Ama Rosa en el patio

En un rincón del patio tenía sus macetas. La primera ocupación de todas las mañanas consistía en cuidarlas. Las regaba, las revisaba una por una, cortaba las hojas secas y cambiaba de sitio a algunas de ellas. En una vieja tinaja, descolorida por el sol, crecía un jazmín que expandía su fragancia por toda la casa.
Había tiestos con geranios colgados de la pared. En el suelo, pendientes de la reina, alegrías de la casa, azucenas, varitas de san José… Atraían mi la atención por su forma de campana, color blanco y rejón amarillo en el centro, las calas, conocidas como oídos del profeta y en otros lugares, como cartuchos. Siempre quise descubrir de dónde arrancaba ese pirulí y cómo era al tacto su intenso color. Cuando les daba levemente el sol, la tentación se hacía irresistible y al menor descuido de los mayores los tocaba llenándome los dedos de amarillo.
 En medio del patio había una acacia que por mayo echaba flores blancas en racimos. Todos estos nombres de plantas junto al variado colorido de sus flores componen poemas visuales y sonoros que la memoria de la infancia guarda y evoca en estos días luminosos de febrero. Con lo que le roba el otoño retrasando su retirada y la primavera adelantando su entrada el invierno se está quedando en los huesos. 
 Allí se reunían familiares y vecinas por las tardes a charlar y a coser. A la hora taurina de los clarines sonaba la sintonía de la novela. Y entonces hasta se sentía el roce de las agujas en la tela de los bastidores. Alguna lágrima resbaló por las mejillas y cayó sobre los bordados, traslúcida de sal y pena ajena. El argumento de aquella serie radiofónica llamada Ama Rosa reunía todos los ingredientes para conmover al auditorio, mayoritariamente femenino. Una mujer viuda, sintiendo cercana la hora de su muerte entrega a su hijo recién nacido en adopción a una familia adinerada que había perdido el suyo. Pero por obra y gracia de Sautier Casaseca y Rafael Barón la mujer supera la enfermedad. Para poder estar con su hijo el mayor tiempo posible entra como sirvienta en la casa de los adoptantes. Ni el hijo ni la madre que adopta saben nada. Él trata a la natural con despótica impiedad. Ella lo soporta todo. Solo al final, en el lecho de muerte, el hijo conoce la verdad.  Cada capítulo de la serie cerraba con un pico de emoción que enganchaba a los oyentes para el próximo. Ardid o técnica narrativa utilizada por el folletín, muy en boga en siglos pasados, que sigue vigente en las series televisivas. Recibe este nombre por la forma de publicación en cuadernillos o pequeños folletos. Se publicaban periódicamente en la prensa y aunque sus argumentos eran poco verosímiles, o quizás por eso, atraían la atención de sus seguidores porque avivaban los sentimientos más primarios. 

 

 

 

 

De espárragos

Hemos ido temprano a buscar espárragos a la sierra. De los verdes, que nacen en esparragueras de fuertes pinchos, tal que si no te pones guantes llegas a casa como si te hubieses peleado con diez gatos. Salimos desde Llerena por la carretera que va a Pallares y enlaza con la Autovía Ruta de la Plata en Monesterio.  Nos dirigimos a la Cañada Real de la Senda, una de las vías pecuarias de la antigua trashumancia, que procedentes de tierras castellanas y leonesas se ramifican por Extremadura. Está relativamente bien conservada y respetada su anchura. Otras cañadas, cordeles, veredas, coladas, sesmos y descansaderos han sufrido considerables mermas, cuando no desaparecido por roturaciones o apropiaciones de fincas colindantes.
Las desamortizaciones de Mendizabal y Madoz, entre otras, produjeron que estas extensas propiedades que ahora contemplamos desde una colina pasaran por obra y milagros del poderoso caballero de manos muertas a las de los vivos. No tenían muchas dificultades para amojonar o deslindar. Los ríos y los caminos servían de límites a los lotes. El dinero recaudado sirvió al Estado sobre todo para sanear las finanzas públicas a través de la compra de deuda, cuyo precio real estaba muy por debajo del nominal.
Me acompaña en este paseo matinal y esparraguero un buen amigo, conocedor de todas estas tierras por haber vivido en uno de estos cortijos.
“Qué bien el nombre ponía/quien puso Sierra Morena/ a esta serranía”.
El río Viar, afluente del Guadalquivir en tierras extremeñas, nos queda a tiro de piedra. A lo largo de su cauce se extienden bancos de niebla. Paraje agreste donde pastan ovejas merinas y vacas coloradas que al sentirnos levantan sus cabezas sorprendidas y después vuelven a la hierba verde de esta primavera adelantada.
Me cuenta el amigo y guía algunos aspectos de la vida de entonces. Aquí se crio con su familia. En la Nochebuena iban recorriendo los cortijos de la zona para felicitarse recíprocamente las pascuas. Villancicos, aguardiente y polvorones. La comitiva incrementada por los moradores de cada finca seguía la ruta hasta que el alba los sorprendía por el horizonte. Asistía a las clases en una dependencia habilitada como escuela en los aledaños del cortijo de los dueños.  Iba andando al caer la tarde, cinco kilómetros para allá y cinco de vuelta.  Los domingos, a misa, como Dios mandaba y la señora disponía, a la capilla de la hacienda. París valió una misa para Enrique IV y para ellos las dominicales el pan y cierta estabilidad en el trabajo.
De sus palabras se desprende un gran amor a las tierras que esta mañana estamos recorriendo. Cada cerro, cada valle le evocan recuerdos de niño y de su primera juventud. Algunos escarceos amorosos entre los juncos de la ribera, paseos con la luna de enero…Lo entrañable de aquella vida a pesar de las dificultades. 
Los crepúsculos de las tardes de verano, el rumoroso musitar de la lluvia en las encinas, las noches estrelladas, las charlas alrededor de la candela. Y el silencio para buscar a ese que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario, que nos cuentan los versos de Antonio Machado. 

Frases célebres

Hay personas que dejan huellas por su forma de ser y de enfrentarse a la vida. A la pata la llana y con originalidad. Dan respuestas inesperadas que saltan las lindes de las convenciones sociales y la lógica.  Se dice de ellos que tienen buenos golpes, que son ocurrentes. ¡Las cosas de Fulanito! Frases que permanecen en el acervo cultural de los pueblos durante muchos años y son citadas cuando se presentan situaciones parecidas o comparables a las que originaron sus ocurrencias.
En las redes sociales se echa mano de citas de la más variada índole que están en el inmenso cajón de sastre de internet. Las hay de alta escuela y más de andar por casa.  Comodines para aplicarlos a nuestro estado de ánimo o situación personal.
El mundo del toreo ofrece algunas célebres. ‘Más cornás da el hambre’, le dijo el Espartero a un periodista cuando le preguntó si valía la pena arriesgar la vida ante un animal que tiene media luna como armas en su frente, en metáfora de Luis de Góngora. Él sabía cómo penetraban en el estómago los estoques de las carencias.
Rafael el Gallo, cuando le presentaron a José Ortega y Gasset, después de preguntar que quien era “aquel gachó con pinta de estudiao”, y de decirle  que era el eminente filósofo, soltó aquello de ‘Hay gente pa tó’
En la reducida y limitada sociedad de nuestros pueblos una metedura de pata, por ejemplo, puede convertirse en chascarrillo para vecinos de varias generaciones. Como la del que fue a dar un pésame y ante el silencio reinante, pero de oídos aguzados, no se le ocurrió mejor condolencia para salir del pasó que soltar a los deudos: “Por fin palmó Miguel”.
Otro buen hombre de mi pueblo fue protagonista de dos anécdotas que se refieren todavía a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte. Estaban en una ocasión en el campo acomodando en el carro los haces recién segados para llevarlos a la era. Él estaba en lo alto, entre las varas, y guardaba el equilibrio a duras penas por la inestabilidad del apoyo. Desde abajo le indicaron que tuviera más cuidado porque los estaba colocando mal y se deshacían.
-Bastante hago con no caerme de aquí, fue su respuesta. Quedó como cita que se menciona cuando se le pide a alguien que ponga más atención en lo que está haciendo.
Una noche se dirigía en bicicleta de Ahillones a Berlanga, distante tres kilómetros. Era el medio de locomoción más utilizado. Muchas bicicletas iban con un faro alimentado con una dinamo unida a la rueda delantera, con lo que costaba más trabajo mover los pedales por el roce. Esta iba con lo indispensable, ligera de equipaje, pero como había luna llena emprendió la marcha confiado a la suerte y a la poca circulación que había entonces. A mitad de camino se topó con la pareja de la guardia civil, que le dio el alto. Paró, se dieron las buenas noches y le dijeron que tenían que multarlo con quinientas pesetas por ir sin luz. El buen hombre sacó tabaco, ofreció, lio parsimoniosamente su cigarro y cuando terminó se acercó al guardia que escribía, dándole amistosamente con el envés de la mano en el antebrazo: “¡Trae, ‘pacá’ candela, el de las quinientas pesetas!”.

Visitas médicas

Cuando se tienen veinte o treinta años se visita, generalmente, poco a los médicos. A la farmacia se va, si acaso, a comprar pastillas ‘Juanolas’. Por esas décadas donde el caballo de la juventud trota pletórico de fuerza tuve un talonario de recetas que, como a las fotos, se le fue poniendo el tiempo amarillo sobre los bordes en el cajón de la mesilla. Si venía un resfriado, su estancia era liviana y pasajera. Con una aspirina y un vaso de leche caliente le daba el pasaporte.
Pero con los años empezaron a salir goteras en esta vivienda que me alberga y para evitar que por un madero se fuera la techumbre comencé a poner remedio con visitas obligadas a las consultas médicas. Y aquí me encuentro, coleccionando nombres de medicamentos y poniendo botanas según van surgiendo las fallas. Me queda el alivio de que no estoy solo en estos trances. Dicen que el mal de muchos es el consuelo de los tontos. Cuando surgen entre amigos conversaciones de achaques y dolencias te enteras de que esas pastillitas de la tensión que tomas tú las toman también otros. Reconfortado por padecimientos compartidos, afortunadamente leves y evitables hasta ahora, doy gracias a la vida porque, aun con los chirridos propios de los ejes que han andado por muchos caminos polvorientos, el carro sigue animosamente rodando.   
Hay algo, no obstante, que no he logrado superar. El temor que me producen las visitas a los galenos, pese a la repetición de las mismas.  Cada vez que voy, unas garras atenazan la boca de mi estómago, así que si puedo las retardo. Admiro en las salas de espera la tranquilidad que aparentan algunos pacientes. Charlan de cualquier tema, como si no fuera con ellos.
Mientras llega el turno hay tiempo para la observación. Cuando el paciente sale de la consulta, si todo ha ido más o menos bien, el gesto de preocupación con el que entró le cambia la cara y se va con alegría: ¡Ahí se quedan ustedes!  Da la sensación de que ha dejado dentro una piedra de quintal. Y es que hay un componente emocional en las enfermedades que necesita más una palabra de ánimo que un anaquel repleto de medicamentos.
En los interrogatorios protocolarios que los médicos hacen siempre salen el alcohol y el tabaco. Las respuestas tienden a quitarle el colmo a estos datos, tal cual hacía el tío de los ‘tostaos’ a cambio de los crudos. Tiene usted que reducir la ingesta de alcohol. Esta palabra me suena a hazaña y también a cólico de los de estar toda la noche de la escupidera al catre. Me tomo mis copitas. En diminutivo, para que parezcan menos.
Haciéndome una ecografía, mientras el doctor me pasaba el aparato por la barriga, yo me fijaba en su cara. Fue seguramente un gesto involuntario, pero a mí me pareció que puso cara de asombro y arqueó una ceja.  Deduje que algo malo habría visto.
Esperé fuera a que me dieran los resultados. Al poco me entregaron el sobre que pude haber abierto para enterarme, pero no lo hice. Así lo conservé hasta que fui al médico que me prescribió la prueba. Todo está normal, no hay nada anómalo, me dijo.  Las palabras me hicieron efecto de inmediato. ¡Qué alivio sin medicinas!

De paseo

Sentado sobre una piedra, en la linde del camino por el que regreso de uno de mis paseos por el campo, me encuentro con un vecino del pueblo. Es un otero despejado alrededor del que hay extensos olivares y parcelas labrantías.  En los ribazos han florecido ya los primeros almendros de los que destacan sus colores blancos y rosas entre el verdor de la siembra y los olivos.
Dar solo los buenos días y pasar de largo sería descortesía. El tiempo es tema recurrente para iniciar cualquier conversación. Después, como la lluvia que baja por la ladera, la charla deriva a los temas más diversos e inesperados.
Este hombre pertenece a una de las generaciones que trabajó en las duras faenas de labranza y recolección. Es de aquellos que cantó Chamizo…  “un hombre con agallas de los nuestros, d’esos hombres que dispiertan las gallinas cuando salen con los burros del cabresto”. Aró con yuntas, el cuerpo echado sobre la mancera del arado, hundió la reja en las entrañas de la besana a fuerza de brazos y riñones, trazó amelgas y sembró a voleo.  Juntó gavillas a ritmo de brazadas cuando el sol calinoso también se cortaba con el arco de las hoces…
En el olivar que está enfrente cuatro trabajadores recolectan la aceituna de almazara. Usan sopladores para juntar las caídas en el suelo y vibradores y varas para las que aún se mantienen en el árbol, que caen sobre una especie de paraguas invertido. Entre esos cuatro cogen más aceitunas que antes una cuadrilla de veinte. Han mejorado las condiciones de trabajo. Ahora el terreno está prensado con rulos. ¡Qué diferencia cuando, rodilla en tierra, las cogíamos con las manos ateridas entre los surcos helados! Ahora los que están por los suelos son los precios. Treinta y tantos céntimos el kilo. El agricultor es quien menos beneficio recibe en los procesos de elaboración y comercialización de los productos del campo.  Los de cuello blanco, me dice entre decepcionado y resignado, sin mancharse las manos, se embolsican la parte mayor de las ganancias.  Siempre ha sido así. Un razonamiento simple, tal vez simplista, sin entrar en los vericuetos de la economía con gráficas y conceptos que no entiende, pero real.
Al despedirme me dice que espere, que él también se viene. Le cuesta trabajo levantarse y enderezar el cuerpo. Se apoya en el bastón y emprendemos el camino de regreso. Esto es lo que me quedó, dice agarrándose a la cintura. Aquí detrás está la falla tirando de mí hacia la tierra, de donde tan cerca estuvo siempre.
Camino del pueblo sigue la charla. Yo pregunto o asiento escuetamente. Los jornales estacionales por estas campiñas casi han desaparecido y las ‘casas grandes’, que entonces tenían veinte o treinta acomodados cada una entre gañanes, aperadores, yunteros, mayorales, pastores…los han reducido al mínimo. Ahora contratan servicios ajenos para ciertas labores. Lo otro ya no es rentable.
Llegamos a la esquina del ejido, en la entrada del pueblo. Está sola. En ocasiones suelen reunirse aquí los mayores por las mañanas después de una noche de temporal para comentar las incidencias de la lluvia y el viento. Según la posición de las nubes, allá, por el castillo de Reina y la sierra de la Capitana, hacen sus pronósticos meteorológicos para los días venideros. 

Divisiones

La actual división en provincias procede, salvo ligeras modificaciones, de la que hizo en 1833 Francisco Javier de Burgos, secretario de Estado de Fomento en tiempos de la regente María Cristina. 
Por razones históricas se respetaron los enclaves, zonas rodeadas de una administración política distinta a la que pertenecen. El caso más conocido es el del Condado de Treviño, ubicado en la provincia de Álava, pero perteneciente a la de Burgos.
Según Ramón Carnicer en su obra ‘Viaje por los enclaves españoles’ hay veintiséis en España. El que a los extremeños nos coge más cerca es el denominado Rincón de Anchuras, que administrativamente pertenece a Ciudad Real, pero que está rodeado de pueblos de las provincias de Toledo y uno de Badajoz, Helechosa de los Montes.
Llívia es el único enclave español fuera de nuestras fronteras. Está en territorio francés, pero es una localidad de Girona.
La creación de las Comunidades Autónomas por la Constitución de 1978 supuso una modificación en la agrupación de las provincias, que lo estaban antes por regiones.
Castilla la Vieja con la división que hizo Javier de Burgos constaba de ocho (Burgos, Logroño, Santander, Valladolid, Palencia, Soria, Segovia y Ávila) y la Región Leonesa de tres (León, Zamora y Salamanca).  La creación de la Comunidad de Castilla León se hizo con seis de las antiguas de Castilla la Vieja y las tres de la Región Leonesa. Logroño y Santander se convirtieron en comunidades autónomas de una sola provincia, La Rioja y Cantabria, respectivamente.
A nuestra división territorial cuando no se le afloja un cabo se le va una costura. Hace unos días ha aflorado una propuesta que estaba latente hace tiempo para que León, junto con Zamora y Salamanca se desvinculen de la Comunidad Autónoma de Castilla León y formen una propia. Ha sido presentada por el grupo UPL (Unión del Pueblo Leonés), respaldada por el PSOE y Podemos y aprobada en pleno por el Ayuntamiento de León.  Algunos ayuntamientos más se han unido a la iniciativa. Y ya está formado el lío:  los dirigentes de estos partidos en el ámbito estatal se han desmarcado de las votaciones de sus concejales y el PP, en los municipios en que sus concejales la han apoyado, también. Zamora y Salamanca no respaldan la propuesta leonesa, al menos sus representantes.
Esta situación me origina la siguiente digresión.
Cuando los emigrantes estaban en Alemania, por ejemplo, y se encontraban con otros españoles los consideraban como paisanos y resaltaban las afinidades que los unían. Igual sucede si quien vive en una región española distinta de la nativa se encuentra con quienes tienen el mismo origen. Cuando alguien va a la capital de provincia y se cruza con otro de su pueblo, generalmente, se saludan con una efusividad mayor que el adiós y los buenos días y se interesan por los motivos de sus viajes.
Acentuamos las diferencias con los demás cuanto más cerca estamos y cuanto más nos miramos el ombligo. Hasta de los pueblos más próximos nos sentimos distintos y resaltamos las peculiaridades que nos diferencian.  Nuestras fiestas, nuestras costumbres, nuestras tradiciones… Puestos a hacer divisiones ni siquiera nos sentimos cómodos dentro de los límites de la aldea y buscamos encerrarnos en las espirales de nuestras conchas, donde, como dice el eslogan publicitario, está la república independiente de nuestras casas. 

Otras Nocheviejas

Estos días que van de la gula de Nochebuena a la bacanal de Nochevieja son más tranquilos que los picos que forman su valle.  La luz del sol empieza a abandonar la verticalidad sobre el trópico de Capricornio y ya gatea por las paredes del invierno hacia el norte para cruzar el ecuador en primavera y alcanzar el trópico de Cáncer en el solsticio de verano. El poeta Ángel González describió magistralmente, presintiendo ya el final, la luz de ahora: “Deja que pasen estos días, /deja que pasen estos años/y entre tanto/agradece el regalo de la luz/ del cielo de diciembre/tan discreta/que es casi solo transparencia/no ofende y es muy bella”.  
Su delicadeza, oblicua y tenue, me recuerda otras navidades porque, aunque los hombres cambiemos de costumbres, la tierra en su periplo alrededor del sol sigue trayendo a cada estación su peculiar luz año tras año.
Y la de estas fechas me recuerda en los días soleados a los paseos después de comer por los verdes prados del ejido, a las amanecidas con escarcha en los tejados y en los días de lluvia o frío a un niño que mira a través de los cristales de la ventana a gente que pasa por la calle sentado al calor de las enagüillas y el brasero.
La Nochevieja era una fiesta que celebraban los que estaban más allá del muro, ajena a ese niño que todavía pasaba más tiempo jugando al balón que trasnochando por las tierras ignotas de la adolescencia.
Las primeras noticias que escuchamos de su celebración los de mi edad provenían de los relatos de los jóvenes que iban a los bailes de Azuaga, celebrados y famosos entonces.   En el mío aún la noche de san Silvestre pasaba como una más.
Mas llegó el momento de descubrir un año cómo eran esos bailes que llamaban cotillones de los que hablaban con entusiasmo nuestros adelantados en edad.
Así que, siendo aún mozalbetes imberbes en la frontera difusa de la pubertad, un grupo de amigos decidimos poner rumbo a la aventura. Buscamos medios y planificamos estrategias para que no se enterasen nuestros padres y poder disfrutar de ese El Dorado festivo que en nuestras mentes habían creado los relatos de los que asistían a sus celebraciones.
 En una furgoneta que cobraba por plazas emprendimos entusiasmados y expectantes, oliendo a ‘Varón Dandy’, nuestro viaje a la gran noche.
El problema se presentó cuando no nos dejaron entrar en el local porque éramos menores de edad, así que tuvimos que disfrutar como espectadores desde el exterior del ambiente y el jolgorio que había dentro. Globos colgados del techo, capiruchos, serpentinas y confetis.  Las mujeres de Azuaga, con merecida fama de guapas, bailaban con sus parejas al ritmo de la orquesta Capitol de la que formaba parte el gran músico Quico, el Espartero, que actualmente me honra con su amistad.
Al día siguiente nos preguntaban los amigos por detalles de la fiesta y de cómo nos lo habíamos pasado. Respondíamos, haciéndonos los interesantes, con sonrisas cómplices y cara de pícaros avezados en juergas y aventuras amorosas: ¡No os podéis ni hacer idea!  Eso no es para contarlo, sino para vivirlo. Aunque aquella noche nos quedamos a las puertas del paraíso y solo vislumbramos la gloria a través de los barrotes de una ventana. 

Cuaderno de rotación

 

En la escuela había un cuaderno en el que cada día hacía los deberes un alumno distinto. Pasaba de mano en mano y lo guardaba el maestro en el cajón de su mesa como oro en paño. Al empezar las tareas cada mañana se lo entregaba al alumno que le tocaba. Este ponía la máxima atención y esmero en la realización de las actividades.

El día que llegaba el inspector de educación lo revisaba para comprobar los trabajos que se habían hecho y que podían diferir de los programados.

Algunas tardes soleadas de otoño y primavera, la luz esplendorosa y la temperatura agradable nos llamaban como a Ulises las sirenas a disfrutar de sus encantos al aire libre. A nuestra petición jubilosa se unía la buena disposición de los maestros que tenían tantas ganas como nosotros de pasar la sesión vespertina fuera de las aulas.

Maestro, ¿qué pongo en el cuaderno rotación? Pon lección ocasional práctica de ciencias naturales.  Y nos íbamos arroyo arriba buscando peces y renacuajos, jugábamos en el prado, cogíamos hormigas de alas y las metíamos en botes de cristal cuando salían de los hormigueros con las primeras lluvias otoñales. También flores y plantas en primavera y cantos rodados de distintos colores.

La enseñanza de las matemáticas iba encaminada a mecanizar el uso de las cuatro reglas y el sistema métrico decimal. ¡Cuántos caldeos de cabeza con la memorización de la tabla de multiplicar!  El libro básico de trabajo era la enciclopedia. El kilogramo, el litro y el metro, con sus múltiplos y submúltiplos aportaban material suficiente para plantear y resolver infinidad de problemas. En los niveles superiores y en las clases nocturnas de adultos se planteaban y resolvían los de regla de tres, repartimientos proporcionales o regla de compañía, interés simple e interés compuesto. Indeleblemente grabada en la memoria quedó aquella fórmula de ‘carrete partido por cien’ para resolver los de interés, capital, rédito y tiempo.

Llegó mucho más tarde el sistema de fichas a la enseñanza. El alumno tenía que contestar a una serie de preguntas buscando información en libros de consulta. En una puesta en común posterior el maestro aclaraba las posibles dudas. Era un método que buscaba la adaptación a las individualidades educativas de cada alumno.

Posteriormente aparecieron en las aulas los conjuntos y subconjuntos con sus uniones e intersecciones. Ahora están con la enseñanza por proyectos y el desarrollo de competencias, ‘basadas en la integración y activación de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y valores’.

En el transcurso de todo este tiempo se han sucedido multitud de leyes educativas, lo que ha generado una selva enmarañada de siglas.

El informe PISA del año 2018 para alumnos de quince años revela que España está estancada en el aprendizaje y aplicación de conocimientos matemáticos.

Diversas causas habrá y profesionales debe de tener la enseñanza para detectarlas y corregirlas. Quizás tantos cambios de leyes, la falta de un pacto nacional sobre educación… A lo mejor no estaban tan errados algunos viejos maestros que enseñaban mediante problemas y problemas la utilización de las matemáticas para saber cuántas baldosas se necesitaban para enlosar un suelo, cuántos litros de agua se gastan al cabo de un año con un grifo mal cerrado o cuánto dinero pierdes por comisiones de los bancos. O sea, las  matemáticas aplicadas a la vida.

Frío, el de antes

En mis primeros años de escuela no había calefacción. Los sabañones anidaban en las orejas como las cigüeñas en los campanarios. Unos rojos, otros despellejados y siempre con un picor insoportable.  Para protegernos del frío llevábamos, además de guantes y bufandas, braseros de cisco en latas con un alambre de asa y papel de chocolate encima.

Los dos edificios escolares, uno para niños y otro para niñas, estaban al final del pueblo, donde confluyen dos pequeños arroyos. De camino de casa a la escuela, en las mañanas en que crujían nuestras pisadas en la escarcha de sus riberas, nos asomábamos para ver el carámbano que se había formado con la pelona de la noche anterior. Así denominábamos a las heladas que cubrían de blanco los tejados y los campos.

No sé si será apreciación mía deformada por el tiempo, pero por entonces los carámbanos me parecían más gruesos y resistentes.  En las zonas más umbrías permanecían de un día para otro. Los de ahora son como cristales de Bohemia, que no aguantan un mal golpe y menos, como hacíamos entonces, las pedradas que les tirábamos para romperlos.  Era la prueba para saber si se podía andar sobre ellos. A veces un mal cálculo o un resbalón hacían que termináramos en el fondo del arroyo. Llegábamos a la escuela ateridos y para comprobar el grado de entumecimiento intentábamos hacer el huevo con los dedos de la mano, que consistía en juntarlos todos por las yemas. Solución para lograrlo: el aliento cálido de nuestra boca que salía con baño de vapor incluido.

Siendo ya maestro pusieron estufas de butano que calentaban a los que estaban cerca y quitaban el oxígeno a todos.  Posteriormente las de leña. Esas sí caldeaban. El docente hacía de fogonero, recebando e intentando meter algunos trozos que no cabían por la boca de la estufa. Al final llegaron los radiadores con combustible de gasoil y agua en su circuito.

En el Seminario, con altos techos, escaleras y largos pasillos de mármol o cemento fino los inviernos eran crudos.

Tampoco había calefacción. Ni picón, ni butano, ni electricidad ni gasoil. Durante las horas libres, que eran pocas, nos quitábamos el frío corriendo y jugando. En las clases, con el calor que cada cuerpo aportaba. Cuando tuvimos camarillas individuales las acondicionábamos para hacerlas más confortables. Una manta sobre la mesa de estudio hacía de enagüillas. El calor de la bombilla del flexo de fuente de calor para calentar las manos de vez en cuando.

Alguien ideó un sistema más práctico. No hay mejor acicate para la inventiva que la necesidad.  Compró escayola y fabricó una plataforma con ranuras. Una resistencia, unos cables, un enchufe y construyó un brasero. Mientras fueron él y otros escasos amigos los que estuvieron en posesión de la fórmula el sistema funcionó. Pero la noticia se divulgó de boca en boca y proliferaron los artilugios como setas.

Algún susto de esos que despelucan el pelo debió sufrir el administrador al recibir la factura de la compañía eléctrica. Un anochecido junto con dos fieles escuderos pasaron requisando braseros por todas las camarillas.

Solo en la cama, después de todo el día en aulas y pasillos por cuyos zócalos resbalaban hileras de agua cuando les pasábamos los dedos, encontrábamos calor, cubriéndonos con las mantas hasta las orejas.

Estatura

Nací en un pueblo donde la estatura de sus naturales está por encima de la media. Como en todas las estadísticas hay quienes se pasan y otros que no llegan. Es conocido el caso de los dos comensales que estadísticamente se habían comido medio pollo cada uno, pero en realidad uno salió a dos velas y al otro le brillaba el aceite en la barbilla.
 Pues en esto de la alzada también hay quienes suman y restan a la media. Estar por debajo en un lugar en el que hay hombres y mujeres tan altos, no desmerece en otros lares, pero aquí parece que achica la figura de los más pequeños. La relatividad de las apreciaciones.
 De adulto importa menos, pero en la adolescencia y en la juventud, la estatura sí condiciona. Hay puestos de trabajo que exigen explícitamente un mínimo para acceder a ellos, como en las Fuerzas Armadas. Un metro cincuenta y cinco para las mujeres y uno sesenta para los varones. Así se recoge lo dispuesto en una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea para que se diferenciara el límite por sexos, pues la estatura media de las mujeres en España es de un metro con sesenta y tres y la de los hombres uno con setenta y cuatro.
Los que no descollamos, siempre tenemos el recurso de saber que los buenos perfumes se venden en frascos pequeños y que la estatura de un hombre (úsese sin distinción de sexo) no se mide del suelo a la cabeza, sino de la cabeza al cielo, como dicen que dijo Napoleón, pero la realidad diaria tiene menos retórica y presenta situaciones variopintas.
En los bailes de salón, si la pareja es dispar, puede parecerle al observador que uno de ellos baila solo hasta que, en las revoleras de los pasodobles, aparece el partenaire procedente del lado oculto de la luna. Por eso antes de ofrecer gentil invitación para compartir baile se descartan las que son mucho más altas, so pena de que el atrevimiento conduzca a una situación incómoda si la invitada acepta o a encontrarse con la negativa de la requerida que opta por no verse en situación comprometida. Esta limitación priva de bellas compañías para los bailes y limita las posibilidades de elección. En los casos de boleros resultaría muy complicado, si llegado fuera el caso, de juntar mejilla con mejilla cuando la cabeza solo llega a la pechera.
 Yo, en un pueblo de tan altas cumbres, marcaba la evolución de mi crecimiento haciendo una raya cada dos o tres meses a donde llegaba la cabeza en un madero del doblado que seguía la vertiente del agua. Pero los estirones fueron cortos y espaciados. Ni con fiebre de cuarenta, que decían las vecinas que eso era porque estaba creciendo, logré aproximarme a cimas tan señeras. Y me quedé más cerca del alero que del caballete.
Dejando el tono liviano y humorístico de lo expuesto, la poca estatura o la excesiva, que también es posible, pueden crear complejos y frustraciones en las etapas de la vida en las que se lucha por ser aceptado por los demás y el físico sí importa.  No se valoran en muchas circunstancias la inteligencia y otros valores porque en desfiles, pasarelas y bailes de salón son prescindibles.