No es justo

En la antigüedad los que sufrían una enfermedad contagiosa tenían que soportar, además de los males físicos, los psicológicos y sociales.
Las pandemias han provocado siempre temor en la población y marginación en los infectados. Pasó con la lepra, con la peste, con la gripe española, con el SIDA…El desconocimiento de las formas de contagio agravaba estas actitudes. Recuerdo de niño el estigma que sufrían ciertas familias que habían tenido entre sus miembros uno tuberculoso.
Me llamaba la atención en las lecturas que hacía y charlas que nos impartían el caso de los leprosos. Enfermedad maldita desde antes de nuestra era. Cuentan las crónicas que cuando una persona era diagnosticada con ese temido padecimiento, no tan contagioso como se temía entonces, un sacerdote se acercaba a su casa para llevarlo a la iglesia. Allí confesaba por última vez y al terminar el oficio religioso lo despedían en la puerta: “Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios”. Lo acompañaban hasta a los límites de la ciudad y le leían las prohibiciones. No podía lavarse en los arroyos ni salir de su morada si no era con el traje de leproso, complementado con una capucha de color café. No le estaba permitido acercarse a las tabernas a comprar vino ni tener relaciones sexuales, a no ser con su esposa, si esta no lo había abandonado todavía.
Lo que más me sorprendía era que los aquejados de este mal debían ir por los caminos siguiendo la dirección del viento y avisar con una carraca o campanilla de su presencia cuando sintieran que se acercaba alguien. Allí, en campo abierto, apartados de todos, tenían que vivir el resto de sus días hasta su muerte. Al producirse esta tenían que ser enterrados en sus propias casas.

Los avances técnicos, sanitarios y sociales desde entonces han sido espectaculares. No se abandona a nadie a su suerte ni se le expulsa a los confines de los pueblos y ciudades. Gracias a las instituciones sanitarias, pese a gestiones mejorables y a la merma de fondos que han sufrido, todos los afectados son atendidos. El trabajo y dedicación de los profesionales es fundamental.
Estos días nefastos, tanto los sanitarios como trabajadores de otras actividades imprescindibles para la subsistencia, están prestando un servicio público esencial. Ellos son los que reman mientras nosotros permanecemos en nuestros domicilios para que el barco en el que viajamos todos se mantenga a flote. Debe de ser muy triste y deprimente regresar a casa después de una jornada de duro trabajo y encontrar una nota escrita en el portal pidiendo que abandonen su vivienda. Es injusto. Y deleznable pinchar las ruedas del coche de una médica y llamarla rata contagiosa. Afortunadamente la mayoría regresó ya de la Edad Media y anima y emociona que otros ciudadanos, como los de Lucena (Córdoba), despidan con aplausos a su vecina cuando sale de casa para ir al trabajo.
La hija de Juan Simón

De vez en cuando llegaban por estos pueblos compañías de variedades con intérpretes de canción española y de flamenco. Sus canciones se escuchaban en la radio casi todos los días, sobre todo en las secciones de discos dedicados. En los cancioneros venían las letras y en la portada la fotografía del intérprete. Aquellas canciones las tarareaba el albañil haciendo mezcla, los labradores en la besana, la moza camino de la fuente o los herreros dándole al fuelle de las fraguas.
Una noche de invierno, no llegaría yo a los siete años, escuché a un hombre en la oscuridad de la calle cantar ‘La cama de piedra’. Seguramente vendría de donde el vino destapa la nostalgia y ahonda la pena. Sin entender muy bien el significado del mensaje de la canción, sí me estremeció aquella voz por el desgarro que transmitía y por las circunstancias de lluvia fina y oscuridad. ¡Qué triste dormir en un sitio tan duro con la noche que estaba!
Cuando La Niña de Antequera cantaba ‘Con los bracitos en cruz’ ensalzaba la abnegación, el amor de la madre al hijo por encima de todo y la determinación por juramento de hacer justicia en busca del padre que los abandonó.
Y esos mensajes llegaban al corazón de la gente y emocionaban. Como el ‘Vino amargo’ del desamor de Rafael Farina o la veneración del hijo a la madre de Pepe Pinto: “Toito te lo consiento menos faltarle a mi mare…” O la poderosa voz de La Paquera de Jerez por bulerías buscando en la soledad de las noches sin luna los luceros de unos ojos verdes.
Antonio Molina tenía muchas canciones famosas. Una de ellas, de la que ha hecho una versión recientemente Rosalía, emociona profundamente. ‘La hija de Juan Simón’. “Y era Simón en el pueblo el único ‘enterraor’. Y él mismo a su propia hija al cementerio llevó, y el mismo cavó la fosa murmurando una oración”.

Estos días la he vuelto a escuchar. Si la muerte siempre es triste para los familiares y amigos del difunto ahora se le añade a la tristeza la soledad de los entierros. El Ministerio de Sanidad ha prohibido los velatorios, tanto en lugares públicos como privados y domicilios particulares. Limita el número de acompañantes a tres allegados, además del ministro de culto correspondiente. Las iglesias han cerrado y los muertos salen por la puerta de servicio de esta vida. No hay dobles de bronce al viento dando el último adiós, ni cabezas venerables destocadas en señal de respeto al paso del cortejo fúnebre. Aunque duela, es necesario para evitar males mayores, lo que no quita el sentimiento de impotencia y desgarro que produce.
Adquiere también profundo y triste sentido por la actualidad de la pandemia la rima de Bécquer, “unos sollozando y otros en silencio de la triste alcoba todos se salieron” … ¡Qué solos se quedan los muertos…y sus familias!
El pico

Las palabras son sonidos que combinados por la mano orfebre de los poetas componen bellas melodías. Basta leer un poema como ‘La marcha triunfal’ de Rubén Darío para apreciarlo: “…Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo; ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Hay palabras que por sí solas evocan: melancolía, arrebol, lubricán, aurora… A mí siempre me ha gustado ultramarinos, desde que de niño la veía rotulada en pequeñas tiendas de comestibles. Me imaginaba a los dueños con uniformes blancos y azules de marinero surcar los mares siguiendo la estela del sol cada tarde para traer de lejanas tierras hasta sus estanterías productos con sabor a mar.
Me contó un amigo que cuando estaba prestando el servicio militar pidieron voluntarios para drenaje. A pesar de que le habían advertido que tuviera cuidado con esas ofertas, a él le sonó aquella palabra a oficina, a un destino tranquilo a la sombra. No conocía el significado, pero esa terminación que rimaba con traje y con los letreros que había visto cuando llegó a la ciudad anunciando lo que él conocía como pensión, le resultó sugestiva.
Así que dio un paso al frente y junto con otros compañeros formaron cuadrilla. El sargento los condujo a una nave y llegando a ella les señaló el rincón donde se amontonaban picos, palas y azadones, que sin ser los que don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, contabilizó para justificar las cuentas que presentó a Fernando el Católico, si servirían para que el sudor corriera por sus frentes. Esas herramientas sí las conocía, de sobra, como lo demostraban los callos de sus manos, pero quién iba a pensar que tras tan bello ropaje se escondiera labor tan penosa. Con ellas al hombro se dirigieron al tajo donde el suboficial les señaló la tarea. No volvió a presentarse más de voluntario, así vistieran al vocablo con las mejores galas fónicas.

De aquel pico de zanja hemos llegado a la ansiedad de su ascenso y al afán de coronarlo. Conseguirlo está suponiendo un goteo de datos de afectados que nos acongoja. Loor y gloria a quienes expuestos a los abismos nos están ayudando no solo a conseguir la cima sino a desmontarla hasta dejarla ancha y plana como la tierra de Castilla de Machado. La resistencia está poniendo a prueba a los mejores escaladores y serpas a cuyo rebufo vamos escalando. Bajaremos con tiento para no perdernos por peligrosos vericuetos, tajos y desfiladeros. Prefiero un pico en los labios, un canto en el de la calandria esta primavera, una vasija acanalada para verter buen vino, un candil colgado de la chimenea en un cortijo con la mecha en su pico consumiendo apaciblemente las horas en buena compañía. Me gusta escuchar a elocuentes oradores que conmuevan al auditorio con los suyos. Esta pandemia canalla nos está costando un pico.
Esas pequeñas cosas

En las películas del oeste los viandantes abandonaban las calles y se metían en sus casas cuando llegaban los forajidos. Solo espinos secos arrastrados por el viento las recorrían. Su entrada en la cantina producía un cese repentino de charlas. Por los visillos de las ventanas los ojos asustados de las damiselas observaban los aconteceres, que generalmente terminaban como el rosario de la aurora. Nuestras calles vacías me han traído a mientes estas imágenes.
El silencio ha caído sobre ellas como una capa de melaza. Ha concentrado en unos días muchos años de soledad. Por dudar de esta situación necesito asegurarme a veces con pellizcos mentales de que lo que estamos sufriendo no es la angustiosa pesadilla de un sueño.
Nuestros padres y abuelos tuvieron la guerra como referencia para situarse en el tiempo. Eso fue antes, durante o después, delimitaban. Nuestros hijos relatarán hechos remitiéndose a estos días que estamos soportando ahora.
Los que pasan por la calle van con miedo, esquivando encuentros y recelando de quienes hace poco compartían reuniones y asientos en lugares públicos. ¡Quién sabe si en ellos anida ya el virus maligno! Si al menos fuera visible le plantaríamos cara o lo esquivaríamos, pero, sin saber seguro los parapetos tras los que se esconde, presentimos en cada sombra, en cada esquina un puñal que puede horadarnos los pulmones.
Parece que ha habido una explosión que en vez de expandir ha succionado a todos los vecinos por las oquedades de sus casas. Como Bernarda Alba, las autoridades han decretado el encierro. “…No ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas…”. Un luto que previene lamentos.

Pero yo quiero y espero salir de este encierro con todos ustedes hacia la luz de abril que nos aguarda. No importa lo larga que sea la espera si al final hay prados con margaritas y apacible brisa en las riberas de los ríos. Echo de menos, mientras llega ese día, las cosas que antes parecían no tener importancia. Las rutinas que nos hacen la vida más agradable. Salir a dar un paseo por las calles del pueblo, tomar unas cañas hablando intrascendencias, recorrer en bicicleta los caminos, escuchar entre choperas y encinares el canto del ruiseñor, la mirla o el jilguero; un adiós y ahora nos vemos a los amigos con los que te cruzas, sentarse en un banco a contemplar el paso de la gente y el juego bullicioso de los niños en el parque, ver un partido de fútbol en el bar de la esquina discutiendo sobre un fuera de juego, salir al campo a coger espárragos y setas… Y es que hasta que no las hemos perdido no hemos caído en la cuenta de lo que valen. Cuando salga les tributaré un merecido homenaje y disfrutaré cada paso y cada hora de esas acciones aparentemente intrascendentes.
Encerrados

Había estado todo el día de jarana y al llegar a casa encontró la puerta cerrada. Llamó insistentemente varias veces y al no recibir respuesta retrocedió, miró al balcón entreabierto y con el índice al cielo dijo a voces: ¿No me quieres abrir? ¡Pues que sepas que la que está encerrada eres tú! Y volviendo sobre sus pasos se fue por donde había llegado, vacilante el caminar, pero enhiesta la cabeza.
Si viviera en estos días de zozobra comprobaría que la libertad no siempre está en la calle y que con esta pandemia coronada estamos más protegidos dentro de casa que fuera. La clausura y el recogimiento han dado muchas veces más frutos que la compaña.
Newton aprovechó su tiempo de reclusión durante la peste del siglo XVII para hacer experimentos de óptica con unos prismas que había adquirido y un agujero abierto en la persiana.
Shakespeare escribió en parecidas circunstancias algunas de sus obras maestras como Macbeth y El Rey Lear.
Miguel de Cervantes inició la primera parte del Quijote estando en prisión… “se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”
Yo tuve varias vivencias al respecto. No tengo tantos encierros como san Fermín, pero sí algunos por travieso. Me castigaron un domingo junto con otros amigos a permanecer en la biblioteca del centro traduciendo un texto latino de Lucano mientras los demás compañeros veían ‘Escala en HIFI’, un programa que presentaba entonces Juan Erasmo Mochi y en el que los actores mediante playback interpretaban canciones de moda. Como la televisión era el único entretenimiento de aquellas tardes tediosas me disgustó bastante el castigo. Me sentí desterrado en aquella impresionante biblioteca donde fuimos confinados. Al principio se me hizo difícil soportar la situación, pero según iba avanzando la tarde aquel silencio rodeado de libros me fue gustando. Dejé que César y Pompeyo se las vieran entre ellos en la célebre batalla de Farsalia y me dediqué a curiosear por las estanterías y anaqueles. Toqué los lomos de libros de antiquísima encuadernación, acaricié páginas amarillentas y admiré los trazos góticos y caracteres arabescos de algunas publicaciones…Un privilegio que no estaba al alcance de todos.

En otra ocasión me recluyeron en una habitación de mi casa. Entraba el sol por un agujero de la ventana que daba al patio. Un haz de polvo en suspensión atravesaba la estancia en diagonal hasta el suelo donde se convertía en moneda de oro. Allí observé sin saber todavía la explicación las imágenes invertidas en la pared cuando pasaba alguien por el corral y comencé a hacerme preguntas.
Por eso ahora sobrellevo bien este encierro a pesar de mi afición a caminar por el campo y observar la Naturaleza. De vez en cuando no viene mal un alto, aunque este sea forzado. Pero sin pasarse, eh, que lo poco agrada y lo mucho empalaga.
Yo me lavo las manos

No para eximirnos de culpa, sino para librarnos del ya manoseado coronavirus nos recomiendan las autoridades sanitarias que nos lavemos las manos frecuentemente. Las extremidades que lo tientan todo tienen una relación preferente con la boca a la que visitan asiduamente junto a las malas compañías que se les unieron en sus trajines y que son poco recomendables para nuestra salud.
A nosotros, aquellos niños de entonces, nos las inspeccionaban en la escuela y en casa para ver cómo venían de sucias tras haber andado de expedición por tierras, covachuelas y regajos. ¡Dónde habrás estado? ¡Mira cómo traes las manos!, nos decían mientras les daban la vuelta por el haz y el envés. Cuando la suciedad pasaba las tonalidades del castaño oscuro nos las restregaban con estropajo, quedando estas, además de limpias, coloradas y calientes por la friega. ¡El agua que ha soltado!, remataban a modo de rúbrica y constatación.
En las tardes de verano, palangana, jabón verde y silla costurera, nos escamondaban en el corral para después, repeinados y con lustre, salir a la calle, pan y chocolate en ristre, a jugar con los amigos. Los sábados de invierno nos sentaban al lado de la camilla con las enagüillas levantadas y la camiseta de felpa sobre la alambrera.

No se observaban muchas precauciones para evitar contagios. Las comuniones eran masivas el jueves y el viernes santo en la iglesia del pueblo. Los monaguillos, sosteniendo vela y bandeja, hacíamos escolta al cura y nos reíamos de la forma de abrir la boca y sacar la lengua de los fieles. Tímidas unas, extrovertidas y enormes otras. Ni imaginar darla en las manos. Todas por la boca con el índice y el pulgar rozando labios y lenguas. Los besos a la imagen del niño Jesús los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, todos sobre la piernecita cruzada. De vez en cuando un paño blanco para limpiarla.
En algunos pozos del campo había una cuba en el brocal y una lata sujeta con alambre al asa para que el caminante aplacara su sed. Un leve enjuague después de usarla y se dejaba donde y como se encontró.
En las calderetas y comidas en grupo, caldero en el medio, corro de gente alrededor, y cuando tocaba, ‘cuchará’ y paso atrás. Tras el coto, vuelta a repetir la operación. He visto repartir vino de una jarra y beber de un mismo vaso a todos los asistentes. Eso sí, apurándolo hasta el culo y si quedaban escurrajas se tiraban. En las bodas de dulces y aguardiente, bandeja con dos o tres copas de tamaño poco más grande que un dedal. Por cierto, siempre me sorprendió que siendo tan pequeña los que las tomaban echasen exagerada y bruscamente la cabeza hacia atrás.

Eran otros tiempos. Pero entonces todavía se bebía el agua corriente de las gavias y se cogían berros en los alrededores de fuentes y manantiales.
Miedo
Hemos vivido parte de nuestras vidas con miedo. Nuestros padres y abuelos en los límites del pánico por el tiempo cainita que les tocó vivir. Madrugadas de aldaba y cerrojo, los golpes en la puerta, los paseos, las sacas…
Nos amedrentaban con las llamas eternas del infierno, el llanto y rechinar de dientes. También aparecían cada cierto tiempo visionarios que anunciaban catástrofes planetarias y el fin del mundo. Muchas noches me acosté temiendo que con nocturnidad y alevosía la parca con calavera y guadaña me arrastrara a las calderas de Pedro Botero, culpable por despertar a la vida descubriendo mi cuerpo.
A comienzos de los años sesenta nos alarmaban con los efectos de la lluvia radiactiva. Los gases y el polvo que generaban las pruebas nucleares se elevaban hasta la troposfera y después caían cuando llovía en lugares alejados de donde se había producido la explosión.
El paso de cometas cerca de la tierra ha provocado que augures de medio pelo con mucho cuento y poca ciencia asustaran a los terrestres con calamidades apocalípticas. En 1910 dijeron que el Halley envenenaría la Tierra con el gas cianógeno que traía en la cola.
Nostradamus dejó material suficiente para que cualquier exegeta agorero interprete a su manera las enigmáticas e imprecisas cuartetas que escribió y nos sobresalte con vaticinios catastróficos. La incultura y la ignorancia abonan el terreno para que profetas y visionarios siembren el desconcierto.
Contaban personas mayores que en el verano del año 1936, días antes de la guerra civil, se produjo una intensa lluvia de estrellas, lo que hizo asociar ese fenómeno astronómico con la contienda que se avecinaba. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Sería por eso por lo que ciertas personas crédulas y temerosas se santiguaban cada vez que veían la estela blanca rayar la bóveda del cielo.
Algunas noches los amigos nos reuníamos en un rincón de la calle y contábamos historias que habíamos escuchado sobre marimantas, apariciones, muertos que enterraron sin estarlo, peleas a la luz de la luna con brillo de facas, venganzas por celos…Nuestra fantasía las recreaba y les añadía detalles que nos inventábamos para hacerlas más intrigantes.
Muchos de estos relatos eran comunes a los que se contaban en otros pueblos. Unos jóvenes apostaron con el valor que da el vino quién sería capaz de ir al cementerio una noche de invierno oscura, con lluvia y viento.
Yo sí soy capaz. ¿Y cómo sabremos que has ido? Llévate este saco y lo tiras por la pared al interior. Mañana iremos nosotros a recogerlo y sabremos si es verdad. Los amigos se habían adelantado y cuando el osado tiró el saco se lo devolvieron desde dentro. ¡Pies para qué os quiero!
Con el coronavirus diaria y machaconamente en todos los medios de comunicación, bulos incluidos en las redes y tertulianos deslenguados, ya han conseguido, otra vez, meternos el miedo en el cuerpo.
Perros
No hay vacío más lleno de ausencias que el que queda en las pertenencias de los que mueren. Un halo de vida sin cuerpo permanece en el sitio que ocuparon en la mesa, en su ropa, en su reloj….
Rafael Morales lo describe magistralmente en su ‘Soneto para mi última chaqueta’: “Esta tibia chaqueta rumorosa…se quedará colgada una mañana…cobijará una ausencia, una lejana memoria de la vida presurosa…”
Los objetos son las hormas huecas que albergaron una vida. Tras su marcha nos recuerdan al difunto cada vez que los miramos. Sus animales llevan consigo la pena que vaga sin rumbo, buscando la estela del dueño.
Hay casos que conmueven, como el de perro argentino ‘Capitán’, que acompañó durante más de diez años a su amo en la tumba donde estaba enterrado. De día deambulaba por los alrededores del cementerio y al anochecer se echaba sobre la cripta para dormir. Así estuvo hasta que una mañana apareció sin vida en una de las dependencias del mismo.
No es el único caso. ‘Toto’, un perro labrador, permaneció varias jornadas en las puertas del hospital donde había sido ingresado su propietario. Esperaba que saliera por el mismo sitio por el que entró, pero nunca más lo hizo porque falleció dentro.
El perro japonés ‘Hachiko’ acompañaba todos los días a su dueño hasta la estación de ferrocarril donde este tomaba el tren hacia la universidad en la que impartía clases. Al anochecer volvía al andén. Pero un día el profesor no regresó porque una hemorragia cerebral le había ocasionado la muerte mientras trabajaba. ‘Hachiko’ tampoco volvió a casa. Se quedó durante nueve años merodeando por la estación y a la caída de la tarde se acercaba al tren donde esperaba encontrarlo. La gente que conocía la historia le llevó comida y agua durante todo el tiempo que duró la angustiosa espera. Lo llamaron ‘perro fiel’. Le erigieron una estatua de bronce en el mismo lugar donde pasó tantos días, como homenaje y reconocimiento. Él mismo asistió a la inauguración.
Estas historias conmovieron a millones de personas de todo el mundo.
Se les coge cariño a los animales. Casi todos conocemos a personas que han sufrido gran dolor por las pérdidas de alguno de ellos, si no nos ha sucedido a nosotros mismos.
Los perros prestan grandes servicios al hombre. En el trabajo, como a pastores y policías, a las personas invidentes como guías, como compañía a los solitarios…
Una nueva actividad está surgiendo en los últimos años. La de ayudar a indigentes en la humillante necesidad de tener que pedir para comer. En las cercanías de los centros comerciales y los templos se les ve atados, mansos, resignados, narcotizados, tal vez, pero confiados a quienes los cuidan. Nos hemos acostumbrado e insensibilizado ante estas situaciones vergonzantes. Quizás nos muevan más a la compasión ahora los perritos que las personas que los tienen a su lado.
Ama Rosa en el patio
En un rincón del patio tenía sus macetas. La primera ocupación de todas las mañanas consistía en cuidarlas. Las regaba, las revisaba una por una, cortaba las hojas secas y cambiaba de sitio a algunas de ellas. En una vieja tinaja, descolorida por el sol, crecía un jazmín que expandía su fragancia por toda la casa.
Había tiestos con geranios colgados de la pared. En el suelo, pendientes de la reina, alegrías de la casa, azucenas, varitas de san José… Atraían mi la atención por su forma de campana, color blanco y rejón amarillo en el centro, las calas, conocidas como oídos del profeta y en otros lugares, como cartuchos. Siempre quise descubrir de dónde arrancaba ese pirulí y cómo era al tacto su intenso color. Cuando les daba levemente el sol, la tentación se hacía irresistible y al menor descuido de los mayores los tocaba llenándome los dedos de amarillo.
En medio del patio había una acacia que por mayo echaba flores blancas en racimos. Todos estos nombres de plantas junto al variado colorido de sus flores componen poemas visuales y sonoros que la memoria de la infancia guarda y evoca en estos días luminosos de febrero. Con lo que le roba el otoño retrasando su retirada y la primavera adelantando su entrada el invierno se está quedando en los huesos.
Allí se reunían familiares y vecinas por las tardes a charlar y a coser. A la hora taurina de los clarines sonaba la sintonía de la novela. Y entonces hasta se sentía el roce de las agujas en la tela de los bastidores. Alguna lágrima resbaló por las mejillas y cayó sobre los bordados, traslúcida de sal y pena ajena. El argumento de aquella serie radiofónica llamada Ama Rosa reunía todos los ingredientes para conmover al auditorio, mayoritariamente femenino. Una mujer viuda, sintiendo cercana la hora de su muerte entrega a su hijo recién nacido en adopción a una familia adinerada que había perdido el suyo. Pero por obra y gracia de Sautier Casaseca y Rafael Barón la mujer supera la enfermedad. Para poder estar con su hijo el mayor tiempo posible entra como sirvienta en la casa de los adoptantes. Ni el hijo ni la madre que adopta saben nada. Él trata a la natural con despótica impiedad. Ella lo soporta todo. Solo al final, en el lecho de muerte, el hijo conoce la verdad. Cada capítulo de la serie cerraba con un pico de emoción que enganchaba a los oyentes para el próximo. Ardid o técnica narrativa utilizada por el folletín, muy en boga en siglos pasados, que sigue vigente en las series televisivas. Recibe este nombre por la forma de publicación en cuadernillos o pequeños folletos. Se publicaban periódicamente en la prensa y aunque sus argumentos eran poco verosímiles, o quizás por eso, atraían la atención de sus seguidores porque avivaban los sentimientos más primarios.








