanas bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero, tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”. Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.