La maldición de los mayas.
Nido de víboras surgió en las fuentes
y con su daño emponzoñó veneros.
La sangre envenenada y vengativa
de los crueles herederos de Caín
cayó en el corazón de los mortales
cuajando la figura de los odios
en la entraña profunda de la gente.
Pululan lobos, hienas y serpientes
por las brumosas noches sin luceros
y oscurecen la luz de las estrellas
tenebrosas tinieblas y aguaceros.
Tristeza roja el vómito de fuego
salido de las lenguas de las piedras
destruyó los caminos y senderos
y sembró las parcelas de la tierra
de ortigas, ricias, gramas y veneno.
El beso.
El lubricán resaltaba
la silueta de la sierra
y en la orilla del arroyo
buscaba asiento la escarcha
aquella tarde de enero.
Eran diamantes de fuego
los ojos de aquel chaval
y de encarnado pomelo
la dulce cara azorada
de la nerviosa zagala.
Le prometió amor eterno
con un delicado beso,
brasa de pasión envuelta
en labios de terciopelo.
Quedó azul turquesa el cielo
donde brillaba radiante
todo el esplendor de Venus.
Navidad imaginada.
(Carta en el periódico HOY 13/12/12)
La primera decepción me la llevé un día en el que dibujaba yo el portal de Belén en un paisaje blanco envuelto en copos de nieve. Nos explicaron que en la zona donde nació el niño Jesús la climatología no es propicia para este tipo de fenómeno atmosférico.
Muchos años después Benedicto XVI revela que el buey y la mula no estaban entre los acompañantes aquella noche, que los reyes magos no llegaron de oriente, sino de Andalucía, que la estrella del rabo era posiblemente una supernova…
Así será, pues doctores tiene la Iglesia, pero ya es tarde para desmontar el portal de Belén de nuestras mentes.
La Navidad es una fantasía, una burbuja de sensaciones que seguramente se desinflaría si se analizan racionalmente los acontecimientos. La imaginación popular ha ido alimentando a lo largo de siglos una quimera con campanitas, villancicos, guirnaldas, bolas de colores, luces, arroyos de plata, lavanderas, pastores al calor de la lumbre de celofán y angelitos cantando “Gloria in excelsis Deo”.
“¡No la toques más, así es la rosa!”, escribió Juan Ramón. Así es la Navidad que nos transmitieron y vivimos cuando niños y aunque así no sea, dejadla. Déjennos soñar por unos días, reinventar efímeramente la bondad cada solsticio. Necesitamos emociones nobles, un poco de buenos sentimientos y creernos que no somos tan malos como parecemos.
Confesiones tabernarias.
Desnuda el vino al alma
y se abre en confidencias
a ocasional amigo
que aguanta con paciencia
la larga parrafada.
Vestida de palabras
la soledad no es tanta
y la taberna sirve
de buen confesionario
con cura tabernero
que escucha, calla y llena
y alguna vez asiente
a lastimeros ayes
de cliente impenitente.
Afrentas no saldadas
en duelo con espada,
se curan con alardes
que presta alcohol valiente
al lado de la barra
con golpes de nudillos
y tono convincente
para marcar palabras.
El invierno.
El Invierno es el reverso de la luz
que en espiral de sombras
profundiza la sima de la noche.
Canto de mágicas sirenas
del mar de los ocasos fríos
cautivando a las estrellas de la tarde.
Lengua de llama y brasa de candela
para el hálito gélido del norte.
Lejanos relatos de la abuela
en la camilla del brasero
a la luz vacilante de una vela.
Es temblor de escarcha
hecha diamante en la alborada
en el filo verde del pino y la retama.
Un ensayo de trayecto hacia la muerte
buscando el valle
donde en tierra duermen
semillas de otra primavera en ciernes.
Las parcas.











