Señorito

 

De porte altivo, gomina y tonos verdes de un campero Corte Inglés. Señorito, no señor. Más que tener heredades,  peculio, escudo y blasón aparenta que los tiene. Autoestima recargada, buscador de nobles compañías, desdeñoso con obreros, narcisista relamido. Buscador de viejos  abolengos donde solo existieron  medianías. Escudo de familia inventado o rebuscado en un ajado pergamino de algún pariente lejano; iniciales en los cueros de carteras y aparejos de algún caballo trotón que simulan boyante hidalguía de pasados esplendores. Fatuo y  casquivano; parlanchín con los iguales, displicente y distante con los que no son de su condición. Vida huera entre cáscaras guardada. ¡Oh, imaginados ancestros coronados de guerreros!  El abolengo, los linajes, las casonas solariegas. ¿Y él? Una tilde remilgada sobre un párrafo caduco y trasnochado.

Diciembre

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

Llueve esta tarde fría de diciembre.

Un rosario de cuentas acüosas

resbala suavemente en los cristales

tejiendo redes de pequeños ríos.

Al cobijo del cuarto y el brasero

me distraigo mirando este paisaje

con tejados llorosos de canales

y de  gente que pasa el aguacero

esquivando los charcos de la calle.

Poco a poco la luz se desvanece

y Edison va ganando la partida

a  los grises matices  de la tarde.

En un puzle de sombras, anochece.

Y vuelve con las luces encendidas

tu recuerdo añorado a mi memoria,

que,  como brasa entre cenizas, arde

esta tarde lluviosa de diciembre.

 

Plegaria para estos días

En estas fechas líbrame, señor, de empalagosas y melifluas felicitaciones. Que las que reciba lo sean de corazón.

Dame un lote de parabienes limitado y censado con el fin  de  transmitirlos a mis íntimos y evitar que me convierta en un zombi programado y autómata de tópica fraseología.

Líbrame de cenas pantagruélicas a dos carrillos que me pongan  al borde de la indigestión.

Aparta de mí las caras de bondad navideña de lego en vísperas de profesar.

Sácame de la vorágine de Nochevieja por la puerta trasera de la discreción para evitar que me divierta por imperativo legal sin que sea esa mi intención.

Átame la billetera con resistente goma, como hacían los mayorales en víspera de trato, para que en momento de debilidad no gaste lo que no puedo ni debo.

Aleja de la ventana de mi casa el estallido estruendoso de los petardos que desvelan mi sueño intempestivamente al poco de cogerlo.

Pon tu magnánima mano sobre mi cabeza para que el oropel y la fanfarria no alteren mi percepción de la realidad.

Si no fuera posible  concederlas  todas, permite al menos que salga de estas fiestas sin sufrir ningún desaguisado irreversible y las consecuencias sean leves y pasajeras. Es gracia que espero alcanzar de tu bondad e infinita misericordia.

 (Repetir tres veces antes de acostarse durante una semana)

El silencio de la iglesia

 

Ahora que no creo que mi cuerpo

se queme eternamente

sin acabar de consumirse nunca,

cualquier día  de estos

que  esté  la iglesia sola,

paso por allí y entro

a la solemne quietud del silencio

que dan sus anchos muros

y el alto sus  techos,

por ver si en un rincón o entre las bóvedas

encuentro la inocencia

perdida ya hace tiempo

cuando creía en un  cielo de buenos

y en las llamas eternas del  infierno.

Tal vez esté entre algún ramo de lirios

de los que en primavera

adornan los altares,

o  flotando en el haz de luz y polvo

que desde las vidrieras

llenan el amplio  suelo de colores,

o en los ecos de encendidos sermones

que perturbaron mi sueño infantil

con fantasmas y atónitos desvelos.

¿Se elevaría a las nubes entre incienso

montada en sus aromas?

¡Qué fácil es creer

si no se piensa nada!

En el viejo mecano

las piezas ya no encajan:

serafines,  virtudes, querubines,

tronos, dominaciones,  potestades,

ángeles, arcángeles, principados

se desvanecen pronto

en el lógico fluir  del pensamiento.

Evanescentes halos

de cuentos infantiles

quedan de la inocencia en el recuerdo.

 

 

Puesta de sol

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

Sol que inflamado en la vencida tarde

se adentra entre los labios de los montes

y en fecunda coyunda de horizontes

en un morado de pasiones arde.

Penetrando en el fondo de la noche

deposita en las simas vaginales

simientes  de los polvos siderales

vaciados con ardor y con derroche.

Amores duraderos y constantes

de una tierra que está siempre cubierta

ofreciendo en el mar vagina abierta

y en  las sierras unos labios anhelantes

El llanto del ajuste

 

Fotografía de Juan Sevilla

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

La titular de Trabajo italiana, Elsa Fornero, se  ha roto en llanto al presentar el plan de ajuste de su gobierno. Esa acción, que al menos demuestra sensibilidad social,  debe causar a sus conciudadanos el mismo efecto que a los viajeros de un avión ver salir a la azafata de la cabina de mando dando gritos.

Echaremos las barbas a remojar porque aquí podemos correr parecida suerte. Teniendo en cuenta que nuestros  políticos,  banqueros y demás especímenes de caraduras y arrimados no van en el mismo  barco que nosotros, por blindajes, cursos acelerados de cotización y sustracciones varias, será la sufrida infantería la que apechugue con los costos de  esta acerba crisis.

Ese dinero invisible que se mueve diariamente de sitio con órdenes electrónicas de compra-venta nos puede arruinar aun más sin que nos enteremos de que es nuestro sudor el que se evapora vía electrónica; movimientos de capitales con sombrilla y hamacas que buscan el refugio seguro de paradisíacas playas fiscales.  El otro,  el del empleado, el artesano, el tendero, el pequeño empresario,  el que se cuenta a final de mes euro a euro  y se guarda como tesoro, apreciando lo que cuesta ganarlo, no es responsable los desaguisados económicos actuales. La España del cincel y de la maza, expresión de D. Antonio Machado,  no es culpable de  la impericia de los timoneles ni de la avaricia de los desalmados.

 

Cordeleo y alcuceo

El Honrado Concejo de la Mesta creó una serie de caminos y accesorios para  que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas,  coladas, descansaderos,  contaderos…

Los pastores  con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las templadas tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.

En su transitar por estas vías ganaderas el ganado comía las hierbas que encontraba a su paso, sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechando el viaje con bocados aquí y allá.

Como residuo metafórico de esta actividad  en Ahillones existe la expresión “ir de cordeleo” para referirse a las  pandillas  que van de bar en bar tomando copas.

Cuando el candil era uno de los instrumentos usuales para la iluminación por falta de luz eléctrica  se disponía de  una  alcuza donde se guardaba  el aceite que se le echaba a  la mecha  para que, empapada del rudimentario, pero efectivo combustible, siguiera  alumbrando desde el topetón de la chimenea, por ejemplo. De este uso se  han derivado expresiones  relacionadas con la costumbre de empinar el codo. Así  “estar  de alcuceo”,  significa estar bebiendo. Si  vemos a alguien que ya está en una fase avanzada del proceso decimos que está  alcuceado.  “Ayer estuvimos todo el día de alcuceo”, le referimos a alguien  que nos encontramos al día siguiente para explicar nuestro estado de destemple. “¡Qué alcuza lleva ese!”, utilizando aquí el término alcuza como sinónimo de borrachera.

La analogía  de echar aceite al candil para que se empape la mecha y la de ingerir, generalmente vino, empapándose uno por dentro, está clara. Tanto es así que si algún conocido le afeaba a otro su costumbre de beber tanto vino le contestaba ofendido: “¿Acaso  tú lo echas en el candil?”

“Escusá/o”

El culo no le descansa

si oye ruido por la calle.

Vende el alma a Satanás

si pudiese repicar

y salir en procesión.

Estando en una reunión

tiene puestas las orejas

en otra conversación.

Faltan ojos a sus cejas

para poderse llevar

todo lo que le rodea,

crepita como  la sal

al echarla en la candela;

esquiva como lamprea

si se le quiere pescar,

cual rayo relampaguea

sin poderlo remediar.

Vaya persona “escusá”

que a todos los sitios llega

sin haber sido “llamá”.

Atardecer en la plaza de Llerena

 

 Al atardecer, dos ojos  de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.

¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?

Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.

Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.

Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.

Se levanta una suave brisa que atusa los picos  de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo  punk.

A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.

¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?

¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?

¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?

¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?

¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?

Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.

Canción infantil

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

La tarde es transparentemente fría,

azul y luminosamente corta,

tenue, delicada, frágil;

casi un suspiro de sombras

de finales de noviembre.

Llega una canción de fuera

en lejanas  voces infantiles,

voces envueltas en candor y seda

que apenas  tocan  leves los cristales

y se van por  los resquicios del aire.