Cordeleo y alcuceo

El Honrado Concejo de la Mesta creó una serie de caminos y accesorios para  que el ganado trashumase: cañadas, cordeles, veredas,  coladas, descansaderos,  contaderos…

Los pastores  con sus rebaños bajaban de Castilla en invierno a las templadas tierras extremeñas y regresaban por primavera a sus orígenes.

En su transitar por estas vías ganaderas el ganado comía las hierbas que encontraba a su paso, sin detenerse hasta el descansadero, pero aprovechando el viaje con bocados aquí y allá.

Como residuo metafórico de esta actividad  en Ahillones existe la expresión “ir de cordeleo” para referirse a las  pandillas  que van de bar en bar tomando copas.

Cuando el candil era uno de los instrumentos usuales para la iluminación por falta de luz eléctrica  se disponía de  una  alcuza donde se guardaba  el aceite que se le echaba a  la mecha  para que, empapada del rudimentario, pero efectivo combustible, siguiera  alumbrando desde el topetón de la chimenea, por ejemplo. De este uso se  han derivado expresiones  relacionadas con la costumbre de empinar el codo. Así  “estar  de alcuceo”,  significa estar bebiendo. Si  vemos a alguien que ya está en una fase avanzada del proceso decimos que está  alcuceado.  “Ayer estuvimos todo el día de alcuceo”, le referimos a alguien  que nos encontramos al día siguiente para explicar nuestro estado de destemple. “¡Qué alcuza lleva ese!”, utilizando aquí el término alcuza como sinónimo de borrachera.

La analogía  de echar aceite al candil para que se empape la mecha y la de ingerir, generalmente vino, empapándose uno por dentro, está clara. Tanto es así que si algún conocido le afeaba a otro su costumbre de beber tanto vino le contestaba ofendido: “¿Acaso  tú lo echas en el candil?”

“Escusá/o”

El culo no le descansa

si oye ruido por la calle.

Vende el alma a Satanás

si pudiese repicar

y salir en procesión.

Estando en una reunión

tiene puestas las orejas

en otra conversación.

Faltan ojos a sus cejas

para poderse llevar

todo lo que le rodea,

crepita como  la sal

al echarla en la candela;

esquiva como lamprea

si se le quiere pescar,

cual rayo relampaguea

sin poderlo remediar.

Vaya persona “escusá”

que a todos los sitios llega

sin haber sido “llamá”.

Atardecer en la plaza de Llerena

 

 

 Al atardecer, dos ojos  de luz encienden sus pupilas numeradas en arábigo y romano.

¿Son bostezos, carcajadas o muecas de terror las arqueadas bocas de los soportales?

Por un momento, los graznidos de los grajos, el afilado piar de los vencejos, el tumultuoso griterío de la chiquillería y los broncíneos toques de las campanas se unen en una estruendosa vocinglería. Las madres vigilan desde la cháchara comadre los dispersos pasos de sus hijos.

Unos paseantes poco machadianos hacen camino en el ordenado mar de las pizarras.

Los musitados rezos de los fieles suben a través de los muros de la iglesia y alcanzan en la veleta el último sol de la tarde que los llevará en su viaje más allá de los luceros.

Se levanta una suave brisa que atusa los picos  de aguja de las blancas fachadas, cual joven peinado a lo  punk.

A medida que oscurece se hacen más brillantes las miradas de los ojos, que lánguida y sonoramente, anuncian el irrecuperable paso del tiempo.

¿Flotarán en este cielo azul violeta que se recorta encima de la plaza las sentencias que en su día dictaron inquisidores implacables?

¿Dormirán entre los pliegues del aire las despedidas familiares de los aventureros que hicieron las Américas?

¿Guardará el traqueteo de los carruajes que pasaron por sus calles?

¿Dónde fueron las risas abiertas de niños ya mayores que también jugaron en la plaza?

¿Qué permanecerá de tanta historia en el espacio cuadrangular que hay entre esta plaza y las estrellas, si es que existe ese archivo de inmensas hojas azules?

Mientras pienso esto, un señor entre tendido y sentado en el sillón de una terraza, parece que busca extasiado metáforas nuevas al vuelo planeador de las cigüeñas.

Canción infantil

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

La tarde es transparentemente fría,

azul y luminosamente corta,

tenue, delicada, frágil;

casi un suspiro de sombras

de finales de noviembre.

Llega una canción de fuera

en lejanas  voces infantiles,

voces envueltas en candor y seda

que apenas  tocan  leves los cristales

y se van por  los resquicios del aire.

Rutina

 

 

 

 

 

 

Se encienden suavemente las  esquinas

cuando la luz resbala cada la tarde

por la lejana  espalda de los montes

buscando del océano las orillas.

Regresan los labriegos por caminos,

de la brega, el sudor y la fatiga,

a mujeriega de cansadas mulas

en busca del  calor y del cobijo.

Llama el bronce ruidoso a la oración,

al rezo del temor que da la noche.

Al alba volverán  a la besana,

a la rutina, al surco y la labor

hasta que  el sol se duerma una mañana

entre la espuma blanca de las olas

y  queden secas las espigas solas

en desolados campos de dolor.

 

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

http://www.panoramio.com/user/1368766?with_photo_id=18723512

 

La prima y el olivar

CARTA EN EL PERIÓDICO HOY 25-11-11

 

 

La madre le preparó el traje  y  lo mandó  a la plaza a lucir el tipo de mocito en edad de merecer. A la luz clara del día las mangas  del repasado traje le venían  un poco cortas, igual que las perneras  a pesar de haberle soltado las bastillas. Estrecho el talle  de  forma que si se abrochaba el botón delantero le  respingaba la chaqueta por detrás. El brillo resaltaba en antebrazos y  culeras por el uso de difuntos usuarios. Aseado sí iba, recién duchado y con brillantina en el pelo, buen tipo, prestante  presencia y seguro el paso.

Pero esa prima lejana apetente y resabida no se dejaba  embaucar. Estaba avisada por su padre, tratante avezado de ferias y mercados. La tenía bien aleccionada: olivares, buenas casas y cortijos y  feraces  tierras de labranza. Las apariencias engañan, entérate de hipotecas y desahucios. Así que la escurridiza parienta, cuando contestó a sus requerimientos,  lo hizo con folklórico recochineo: “Anda diciendo tu madre que tienes un olivar y el olivar que tú tienes es que te quieres casar”.

Fatuo

Poco cuesta el alarde vanidoso

a quien cuelga medallas en su pecho

y en su incienso jamás encuentra techo

para dejar de ser un pretencioso.

El oyente que aguanta silencioso,

por no dañar ni herirlo en su provecho

evita  así reacciones de despecho

y aguanta estoico su decir pomposo.

Pero es ya tan enorme el esperpento

creado con sus ansias de grandeza

que no ve que quien oye no está atento,

ni  absorto en contemplar tanta guapeza,

sino que no soporta el engreimiento

de quien sólo demuestra su torpeza.

El último pasaje

Fotografía de Juan Sevilla.

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

 

 

 

Restan pocos recodos al sendero

y no sé si el que veo,

cercano  ya al avance de mis pasos,

será el último que arqueo

o no llegaré siquiera a superarlo.

Hacia atrás lo vivido no me sirve

si no es para el recuerdo.

Que sea apacible

el resto del trayecto.

Poco más anhelo

que contemplar las alamedas

y  del cielo el lubricán rojizo,

efímeros placeres, aunque bellos.

En mi bolsillo el último pasaje

de un viaje sin regreso.

Un día cualquiera

parará a mi altura un coche negro

y ocuparé  el asiento que la parca

me tiene reservado

desde el principio de los tiempos.

Se perderá su estela en el paisaje

que yo no veré porque iré dentro.

Otros caminantes, a sol puesto,

andarán los mismos pasos

que yo esta tarde estoy andando

y verán, a principios de febrero,

las  flores  del almendro.

¡Quién sabe si son ellas

las estelas de los muertos!

La puta prima.

 

 

 

 

 

 

Esta impúdica prima ha perdido definitivamente la vergüenza. Toda la noche de juerga y farra y ahora se le suben los puntos a la cabeza por la desmesurada ingesta a granel de  garrafa ajena.  Atiborrada  de gustos caprichosos y  ajada por su  vida licenciosa, la muy insolente ya no se recata  de exhibir su pródiga desvergüenza, sino que nos arroja  a la cara sus lúbricos desmanes. Por más que  nosotros,  su honorable familia, hemos hecho lo indecible por disimular sus veleidades, ella  paga nuestros desvelos  paseándose desnuda  y desgreñada por el patio de vecindad  con las prendas íntimas en la mano. ¡Qué bochorno para una honra ganada a lo largo de generaciones  de ejemplar comportamiento!

Las pocas, pero bien ganadas pertenencias de la familia, al albur de usureros prestamistas que como buitres planean en busca de cadáveres con que saciar su voraz apetito.

Sotana, beca y birrete.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí me tenéis, con once años,  sotana, beca y birrete. Enero de 1963 en Palomillas, una finca a la izquierda de la carretera de Portugal, camino de Caya, donde nos llevaban los prefectos del Seminario de paseo.

Los jueves teníamos  libres las tardes y era cuando nos sacaban, unas veces a Palomillas y otras a circunvalar la carretera de Madrid. Los paseos los hacíamos en formación de ternas, muy ordenados con el prefecto al frente y con la indumentaria que veis en la fotografía.

Por aquel entonces el edificio del seminario sólo tenía edificaciones vecinas por su parte izquierda, era una fila de  chalets con el viejo Vivero entre ellos. Llegaban hasta la carretera de Portugal.  Del  campo de fútbol del Vivero recibíamos en el  patio de recreo los jubilosos gritos de los goles  en las tardes de los domingos. Creo recordar que el nombre de un entrenador de aquel tiempo era Lozano y recuerdo también la explosión de cohetes y el vocerío una tarde con motivo de un ascenso de categoría del equipo.

Los sábados eran días lectivos de punta a cabo. Sólo los domingos disfrutábamos del día completo, salvo una hora o dos de estudio. El tiempo libre restante lo empleábamos en jugar al fútbol y pasear por el campo de tierra. Por la tarde veíamos en la tele alguna serie de sobremesa, como el Virginiano, Bronco, el Llanero Solitario o similar. Eso sí, por la noche el partido de fútbol  por la primera y única cadena.

Al centro de la ciudad salíamos en contadas festividades a la catedral al oficio religioso correspondiente.  El día del Corpus o la ordenación de diáconos o sacerdotes eran de esos días. ¡Qué bien cantaba la Schola Cantorum bajo la dirección del malogrado D. Carmelo Solís! Nosotros  en los trayectos de ida y vuelta a la catedral mirábamos a los viandantes con los que nos cruzábamos y ellos nos miraban a nosotros entre sorprendidos y comprensivos.

Para salir del Seminario solo,  y por algún motivo especial, vestido en esta ocasión de calle, necesitábamos pedir permiso al rector, que por aquel entonces era D. Doroteo Fernández, leonés corpulento e imponente. Yo fui  a visitarlo con ocasión de la operación de apendicitis de mi hermana que se realizó en la Cruz Roja, donde era capellán D. Manuel Mantrana. Llegué al cuarto del rector, a la sazón también administrador apostólico de la diócesis,  vestido como en la foto. Sus habitaciones estaban en la parte superior de la entrada  principal del edificio, la de las escaleras de mármol blanco, donde Antonio Franco, el portero, tenía su  cuarto y donde estaba el teléfono al que acudíamos cuando nos ponían una conferencia desde casa. Iba previamente informado  por el prefecto  del  protocolo  que debía seguir y del  tratamiento que debía emplear (aquello de vuecencia, vuestra excelencia). Me atendió amablemente, haciéndome preguntas sobre mi pueblo  y su párroco. Recuerdo que cuando salí  de allí bajé los escalones de dos en dos, al contrario que al subir que lo hice poniendo los dos pies en cada escalón.