Tiene septiembre una melancolía dorada de esplendores decadentes que pierden intensidad con el lento declinar del sol hacia el equinocio. Alarga sombras y ensancha umbrías. Los crepúsculos adelantan los anochecidos y retrasan el primer albor de la mañana. Baja el rocío con silenciosa delicadeza a posarse en los pastos de las vegas. Los tambores del trueno anuncian las primeras lluvias que alivian a la tierra reseca. Esta, al recibirla, desprende aromas agradables e inconfundibles, ‘petricor’, dicen que se llama. Libres por fin viajan en el viento, anunciando el fin del estío y el comienzo del otoño.
Avisa el refrán que septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Él mismo es puente que enlaza estaciones donde confluyen sentimientos encontrados: la nostalgia de dejar atrás un tiempo dilatado de luz, sin orillas, en los que las noches y los días casi se dan la mano por la espalda de los montes y la ilusión, quizás zozobra, de comenzar un ciclo nuevo, abierto a la esperanza de la tierra labrantía y al estudio cultivador de los colegios.
Por su espina dorsal, otero de vertientes, bullen las fiestas del Cristo en muchos pueblos extremeños.
Al comienzo de la novela ‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé, ‘Pijoaparte’ y Teresa “caminan lentamente una noche estrellada de septiembre bajo un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos cuando ya la fiesta ha terminado… Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano…”
Cuando la leí por primera vez pensé que la descripción podía haberse ubicado en cualquiera de nuestros pueblos, aunque la acción transcurre en un barrio de Barcelona, el Carmelo, adonde arribaron tantos emigrantes extremeños.
El último día de feria de un año lejano los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta traía por caminos de coral a Alfonsina con cinco sirenitas. La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche con el fulgor adolescente de los enamorados.
Ella se fue al día siguiente después de un verano inolvidable, arrastrando su tristeza cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían en la luz difusa del amanecer. Fue una despedida de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía ella sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol.
Las mañanas bordaban ya con hilachas de bruma las amanecidas.
El muchacho la siguió con sus ojos hasta que desapareció por la esquina de la calle. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero, tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Los días siguientes paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.
La descripción de Marsé continúa casi al final de la novela encerrando dentro una bella historia de amor: “…Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos…(…) …amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces”. Sensaciones que, como el olor a tierra mojada, se expanden sin distinguir idiomas ni fronteras.
Hay dichos injustos e hirientes porque generalizan sin fundamento. Atribuciones peyorativas que surgen en algún momento por envidias y rivalidades entre pueblos vecinos.
Pío Baroja recoge en la serie de novelas ‘Memorias de un hombre de acción’ algunas de estas expresiones maledicentes en la zona de la Alcarria: “No compres mula en Tendilla/ ni en Brihuega compres paño/ ni mujer en Romanones/ni amigos en Marchamalo;/ la mula te saldrá falsa/el paño te saldrá malo/la mujer te saldrá tuna/ y los amigos contrarios”.
En Extremadura con diversas variantes y localizaciones existen expresiones de este pelaje.
Ni mulas en Quintana, ni mujeres en Castuera, ni amigos en Campanario…
En otros ejemplos se cita a La Zarza, Villanueva… El esquema está servido para que cada pueblo zahiera al vecino añadiendo sus nombres. Nada más falso e injusto.
En todos sitios existe gente de la más diversa índole.
A mi pueblo llegaban por temporadas dos hermanos, Bartolo y Diego, de Campanario. Eran trajineros y vendían mazos de tripas para las matanzas, pimentón y judías de la Vera, higos de Almoharín, o quesos de la Serena. Sus largas estancias y su trato agradable y leal les granjearon el afecto y la consideración de los vecinos. En su trabajo se complementaban perfectamente. Bartolo era el encargado de las relaciones públicas y Diego se dedicaba a cobrar, pago que no se hacía a la entrega de la mercancía, sino que esperaban a la recogida de la cosecha para hacerlo.
Saber vender es un arte y ellos lo practicaban ganándose la confianza de los compradores. Si un año la economía doméstica flojeaba se necesitaban menos tripas por la menor cantidad de carne. No había problema: “Habiendo para el apaño, para qué más”. Si el año había sido abundante y se podía extender el pedido también tenían la frase oportuna: “Más vale que sobre que no que haga falta”. Hablaban con la acusada pronunciación de los sonidos velares de ‘j’ y la ‘g’, característica de Campanario.
Se alojaban en la posada del pueblo. Vestían con chambra, abrochada en el cuello y abierta y con más vuelo y holgura por la parte de abajo. En la cabeza la boina. Después de tantos años, sus hijos, que pasaron aquí muchos días de su niñez, recuerdan con cariño aquellos tiempos y gozan del aprecio de quienes les conocieron.
De Castuera llegaban, y lo siguen haciendo por septiembre, los turroneros. Eran las mismas familias todos los años e igualmente se ganaron el aprecio de los vecinos.
Siendo yo niño esperábamos ilusionados su llegada. Era el aviso de que la feria empezaba. Los puestos no eran como los de ahora, bien equipados y acondicionados. Entonces la estructura, el esqueleto, era de madera y una vez ensambladas sus partes las cubrían con telas blancas. En el mostrador, inclinados hacia afuera, turrones duros y blandos, garrapiñadas, peladillas, piñonates, frutas escarchadas, tortas imperiales, alfajores, mazapanes, almendras rellenas, miel, arrope…y colgados del techo bastones de caramelo.
Comían y dormían dentro del puesto, sobre un entarimado para aislarse del suelo. En las horas de la siesta se echaban sobre una manta en el acerado que estaba en sombra para descansar un rato.
Buenas, entrañables y laboriosas personas que siguen llegando, hoy ya sus descendientes, para endulzarnos la feria.
Oír a Francisco Valladares, por ejemplo, recitar un poema me conmueve. Es un arte. Quien sabe hacerlo mece las frases con énfasis, entonación y silencios. El poema se convierte en música dramatizada, plena de compás y cadencia que emociona al auditorio al remover los sentimientos más primitivos y arraigados. La muerte, el amor, la dignidad de los que no tienen más capital que su honra, la grandeza de la fidelidad, el heroísmo, el requiebro galante a la mujer hermosa… La poesía lleva consigo el ritmo que le dan los acentos, la métrica y la rima. El rapsoda la interpreta con el recitado y la declamación. El oyente traduce en sentimientos que ponen los pelos de punta, la frente tersa y el busto erguido.
Sin ser profesionales también he oído en las tabernas al calor de la melancolía del vino, en los jolgorios de fiestas y bodas, recitar a aficionados con hondo sentir. ¡Qué silencio se produce cuando alguien lo hace con pasión y vehemencia! Personas mayores que tienen dificultades con la escritura recuerdan, sin embargo, poesías que recitaban sus antepasados o escucharon en películas y teatros.
La tradición oral ha sido durante siglos la forma de transmitir de generación en generación romances, décimas, coplas…
Algunas composiciones por su temática o musicalidad arraigan con más facilidad en la memoria y se prestan a la recitación. El deslumbrante ritmo de la ‘Marcha triunfal’ de Rubén Darío. El ‘Canto a la mujer cordobesa’ de Julián Sánchez Prieto. El patriotismo desmesurado del ‘Dos de mayo’ de Bernardo López García. ‘Era un jardín sonriente’, de los Hermanos Quintero. ‘El Piyayo’ de José Carlos de Luna. ‘Los cuatro muleros’ de García Lorca o la recitaciones intercaladas en las canciones de Pepe Pinto y Pepe Marchena: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” escritas, entre otros, por Rafael de León, por citar solo algunos de los ejemplos más conocidos.
Dos poemas me han conmovido siempre cuando los he leído o escuchado: ‘La nacencia’ de Luis Chamizo: “Bruñó los recios nubarrones pardos…” y ‘El embargo’ de Gabriel y Galán.
La primera vez que escuché este último en boca de mi padre, sin ser consciente entonces por mi edad del alcance del concepto de dignidad, sí la intuí en aquel hombre, roto de dolor, que invitaba a pasar al juez y a sus acompañantes cuando ya no tenía dinero porque se lo gastó todo en la enfermedad de su esposa. Lo demás podían llevárselo… Todo menos eso: “La camita onde yo la he querío/ cuando dambos estábamos güenos;/ la camita ondi yo la he cuidiao/la camita ondi estuvo su cuerpo/cuatro mesis vivo/ y una nochi muerto…”
Me impresionó la valentía, que sin ser altanera, es firme y llena de orgullo por el deber cumplido: “Si venís antiayel a afligila, sos tumbo a la puerta”.
Esa cualidad del que se da a valer como persona, que se gana el aprecio ajeno, respetándose a sí mismo y a los demás, sin dejarse humillar. Y pienso ahora cómo actuaríamos cada uno de nosotros en parecidas circunstancias, “desnudos, como los hijos de la mar”, despojados de los bienes materiales que nos sostienen y de los que a veces presumimos. Si mantendríamos la digna grandeza del protagonista del poema de Gabriel y Galán.
Regresó envuelta en los sudarios del aire, con la muerte asomada a las barandas violetas de sus ojos. Se sentó en la silla de enea, la costurera, donde su abuela hacía encajes de bolillos y bordaba en bastidor. Por la puerta del corral entraba hasta la mitad de la casa el sol con su haz amarillo lleno de motitas flotantes, como aquellas tardes de la infancia.
En un rincón de la sala, la mecedora de mimbre, vacía del cuerpo del abuelo, donde descansaba un rato después de comer. El reloj de pared, con la llave de la cuerda dentro de la caja, estaba parado desde hacía muchos años. Tardó en apartar la vista del pequeño espejo rectangular, delante del que su abuela se peinaba cada tarde antes de sentarse detrás de la puerta a esperar que su marido regresara del campo.
El día que la familia se fue a Madrid, porque la vida en el pueblo se puso difícil, tenía diez años. Al echar su padre la llave después de mirar por última vez al interior, sintió una profunda congoja.
Aquel descuaje brutal de su tierra, de sus amigos, de su casa, para ir a una ciudad donde tuvo que empezar a ganarse afectos de gente desconocida fue duro. Su padre, que tenía las manos hechas a las espigas y al arado, las tuvo que adaptar al ladrillo y al cemento. Le costó mucho.
Después de cuarenta y cinco años volvía para despedirse del lugar donde había sido feliz, sabiendo que el final estaba cerca.
Pasó su mano, delicada y amarillenta, con cariñosa parsimonia por la ajada puerta del corral que da al poniente. La madera estaba reseca y descolorida. Guardaba entre sus grietas las tardes ardientes de sus veranos y el azote de los temporales, con aquel crujir quejoso en las noches de viento cuando escuchaba desde la cama caer el agua de los canalones sobre el suelo.
Aledaña estaba la antigua cocina con hornos de carbón en la que su madre pasó tantas horas. Allí comían todos en invierno al calor del fuego de la chimenea, en cuyo “topetón” había limones, granadas y membrillos en otoño.
Era su sentimental y silenciosa despedida. La hierba que brotaba entre los rollos se había expandido de forma desordenada, cubriendo todo el patio. Se acercó al arriate.
Las ramas secas del jazmín se extendían por las paredes desconchadas. El tinajón que recogía el agua de canales estaba cubierto de jaramagos. En las tardes de verano hablaba dentro de él para oír el eco de sus palabras. ¡Cuántos recuerdos se agolpaban!
Salió a la calle por la puerta falsa, la que da al ejido. En la piedra adosada a la pared se sentaba su abuelo muchas tardes a contemplar las puestas de sol. Según el celaje, los cambios en la dirección del viento y las marañas- hay “revolá”, decía él- pronosticaba las variaciones del tiempo.
El sol ya se ocultaba tras las sierras lejanas.
Al mes de esta visita, entrado el otoño, cuando el rocío se posa en las hojas y huele a tierra mojada, se fue por la senda sin retorno. Al jazmín le salió por aquellos días una flor blanca y delicada entre sus ramas secas.
Hasta donde la memoria personal alcanza, con lagunas que el tiempo ocasiona y que la subjetividad distorsiona, recordamos y contamos lo que conocimos.
Para saber aquello de lo que no fuimos testigos hay otros medios.
Hubo una serie de televisión, El túnel del tiempo, en la que los personajes, atravesando un gran corredor cilíndrico, llegaban a épocas remotas. Los protagonistas sentían la angustia de saber lo que iba a suceder, la erupción de un volcán, por ejemplo, sin poder modificar los hechos.
Como no tenemos esa posibilidad, para adentrarnos en el pasado recurrimos a fuentes, como los libros, documentos, museos, restos arqueológicos…Son las raíces que profundizan en el suelo de la historia buscando el agua de la información.
En muchos de nuestros pueblos se organizan por estas fechas actos y celebraciones que recuerdan y recrean otros tiempos. Mercados medievales en las plazas, rutas para saborear tapas de antiguas recetas, festivales flamencos ‘a la sombra del mudéjar’, como sucede en Llerena o conciertos de música en la alcazaba de Reina aprovechando la luna llena de agosto a donde se sube en una procesión de antorchas desde el pueblo, o la conmemoración del 430 aniversario de la venta de Valverde de Llerena a la marquesa de Villanueva del Río… No hay localidad que se precie que no quiera conocer el origen y fundamento de su existencia.
En este mes de agosto ha tenido lugar en Ahillones la segunda jornada de recreación histórica de la villa. Ya el año anterior se conmemoró la concesión del título de villa por Felipe IV, previo paso por caja, claro. Se tiene la intención de que estas jornadas se celebren cada dos años. En esta ocasión nos hemos trasladado hasta el año 1791, en el que el oidor don Juan José Alfranca y Castellote, comisionado real para la zona de Llerena a través de la Audiencia de Extremadura, realizó una visita por los distintos pueblos de una zona que “demanda la más sabia atención” con el fin de redactar un informe pormenorizado que sirviera para organizarla administrativamente y desterrar supersticiones y costumbres que lastraban el desarrollo de esta comarca “sin población, sin agricultura, sin caminos, industrias ni comercios”, donde la picaresca y el contrabando campaban a sus anchas con la complicidad de las instituciones que debían velar por erradicarlos. El pueblo ha respondido a la llamada de los organizadores con gran entusiasmo y ha llenado la plaza de puestos que evocaban aquel tiempo: sastrerías, zapaterías, carpinterías, panaderías, colmados, barberías, queserías, mesones…prestando para la ocasión todo tipo de mobiliario y enseres.
Se ha confeccionado el vestuario adecuado con el que se han caracterizado todos los intervinientes.
El párroco, Eugenio Campanario, ha escrito para la conmemoración la obra teatral La visita del oidor que fue representada por actores aficionados de la localidad durante dos noches consecutivas en la plaza de san Juan con gran afluencia de público. Para celebraciones sucesivas está previsto rememorar la sequía de 1702 y la peste de 1859, entre otros episodios históricos.
Alguien lanzó la idea de instaurar el “día del madero”, en recuerdo de aquellos antepasados de la villa que se propusieron y consiguieron entrar el madero atravesado en la iglesia, lo que habla de la tozudez y constancia de sus antiguos moradores.
Cuando caíamos rendidos por los juegos, ya entrada la noche, nos sentábamos a charlar en el resbaladizo, que era el lugar donde una de las aceras de la calle terminaba en pendiente. Allí en la penumbra contábamos historias que escuchábamos a los mayores y que nosotros inflábamos y modificábamos con nuestra fantasía. Relatos de miedo repetidos de generación en generación. Como aquel caso de una apuesta hecha al calor valiente del vino. Porfiaba un grupo de amigos sobre si alguno se atrevería a ir en una noche oscura de temporal hasta las paredes del cementerio. Como prueba de haber llegado debía tirar por lo alto de la pared a su interior una bolsa con ropa. A la mañana siguiente comprobarían los demás si estaba dentro del recinto. Uno de ellos acepto el envite. Los que lo propusieron se adelantaron al temerario que quiso demostrar su arrojo y saltaron la pared. Inmediatamente devolvieron la talega hacia afuera. Seguro que este relato se contaba en otros pueblos.
Con estas y otras historias parecidas entreteníamos la noche. Después quedábamos en silencio y nos tendíamos boca arriba. De vez en cuando una línea rápida y fugaz nos sorprendía con una rúbrica en la cóncava negrura del cielo. Las contábamos. ‘Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido’. Lluvia de lágrimas blancas en las noches de verano. Yo imaginaba un sauce gigante y luminoso por cuyas ramas descendía la luz como si fueran fuegos de artificio en noches de fiesta.
Intentaba descubrir las constelaciones que nos enseñaban en la escuela con formas de escorpiones, toros, osas dragones, peces… o las inventaba trazando caprichosas ligazones.
En mitad, el camino de Santiago, ancha franja de leche estrellada. Suponía yo una vida fantástica allá lejos. Carros transparentes tirados por caballos de cristal recorriendo los caminos celestiales.
La gente mayor siempre ha tenido respeto y miedo a los signos que aparecen en el firmamento. ‘Señales en el cielo, calamidades en la tierra’, alimentado ese temor por las previsiones bíblicas del fin de los tiempos que las anuncian. “Entonces habrá señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas”.
Cuentan que en vísperas de nuestra guerra civil hubo una abundante lluvia de estrellas que vaticinó su comienzo…
¡Quién sabe lo que habrá allá tan lejos cuando apenas conocemos el patio de nuestra casa!
Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas eran trocitos de hielo que se deshacían según se acercaba la mañana y enviaban soplos frescos a través de caminos invisibles.
Fotografía de Juan Sevilla Durán.
De madrugada, la esfera, en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad para encontrar dentro un regalo de luz y fantasía. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija abierta del oriente.
Estas noches nos ofrecen la oportunidad de mirar al cielo estrellado alejados de las luces artificiales de los pueblos y las ciudades y pensar en los misterios que hay todavía por descubrir. Darnos cuenta de lo insignificantes que somos.
Una tarde de verano, cuando el sol se acercaba al horizonte, llegamos en bicicleta al arroyo de la Corbacha. El agua en este tiempo ya no corre por su cauce, pero hay un charco, llamado “Molineta”, que la mantiene en el estiaje por la afluencia de varios manantiales cercanos de antiguas huertas. En la orilla se conservan los restos del antiguo molino que le da nombre. Dista unos cinco kilómetros del pueblo y accedemos a él por caminos que transcurren entre olivares. Era el lugar al que acudíamos a bañarnos.
Ni éramos ya niños ni todavía adultos. Estábamos en ese magma indeciso y difuso de la pubertad con mucha vida afectiva por descubrir. Allí estaban bañándose las tres mozas que nos traían de cabeza a mis amigos y a mí. Nos acercamos como perros que esperan caricias, con la cabeza agachada. Dimos las buenas tardes y nos situamos en la orilla para quitamos la ropa. El bañador lo llevábamos debajo, puesto de casa.
Empezamos a chapotear a cierta distancia de donde estaban ellas. Dijimos las cuatro tonterías que se dicen cuando no se sabe qué decir.
El sol se ocultó tras la sierra y la sombra se extendió por toda la vega. De pronto sentí una mano en mi hombro que estremeció mi cuerpo. Oí una voz suplicante que primero me asombró y después me paralizó.
“¿Quieres ayudarme a nadar? Es que estoy aprendiendo y tengo miedo de ahogarme. ¡Anda sujétame!”
¡Madre del amor hermoso, qué compromiso!
Estas jóvenes, algo mayores que nosotros, tenían alquilada una casa en el pueblo para pasar el verano. Habían llegado hacía unos días y desde entonces tenían al pueblo revuelto. A nosotros porque nos gustaban y andábamos detrás de ellas dando dos pasos seguidos con el mismo pie. A los mayores porque se escandalizaban, no porque fuesen unas libertinas sin freno, sino porque se saltaban costumbres y formas hasta entonces infranqueables. Soliviantaron al púlpito desde donde se lanzaron proclamas en defensa de la honestidad y contra la vida licenciosa: ¡Puras y castas hasta el altar! Se santiguaban las viejas escandalizadas: “¡Dónde se habrá visto semejante cosa! ¿Adónde vamos a llegar?” Los visillos se mantenían en guardia permanente, día y noche, para observar el desarrollo de los acontecimientos.
Las vecinas iban a misa con velo y escote bien cubierto. Los varones con manga larga y botones abrochados hasta el último botón.
Los únicos canales que debían estar a la vista eran los de las huertas y las delanteras que ostentaban poderío eran las del R. Madrid o el Barcelona. Nada de canalillos.
En esas estábamos cuando arribaron estas jóvenes que nos encandilaban y provocaron un seísmo en las formales rutinas del pueblo. Las compuertas del agua retenida se abrieron y llenaron los canales de luz y agua fresca. Los ajustados suéteres mostraron el poder de evocación de las pecheras. Los inexplorados terrenos de los deseos abrieron caminos a pensamientos que saltaron los cercados de los convenciones.
Nuestros horarios de entrada y regreso a casa se descuadraron considerablemente hasta el punto de tener sobre aviso a nuestros padres. Pero nosotros andábamos con el primer celo y no atendíamos a razones.
Volvamos al agua de la Corbacha, en donde me quedé sin acción y sin reflejos entre adelfas y juncos. Le puse mis manos en su vientre y recorrimos un trayecto hasta las junqueras que crecían en medio de la charca.
Se había ocultado ya el sol detrás de la sierra y quedaba el campo envuelto en una penumbra difusa entre el croar de las ranas y el grillar metálico de los grillos. Despuntaba el lucero. Me acordé de Gabriel y Galán: “Que una moza casadera no debe estar en la era si no está el sol en el cielo”. Eso era en mi cabeza porque mis manos seguían rígidas e inmóviles sin atreverse a ningún movimiento.
“Gracias por la lección, ya casi sé nadar”. Fuese y no hubo más.
Años después se estrenó la película de Robert Mulligan, ‘Verano del 42’. Fui protagonista con Hermie (Gary Grimes) de la aventura adolescente tan hermosa que vivió con la bellísima Dorothy, (Jennifer O’Neill). Yo no le ayudaba a llevar paquetes ni aparecí un anochecido por su casa cuando Dorothy recibió la triste noticia del fallecimiento de su marido. Tampoco estuve en aquella isla de Nueva Inglaterra de vacaciones, pero la música de Michael Legrand me transporta cada vez que la escucho al río donde tuve en las palmas de mis manos una sirena que recreé tantas veces cuando soñaba despierto. Los amores tienen siempre un verano que es alba irrepetible a las puertas de la vida, aunque yo no fuera Hermie, sino una estatua en medio del agua que solo rozó con sus manos los bordes de la gloria.
Hablar de sexo con nuestros padres y maestros era complicado. Una barrera de pudores obstaculizaba su abordaje de forma clara. La información se suplía con el recurso a las cigüeñas que traían en el pico a los niños envueltos en pañales. Inventaban hasta los sitios dónde nos habían dejado a cada uno. Pero por más que mirábamos al cielo nunca las vimos traer ningún encargo. Y Amazón no existía. En la escuela el maestro extrapolaba de los animales a las personas el proceso de creación de una nueva vida, pero sin entrar en detalles. A lo máximo que llegaba era a poner como ejemplo la semilla que germinaba en una tierra fértil, puesta allí no sabíamos cómo, que era lo que nos intrigaba. La naturaleza, más desinhibida, nos mostraba ejemplos visibles y audibles de apareamiento en los mamíferos: los perros pegados, el maullar de los gatos en los tejados o el nacimiento de burros , terneros y corderos. Pero hablar de ese proceso claramente en los humanos coartaba y si se hacía era con circunloquios. Aprendimos a salto de mata, de forma parcial y a veces grosera, de los mayores, que también tocaban de oído, en charlas casi clandestinas y en la calle. Buscábamos en el diccionario vocablos referentes al sexo masculino y femenino que nos comunicábamos unos a otros. Islotes que más que aclarar generaban más dudas.
Observando, descartamos que las cigüeñas sirvieran de cosarios. Solo trazaban garabatos en torno al campanario, en plástica expresión de Antonio Machado o crotoraban con sus picos con un sonido que asociábamos con el de hacer gazpacho.
Nuestro cuerpo cambiaba y los sentimientos afectivos y amorosos afloraban impetuosamente. La pavera y las glándulas en plena efervescencia. Pero no encontrábamos explicaciones que nos aclararan lo que nos estaba sucediendo. Nos idealizaban tanto el sexo que parecía que habíamos llegado al mundo en un rayo de luz o por un mágico soplo.
Caída del hombre, pecado original y expulsión del paraíso, Miguel Ángel.
No ayudaba mucho la obsesión religiosa por asociar sexo y pecado. Había que, sobre todo, deslindarlo del gozo. Así que recomendaban, por ejemplo, tener la mente distraída en otros temas mientras se practicaba. Los pensamientos, tan difíciles de embridar, se consideraban malos si nuestra tendencia natural nos llevaba al lodazal de impúdicos deseos. ¡Cuánto esfuerzo por intentar apartar la mente de lo que nos atraía y cuánta sensación de culpa nos metieron! Así que había que remar contra corriente y buscar información por otros lares.
Lo paradójico de todo esto es que cuando llegábamos a la madurez daban por supuesto que ya sabíamos todo sin habernos enseñado nada. Ya eres un hombre y sabrás…Pues no, no sabíamos casi nada.
El párroco reunía a los quintos antes de incorporarse a filas y con sobreentendidos que a veces se ignoraban, alertaba de los peligros de las relaciones sexuales y de las enfermedades que conllevaban. Así que nos fueron deslindando los perjuicios sin aclarar ni explicar claramente qué era el sexo.
Cuando se licenciaban del servicio militar, a los mozos se les consideraba suficientemente formados para constituir una familia y la madurez, como el valor, se les suponía.
La vida seguía. El régimen premiaba a las familias más numerosas por la colaboración en el incremento de la población. Así que no era necesario saber tanto.
Nos gustaba coleccionar objetos, como lo hacían los mayores con sellos y monedas. A falta de peculio para más altos vuelos nosotros, los niños de entonces, empleábamos la imaginación y dábamos valor a piezas sencillas con el capital de nuestra fantasía.
Coleccionábamos chapas o tapones de cervezas y refrescos. A cada clase le asignábamos una cuantía. Las más valiosas eran las verdes de la marca Kas y las rojas de Coca-Cola, a las que tasamos en mil, que entonces era lo máximo que alcanzábamos a ver, que no a tocar. Un billete verde suponía la cima y el límite de nuestras aspiraciones. Las chapas de cervezas pertenecían a la clase media, distinguiendo las de Cruzcampo y las del Gavilán, que entonces se elaboraba en Mérida. Para conseguirlas recorríamos los bares y tabernas buscándolas por el suelo. Algunos dueños de establecimientos nos las guardaban a requerimiento nuestro. Las de gaseosas, Ruiz y Curusan, que fabricaban en Burguillos del Cerro, eran la clase de tropa por su falta de colorido y por ser las más abundantes. Sin saberlo estábamos aplicando la ley de la oferta y la demanda. A más escasez, más precio.
También coleccionábamos cajas de cerillas, que traían vistosas ilustraciones. Las recortábamos y hacíamos baraja con una goma. En el año 1972, Pedro Ocón de Oro, las ilustró con sus famosos jeroglíficos. Un gran acierto.
Las calcomanías las pegábamos en el brazo o en el cuadro de la bicicleta. Había quien tenía los escudos de todos los equipos de primera división, con el preferido a la cabeza.
En las portadas blancas de papel satinado de las libretas Balandro venían dos futbolistas que recortábamos y guardábamos. También coleccionábamos bolindres y chinas.
Intercambiábamos ejemplares con los amigos para completar las colecciones. Tú me das, yo de doy. Con el juego aumentábamos el número de ejemplares o dilapidábamos el capital acumulado.
Sujetábamos con los dedos contra la pared las estampitas y los cromos y los dejábamos caer al vuelo. Si se posaban encima de los otros los ganabas. También se establecían distancias, que para eso había libertad de acuerdo y unos instrumentos de medida que siempre llevamos consigo: las cuartas, los pies y los dedos. Así, para ver quien empezaba se echaba pie y quien montaba sobre el del contrincante era el primero.
La tángana era otra modalidad. Antiquísimo juego de precisión y puntería que recibe diversas denominaciones según las zonas: tarusa, chito, mojón…
También existen variantes en su desarrollo. Si no disponíamos de una piedra o un taco de madera con las superficies lisas, cogíamos cualquier pedrusco y lo que se ponía en juego en lugar de colocarlo arriba se ponía debajo. A veces el lance consistía solo en derribar la tángana con el tejo para ganar. En otras ocasiones conseguías las que quedaban más cerca del canto que lanzabas que de la tángana derribada.
Había quienes coleccionaban folletos de programas de mano de las películas. Eran del tamaño de la mitad de una cuartilla y reflejaban una escena significativa de las mismas. Algunas noches nos reuníamos para verlas, como hacíamos con las fotografías guardadas en la caja de dulce de membrillo. Entonces se ponía en marcha la máquina del cine en nuestras cabezas para revivir las escenas que ya habíamos visto.
Sirvieron para aficionarnos a la lectura y para potenciar nuestra imaginación. La combinación de imágenes, palabras, iconos y onomatopeyas crearon un mundo fantástico que alimentaba nuestra fantasía. El serrucho cortando un leño equivalía a dormir profundamente, la bombilla encima de la cabeza de los personajes a la ocurrencia genial o los pajaritos dando vueltas alrededor de ella al estado grogui después de un golpe.
Eran los tebeos, nombre que por metonimia se extendió a todos los demás productos del género.
Al pueblo acudía un hombre cada cierto tiempo que los traía. Llegaba en una bicicleta. Le servía de medio de transporte y a la vez de escaparate ambulante. Era conocido como ‘el tío de las gomas’.
En una caja de cartón sujeta con cuerdas al portamaletas transportaba las mercancías. Al llegar al sitio donde por costumbre se ubicaba montaba la exposición. En la parte externa de la caja, en la barra y en el manillar de la bicicleta, sujetas con pinzas de la ropa, colocaba el muestrario: cancioneros, tebeos, recortables, hilos de plástico para trenzar y hacer pulseras y colgantes, ‘revolanderas’… También mixtos, botecitos con canela, pirulís, chicles, novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente Estefanía…
Las novelas y los tebeos se podían comprar, pero el sistema habitual era el préstamo o el intercambio mediante el pago de una pequeña cantidad. A su alrededor nos apiñábamos los niños para curiosear. Con aquellas lecturas me familiaricé con personajes como Roberto Alcázar y Pedrín, creados por Juan Bautista Puerto como guionista y propietario de la Editorial Valenciana y por Eduardo Vañó como dibujante. El capitán Trueno y el Jabato, de Víctor Mora. Rompetechos, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, de Francisco Ibáñez. El Guerrero del Antifaz ideado por Manuel Gago. Manuel Vázquez Gallego fue el creador de las hermanas Gilda y Anacleto, agente secreto. José Escobar sacó de sus lápices a Carpanta, Zipi y Zape, Blasa, portera de su casa. Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, fue idea de Roberto Segura. El caco Bonifacio de Enrich… Otros creadores fueron Peñarroya y Bruguera. Este dio nombre a la editorial donde se publicaban la mayoría de estas historietas.
Los cancioneros nos mostraban las caras de los intérpretes de las canciones que la radio emitía en los programas de discos dedicados. ‘En Ahillones de Antonia para su hijo Luis que lo estará escuchando para que cumpla tantos años como estrellas tiene el cielo’. Los días de onomásticas más populares la retahíla de peticiones era tan larga que se olvidaba la canción que se había solicitado. Pero eso de escuchar el nombre por las ondas era un acontecimiento y hasta los vecinos al día siguiente comentaban el hecho: ‘¡Ayer escuché tu nombre por la radio!’
Cuando dejó de venir ‘el tío de las gomas’, un vecino ancló en el pueblo el nomadismo de aquellas ilusiones infantiles. Nació el kiosco, mágica isla de chucherías y lecturas. Acudíamos allí como las moscas a la miel los niños y jovenzuelos a observar las novedades.
Juan, que así era el nombre del quiosquero, tuvo siempre la habilidad de rodearse de niños que le hacían los mandados y le ayudaban a hacer cucuruchos de papel de estraza, labor que recompensaba con uno de ellos lleno de crujientes panchitos.