Dominio.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino. 

 

 

 

 

La roca en campo abierto,

altiva, resistente,  agreste y dura,

refugio de rapaces voladoras,

abrigo  de ganado,

cobijo de pastores

al   soplo helado del temible cierzo.

Sombra amable en el ábrego caliente

con horas de calinas cegadoras.

Aquí baten solanos,

ventiscas, turbonadas, vendavales.

Es punta de diamante al sol primero,

caricia de las brisas a la tarde

y brasa roja con el sol postrero.

Muralla donde rompen temporales

su furia en remolinos invernales.

Crece en su umbría el musgo verdinegro,

luz y sol, la solana acogedora;

por su ladera asciende la tormenta

y ensanchada y negruzca se desploma

inflamando la tarde con sus truenos.

Quiero imitar tu fuerte  resistencia,

tu serena altivez sin inmutarte,

obrar con  acendrada fortaleza,

actuar en cada caso en consecuencia,

y a la sabia manera del  estoico

alcanzar la virtud con el esfuerzo.

Invención de los carnavales.

 

 

 

 

 

Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.

Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.

No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.

 

 

 

 

 

Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.

Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.

Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.

 

 

 

 

 

 

 

Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!

Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente  durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados  de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.

Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.

 

 

 

 

 

 

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 

 

 

 

 

 

 

Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás   presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a   la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.

A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra,  una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños sueños son.”

Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

El fin del pequeño comercio.

Carta al director del periódico HOY 05/02/2012

 

 

 

 

 

Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El  comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela,  de seda,  de lino… extendiéndolas sobre el mostrador  para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara.  No tenían hora de cierre, ni prisas.  A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que  sucedía en el barrio o en el pueblo.  Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde  mañana está aquí  sin falta”.

La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres,  los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.

En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local  el tendero revisa  albaranes y facturas cada anochecido.  Cuando oye pasos  de gente que camina por la acera mira por lo alto  de sus gafas, pero entra  poca gente ya. La mayoría pasa de largo.

Una lágrima.

 

 

 

 

 

La lágrima resbala en la mejilla

sin palabras ni aspavientos.

Baja  el pómulo

y acelera su caída

hasta unos labios temblorosos,

en silencio:

sal de carne dolorida,

ave sin alas  que se pudre dentro

de  lacerada herida,

asoma en la pupila neblinosa

y fluye por los surcos del olvido

hacia el mar seco de los sufrimientos.

 

Guapeza altiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para escalar la  cima de tu  altura

necesito la ayuda del destino

y una  luz que ilumine mi camino

para poder andar esa largura.

Has llevado tan lejos tu hermosura

que el intento revierte en desatino

sin que pueda cambiar mi tenaz  sino

de no poder gozar de tu figura.

Baja hasta donde estamos los mortales

y acorta las  distancias que has marcado

entre suelo y  regiones celestiales

donde tu altiva pose te ha llevado

envuelta en las bellezas corporales

que natura donosa te ha otorgado.

 

 

 

Regreso a lo imposible.

 

 

 

 

 

 

Del olvido a la  sombra

y la desesperanza

bebo el vino de siniestras bodegas.

Borracho de recuerdos

paseo por  las calles de la infancia

a  la busca de la  niñez perdida.

No hay lumbre en el hogar

ni susurros debajo del reloj.

Se pararon las horas en los  ecos

y en agrio despertar

de cruel  resaca acerba

encuentro los caminos

destrozados por  duras huellas secas

en un lugar quemado

por la furia de torvos remolinos.

 

El cine.

 Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.

 

 

 

 

El salón del cine tenía sillas de enea, un  suelo todo a la misma altura de baldosas rojas  y un techo recubierto de sacos para evitar los ecos y mejorar la audición.

El abundante humo de tabaco, los chasquidos continuos de pipas y la voz de  gaseosas a peseta del vendedor acompañaban la proyección de cualquier película. Cuando alguien salía para utilizar los servicios que estaban en el exterior una bocanada de aire fresco entraba en el salón.

Los domingos y días de fiesta eran por lo general los días de función. Si el día era de los gordos de fiesta las entradas eran numeradas; si no, un abrigo o dos extendidos sobre las sillas servían de reserva. La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre que eran coreados por toda la chiquillería:” ¡una, dos, tres!”

Los que empezaban a fumar aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas con golpes de tos incluidos o algún mareo por hacer varias “p”, Esto de hacer la “p” era tragarse el humo, mientras más hondo llegase y más tardase en salir más experiencia demostraban.

No era infrecuente que la proyección se interrumpiese por algún corte inoportuno y que nuestras miradas de niños al buscar el agujerito por donde salía la imagen descubriese las rosetas encarnadas de algunos pómulos que delataban, además del ambiente cargado, el juego amoroso de los novios, que poco les importaba a ellos la película de turno.

Si nos aburríamos durante la sesión nos entreteníamos mirando el chorro cónico de niebla blanca que iba desde la cabina  a la pantalla y por donde pululaban pequeñas partículas flotantes.

En los descansos los altavoces sonaban estridentemente con canciones como “¡Ay campanera” o “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar”. Se aprovechaba para preguntar a los amigos si habían cogido el hilo. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté a un amigote de esos mayores, que estaba detrás con su novia, si lo había cogido y me respondió que él no, pero su novia había cogido el hilo y el ovillo entero.

Si alguna escena escabrosa para la moral de la época levantaba silbidos del respetable o gritos más o menos groseros por parte de los  gamberros, el acomodador acudía con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto. Como última instancia, D. José el cura, que era coparticipe en la propiedad del cine, mandaba encender las luces y en medio del pasillo intentaba calmar los ánimos.

Poco tiempo después D. José se salió de la empresa y empezó a poner las calificaciones morales en la ventana de la Acción Católica: 1, para todos los públicos, 2, menores acompañados, 3, mayores, 3R mayores con reparos y 4, gravemente peligrosas.

Al final de la función con los ojos irritados por el humo, la cara ardiendo  y los pies como témpanos,  salíamos a la calle tapándonos la boca con un pañuelo para que el frío de la noche  no nos  resfriara.

 

 

Almendros en flor

La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos  de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas  caricias aladas.

Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal  de que  en las  templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas  el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por  los campos y  ciudades y  luz radiante para robar  espacio a las umbrías.

Las fraguas.

 

 

 

 

 

Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas  las rejas y los escoplos  de los arados,  romos y gastados de tanto roturar la tierra,  para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón.  El maestro herrero y su ayudante  los moldeaban  y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando  golpes con ellos  alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los  ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!

Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían  el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un  chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.

En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción,  y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran  aún de las tiradas por bestias.

En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.

Cuando se empezó a usar la soldadura autógena  nuestras sombras se reflejaban  en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.