El “machacaó”
Después del aporreo vertiginoso de estos días sobre el sufrido fondo del mortero, descansa su redonda corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces conservan aún olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi estómago y abra el cajón del aparador, buscando el reconfortante alivio en el resto tortilla de la noche anterior o en la chacina fresca para calmar las urgentes embestidas del hambre, mi deseo es que detenga su marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el contrario, si desciende a tumba abierta por la pista solitaria del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a mi mano me estará confirmando la carencia de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las tripas.
Pedir la puerta.
Las relaciones entre jóvenes de distinto sexo han perdido las formalidades que hace años se observaban para oficializar el noviazgo. Entran en casa y se presentan como amigos y en muchas ocasiones se van a vivir juntos sin más preámbulos.
Hace años no era así. Un acto fundamental en la relación era la pedida de la puerta. La hija le comunicaba a los padres que “hablaba” con determinada persona y que en adelante lo iban a hacer en la puerta.
Esta petición era para poder hablar por fuera de la puerta de la casa, un primer estadio de reconocimiento. Pasando el tiempo se conquistaba el interior, pero sólo por detrás de la puerta. La suegra aprovechando una noche fría o de lluvia les dice que se refugien para evitar una pulmonía. Era el segundo paso, consentida la relación, pero no oficial aún.
Posteriormente había que superar un tercer escalón y el novio hablaba con los padres para alcanzar plena oficialidad para ser novios con todos los atributos y prerrogativas.
Se convenía, por mediación de la hija, que servía de enlace entre novio y suegros, el día y la hora y el mozo con la cortedad propia de estos casos, se pasaba el día pensando cómo afrontar la situación y qué palabras diría a los suegros, que a la vez habían adecentado la casa para causar la mejor impresión. Algunos postulantes para superar la timidez se tomaban unas copas antes de ir a la pedida, que solía ser siempre al anochecido, pues era cuando se regresaba de las labores del campo. Entre el sofoco propio del caso y el efecto del alcohol, la cara tomaba un color cercano al rojo amapola y la ropa, adecuada para tan trascendental ocasión, se convertía en una prisión.
Por testimonios orales sé que las palabras más frecuentes comenzaban de forma parecida a estas: “Ya sabrá usted a lo que vengo”. Generalmente el suegro facilitaba las cosas dando confianza al comprometido pretendiente, pero si era un poco bromista, la situación podía alcanzar elevadas cotas de azoramiento para el joven aspirante a entrar en la familia.
Concedido el permiso, se le reservaba a la pareja para lo sucesivo una habitación en la que pudiesen estar y charlar, cercana a la estancia donde estaba el resto de la familia. Cuando se prolongaban mucho los silencios la suegra tosía como una señal que daba a entender su presencia cercana, así que cuidadito.
Este protocolo creaba el status de novios formales. Se decía, Fulanito ya entra en casa. Y eso era ya cosa más seria. Un verdadero compromiso.
La ruptura de este compromiso suponía a veces la enemistad de por vida de ambas parentelas.
Una última formalidad consistía en la concertación por ambas familias de la fecha de la boda con intercambio de regalos. Lo que se llama pedida de mano.
Calderetas.
Caldero en mitad del corro
equidistante de todos.
Cucharada y paso atrás.
Así comen en el campo
las sabrosas calderetas
mayorales y pastores,
gañanes, aperadores
y los amigos de siempre.
Y el vino que corra bien
por los sedientos gaznates
para allanar el camino
a la carne con picante.
Una primera oleada
y una voz que grita ¡coto!
pincha en medio del condumio
un tenedor solitario.
Llega el cante.
Ese fandango valiente
queda temblando en el aire
con la desgarrada voz
que nace de quien lo siente.
Son pedacitos de gloria
esos días con amigos,
armonía y buen ambiente.
Viejos inviernos.
En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos y días cortos de tibio y leve sol, madrugadas a oscuras de viento silbante con otras rasas de intensas heladas.
Las tardes, ya de por sí cortas en esta estación, lo son aún más cuando llueve. Las nubes vienen veloces y densas del suroeste. La lluvia cae monótona y viste de gris metálico el cielo. En las calles, sin asfaltar, corre el agua por regatillos tortuosos. Muchos hombres juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Algunas mujeres en sus casas hacen punto tras los visillos de las ventanas y de vez en cuando miran por lo alto de las gafas al exterior.
En las noches de temporal, como la luz eléctrica desaparece en el momento que se remueve un poco el aire, transita poca gente por las calles: algún bulto negro con una linterna en la mano sortea los hoyos y el barro. Por las callejas da miedo pasar. Tras los cristales empañados del bar, una mirada contempla absorta las gotas de lluvia que caen en los charcos, donde se refleja la luz macilenta que escapa al exterior. Unas pocas siluetas difuminadas por la oscuridad y el humo del tabaco se entrevén en la barra. La empresa suministradora del fluido eléctrico justifica su ausencia por la caída de un poste de los que sostienen el tendido. Las lámparas, quinqués, carburos y candiles están siempre a mano. Entrada la madrugada, el viento racheado se ciñe violentamente a las esquinas, huyendo amenazante y bravo para regresar poco después a llenar la noche de oquedades invisibles. Sentados al brasero de los hogares los mayores conversan mientras la cera resbala por la vela y nuestra mirada intensa y asombrada contempla su llama vacilante que llena la estancia de perfiles fantasmales y gigantes. Las diez parecen medianoche. Noches de boca de lobo. En las pausas de la charla se oyen caer las canales y la puerta del corral chirría movida por fuertes ráfagas de viento. Alguna cuba metálica rueda por el suelo tirada por su fuerza y nuestros ojos infantiles asustados buscan la reacción de los mayores, que mueven sus cabezas exclamando: “¡Qué noche está!”
A la mañana siguiente se abren los postigos desde donde se vislumbra una cuchillada de luz ceniza lavada con la lluvia de la noche. Seguirá lloviendo, la veleta de la torre sigue señalando hacia el Pencón, ábregos de la mar vieja.
Unos hombres con los trajes de pana remendados de diversas tonalidades se acercan a la esquina del Ejido a ver cómo está el horizonte y a comentar las incidencias de la noche pasada. Las crestas y lomos de las sierras de S. Miguel, S. Cristóbal,la Capitana, S. Bernardo, sierra del Agua y la sierra del Viento siguen tapados.
Otros días del invierno son fríos, pero limpios por el viento del norte, que produce el azul más puro y celeste y recorta y destaca la silueta rojiza de la torre sobre el añil de su lienzo. Sólo algunos vendedores ambulantes de Berlanga y Valverde vocean sus productos: Antonio el delas naranjas, Juan el de las papas,la Carpeta, Curro el del cisco, Juan Lagarto….
En el Torviscal y en las traseras de la casa de D. Carlos hay también grupos de hombres que charlan a sus abrigos. Durante estas noches rasas y frías se producen intensas heladas que silenciosamente van cubriendo de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a pasar sobre el carámbano que se ha formado o a tirarle piedras para romperlo, dejando nuestras pisadas una estela de huellas crujientes sobre las riberas. En el pueblo, que despierta, algunas chimeneas entre los tejados blancos exhalan columnas de humo. Las campanas de la torre tocan el Ave María.
Me alejo
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Huiré como Juan Ramón
por las callejas del pueblo
cuando en la plaza repleta
bullan la fiesta y los ecos.
Yo no llevaré a Platero,
iré andando despacito,
sin prisas, mientras me alejo.
Me fijaré en los detalles
en los que nunca reparo:
la blancura en los resaltos,
los lomos de tejas rojas,
las filas de hormigas negras,
las lagartijas al sol,
las águilas allá arriba,
las nubes de ovillos blancos…
Me sentaré en una loma
y desde allí en el silencio
pasaré la tarde solo,
dejando pasar el tiempo.
El silencio de la iglesia
Ahora que no creo que mi cuerpo
se queme eternamente
sin acabar de consumirse nunca,
cualquier día de estos
que esté la iglesia sola,
paso por allí y entro
a la solemne quietud del silencio
que dan sus anchos muros
y el alto sus techos,
por ver si en un rincón o entre las bóvedas
encuentro la inocencia
perdida ya hace tiempo
cuando creía en un cielo de buenos
y en las llamas eternas del infierno.
Tal vez esté entre algún ramo de lirios
de los que en primavera
adornan los altares,
o flotando en el haz de luz y polvo
que desde las vidrieras
llenan el amplio suelo de colores,
o en los ecos de encendidos sermones
que perturbaron mi sueño infantil
con fantasmas y atónitos desvelos.
¿Se elevaría a las nubes entre incienso
montada en sus aromas?
¡Qué fácil es creer
si no se piensa nada!
En el viejo mecano
las piezas ya no encajan:
serafines, virtudes, querubines,
tronos, dominaciones, potestades,
ángeles, arcángeles, principados
se desvanecen pronto
en el lógico fluir del pensamiento.
Evanescentes halos
de cuentos infantiles
quedan de la inocencia en el recuerdo.
Atardecer en la plaza de Llerena

Al atardecer, dos ojos de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.
¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?
Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.
Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.
Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.
Se levanta una suave brisa que atusa los picos de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo punk.
A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.
¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?
¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?
¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?
¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?
¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?
Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.
Me gusta
Me gusta el pueblo en su vivir diario,
sin ruidos ni tumultos bullangueros.
El trajín cotidiano,
el detalle, el gesto,
Me gusta la luz resplandeciente en las solanas,
el sombrero inclinado y somnoliento
al tibio sol del mediodía.
El vuelo de cigüeñas
bajo el intenso añil de primavera,
las sábanas al sol de los corrales
y también el borbolleo del puchero a la candela.
La mirada curiosa y presentida
detrás del blanco encaje en la ventana.
Oír la una en la plaza silenciosa
cuando no queda nadie por la calle
y la noche se cubre con manteos .
Me gusta ver el haz de sol dorado
clavarle a la penumbra
rejón de polvo y luz.
Y el leve sol de invierno
lavando con caricias
de gotas de rocío a la retama.
Y en el campo solitario sentirme
envuelto por la lluvia y sus rumores
Y el vino con amigos,
compartiendo secretos y porfías.
Ver llamas de piruetas caprichosas
consumir leños con sus lenguas rojas.
Y tú. Me gustas tú,
inspiración de todas estas cosas.
El postigo









