
Blog personal de Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado.
Del olvido a la sombra
y la desesperanza
bebo el vino de siniestras bodegas.
Borracho de recuerdos
paseo por las calles de la infancia
a la busca de la niñez perdida.
No hay lumbre en el hogar
ni susurros debajo del reloj.
Se pararon las horas en los ecos
y en agrio despertar
de cruel resaca acerba
encuentro los caminos
destrozados por duras huellas secas
en un lugar quemado
por la furia de torvos remolinos.
Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.
La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas caricias aladas.
Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal de que en las templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por los campos y ciudades y luz radiante para robar espacio a las umbrías.
Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas las rejas y los escoplos de los arados, romos y gastados de tanto roturar la tierra, para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón. El maestro herrero y su ayudante los moldeaban y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando golpes con ellos alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!
Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.
En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción, y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran aún de las tiradas por bestias.
En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.
Cuando se empezó a usar la soldadura autógena nuestras sombras se reflejaban en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino
http://www.flickr.com/photos/majanublao/
Fotografía de Juan Sevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/