Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.
Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.
No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.
Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.
Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.
Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.
Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.
Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!
Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.
Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.
Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.
Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.
Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.
Los demás presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.
Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.
A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:
Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso, de pana, de terciopelo, de franela, de seda, de lino… extendiéndolas sobre el mostrador para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara. No tenían hora de cierre, ni prisas. A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que sucedía en el barrio o en el pueblo. Si le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde mañana está aquí sin falta”.
La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres, los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.
En los últimos años hemos ido comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local el tendero revisa albaranes y facturas cada anochecido. Cuando oye pasos de gente que camina por la acera mira por lo alto de sus gafas, pero entra poca gente ya. La mayoría pasa de largo.
Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.
El salón del cine tenía sillas de enea, un suelo todo a la misma altura de baldosas rojas y un techo recubierto de sacos para evitar los ecos y mejorar la audición.
El abundante humo de tabaco, los chasquidos continuos de pipas y la voz de gaseosas a peseta del vendedor acompañaban la proyección de cualquier película. Cuando alguien salía para utilizar los servicios que estaban en el exterior una bocanada de aire fresco entraba en el salón.
Los domingos y días de fiesta eran por lo general los días de función. Si el día era de los gordos de fiesta las entradas eran numeradas; si no, un abrigo o dos extendidos sobre las sillas servían de reserva. La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre que eran coreados por toda la chiquillería:” ¡una, dos, tres!”
Los que empezaban a fumar aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas con golpes de tos incluidos o algún mareo por hacer varias “p”, Esto de hacer la “p” era tragarse el humo, mientras más hondo llegase y más tardase en salir más experiencia demostraban.
No era infrecuente que la proyección se interrumpiese por algún corte inoportuno y que nuestras miradas de niños al buscar el agujerito por donde salía la imagen descubriese las rosetas encarnadas de algunos pómulos que delataban, además del ambiente cargado, el juego amoroso de los novios, que poco les importaba a ellos la película de turno.
Si nos aburríamos durante la sesión nos entreteníamos mirando el chorro cónico de niebla blanca que iba desde la cabina a la pantalla y por donde pululaban pequeñas partículas flotantes.
En los descansos los altavoces sonaban estridentemente con canciones como “¡Ay campanera” o “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar”. Se aprovechaba para preguntar a los amigos si habían cogido el hilo. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté a un amigote de esos mayores, que estaba detrás con su novia, si lo había cogido y me respondió que él no, pero su novia había cogido el hilo y el ovillo entero.
Si alguna escena escabrosa para la moral de la época levantaba silbidos del respetable o gritos más o menos groseros por parte de los gamberros, el acomodador acudía con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto. Como última instancia, D. José el cura, que era coparticipe en la propiedad del cine, mandaba encender las luces y en medio del pasillo intentaba calmar los ánimos.
Poco tiempo después D. José se salió de la empresa y empezó a poner las calificaciones morales en la ventana de la Acción Católica: 1, para todos los públicos, 2, menores acompañados, 3, mayores, 3R mayores con reparos y 4, gravemente peligrosas.
Al final de la función con los ojos irritados por el humo, la cara ardiendo y los pies como témpanos, salíamos a la calle tapándonos la boca con un pañuelo para que el frío de la noche no nos resfriara.
La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas caricias aladas.
Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal de que en las templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por los campos y ciudades y luz radiante para robar espacio a las umbrías.
Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas las rejas y los escoplos de los arados, romos y gastados de tanto roturar la tierra, para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón. El maestro herrero y su ayudante los moldeaban y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando golpes con ellos alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!
Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.
En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción, y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran aún de las tiradas por bestias.
En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.
Cuando se empezó a usar la soldadura autógena nuestras sombras se reflejaban en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.