Amelia.
Para Antonio Solano y Sonsoles Vidal, hallador y sabueso tenaz, respectivamente.
Cuando un escritor publica una obra, ésta escapa a su control. Ya no es suya. Los sentimientos y las sensaciones que la inspiraron se recrean en cada lector de forma distinta.
Se expanden como aroma de jazmín de otoño después de haber llovido y se multiplican como la imagen en un espejo roto. Pasan los ejemplares de mano en mano con desigual suerte. Algunos quedan olvidados en los anaqueles de las librerías, depositarios de polvos que sólo de tarde en tarde serán removidos. Dispar fortuna de la vida impresa, olvido y quizás algún maltrato para otros.
Sólo los ejemplares afortunados llegan a disfrutar los mimos y cuidados de un espíritu sensible.
Una mujer, de probables costumbres solitarias y tal vez de aparente vida monótona, fue dejando en el regocijo de su intimidad a impulsos de corazón y lápiz, fechas, citas, confidencias y comentarios en los ribetes blancos de las páginas de un libro, estableciendo una especial relación con el autor a través de su obra.
Muchos años después en un puesto de venta callejera un amante de libros antiguos adquiere el ejemplar y descubre sorprendido la relación idealizada de la lectora con su autor a través de estas cálidas anotaciones.
Fue, quizás, platónica querencia, pasión rumiada en los renglones sugerentes de la lectura en el rincón favorito de su casa. Sentimientos guardados como flor seca entre sus páginas que en su día reconfortaron su corazón solitario y volvieron a la luz para gozo y deleite de quienes lo compartimos. La evocación volvía a recrearse en cada uno de nosotros.
Dignidad.
Las chaquetas de pana,
los jerséis a las espaldas
con cruzadas mangas sobre el pecho,
el aire fresco del spot abriendo las ventanas
al son de sugerente musiquilla…
¿En qué ropero de Armani están colgados?
Para desprestigiar y meter miedo
usan ahora la revolución bolivariana…
No es eso ¿compañero?, ¿camarada?
Eso, disculpen, es andarse por las ramas.
Lo que la gente pide es un futuro
de justicia y pan para sus hijos,
esa que dicen que es distributiva.
Y lo que detesta son ladrones y canallas.
No se escondan detrás de supuestas libertades.
Yo tampoco quiero dictaduras,
pero la primera condición
es la dignidad de las personas.
Camino de Berlanga.
Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas, tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término geográfico del pueblo y se desplazaban a Berlanga.
Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio, el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.
Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o alambres. Para que los pantalones no se trabaran o mancharan con la grasa de la cadena se los sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.
Por la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso a los posibles intrusos que querían colarse sin pagar.
Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.
Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado, de cercanía. Al poco divisábamos las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado con discrecional fantasía.
Mis manos.
La vida es una gota de lluvia
que irremediablemente resbala
hacia el junquillo del cristal.
Cercano ya el final del recorrido,
¿qué queda entre mis manos
de aquellos puños rosas de algodón
trazando garabatos en la escuela?
Fueron mi primer amarre a la vida
en el puerto seguro de mis padres,
las de las presas de arena
en los regatos de la calle,
las que buscaban lagartijas
en el sol de las roquedas,
las de mimos y caricias.
Sellaron tratos de palabra honrada,
alisaron cabellos
y consolaron llantos.
También hirieron
y demandan perdón.
¿Qué fue de tantos soles
y tantas sementeras,
de las ubérrimas cosechas,
de la besana y los graneros?
¿Qué queda de su tacto en tu cintura,
de la pasión del sexo adolescente,
de las andanzas por tu piel desnuda,
lomas y valles placenteros,
senos de amor, goce y ternura?
Sólo quedan durezas
donde antes hubo espigas.
Un capital entre los dedos
se fue por sus rendijas
dilapidando riquezas y afectos.
Al ofertorio final, nada llevo,
cáliz vacío de viejos sarmientos.
Está dispuesto el cuerpo a la partida,
mis manos van conmigo.
Por ellas pasó, cual agua entre tejas,
todo lo vivido.
Espera
(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)










