Que todas las primaveras…
Procesión del viernes santo,
luz de vela y luna llena.
La soledad de la Virgen,
siete puñales de penas
en su corazón de madre.
Quejido de una saeta
rasga el manto de la noche
como cada primavera.
Ritos de muerte y calvario
incensario, palio y cera.
Detrás de las alambradas
hay una madre que espera
con el hijo entre sus brazos
que les abran las fronteras.
Y recordé que Jesús
huyó también de su tierra
por la amenaza de Herodes.
¿Y si Jesucristo fuera
quien renacido otra vez
por tanta injusticia y guerra
aguarda la mano amiga
que le ofrezca su defensa?
Morirá otra vez Jesús
y con cada primavera
celebraremos su muerte
a la luz de luna llena.
Semana Santa
En Semana Santa la abstinencia y el silencio visitaban las casas con dieta de potaje y bacalao. Procesiones, oficios vespertinos y sermones centraban y condicionaban toda la actividad del pueblo. Sólo la Bula de la Santa Cruzada, que estuvo vigente hasta 1966, permitía a los que la adquirían eludir la vigilia todos los viernes del año y el ayuno todos los días de cuaresma. El precio iba de los cincuenta céntimos hasta las diez pesetas y la voluntad, según disponibilidad económica. Con su compra, la vigilia se limitaba a los viernes de cuaresma, el ayuno al Miércoles de Ceniza y el ayuno y la abstinencia al Viernes Santo.
Las emisoras de radio cambiaban sus programas habituales y emitían música clásica.
Si por descuido canturreabas o silbabas una canción, cualquiera te avisaba de que eso no debía hacerse porque había muerto el Señor.
El cura confeccionaba un programa de mano. En él se fijaba el horario de las distintas celebraciones, así como el día y la hora de vela que correspondía a cada calle. Muchas personas trabajaban y vivían en los cortijos y, como los medios de locomoción eran escasos e incómodos, sólo acudían al pueblo en fechas muy señaladas, como estas de Semana Santa. Así que en el programa se reservaba el sábado para que pudieran confesar y comulgar “los que vienen de los cortijos”.
La mujeres con velo y los hombres trajeados llenaban la iglesia.
Olía a cera, a incienso, a lirios y azucenas que adornaban el altar mayor.
Apagaban la luz los bares cuando pasaban las procesiones por sus puertas y los escasos clientes observaban sin ser vistos. Filas separadas de hombres y mujeres acompañaban a las imágenes entonando canciones como “Perdona a tu pueblo, Señor” o caminaban en silencio la noche del viernes a la luz de las velas y de la primera luna llena de la primavera.
Los bares sí se llenaban entre actos. De hombres, mujeres pocas. De música nada y de yantar poco. El viernes a palo seco o una frugal colación, que cada cual interpretaba a su manera.
Las campanas descansaban y cedían turno a la matraca para convocar a los fieles a los actos litúrgicos. Producía un sonido estruendoso y monocorde, como si un rayo de aldabas y madera cayera rompiendo el aire en pedazos.
Los bailes agarrarrados, cuyas licencias más atrevidas eran cogerse las manos o abarcar precavido medio talle, con desahogado espacio fronterizo entre los cuerpos, desaparecían en estas fechas para evitar las tentaciones a las que uno de lo enemigos del alma podía inducirnos. Tardé tiempo en descubrir que la carne no se refería al borrego o al cerdo, vedados por la vigilia, sino a la atracción natural por el sexo contrario a la que, por lo visto y oído, había que elevar hacia no sé qué idealismo platónico.
Paseábamos los jóvenes por las calles aledañas a la iglesia entre procesión y procesión. Cruzábamos miradas cómplices y risas que terminaban emparejando ilusiones cuando empezábamos a sentir la savia en nuestros cuerpos adolescentes.
El cine
Publicado el viernes día 11 de marzo en el periódico HOY, sección Raíces.
Los domingos, al cine. El salón tenía sillas de enea, suelo de baldosas rojas y techo de sacos de arpillera para evitar los ecos.
Una película infantil por la tarde de Jaimito, Charlot, el Gordo y el Flaco o alguna de indios en las que siempre ganaban los mismos. Por la noche, una para los mayores. Si el día era de fiesta importante las entradas eran numeradas. Si no, un abrigo echado sobre las sillas servía de reserva.
Existía una valoración moral, más atenta al sexo que a la violencia. Calificaba las películas con números y letras. La parroquia disponía de un fichero donde constaba una breve reseña con el argumento y la calificación. Se colocaba esta en el cancel de la iglesia o en la ventana de la Acción Católica. Casos hubo que, en ausencia de ficha y por tanto de información, nos preguntaba el cura sobre las escenas que se veían en las carteleras y según esa referencia y lo que pudiera deducirse del título adjudicaba el número correspondiente.
El uno, tolerada para todos los públicos. El dos, para jóvenes de catorce a veintiún años. El tres, para mayores.Tres R, para mayores con reparos y el 4 para nadie porque eran gravemente peligrosas.
En el salón del cine se fumaba a discreción, se comían pipas cuyos chasquidos acompañaban toda la proyección y por el pasillo paseaba el vendedor de refrescos vendiendo gaseosas a peseta.
La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre coreados por toda la chiquillería: ¡Uno, dos y tres!
En el intermedio los altavoces animaban la espera con grabaciones de La Paquera cantando por bulerías, “Maldigo tus ojos verdes”, “Campanera” o con Manolo Escobar interpretando “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar…”
Precisamente los que empezaban a iniciarse en el vicio aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas de los mayores.
Yo, si me aburría la película, me entretenía mirando el chorro cónico de luz que iba desde el agujero de la cabina a la pantalla, por cuyo haz pululaban infinidad de partículas flotantes entre el humo de los cigarros.
A veces la proyección se interrumpía por algún corte inoportuno y entonces encendían inesperadamente las luces. Mirábamos hacia atrás buscando una explicación a la interrupción y lo que nos encontrábamos eran las rosetas encarnadas en los pómulos de las parejas de novios que buscaban las filas y rincones de atrás para sus querencias.
Si en algunas escenas de la película los protagonistas se besaban o se daban algún achuchón ciertos mozos, sin desbastar aún sus impulsos reprimidos, silbaban o jaleaban. Acudía entonces el acomodador con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto, que se solían cohibir al verse señalados por luz tan cegadora en medio de la oscuridad y negaban la autoría del revuelo.
Finalizada la película nos dirigíamos a nuestras casas cumpliendo una norma de prevención sanitaria: nos tapábamos la boca con el pañuelo para evitar que el relente de la noche nos afectara la garganta.
El poder
Quien quiere descollar, por codicioso
queda en su proceder desmesurado
a los ojos ajenos retratado
y en su propio semblante ruboroso.
Si no pierde por mor del entorchado
totalmente el recato pudoroso
y se encuentra por ello más dichoso
convertido en total desvergonzado.
Las ansias de poder y encumbramiento
fuera de razonables pretensiones
conducen a vivir con fingimiento
y con tal de lograr las ambiciones,
sin advertir ningún remordimiento,
van cubriendo el camino de traiciones.
La plaza.
“La siega: la recolección”, obra realizada en 1895 de Gonzalo de Bilbao, pintor impresionista sevillano.
La costumbre de concentrarse en la plaza para formalizar los contratos verbales de trabajo se remonta en España al siglo XIV. Así se regulaban ciertos oficios gremiales y las autoridades controlaban la movilidad de la mano de obra.
Como residuo de aquella práctica, en nuestros pueblos existía un lugar donde se reunían los jornaleros y al que acudían los patronos o sus manijeros para contratar la mano de obra que necesitaban en cada época del año. Adquiría especial relevancia en temporadas en que las faenas agrícolas requerían más trabajadores, como eran las de recolección.
Los ayuntamientos y otras instituciones públicas ofrecían entonces poco trabajo. No existía el empleo comunitario ni los subsidios por desempleo.
Antes del amanecer van llegando los braceros en traje de faena. El humo del cigarro y el frío de la mañana envuelven la incertidumbre y la esperanza del que poco tiene y lo que aguarda no depende de su voluntad, sino de la de otros. Acuden a la plaza cada mañana a ofrecer la fuerza y la destreza de sus brazos al que lo necesite y se lo pida. La oferta y la demanda pura y dura. Necesito a tres y escojo a los que considero más idóneos. Nada que objetar. ¡Buenos días! Una copa de aguardiente y el café. La mañana está fresquita, el aire se fue arriba. A ver, para el tiempo que estamos…es lo que se espera…
Latiguillos y tópicos que enmascaran la ansiedad de todos por conseguir unos días de jornales y que termina para muchos con la decepción y la humillación de volver a casa sin conseguirlo.
Miran de reojo hacia la puerta cuando entra alguien. Todos saben quiénes pueden venir a contratarlos y cuando entra uno de ellos las voces de la conversación se aminoran y se aguza el oído. El patrón busca con la mirada, bien a su encargado, que le servirá de enlace, o directamente se dirige a los que quiere que vayan con él.
Cuando se forma la cuadrilla el pacto se sella con la invitación a una copa de aguardiente por parte del empresario.
Los que fueron contratados se dirigen a sus casas para echar la merienda y reunirse después en el lugar concertado para ir al tajo. El bar se va quedando casi solo. Algunos no van con nadie porque nadie los buscó. Beben otra copa de aguardiente o quizás algunas más para echarle un poco de valor cuando lleguen a casa sin poder llevar el jornal que tanta falta hace. El tabernero comprensivo les fía a la espera de mejores tiempos. Tal vez con la aceituna les den algunos jornales en las casas grandes.
Mañana, cuando aún no haya despuntado el alba, volverán a subir o bajar los jornaleros a la plaza con su traje de faena. Sus mujeres aguardarán anhelantes su llegada para saber si han de preparar merienda. Por la forma de entrar deducirán si ha habido suerte o no. Se mirarán un instante y sin palabras habrán hecho una pregunta y obtenido la respuesta.
Fieles pies
Del que amparado en grupo saca pecho.
















