Fallida.

Junto a sábanas bordadas

y vistosos mantones de Manila

guardaba los suspiros

en un vetusto arcón arrinconado.

El pletórico cuerpo del deseo

disimulaba encantos

con lasos vestidos

y  excesos de pudor y de recato.

Mientras tanto  la vida se alejaba

calle abajo, bulliciosa y festiva.

Cuando quiso unirse al baile de los gozos

ya era tarde y sintió la pesadez

del lastre de su cuerpo

y la merma de júbilo en sus ganas.

Buscó favor en la rutina

y consuelo en rezos y capillas.

Le quedó un poso triste en la mirada, 

de juventud fallida

y de besos que no dio ni le ofrecieron.

Labios vírgenes adolescentes,

pétalos de  rosas hoy 

caídos en el suelo

tras la lluviosa calidez  de mayo.

Nochevieja.

Hoy es Nochevieja. Cuando caiga la bola en el reloj de la Puerta del Sol  exageraremos  gestos y efusividad brindando con  tintineo cristalino. Besos, muchos besos  y abrazos, a conocidos y a  menos conocidos.

¡Cuánta felicidad deseada y recibida!

Guirnaldas,  serpentinas, matasuegras y confetis. Música estridente  y  petardos que convulsionan sorpresivamente nuestro cuerpo. Con este estruendo, si queremos hablar, no regalamos palabras, martilleamos el  oído ajeno con gritos como los que  damos  desde el cuarto de baño  para  avisar  que cambien la bombona porque   empieza a salir el agua fría.

Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla  de cristales rotos, tomaremos chocolate con churros y  farfullaremos  torpemente  las últimas frases  antes de  meternos  en la cama donde seguirán los ruidos batiéndonos la cabeza.

El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año  que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica jarana desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en  su lineal cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana,  canta Sabina. El hoy se nos evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava.

Duermevela.

Me deslizo  por  el agua en su corriente

en el velero de la duermevela,

casi ausente,  entre  aneas y juncos de ribera.

A la deriva, va lenta la nave

entre un cálido sopor de nieblas.

Avanza la razón  a  lo inconsciente,

mezclando  realidades y quimeras

en los límites difusos de la mente.

Lluvia de temporal.

Azótame  la  cara,

temporal de  la mar vieja,

a ti me enfrento libre,

desprendido de  cadenas.

Fustígame  con los vientos,

no me oiréis ninguna queja;

ráfagas de lluvia oblicua,

hacia mi frente serena.

Confúndeme en los trigales

y llévame con la lluvia

a profundos manantiales. 

Al resurgir de la vida

con los brotes de las yemas

volveré en una alborada

luminosa y verdecida

hecho luz en la alameda.

La vida sigue.

 

Casi todos tenemos a  algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos  va este pequeño poema. 

 

 

Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales  del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.

Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos  algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.

El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.

Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.

Por La Paquera.

¿Quién no ha escuchado alguna vez la canción de “La Paquera de Jerez” que dice: “En la soleá de mis noches sin luna busco los luceros de tus ojos verdes…? Pues imitando la métrica  de esa canción nació ésta.

(Con el impulso y colaboración de Isidoro Jaramillo, de quien, en una velada flamenca en la Peña,  surgió esta idea.)

En mis largas noches de angustia y desvelo

tu recuerdo viene a agravar mi tormento

y al buscar consuelo que supla tu ausencia

de mi cante brota la hiel del lamento.

No puedo curar la herida

ni borrar la maldición

que me condena en  la vida

a vivir  sin tu pasión.

Tus labios de miel y fuego

son una dicha lejana

y no me sirve el consuelo

de  soñar cada mañana

que estás junto a mí en la cama

pues  luego, cuando despierto

sólo encuentro una quimera

que no la puedo tocar.

Así me lleva la pena

a esta negra sinrazón,

maldito  sea aquel día

ay, tan aciago día

que conocí la traición.

En todo este tiempo jamás preguntaba

ni tampoco quise saber lo que hacías

yo sólo recuerdo cuando te besaba

y esa noche negra   cuando te perdí.

Vago solo por la vida

ahondando mi perdición

y el querer que te tenía

pudriéndome el  corazón.

La maldición de los mayas.

 

 

  

Nido de víboras surgió en las fuentes

y con su daño emponzoñó  veneros.

La sangre envenenada  y vengativa

de los crueles herederos de Caín

cayó  en el corazón de los mortales

cuajando la figura  de los odios

en la entraña profunda de la gente.

Pululan lobos, hienas y serpientes

por las brumosas noches sin luceros

y oscurecen la luz de las estrellas

tenebrosas tinieblas   y aguaceros.

Tristeza roja el vómito de fuego

salido de las lenguas de las piedras

destruyó los caminos y senderos

y sembró las parcelas de la tierra

de ortigas, ricias, gramas y veneno.

El beso.

El lubricán resaltaba

la silueta de la sierra

y en la orilla del arroyo

buscaba asiento la escarcha

aquella tarde de enero.

Eran diamantes de fuego

los ojos de aquel chaval

y de  encarnado pomelo

la dulce cara azorada

de la nerviosa zagala.

Le prometió amor eterno

con un  delicado beso,

brasa de pasión envuelta

en labios de terciopelo.

Quedó azul turquesa el cielo

donde brillaba radiante

todo el esplendor de Venus.

Navidad imaginada.

 

 

 

 

 

(Carta en el periódico HOY 13/12/12)

 La primera decepción  me la llevé un día en el que dibujaba yo el portal de Belén en un paisaje blanco  envuelto en  copos de nieve. Nos explicaron que en la zona donde nació el niño Jesús la climatología no es propicia para este tipo de fenómeno atmosférico.

Muchos años después Benedicto XVI revela que  el buey y la mula no estaban  entre los acompañantes aquella noche, que los reyes magos no  llegaron  de oriente, sino de Andalucía,  que la estrella del rabo era posiblemente una supernova…

Así será, pues  doctores tiene la Iglesia, pero ya es tarde para desmontar el portal de Belén de nuestras mentes.

La Navidad es una fantasía, una burbuja de sensaciones que seguramente se desinflaría si se analizan racionalmente los acontecimientos. La imaginación popular ha ido alimentando a lo largo de  siglos una quimera con  campanitas, villancicos,  guirnaldas,  bolas de colores,  luces,  arroyos  de plata, lavanderas, pastores al calor de la lumbre de celofán y angelitos cantando “Gloria in excelsis Deo”.

“¡No la toques más, así es la rosa!”, escribió Juan Ramón. Así es la Navidad que nos transmitieron y vivimos cuando niños  y aunque así no sea, dejadla. Déjennos soñar por unos días, reinventar efímeramente  la bondad cada solsticio. Necesitamos emociones nobles, un poco de  buenos sentimientos y creernos que no somos tan malos como parecemos.   

Confesiones tabernarias.

Desnuda  el  vino al alma

y se abre en confidencias

a  ocasional amigo

que aguanta con paciencia

la larga parrafada.

Vestida de palabras

la soledad no es tanta

y la taberna sirve

de buen  confesionario

con cura tabernero

que escucha, calla y llena

y alguna vez  asiente

a lastimeros  ayes

de cliente impenitente.

Afrentas no saldadas

en duelo con espada,

se curan con alardes

que presta alcohol valiente

al lado de  la barra

con golpes  de nudillos

y tono convincente

para marcar palabras.