Nochevieja.
Hoy es Nochevieja. Cuando caiga la bola en el reloj de la Puerta del Sol exageraremos gestos y efusividad brindando con tintineo cristalino. Besos, muchos besos y abrazos, a conocidos y a menos conocidos.
¡Cuánta felicidad deseada y recibida!
Guirnaldas, serpentinas, matasuegras y confetis. Música estridente y petardos que convulsionan sorpresivamente nuestro cuerpo. Con este estruendo, si queremos hablar, no regalamos palabras, martilleamos el oído ajeno con gritos como los que damos desde el cuarto de baño para avisar que cambien la bombona porque empieza a salir el agua fría.
Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla de cristales rotos, tomaremos chocolate con churros y farfullaremos torpemente las últimas frases antes de meternos en la cama donde seguirán los ruidos batiéndonos la cabeza.
El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica jarana desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en su lineal cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana, canta Sabina. El hoy se nos evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava.
Duermevela.
Lluvia de temporal.
Azótame la cara,
temporal de la mar vieja,
a ti me enfrento libre,
desprendido de cadenas.
Fustígame con los vientos,
no me oiréis ninguna queja;
ráfagas de lluvia oblicua,
hacia mi frente serena.
Confúndeme en los trigales
y llévame con la lluvia
a profundos manantiales.
Al resurgir de la vida
con los brotes de las yemas
volveré en una alborada
luminosa y verdecida
hecho luz en la alameda.
La vida sigue.
Casi todos tenemos a algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos va este pequeño poema.
Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.
Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.
El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.
Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.
Por La Paquera.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la canción de “La Paquera de Jerez” que dice: “En la soleá de mis noches sin luna busco los luceros de tus ojos verdes…? Pues imitando la métrica de esa canción nació ésta.
(Con el impulso y colaboración de Isidoro Jaramillo, de quien, en una velada flamenca en la Peña, surgió esta idea.)
En mis largas noches de angustia y desvelo
tu recuerdo viene a agravar mi tormento
y al buscar consuelo que supla tu ausencia
de mi cante brota la hiel del lamento.
No puedo curar la herida
ni borrar la maldición
que me condena en la vida
a vivir sin tu pasión.
Tus labios de miel y fuego
son una dicha lejana
y no me sirve el consuelo
de soñar cada mañana
que estás junto a mí en la cama
pues luego, cuando despierto
sólo encuentro una quimera
que no la puedo tocar.
Así me lleva la pena
a esta negra sinrazón,
maldito sea aquel día
ay, tan aciago día
que conocí la traición.
En todo este tiempo jamás preguntaba
ni tampoco quise saber lo que hacías
yo sólo recuerdo cuando te besaba
y esa noche negra cuando te perdí.
Vago solo por la vida
ahondando mi perdición
y el querer que te tenía
pudriéndome el corazón.
La maldición de los mayas.
Nido de víboras surgió en las fuentes
y con su daño emponzoñó veneros.
La sangre envenenada y vengativa
de los crueles herederos de Caín
cayó en el corazón de los mortales
cuajando la figura de los odios
en la entraña profunda de la gente.
Pululan lobos, hienas y serpientes
por las brumosas noches sin luceros
y oscurecen la luz de las estrellas
tenebrosas tinieblas y aguaceros.
Tristeza roja el vómito de fuego
salido de las lenguas de las piedras
destruyó los caminos y senderos
y sembró las parcelas de la tierra
de ortigas, ricias, gramas y veneno.
El beso.
El lubricán resaltaba
la silueta de la sierra
y en la orilla del arroyo
buscaba asiento la escarcha
aquella tarde de enero.
Eran diamantes de fuego
los ojos de aquel chaval
y de encarnado pomelo
la dulce cara azorada
de la nerviosa zagala.
Le prometió amor eterno
con un delicado beso,
brasa de pasión envuelta
en labios de terciopelo.
Quedó azul turquesa el cielo
donde brillaba radiante
todo el esplendor de Venus.
Navidad imaginada.
(Carta en el periódico HOY 13/12/12)










