Primeros amores

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(Obra de la pintora vietnamita Tuyet Dinh Sinh Vat)

¡Cuánto daba de sí

el roce de su brazo con el tuyo

en el ir y venir de  los paseos!

La charla de pavera adolescente,

insustancial y  entrecortada,

era lo de menos;

pero sentir el calor de su cuerpo

en  tiempos de deseos amordazados

alimentaba tu imaginación.

Si en alguno  de ellos

se dilataba el tiempo

sólo tú notabas que tus pies

no andaban  por el suelo.

¡Ay, los amores primeros,

cuando cada centímetro de piel

era un trozo de cielo!

Pensamiento andariego

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Cambio de la rutina a la aventura

arrancándole  inercias al sosiego

por ver si en el vagar del andariego

hallo la paz que mi interés  procura.

 

Buscando  en el campo  su hermosura

al aire puro de la sierra llego

y a  mi solaz  de caminante   entrego

el rítmico compás  de mi andadura.

 

Feliz camino   con la cara  al viento,

con niebla,  lluvia o  sol, si va conmigo

el mundo libre  de mi pensamiento.

 

Si alguna vez, lector, tú lo has vivido

comprenderás mejor el  sentimiento

que yo con la escritura he pretendido.

 

El subconsciente

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¿Por qué me lleváis, Oniros,

de las   bridas de los sueños

a imposibles paraísos,

si después cuando despierto

encuentro sólo vacío

con la ausencia de Morfeo?

¿Por qué convertís en vivos

los  pasados de los   muertos?

¿Por qué  removéis de  nuevo

esos  amores perdidos,

turbando el lago  tranquilo

que trajo el paso del tiempo?

¡Oh,los sueños clandestinos

del reprimido deseo

que nunca a nadie  dijimos!

Como entre ceniza el fuego

allí siguen  escondidos.

Dicotomías

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Mírate fijamente en el espejo

y habla con el otro cara a cara.

Verás como la charla te depara,

además de claridad, un buen consejo.

 

No te espantes si su aspecto viejo

supone para ti torpeza o  tara,

pues no es defecto ni incidencia  rara,

sino normal declive del pellejo.

 

A veces por caminos divergentes

van la realidad y los deseos

y beneficia  que paremos mientes

 

en ajustar el somos y el creemos,

antes que los espejos  insolentes

nos canten las verdades del barquero.

Brindis al sol

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Brindis, de Alicia Rosafioriti

De todo lo que he bebido

me sobran las copas del  hastío

y las de las madrugadas,

rotas en lamentos de fallidos  amoríos.

Echo en  falta  las que no tomé contigo,

las de luz de la luna en vasos de plata fría,

las de cálidas palabras

combinadas con  suspiros.

El río las lleva.

En mí quedó el beso que  debía

y  nunca di.

Tú llevarás los tuyos si hurtabas el deseo.

Por si acaso, va por ti,

por la ausencia y el vacío que dejabas,

que si yo hubiera sabido

fundo en uno los labios con las ganas.

Vagabundos

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Los pasos destacan  en la noche como palmas de sereno y las calles se convierten  en un puzle de sombras. Aumentan las percepciones de los ruidos y las siluetas parecen emboscadas cuando doblan las esquinas. El bullicio urbano va cayendo cual  pavesa en el silencio, como el aire denso y desmayado de la siesta en el verano. Un anónimo envuelto en un abrigo busca refugio para reposar su  cuerpo magullado por los violáceos moratones del destino.  Hundirse en la cueva de los sueños y olvidar por unas horas la crudeza de su vida es un alivio. Quedan solas las farolas. Algunos coches rezagados huyen a escape del alud negro de la madrugada.  Dejan una estela de estampidos que el fondo de la oscuridad engulle. Las celdas encendidas de los bloques van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla al que no tiene cobijo.  Cuando amanece, el primer sol ambarino delimita de nuevo las rutas del trajín y vuelven los chirridos.  En un rincón de un  parque los cartones extendidos, el “tetrabrik” de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en la orilla de los marginados. La miseria  vive un nuevo día hasta que la noche dé un respiro. Los sueños son el único consuelo  de  quienes se acuestan sobre el hierro  frío. 

 

¿Por qué lloras, mujer?

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Obra de George B. Art

Anoche la vi  llorando,

y era estampa tan  hermosa

que su cara parecía

una virgen dolorosa

de Martínez Montañés.

Siempre la creí dichosa

y me produjo extrañeza

ver esa cara de rosa

con dos gotas de rocío.

resbalando silenciosas

por tan delicada piel.

¿Por qué estás tan pesarosa?

¿A qué viene esa tristeza

de quebrada mariposa

si te sobran los  motivos

para sentirte orgullosa

de la cabeza a los pies?

Como cierva lastimosa

en el campo abandonada

me respondió cabizbaja:

La vida fue generosa

con mi cuerpo de mujer,

más la pasión caprichosa

arrastró  mi corazón

por las sendas escabrosas

del querer y no poder

y, aunque sé  que ya es de otra,

yo no me puedo olvidar

de los besos de su boca.

Así que ya sabe usted

el  porqué de esta zozobra

que me está volviendo loca.

 

Aislados.

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(La destrucción de Sodoma y Gomorra, John Martin, 1832.)

Vivimos juntos, pero aislados.

Entre nosotros y ellos hay  porcelanas  que aíslan del fluir de los afectos

y lubricantes de modales que evitan los chirridos de los goznes.

La soledad  prevalece como un vacío de ecos  que rebotan de peña en peña sin que nadie preste oídos.

Cada uno en su coraza, enroscado en las lindes de lo suyo.

Si llueve fuera, yo estoy a cobijo en este mundo sin celdas compartidas.

Los muertos son ajenos cuando no están bajo el mismo techo

y el dolor del  otro  se filtra por la tierra sin que llegue a los vecinos,

tan cercanos y tan lejos.

Sólo los buenos, que son pocos,  nos salvarán del  azufre y del fuego.  

Buscando

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En la esfera de todos los relojes

busco a  un niño en la escuela

y a un joven aturdido

por los  destellos de las discotecas.

La jícara de chocolate al sol,

los juegos sin reloj de la plazuela,

luz del anochecido

y el canto de los grillos en las eras.

Farolillos de feria, levemente mecidos

por la brisa fresca de septiembre

y el tiempo en las  rejas prendido

entre  geranios y  la luna llena. 

Luz desprendida

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La luz viaja por el espacio  

aunque muera la fuente  que es su estrella.

Pienso esta noche,

mirando desde campo abierto

la grandiosa bóveda del cielo,

si, abierta la crisálida del alma que les dio cobijo,

mi inocencia primera

y mi ruborosa adolescencia

surcan también los espacios siderales

y, traspasada  Andrómeda,

vayan, quizás, con ellas

en un viaje infinito,

las  alegrías y las penas

de ese tiempo pasado.

Tal vez un telescopio

desde algún planeta lejano 

captará la estela de  su errante destino,

si  la vida sigue ese viaje

como la luz de las estrellas,

aunque ya no estemos vivos.